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Full text of "El maestrante"

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ARMANDO PALACIO VALDÍS 




BIBLIOTECA 
SOPEÑA 



EL MAESTRANTE 



OBEAS DEL MISMO AUTOR 

El Señorito Octavio, un tomo. 

Marta y María, un tomo. Traducida al francés, al 
inglés, al sueco, al ruso y al tcheque. 

El Idilio de un enfermo, un tomo. Traducida al 
francés y al tcheque. 

Aguas fuertes (novelas y cuadros, un tomo). Tra- 
ducidas al francés, al inglés, al alemán, al ho- 
landés, al sueco y al tcheque. Edición española 
con notas y vocabulario en inglés. 

José, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al 
alemán, al holandés, al sueco, al tcheque y al por- 
tugués. Edición española con notas en inglés pa- 
ra el estudio del español en Inglaterra y E. U. A. 

Eiverita, un tomo. Traducida al francés. , 

Maximina (segunda parte de Riveritá), un tomo. 
Traducida al inglés. 

El cuarto Poder, un tomo. Traducida al. francés, 
al inglés y al holandés. 

La Hermana San Sulpicio, un tomo. Traducida al 
francés, al inglés, al holandés, al ruso, al sueco 
y al italiano. 

La Espuma, un tomo. Traducida al inglés. 

La Fe, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al v 
alemán. 

El Maestrante, un tomo. Traducida al francés y al 
inglés. 

El origen del pensamiento, un tomo. Traducida al 
francés y al inglés. 

Los Majos de Cádiz, un tomo. Traducida al ho- 
landés. 

La alegría del Capitán Ribot, un tomo. Traducida 
al francés, ai inglés, al sueco y al holandés. Edi- 
ción española con notas y vocabulario en inglés. 

La aldea perdida, un tomo. 

Tristán o el pesimismo, un tomo. Traducida al 
inglés. 

Semblanzas literarias (Los oradores del Ateneo, 
Los novelistas españoles, Nuevo viaje al Parnaso), 
un tomo. 

Papeles del Doctor Angélico, un tomo. Traduci- 
dos al alemán. 



Li*> 



:: :: BIBLIOTECA SOPEÑA :: :: 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



EL 

MAESTRANTE 



NOVELA 




BARCELONA 
RAMON SOPEÑA, Editor 

FROVENZA, 93 A 97 



Derechos reservados. 



Ramón Sopeña, impresor y editor; Provenza, 93 a 97. — Barcelona 



EL MAESTRANTE 



i 

LA CASA DEL MAESTRANTE 



A las diez de la noche eran, en toda ocasión, 
contadísimas las personas que transitaban por las 
calles 'de la noble ciudad de Lancia. En las en- 
trañas mismas del invierno, como ahora, y soplan- 
do un viento del noroeste recio y empapado de llu- 
via, con dificultad se encontraba alma viviente. No 
quiere esto decir que todos se hubiesen entregado 
al sueño. Lancia, como capital de provincia, aun- 
que no de las más importantes, es población donde 
ya en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero 
la gente se metía desde primera hora en algunas 
tertulias y sólo salía de ellas a las once para ce- 
nar y acostarse. A esta hora, pues, solían trope- 
zarse algunos grupos resonantes que caminaban a 
toda prisa resguardados por los paraguas ; las se- 
ñoras rebujadas en sendos capuchones de lana, 
alzando las enaguas con la mano que les quedaba 
libre ; los caballeros envueltos en sus pañosas o 
montecrístos , los pantalones enérgicamente arre- 
mangados, rompiendo el silencio de la noche, con 



8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en 
aqueUa época eran muy^pocos todavía los que des- 
deñaban este calzado patriótico y confortable. Tal 
cual pollastre que por haber estado en Valladolid 
estudiando medicina se creía por encima de estas 
ruindades y alguna que otra damisela melindrosa 
que afectaba el no saber andar con ellas. 

De coches no había que hablar, pues sólo exis- 
tían tres en la población, el de Quiñones, el de 
la condesa de Onís y el de Estrada-Bosa. Este 
último era el único que no alcanzaba el medio 
siglo de antigüedad. Cuando cualquiera de las 
tres carrozas salía a la calle, rodeábala un enjam- 
bre de chiquillos y seguíanla buen trecho en tes- 
timonio de incondicional entusiasmo. Los veci- 
nos en lo interior de sus moradas distinguían, por 
el estrépito de las ruedas y el chasquido de las 
herraduras, a cuál de los magnates mencionados 
pertenecía. Eran, en suma, tres instituciones ve- 
nerandas que los hijos de la ciudad sabían amar y 
respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más 
de las tres cuartas partes del año no se conocían 
entonces otros preservativos naturales que el pa- 
raguas y las almadreñas. Poco después vinieron 
los chanclos de goma y recientemente también se 
introdujeron los impermeables con capuchón, que 
transforman en ciertos momentos a Lancia en 
vasta comunidad de frailes cartujos. 

El viento soplaba más recio en la travesía de 
Santa Bárbara que en ningún otro paraje de la 
población. Esta vía, abierta entre el palacio del 
obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, 
donde viene a caer la cadena del pararrayos, pasa 
a su terminación por debajo de un arco y forma 
lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y 
clama y se lamenta en noches tan infernales como 
la presente. 



EL MAESTEANTE 



9 



Un hombre embozado hasta los ojos atravesó 
velozmente la plazoleta que hay delante de la mo- 
rada de los obispos y entró en este recodo. La 
fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetran- 
do entre el embozo de la capa y el sombrero, le 
privó de la vista. Kesistió unos instantes a pie fir- 
me la violencia de la ráfaga, y en vez de soltar 
alguna interjección enérgica, que nunca fuera más 
al caso, dejó escapar un suspiro de angustia. 

— ¡ Ay, Jesús mío, qué noche ! 

Se arrimó a la pared, y cuando el viento sose- 
gó sus ímpetus siguió su camino. Pasó por de- 
bajo del arco que comunica el palacio con la ca- 
tedral y entró en la parte más desahogada y es- 
clarecida de la travesía. Un reverbero de aceite 
engastado en la esquina servía para iluminarla 
toda. El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secun- 
dado por la gran mariposa de hoja de lata, para 
enviar alguna claridad a los confines de su juris- 
dicción. Pero, más allá de diez varas en radio, 
nada hacía sospechar su presencia. Sin embargo, 
a nuestro embozado debió parecerle una lámpara 
Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cui- 
dado con que se subió aún más el embozo y la 
prisa con que abandonó la acera para caminar 
ceñido a la tapia del patio en que las sombras se 
espesaban. Salió en esta guisa a la calle de Santa 
Lucía, echó una rápida mirada a un lado y a 
otro, y corrió de nuevo al sitio más obscuro. La 
calle de Santa Lucía, con ser de lasi más céntri- 
cas, es también de las más solitarias. Está cerra- 
da a su terminación por la base de la torre de 
la basílica, esbelta y elegante como pocas en Es- 
paña, y sólo sirve de camino ordinariamente a los 
canónigos que van al coro y a las devotas que sa- 
len a misa de madrugada. 

En esta calle, corta, recta, mal empedrada y 



10 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



de viejo caserío, se alzaba el palacio de Quiño- 
nes de León. Era' una gran fábrica obscura de fa- 
chada churrigueresca, con balcones salientes ■ de 
hierro. Tenía dos pisos, y sobre el balcón cen- 
tral del primero un enorme escudo labrado tosca- 
. mentó y defendido por dos jayanes en alto relieve 
tan toscos como sus cuarteles. 

Una de las fachadas laterales caía sobre pe- 
queño jardín húmedo, descuidado y triste y 
cerrado pór una tapia de regular elevación ; la 
otra sobre una callejuela aún más húmeda y su- 
cia abierta entre la casa y la pared negra y des- 
cascarillada de la iglesia de San Bafael. Para pa- 
sar del palacio a la iglesia, donde los Quiño- 
nes poseían tribuna reservada, existía un puente 
o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante 
al que los obispos tienen sobre la travesía de 
Santa Bárbara. Por la viva claridad que dejaba 
pasar la , rendija 3e un balcón entreabierto ad- 
vertíase que los dueños de la casa no estaban aún 
entregados al descanso. Y si la claridad no lo acu- 
sara, acusábanlo más claramente los sones amor- 
tiguados de un piano que dentro se dejaban oír 
cuando los latidos furiosos del huracán lo consen- 
tían. 

Nuestro embozado siguió, con paso rápido y 
ocultándose en la sombra cuanto podía, hasta la 
puerta del palacio. Allí se detuvo ; volvió a echar 
una mirada recelosa a entrambos lados de la ca- 
lle, y entró resueltamente en el portal. Era am- 
plio, con pavimento de guijarro como la calle, 
las paredes Usas y enjalbegadas de mucho tiem- 
po, tristemente iluminado por una lámpara de 
aceite colgada en el centro. El embozado lo 
atravesó velozmente, y sin tirar del cordón- de 
la campana pegó el oído a la puerta, y así estu- 
vo inmóvil algunos instantes en escucha. Cercio- 



EL MAESTEANTE 11 



rado de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la 
calle y enfiló otra mirada por ella. Al fin resol- 
vióse a abrir el embozo y sacó de debajo de la 
capa nn bulto que depositó en el suelo con mano 
' temblorosa, cerca de la puerta. Era un canasti- 
llo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo 
cual impedía observar lo que en él se guardaba, 
aunque bien se presumía. Desde Moisés, los ca- 
nastillos misteriosos parecen destinados a guar- 
dar infantes. El rebozado, ya desarrebozado, 
tiró tres veces del cordón de la campana, y al 
instante, desde arriba, abrieron por medio de 
otra cuerda. Las tres campanadas indicaban que 
quien entraba en la aristocrática mansión de los 
Quiñones era un noble, un par de los señores. 
Tiempo hacía que se estableciera esta costum- 
bre, sin saber cómo. Un menestral, un criado, un 
inferior, por cualquier concepto, no llamaba sino 
con una campanada ; las visitas llamaban con 
dos ; y la media docena o poco más de personas 
que el linajudo señor de Quiñones consideraba 
sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por 
acuerdo tácito o expreso, que eso nunca se ave- 
riguó. Murmurábase en la ciudad de tal diferen- 
cia : los que nunca habían pisado los salones de 
la casa, embromaban a los que a diario los visi- 
taban : respondían éstos negando la especie ; pero 
aunque secretamente humillados, respetaban la 
feudal costumbre. Nadie era osado a dar las tres 
campanadas del segundo estamento. Sólo Paco 
Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma 
o fanfarronada ; pero al llegar al salón se le re- 
cibió con sorpresa y frialdad tan despreciativas, 
que no le quedaron ganas de repetirlo. 

El hombre del canastillo se apresuró a entrar 
y cerrar la puerta ; atravesó el pórtico y subió 
por la gran escalera de piedra, en cuyos peldaños 



12 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



gastados por el uso se rezumaba constantemente 
alguna humedad. Al llegar al piso principal un 
criado se acercó a recogerle la capa y el som- 
brero. Y sin aguardar más, como si alguien le 
persiguiera, lanzóse con presurosa planta a la 
puerta del salón y la abrió. La viva luz de las 
arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era 
un hombre alto, corpulento, de treinta a treinta 
y dos años de edad, la fisonomía dulce y las fac- 
ciones correctas : gastaba el pelo cortado a punta 
de tijera y la barba luenga, rubia y sedosa. En 
aquel momento su rostro estaba pálido y, revelaba 
profunda inquietud. 

En cuanto alzó loa ojos,, que la excesiva clari- 
dad le obligara a cerrar, enderezó la mirada a la 
señora de la casa, sentada en una butaca. Cla- 
vó ella a su vez en él otra intensa y ansiosa. Fué 
un choque que dió instantáneo reposo a sus fisono- 
mías, como dos fuerzas iguales que se neutralizan. 
El caballero se detuvo a la puerta esperando que 
cruzasen cinco o seis parejas que venían girando 
al compás de un vals, y sus labios descoloridos se 
plegaron con sonrisa tan dulce como triste. 

— ¡ Qué tarde ! No pensábamos que usted vi- 
niera ya — exclamó la señora alargándole su mano 
fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro veces 
con intensa emoción al chocar con la de él. 

Era una mujer de veintiocho a treinta años, 
menuda de cuerpo, el rostro pálido y expresivo, 
los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña 
y nariz ligeramente aguileña. 

— ¿Cómo se encuentra usted, Amalia? — dijo 
el caballero, sin responder a la exclamación, ocul- 
tando bajo una sonrisa la ansiedad que a su pesar 
se le traslucía e,n lo tembloroso de la voz. 

— Estoy mejor... Muchas gracias. 

— ¿No le hará a usted daño este ruido? 



EL MAE STB ANTE 



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— No... Me aburría mucho en la cama... Ade- 
más, no quería privar a las chicas del único re- 
creo que hoy por hoy tienen en Lancia. 

— Muchas gracias, Amalia — exclamó una jo- 
vencita que venía bailando y oyó las últimas pa- 
labras de la dama. 

Esta le dirigió una sonrisa bondadosa. 

Otra pareja que venía detrás chocó con el ca- 
ballero, que continuaba en pie. 

— ¡ Usted siempre estorbando, Luis ! 

— A nadie más que a usted, María Josefa — 
respondió el joven, riendo con afectación para di- 
simular el embarazo que aun sentía. 

— ¿Está usted seguro de que a mí sola? — pre- 
guntó ella alzando al mismo tiempo su mirada ma- 
liciosa hacia el caballero que la estrechaba en sus 
Brazos. 

María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cua- 
renta años, y sus quince habían sido casi tan feos, 
pese al refrán, como sus cuarenta. Como no po- 
seía tampoco bastante hacienda para restablecer 
el equilibrio, ningún valiente había llegado a re- 
dimirla del purgatorio de la soltería. Hasta ha- 
cía poco tiempo todavía halagaba la esperanza 
de que, ya que no un pollo, por lo menos se arro- 
jase a pedir su mano alguno de los indianos sol- 
teros que iban llegando a establecerse en Larir- 
cia. Fundábala en la tendencia que éstos mos- 
traban a contraer matrimonio con las hijas de 
las familias distinguidas de la población, aun- 
que no llevasen dote. Pertenecía ella por la lí- 
nea paterna a una de las más ilustres ; como que 
era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa 
nos hallamos. Pero su padxe había muerto, y vi- 
vía con su madre, mujer de baja estofa, cocine- 
ra antes de subir al tálamo nupcial de su amo. 
Sea por esto o, lo que es más probable, por la 



14 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



bien declarada y proverbial fealdad de su figura, 
tampoco los indianos picaron la carnada del an- 
zuelo. Y eso que, con motivo o sin él, solía des- 
cotarse más de la cuenta para hacer ostensible 
lo que, según voz publica, tenía de menos malo 
en su cuerpo. El rostro era repulsivo, de faccio- 
nes incorrectas, hinchado por la erisipela y des- 
figurado a menudo por algunas llamaradas roji- 
zas que le subían a las narices. De sus ilusiones 
femeninas no le quedaba ya más que una, la de 
bailar : era una verdadera pasión : padecía horri- 
blemente cada vez que los descuidados pollos de 
Lancia la dejaban comiendo pavo. Pero se ven- 
gaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía 
una lengua tan acerada, que la mayor parte de 
los jóvenes le sacrificaban por lo menos un bai- 
le en todos los saraos. Cuando se descuidaban, 
las mismas muchachas se lo recordaban, temien- 
do las iras de la feroz solterona. Bailaba, pues, 
talnto como Ta más linda damisela de Lancia, 
por razón opuesta, esto es, por el saludable te- 
rror que había logrado inspirar. Ella lo sabía, y 
aunque humillada en el fondo del alma, no de- 
jaba de aprovecharse, optando por el que consi- 
deraba menor de los males. Poseía espíritu sagaz 
y malicioso ; veía muy bien el ridículo de las ac- 
ciones, narraba con gracia y estaba dotada, ade- 
más, de un don particular para herir a cada perso- 
na, cuando se le antojaba, en lo más vivo. 

— ¿Ha llegado ya el conde? — dijo una voz ás- 
pera que salía del gabinete contiguo y se sobre- 
puso al tecleo del piano y a las pisadas de los baila- 
rines. 

— Sí : aquí estoy, don Pedro... Voy allá. 

El conde dió un paso hacia el gabinete, sin 
apartar la vista de la pálida señora. Esta le clavó 
otra mirada intensa donde se leía una interroga- 



EL' MAESTBANTE 



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cíón. El cerró los ojos afirmando, y pasó a la 
inmediata estancia. Lo mismo ésta que el salón 
estaban amueblados sin lujo. Los próceres de 
Lancia desdeñaban esos refinamientos del deco- 
rado, hoy tan usuales. No por avaricia, sino por 
enteinder con razón que su prestigio estribaba, 
más que en la riqueza o suntuosidad de las mo- 
ra-das, en el sello 1 de respetable antigüedad que 
poseían, rechazaban en ellas cualquiera innova- 
ción, lo mismo interna que externa. Los muebles 
envejecían, se deslustraban ; las alfombras y cor- 
tinas se iban rayendo.. Los dueños aparentaban 
no fijarse en ello. Sobre todo, don Pedro Quiño- 
nes mostraba una negligencia en este punto que 
rayaba en jactancia. Ni los ruegos de su señora, 
ni las indirectas que algún osado, como Paco Gó- 
mez, solía autorizarse bromeando, le decidían ja- 
más a llamar a los pintores y tapiceros. Se adi- 
vinaba bien que en esta resolución influía el des- 
dén con que miraba el lujo desplegado por algu- 
nos indianos en el mobiliario' de sus casas. 

El salón, en lo que toca a las dimensiones, era 
soberbio, amplio, elevadísimo de techo ; ocupaba 
todos los balcones de la calle de Santa Lucía, 
exceptuando el del gabinete. La sillería antigua, 
pero no imitando formas de siglos remotos, co- 
mo ahora se usa : estaba construida en el pasado 
al gusto de la época, y forrada de terciopelo verde 
ya gastado. La alfombra descubría el tejido por 
varios sitios. De las paredes colgaban algunos ta- 
pices magníficos. Este era el lujo de la casa. Don 
Pedro Quiñones poseía una colección de gran va- 
lor. Solía exhibirlos una vez al año, colgándolos 
de los balcones el día del Corpus para el paso de 
la procesión. Decíase que un inglés le había ofre- 
cido por ellos un millón de pesetas. Poseía asimis- 
mo algunos cuadros antiguos de mérito, tan obs- 



16 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



curecidos por el tiempo que, si una mano hábil 
no venía pronto a restaurarlos, concluirían por des- 
aparecer. Lo único nuevo que en el salón había 
era el piano, comprado hacía tres años, poco des- 
pués de casarse en segundas nupcias don Pedro. 

El gabinete, también de gran tamaño, con un 
balcón a la calle de Santa Lucía y dos al jardín, 
estaba peor decorado aún. Grandes cortinpnes de 
damasco, dos armarios de roble sin espejo, un 
sofá forrado de seda, algunos sillones de vaqueta, 
una mesa redonda en el centro y algunas sillas 
correspondientes al sofá ; todo bien manoseado y 
marchito. En torno de la mesa central, y alum- 
brados por enorme quinqué de aceite con pan- 
talla verde, estaban tres caballeros jugando al 
tresillo. El dueño de la casa era uno de ellos. 
Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho 
años de edad ; hacía tres que estaba enteramente 
imposibilitado para moverse, de resultas de un 
ataque apoplético que le paralizó las dos pieiras. 
Era corpulento, rostro moreno y facciones bien 
acentuadas, enérgicas ; el cabello y la barba, blan- 
queando ya por muchos puntos, fuertes, abun- 
dantes, encrespados ; los ojos negros y hundidos 
de mirar imponente. En su fisonomía había una 
expresión de orgullo y fiereza que ni aun la son- 
risa amistosa con que acogió al conde de Onís 
pudo extinguir por completo. Estaba reclinado más 
que sentado en una butaca construida adre- 
de para facilitarle el movimiento del tronco 
y los brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin 
de que le fuese posible jugar y tener las piernas 
extendidas. Aunque en la chimenea ardían algu- 
nos troncos de leña, se abrigaba con una taima 
de color gris cerrada al cuello con broche d6 oro. 
Bordada sobre ella, del lado del corazón, había 
una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El 



EL MAESTRANTE 



17 



señor de Quiñones prescindía pocas veces de 
esta taima, que le daba aspecto un poco fantásti- 
co y teatral. 

Siempre había sido extravagante en el vestir. 
Su orgullo le impulsaba a buscar el modo de dis- 
tinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vió 
de levita cerrada, sombrero de copa y almadre- 
ñas : gastaba larga melena, como un caballero del 
siglo diez y siete ; vestía a menudo traje de tercio- 
pelo o pana con botas de montar ; usaba botines 
cuando' ya nadie se acordaba de eüos, y grandes 
cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco, imi- 
tando la antigua valona. Nunca se vió hombre más 
preciado de su nobleza ni con más afán de resucitar 
el prestigio y los privilegios de que aquélla gozaba 
en siglos pasados. El público murmuraba de sus 
extravagancias y muchos se reían de ellas, porque 
Lancia es una población donde abundan los es- 
píritus humorísticos ; pero, como siempre aconte- 
ce, este orgullo desmedido y feroz había concluido 
por imponerse. Los que con más gracia se burla- 
ban de las rarezas de don Pedro eran los que con 
mayor sumisión y rendimiento le quitaban el som- 
brero así que le veían de media legua. 

Había vivido en la corte algún tiempo duran- 
te sus años juveniles, pero no echó raíces en 
ella. Fué gentilhombre con ejercicio y disfrutó 
de las ventajas y preeminencias que su caudal y 
nacimiento le concedían ; pero no bastaban a sa- 
ciar aquel corazón henchido de arrogancia. La 
extraña amalgama de la aristocracia de la sangre 
con la del dinero le hería y le irritaba. El res- 
peto que se concedía a los hombres políticos y 
que él mismo se veía obligado a tributar por ra- 
zón de su cargo le encendía de ira. ¡ Un hijo de 
la nada, un pelagatos pasar por delante de él 
con la cabeza erguida, dirigiéndole una mirada 

MAESTRANTE. — 2 



18 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



indiferente o desdeñosa ! ¡ A él, descendiente di- 
recto de los condes soberanos de Castilla! Por 
no sufrirlo y por el amor que profesaba a Lan- 
cia renunció al empleo y vino a habitar de nue- 
vo el churrigueresco palacio en que nos halla- 
mos. La soberbia/ o por ventura su carácter ex- 
céntrico, le hicieron cometer, en este período de 
su vida de mayorazgo solterón, mil extravagan- 
cias y ridiculeces que asombraron y fueron el re- 
gocijo de la ciudad mientras no llegó a acostum- 
brarse. Don Pedro no salía jamás a la calle sin 
ir acompañado de un su criado o mayordomo, 
hombre zafio, que vestía el traje del labriego del 
país, esto es, calzón corto con medias de lana, 
chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero ca- 
lañés. Y no sólo salía con Manín (por este nom- 
bre era umversalmente conocido), sino que le lle- 
vaba al teatro. Era de ver a los dos en un palco 
principal ; él, rígido, correcto, paseando su mira- 
da distraída por la sala ; el criado, con las pal- 
mas de las manos apoyadas en la barandilla y la 
barba sobre las manos con la atónita mirada cla- 
vada en el escenario, soltando bárbaras, ruidosas 
carcajadas, rascándose el cogote o bostezando a 
gritos en medio del silencio. Entraba con él en 
los cafés y hasta le llevaba a los bailes. Manín 
llegó a ser en poco tiempo una institución. Don 
Pedro, que apenas se dignaba hablar con las per- 
sonas más acaudaladas de Lancia, sostenía plática 
tirada con él y admitía que le contradijese en la 
forma ruda y grosera de que era capaz únicamente. 

— Manín, hombre, repara que estás molestan- 
do a esas señoras — le decía a lo mejor hallán- 
dose ambos en cualquier tienda. 

— Bueno, bueno ; pues si quieren estaf a gusto, 
que traigan de casa un jergón y se acuesten — 
respondía el bárbaro en voz alta. 



EL MAESTKANTE 



19 



Don Podro se mordía los labios para no soltar 
el trapo, porque le hacían extremada gracia tales 
groserías y brutalidades. 

Si entraba en un café, Manín se atracaba de 
cuarterones de vino tinto mientras él .solía beber 
con parquedad una copita de moscatel. Pero siem- 
pre pedía una botella y la pagaba, aunque la de- 
jase casi llena. Mostrando por esta prodigalidad 
cierta extrañeza un boticario de la población con 
quien alguna vez se dignaba hablar, le respondió 
con fría arrogancia : 

— Pago una botella, porque me parece inde- 
coroso que don Pedro Quiñones de León pida una 
copa como cualquier c... tintas de las oficinas del 
gobierno político. 

Causaba asombro también en la ciudad el que 
al saludar a los clérigos en la calle les besase la 
mano, imitando la costumbre de los nobles en 
otros «siglos. Este respeto no era más que un me- 
dio de distinguirse y acreditar su alta jerarquía, 
como todo lo demás. Porque al capellán que te- 
nía a su servicio, aunque le besaba la mano en 
público, le trataba como a un doméstico en pri- 
vado. Le guardaba muchas menos consideracio- 
nes que a Manín. Pero lo que verdaderamente 
dejó estupefacta a la población y se prestó a sin- 
número de comentarios y chufletas fué lo que 
don Pedro hizo, poco después de llegar de Madrid, 
en cierta solemnidad religiosa. Se presentó en la 
iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones 
y entorchados, que debía de ser el de maestran- 
te de Ronda. Ai llegar el momento de la con- 
sagración en la misa, avanzó con paso solemne 
hasta el medio del templo, que se hallaba libre 
de gente, desenvainó la espada y comenzó a es- 
grimirla sucesivamente contra los cuatro pun- 
tos cardinales, dando furiosas estocadas y man- 



20 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



dobles al aire. Las mujeres se asustaron, los 
chiquillos corrieron, la mayor parte de los 
hombres pensó que era un acceso de locura. 
Sólo los más avisados o eruditos entendieron que 
se trataba de una ceremonia simbólica y que 
aquellos mandobles al aire significaban que don 
Pedro estaba resuelto como caballero profeso 
que era de una orden militar, a batirse con todos 
los enemigos de la fe, en cualquier paraje del 
mundo. El único periodiquito que se publicaba 
entonces en Lancia todos los domingos (hoy 
existen once, seis diarios y cinco semanales) le 
dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia, 
se burlaba de él. Sin embargo, tales burlas pú- 
blicas o privadas, como ya se ha indicado, no con- 
seguían amenguar el prestigio de que el ilus- 
tre prócer gozaba en la ciudad. Quien se consi- 
dera de buena fe superior a los seres que le ro- 
dean, tiene mucho adelantado para que éstos se 
le humillen. Además, don Pedro, a pesar de sus 
ridiculeces, era hombre culto, aficionado a la li- 
teratura y con pujos de poeta. De vez en cuan- 
do, y con ocasión de cualquier fausta nueva para 
la patria o familia real, escribía algunas décimas 
o tercetos en estilo clásico, un poco gongorino. 
Aunque algunas personas trataron de persuadir- 
le a que los publicase, nunca esto se pudo aca- 
bar con él. Profesaba tan sincero desprecio a todo* 
lo que reflejase el movimiento democrático de 
nuestra era y muy especialmente a los periódi- 
cos, que prefería tenerlos manuscritos, conocidos 
solamente de un número reducido de amigos. 
Pasaba igualmente por hombre valeroso. En 
Madrid había tenido algunos duelos y en Lancia 
dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe político 
que los progresistas mandaron a esta provincia, 
por la intercesión del obispo y cabildo catedral. 



EL MAESTKANTE 



21 



Al llegar a los cuarenta años, poco más o me- 
nos, casó con una señora aristócrata también, que 
habitaba en Samó. Murió su esposa al año, 
a consecuencia del parto. Tres años después 
contrajo de nuevo matrimonio con Amalia, dama 
valenciana algo emparentada con él. Apenas se 
conocían. Don Pedro la había visto en Valencia 
cuando ella contaba catorce años. El matrimo- 
nio que se realizó diez años después pactóse por 
medio de cartas, previo el cambio de retratos. 
Se daba por seguro que la voluntad de la novia 
había sido forzada, y aun se decía que durante 
algunos meses se había negado a compartir el 
tálamo con su marido. Todavía más. Se conta- 
ba en Lancia con gran lujo de pormenores el via- 
je que por consejo de un canónigo hizo don 
Pedro con su esposa para inspirarla confianza y 
acortar, entre las peripecias del camino y la des- 
comodidad de las posadas, la distancia moral y 
material que los separaba. Cumplidas las profe- 
cías del astuto capitular y realizados todos los 
fines del matrimonio, el cielo no quiso sin em- 
bargo bendecirlo. Poco tiempo después don Pe- 
dro experimentó el terrible ataque apoplético 
que le paralizó de medio cuerpo abajo, y desde 
entonces no hubo términos 'hábiles para la ben- 
dición, aunque la Providencia estuviese animada 
de los mejores deseos. 

—Nos hace falta un cuarto — dijo apretando 
con efusión la mano del conde. 

— Si, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos 
está llevando el dinero bravamente — dijo un vie- 
jecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo 
blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marca- 
do acento gallego. Se llamaba Saleta y era ma- 

istrado de la audiencia y tertulio, asiduo dé la casa 

e Quiñones. 



22 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡ No tanto, señor Saleta, no tanto ! Sólo gano 
doscientos tantos. Faltan trescientos para desqui- 
tarme de lo que he perdido ayer — manifestó el 
aludido, que era un joven de fisonomía abierta y 
simpática. 

— ¿Y por qué no han llamado ustedes a Ma- 
nín? — preguntó el conde dirigiendo una mirada 
risueña al célebre mayordomo, que, con su cal- 
zón corto, zapatos claveteados y chaqueta de ba- 
yeta verde, dormitaba en una butaca. 

Las miradas de los tres se volvieron hacia él. 

— Porque Manín es un bruto que no sabe ju- 
gar más que a la brisca — dijo don Pedro riendo. 

— Y al tute — manifestó el gañán, desperezán- 
dose groseramente, abriendo una boca de a cuarta. 

— Bueno, y al tute. 

— Y al monte. 

— Bien, hombre, y al monte también. 

Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él. 
Pero al cabo de un momento volvió a decir : 
— Y al parar. 

— ¿Al parar también? — preguntó en tono de 
burla el conde de Onís. 

— Sí, señor, y a las siete y media. 

' — ] Vaya ! ¡ vaya ! — exclamó aquél distraída- 
mente, abriendo el abanico de cartas y examinán- 
dolo atentamente. 

Y siguieron jugando con empeño, absortos y si- 
lenciosos. El mayordomo les interrumpió de nue- 
vo, diciendo : 

— Y al julepe. 

— ¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majade- 
ro — exclamó ásperamente don Pedro. 

— j Man j adero! ¡manj adero! — masculló el al- 
deano con mal humor — . Otros hay tan manjade- 
ros ; pero como tienen dinero no hay quien se lo 
llame. 



EL MAESTEANTE 



23 



Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas 
en el sillón, estiró las patas y cerró los ojos para 
roncar. 

Los jugadores levantaron la vista hacia don 
Pedro con sorpresa e inquietud. Este la clavó co- 
lérica en su mayordomo ; pero, al verle en aquella 
tan sosegada postura, cambió repentinamente, y 
alzando los hombros y convirtiendo de nuevo los 
ojos a las cartas, exclamó con sonrisa alegre : 

— \ Qué bárbaro ! ¡ Es un verdadero suevo ! 

— ¡ Alto, señor Quiñones, alto ! — dijo Saleta — . 
Los suevos han acampado solamente en Galicia. 
Ustedes no son más que cántabros. . . Precisamente 
yo debo saber bien eso... 

— ¡ Claro ! ¡ Uzté ze lo zabe too ! — manifestó 
un caballero no tan viejo, si bien pasaría de los 
cincuenta, que entraba a la sazón. Don Enrique 
Valero, magistrado de la Audiencia también, hom- 
bre de agradable porte, de rostro fino y expresivo, 
aunque extremadamente marchito por la vida ale- 
gre que había llevado. Como lo denunciaba su 
acento, de lo más cerrado y ceceoso que puede 
oírse, era andaluz y de la provincia de Málaga. 

— No lo sé todo, amigo Valero — repuso con 
calma Saleta — ; pero conozco perfectamente la 
historia de mi país y las particularidades referentes 
a mi f amilia. 

— ¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de 
lo zuevo, compañero? 

— Porque mi familia desciende de uno de los 
caudillos más principales que penetraron en la pro- 
vincia de Pontevedra cuando la irrupción, según 
consta de varios documentos que se conservan en 
el archivo de mi casa. 

Los jugadores cambiaron una risueña mirada de 
inteligencia con Valero. 
— ] Ajá ! — exclamó éste entre alegre e irrita- 



24 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



do — . Ahora rezulta que el amigo Zaleta ez un 
zuevo como una catedral. ¡ <J)uién lo había de pen- 
zá, tan rebajuelo y £an chiquitín ! 

— Sí, señor — prosiguió el otro, como si no 
hubiera oído, hablando con lentitud y firmeza — . 
El caudillo que dió origen a nuestra familia se 
llamaba Eechila. Era hombre al parecer feroz y 
sanguinario. Gran conquistador ; extendió sus do- 
minios muchísimo, y hasta me parece que llegó 
en sus correrías hasta Extremadura. Un día, sien- 
do yo niño, se encontró su corona enterrada entre 
los cimientos de la antigua capilla de nuestra casa. . . 

— ¡ Pero, hombre ! ¡ pero, hombre ! — exclamó 
Valero mirándole fijamente con una cómica indig- 
nación que hizo soltar la carcajada a los demás. 

Saleta prosiguió imperturbable describiendo el 
hallazgo, la forma, el peso, cada uno de los ador- 
nos ; no se le olvidó un pormenor. 

Y Valero mientras tanto no apartaba de él la 
mirada, sacudiendo la cabeza con creciente irri- 
tación. 

Todas las noches pasaba lo mismo. El desca- 
rado mentir de su colega provocaba en el magis- 
trado andaluz una indignación a veces fingida, 
otras real, que siempre alegraba a la compañía. 
Era tan insólito que un gallego se atreviesé a 
bravear de exagerado y embustero delante de un 
andaluz, que éste, herido en su amor propio y en 
los fueros de su país, llegaba en ocasiones a en- 
fadarse, dudando si Saleta era un tonto o por ta- 
les tenía a los que le escuchaban. En realidad el 
magistrado de Pontevedra mentía con tan poca 
gracia y al mismo tiempo con tal firmeza, que era 
cosa de pensar si sería un picaro redomado que se 
gozaba en impacientar a sus amigos. 

— ¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha 



EL MAESTEANTE 



25 



llegao a Eztremadura? — preguntó al fin Valer 
en tono decidido. 
— Sí, señor. 

— Pue me parece, compare, que eztá uzté equi- 
vocao, porque eze zeñó Eenchila... 
— Eechila. 

— Bueno, eze Eechila ha ido máz allá, ha co- 
rrió hazta la provincia de Málaga ; pero allí le 
zalió al encuentro una partía de vándalos de la 
cual era jefe uno de miz ascendiente, que ze lla- 
maba zi mal no recuerdo... ezpere un poco... ze 
llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte Matalaoza, 
que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó 
completamente, le hizo prizionero y le tuvo ti- 
rando de una noria hazta que ze murió. Todavía 
ze conzervan en lo zótano de caza alguno peazo de 
la maquinita. 

Don Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís ha- 
bían suspendido el juego y reían sin rebozo alguno. 

— No puede ser. Eechila no ha pasado de Mé- 
rida, que ha conquistado después de un corto ase- 
dio — manifestó Saleta sin turbarse poco ni mu- 
cho. 

— Dispenze uzté, amigo? en el archivo de mi 
caza hay documentoz que acreditan que el zeñó 
Eenchila ha entrao una mijita por la provincia 
e Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo, 
por la línea de madre, ni pa Dtóz quizo deharle 
seguí ma adelante. 

— Permítame usted, amigo Valero ; me parece 
que está usted en un error. Ese Eechila debe de 
ser otro. Entre los suevos ha habido varios Ee- 
chilas. . . 

■ — No zeñó, no... El Eechila que ha derrotao mi 
abuelo era el antepazao de uzté... Eztoy zeguro... 
De la provincia de Pontevedra. . . Ze le conocía en 
zeguidita por el acento. 



26 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Y afectaba gran seriedad al proferir estas fra- 
ses. La alegría de los jugadores era cada vez ma- 
yor. Saleta, acostumbrado a las burlas de su co- 
lega, no se amoscaba ni perdía un punto de su 
irritante flema. La desvergüenza de este hombre 
para mentir y sostener luego sus mentiras era 
inaudita. 

Cuando vió la inutilidad de seguir disputando, 
atendió nuevamente al juego. Los demás hicieron 
lo mismo, aunque de vez en cuando se les esca- 
paba por la nariz el flujo de la risa. 

Jaime Moro seguía ganando. , Y se mostraba 
alegre y charlatán, comentando cada una de las 
jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de 
barba negra recortada, facciones correctas, ojos 
rasgados <sin expresión y tez suave y sonrosada. 
Su padre, administrador diocesano que había sido 
en aquella provincia, se murió el año anterior, de- 
jándole una regular hacienda, setenta u ochenta 
mil duros, según los bien enterados. Este capital 
en Lancia le hacía un verdadero potentado. No 
hay para qué decir que fué el blanco de todos los 
tiros de las niñas casaderas, su ideal, su sueño 
dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo fe- 
menino. Amaba infinitamente más a Mercurio 
que a Venus. Su afición al juego, a toda clase 
de juegos, era tan desmedida que bien podía de- 
cirse que su vida entera estaba consagrada a ella, 
que había nacido para jugar. Vivía solo, con ama 
de llaves, criado y cocinera. Levantábase de 
diez a once de la mañana, y después de aci- 
calarse se iba a la confitería de doña Eomana, 
donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba 
de todos los cuentos que corrían por la pobla- 
ción. Así que echaba a un lado esta tarea me- 
tíase en la trastienda obscura, grasienta, prin- 
gosa, con un olor a hojaldre que derribaba, y 



EL MAESTEANTB 



27 



sentándose a una mesa que correspondía en un 
todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la 
copa de Jerez y los pasteles al dominó con su 
íntimo amigo don Baltasar Eeinoso, uno de los 
muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas 
de renta que residían en Lancia. A las dos a co- 
mer. A las tres al Círculo Mercantil a comenzar 
con tres de los indianos , que formaban el núcleo 
de aquella sociedad de recreo, el clásico chapó, 
que se prolongaba ordinariamente hasta la9 cin- 
co. Y vamos corriendo a casa del muy ilustre se- 
ñor deán de la catedral basílica, donde nos espera 
este señor en compañía del maestrescuela y del 
cura de San Bafael para ventilar el tresillo coti- 
diano. Cuando el chapó .se prolongaba algo más de 
lo acostumbrado, solía venia: un monaguillo al 
Círculo para avisarle de que sus compañeros es- 
taban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a 
dar los tres o cuatro tacazos definitivos, y entre 
uno y otro se hacía poner el abrigo por el mozo 
para no perder tiempo, y pagando o cobrando con 
mano nerviosa el saldo de su cuenta, corría des- 
alado con la lengua fuera hasta casa del deán. El 
tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a 
cenar. A las nueve, escapado a la de don Pedro 
Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a la de 
don Juan Estrada-Bosa a lo mismo. A las doce al 
Casino, donde se reunían unos cuantos trasnocha- 
dores y jugaban al monte o la lotería un rato. Por 
último, a las dos o las tres de la madrugada Jaime 
Moro caía en su lecho rendido de tan laboriosísima 
jornada, para comenzar al día siguiente otra en- 
teramente igual. 

Ni se piense que era un joven codicioso. Nada 
de eso. Su liberalidad era conocida y loada por 
toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia 
del dinero, sino una decidida y desinteresada vo- 



28 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



cación que se había sobrepuesto en él a todas 
las demás aficiones. Era el suyo un tempera- 
mento excesivamente activo, sin inteligencia ni 
voluntad para darle un fin serio y útil. En sus 
cortos momentos de ocio aparecía como hombre 
sosegado, indiferente, linf ático ; pero así que te- 
nía las cartas eñ la mano, o el taco, o las fichas 
del dominó, adquiría su figura brío inusitado, el 
rostro se le mudaba, las manos se estremecían 
como potros refrenados, los ojos expresaban la 
energía recóndita de su alma. Inspiraba genera- 
les simpatías en la población y las cercanías. No 
había hombre más dulce, más inofensivo en su 
trato. Jamás se le oyó hablar mal de nadie. Los 
que ven siempre la parte negra de las cosas de 
este mundo y el lado flaco de los caracteres, que 
van siendo cada vez más, por desgracia, soste- 
nían que si no murmuraba era porque no sabía, 
que era tan bueno porque no podía ser otra cosa. 
¡ Como si no hubiera necios perversos ! Un de- 
fecto tenía Moro, hijo de su misma afición. Se 
consideraba insuperable en todos los juegos a 
que se dedicaba. No se le podía negar gran maes- 
tría en ellos ; ipero de aquí a no tener rival hay 
mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto 
procedían los prolijos, eternos comentarios con 
que sazonaba cada jugada, y que ya habían lle- 
gado a ser proverbiales en Lancia. Daba un ta- 
cazo en el billar. Las bolas no rodaban como se 
había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza 
con desesperación. 

— ] Un poquito menos de bola, y la mía hu- 
biera entrado por los palos ! . . . Pero me veía obli- 
gado a tomar mucha bola, para que el mingo ba- 
jase ; porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? 
él me hace villa y se mete en casa. . . ¡ Y a mí no 
me conviene eso ! 



EL MAE STE ANTE 



29 



Si los circunstantes asentían, aunque perdiese 
todas las jugadas no le importaba nada. Salvada 
su honra profesional, el dinero era lo de menos. 
Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. 
No cesaba de hablar. Pues otro tanto pasaba en 
el tresillo ; pero, al revés de lo que suele acaecer 
en este juego, se abstenía de reprender a sus 
compañeros y de mostrarse enojado. Hablaba, sí, 
y mucho pero siempre para aclarar o glosar 
cualquier jugada, repitiendo infinitamente los 
conceptos en tono elocuente y persuasivo, que ha- 
cía sonreír a los mirones, a Si no me hubiera fa- 
llado el rey... Si hubiera tenido un triunfito más... 
No me atreví a dar la bola porque me figuré que 
don Pedro. . . ¿ Por qué este tres de copas no había 
de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha 
tirado una vuelta este cura.» Era un compañero 
ruidoso, pero muy fino y muy desinteresado. 

— Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar? — le dijo Va- 
lero, metiendo la cabeza por entre los jugadores 
y examinándole las cartas. 

— ¿Cree usted que se puede? — preguntó Moro 
vacilante. 

— A mí me parece que zí. 

— Hay poco de esto y demasiado de esto otro — 
repuso, señalando discretamente con el dedo los 
naipes. 

— Zin embargo, zin embargo... yo creo... 

— Bueno, bueno, jugaremos — replicó Moro con 
su finura acostumbrada. 

Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mi- 
rada a sus compañeras y alzó los hombros con re 
signación. En cuanto Valero se apartó un poco, 
apresuróse a decir por lo bajo : 

— No quise contrariar a don Enrique ; pero aquel 
juego no se podía ganar. 



30 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Vindicada con estas palabras su fama, quedó 
tan alegre como si les hubiera dado una bola. 

El conde de Onís, que en un principio se ha- 
bía mostrado jaranero, fué quedando poco a poco 
pensativo y amurriado. Jugaba sin atención al- 
guna ; de tal modo que sus compañeros le llama- 
ron al orden más de una vez. 

— Pero, conde, ¿qué es lo qué tiene usted hoy? 
Le veo muy preocupado — dijo al fin don Pedro. 

— En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triz- 
tón — corroboró Valero. 

Viéndose interpelado de este modo brusco, se 
turbó como si temiera que el casco de su cerebro 
fuese trasparente y leyesen dentro. 

— No tiene nada de particular... Me siento bas- 
tante molesto de las muelas — respondió, apelando 
a un inocentísimo recurso. 

— Mala enfermedá e, compañero — dijo Valero. 

Y todos le compadecieron y se informaron con 
interés de las particularidades de la dolencia. 

El conde se veía apurado y contestaba vagamen- 
te a las preguntas. 

—Pues contra ese mal, señor conde — apuntó 
Saleta — , no hay mejor medicina que el hierro. 
Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las 
muelas siendo estudiante; No me atrevía a sa- 
car ninguna ; pero la patrona que tenía en San- 
tiago me convenció de que, atando un bramante 
a la muela y sujetándolo por el otro cabo al te- 
cho, poco a poco iba saliendo sin dolor. Me senté 
en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela 
estaba bien amarrada, la huéspeda tira de la silla 
y me deja colgando. ¡ Claro, no tenía más remedio 
que saltar ! , . . 

Valero comenzó a sacudir la cabeza de un modo 
desesperado. Los demás le miran y sonríen. Saleta 
no lo advierte, o finge no advertirlo, y continúa 



EL MAESTBANTE 



31 



con la palabra firme y sosegada y el acento gallego 
que le caracterizaban : 

— Después perdí enteramente el miedo. En la 
Coruña me saco un dentista cinco seguidas. Siendo 
juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, y como no 
había dentista, el promotor me sacó tres con unas 
tenacillas de rizar el pelo su señora. De resultas 
de eso me atacó una inflamación terrible en la 
boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid, y Ludovisi, el 
dentista de la reina, me quemó las encías con un 
hierro candente y me sacó siete buenas... 

— Van quince — murmuró Valero. 

— Y me quedé perfectamente, hasta que hace 
cuatro años, en un pueblecillo de la provincia de 
Burgos, estando de temporada en casa de un ami- 
go, me volvió el dolor, ¡ qué dolor ! No había ni 
médico, ni cirujano, ni nada. Pero llegó casual- 
mente por allí un charlatán que sacaba las muelas 
montado a caballo. Me vi tan apurado, que no 
tuve más remedio que apelar a él ; me sacó dos 
con el rabo de una cuchara. 

— ¡ Compañero, qué rozario ! — exclamó Valero 
en el colmo de la indignación. — ¿Le quea a uzté 
todavía algún novenario en la boca? 

Con la algazara que se armó despertóse Ma- 
nín, desperezóse bárbaramente, abrió una boca- 
za de media vara, dejando escapar un aullido for- 
midable que impresionó al auditorio. Luego volvió 
el ciclópeo torso de medio lado y se dispuso a em- 
palmar el sueño. 

— A ti no te habrán dolido nunca las muelas, 
¿eh, Manín? — preguntó el maestrante, que no 
podía estar un cuarto de hora sin comunicarse con 
su mayordomo. 

— ¡ Quia ! exclamó el gañán sin abrir los ojos . 
siquiera. 



32 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡ Es una roca ! — manifestó el caballero con 
verdadero entusiasmo. 

Pero Manín se incorporó un poco en la butaca 
y dijo restregándose los ojos con los puños : 

— Nunca tuve más que un dolor en la paleti- 
lla. Me dió cargando un carro de hierba y me 
duró más de un mes. No probaba bocado. Pare- 
cía que tenía allá dentro una gafura que me iba 
royendo el cuajo. Se me quebraban las costillas, 
se me hundían los costados, me tiraba a las pa- 
redes, daba corcovos y regañaba los dientes como 
un basilisco. Estaba tan amarillo como la paja 
segada. Un día me dijo el señor cura : — Manín, 
tú careces del pecho. — j Yo carecer del pecho, 
señor cura ! ¡ No me conoce usted bien ! Apalpe 
aquí por su vida ; más recia tengo la entraña 
de lo que usted piensa. — Pues no hay más reme- 
dio, Manín, tienes que llamar al mélico. — Que 
no, señor cura, que na quiero yerbatos ni cata- 
plasmas. — Que sí, Manín, si no lo llamas tú lo 
llamo yo. — En fin, después de mucho gravitar, 
aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don 
Eafael, el mélico de las minas. Me mandó qui- 
tar hasta la camisa y me tumbó de espaldas so- 
bre la masera. En seguida comienza a dar- 
me unos golpecitos en el pecho con los nudillos, 
como quien llama a. la puerta. Pega aquí, pega 
allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arri- 
mada a la carne. ¡ Na ! Yo decía : — ¡ Gravita, 
gravita, probiquín ! ¡ Busca el, puzcalabre ! Más 
de media hora llamando con los nudillos y as- 
cuchando. Hasta que al fin se cansó de no oír na 
que le emportase... — ¡ Ay, amigo del alma! — 
me dijo santiguándose — , tienes un pecho ¡ líqui- 
do ! ¡ líquido ! que en mi vida he visto otro igual... 
— Eso ya lo sabía yo, don Eafael... 

Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y pa- 



EL MAE STB ANTE 



33 



seando una torva mirada por el auditorio, mascu- 
lló sin que le oyesen : 

—¿De qué se reirán estos burros? 

Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada de 
greñas sobre la butaca, cerró los ojos con soberano 
desprecio. 

Los tertulios del maestránte volvieron su aten- 
ción al juego, sin dejar de reír. Pero el conde que- 
dó muy pronto pensativo y distraído otra vez. Al 
cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de sus 
nervios, levantóse de la silla. 

— Vamos, don Enrique, ocupe "usted mi puesto. 
Este dolor me molesta mucho y necesito moverme. 



MAESTEANTE. — 3 



II 



EL HALLAZGO 

Cuando el conde puso de nuevo el pie en la sala, 
justamente se disponían los pollos a bailar un ri- 
godón. Una de las chicas del Jubilado estaba ya 
delante del piano. Don Cristóbal Mateo, a quien 
apodaban de este modo en el pueblo, era un anti- 
guo empleado que había servido muchos años en 
Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya al- 
gunos, con treinta mil reales. Tenía porte mili- 
tar, una figura realmente mafcial con sus bigo- 
tazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y ve- 
lludas manos. Sin embargo, en todos los domi- 
nios españoles no existía hombre más civil. Ha- 
bía hecho su carrera en las oficinas de Ha- 
cienda, y toda la vida había profesado ideas con- 
trarias al predominio de la milicia. Sostuvo siem- 
pre que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, 
los empleados, sino el ejército y la marina. Para 
demostrarlo aducía datos, exhibía notas sacadas 
del presupuesto, se perdía en divagaciones buro- 
cráticas. Decía que el presupuesto de guerra 
«era la sangría suelta por donde se escapabaín las 
fuerzas vivas de la nación», f raicilla que había 
leído en el Boletín de Contribuciones Indirectas, y 



36 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que había hecho suya con extremada fruición. Lla- 
maba vagos a los soldados y profesaba rencor in- 
extinguible a los galones y charreteras. Cuan- 
do el ayuntamiento de Lancia trató de pe- 
dir al Gobierno que enviase un regimiento para 
guarnecer la ciudad, .se opuso, como concejal, te- 
naz y enérgicamente a ello. ¿A qué traer una 
caterva de zánganos? En cambio de los benefi- 
cios que la estancia del regimiento podría repor- 
tar, ¡ eran tantos los daños ! El mercado se en- 
carecería : los jefes y oficiales gustaban de tra- 
tarse bien y llevarse a casa los alimentos más 
caros (¡ para el trabajo que les costaba ganarlo !). 
Luego, eran todos jugadores y su mal ejemplo 
oonítagiaría a los jóvenes de la población, que 
fuera de la época de ferias, se abstenían de los 
juegos prohibidos. Como estaban siempre ociosos 
(don Cristóbal creía firmemente que un militar 
no tiene absolutamente nada que hacer), por fuer- 
za habían de pensar en picardías y ruindades. En 
resumen, que el regimiento sería causa de pertur- 
bación en el pueblo y un elemento corruptor. Pre- 
valeció su deseo, aunque no por serlo de él, sino 
porque al ministro de la Guerra no le plugo man- 
dar soldados a Lancia, considerando quizá la con- 
dición mansa de sus habitantes. 

Con los treinta mil reales de pensión viviría 
desahogadamente en un pueblo barato como 
aquél, si no fuese porque sus hijas estaban do- 
tadas de cierta fantasía poética que las impul- 
saba a preferir los sombreros de Madrid a los que 
hacía Rita, la sombrerera de la calle de San 
Joaquín, y los guantes de ocho botones a los de 
cuatro. Tal privilegiado temperamento era cau- 
sa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado, 
con su cortejo de lágrimas, violentos portazos, 
repentina desgana de comer, etc. En estos te- 



EL MAESTBANTE 



37 



rribles conflictos, hay que confesar que don Cris- 
tóbal no siempre se mantenía a la altura de 
energía y coraje que denotaban sus bigotes y 
sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre 
quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se 
dió el caso de que alguna de sus hijas le apo- 
yase. Tratándose de asuntos ajenos a la direc- 
ción rentística de la casa, muchas veces se par- 
tían las opiniones ; algunas hijas se ponían de 
parte de papá contra sus hermanas. Mas en 
cuanto asomaba el problema económico, cons- 
tantemente' se veía al Jubilado de un lado y a las 
cuatro hijas de otro. Don Cristóbal, como caudillo 
experimentado, apelaba en estas refriegas a mil 
ardides para derrotar a sus contrarios, o para ca- 
pitular en buenas condiciones. Un día ama- 
necían la*s chicas inspiradas, y pedían botinas de 
tafilete semejantes a las que habían visto a 
tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente 
a Fernanda Estrada-Bosa. Don Cristóbal se re- 
plegaba inmediatamente en sí mismo. Se reple- 
gaba y meditaba. Por la noche, a la hora de ce- 
nar, deslizaba en la conversación la noticia de 
que había estado en La Innovadora (zapatería de 
lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete 
daban muy mal resultado en Lancia, a causa de 
la humedad. Por otra parte, don Nicanor (médi- 
co de la ciudad), que por casualidad estaba allí, 
había manifestado que el tafilete era funesto en 
climas tan fríos y lluviosos, y que por los 
pies se pillaban muchísimas veces los catarros 
que más tarde degeneraban en tisis galopan- 
tes, etc. Antes, mucho antes de que Mateo 
terminase su diatriba contra el tafilete, se la des- 
tripaban sus cuatro pimpollos con risas iróni- 
cas y pesadísimas palabras que dejaban confun- 
dido y triste al pobre viejo. En otras ocasiones, 



38 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



la imaginación acalorada de las niñas exigía 
que vinieran de Madrid unos abrigos muy lindos, 
de los cuales les había dado noticia Amalia. Don 
Cristóbal resistía algún tiempo los asaltos, pero, 
viéndose muy apretado, capitulaba al fin. Su men- 
te, fecunda en trazan, como la de Ulises, le su- 
gería una magnífica para ahorrarse la mitad del 
dinero por lo menos. Se fué a Amalia y le rogó que 
le diese su abrigo por dos o tres días, a fin de que 
una de las modistas del pueblo le hiciese otros cua- 
tro iguales. Exigióle, por supuesto, absoluto se- 
creto, y la señora de Quiñones supo guardarlo. 
Pero, ¡ ay ! no lo guardaron los fementidos abri- 
gos, que al llegar muy empaquetaditos de la silla 
de posta, y al ofrecerse a las miradas ansiosas y 
zahoríes de sus cuatro dueños, lo pregonaron muy 
alto, por lo pobre de la ornamentación y lo cha- 
pucero del cosido. 

— Estos abrigos no están hechos en Madrid — 
dijo resueltamente Micaela, que era la, más ner- 
viosa de las cuatro. 

— '¡ Hija, no desbarres, por Dios! Pues, ¿dón- 
de habían de estar ? — exclama don Cristóbal con 
afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en las 
mejillas. 

— No sé ; pero desde luego se puede asegurar 
que no los han hecho en Madrid. 

Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas 
entre sus ebúrneos dedos a los abrigos, los es- 
tudian, los analizan con atento cuidado que pone 
en suspensión y espanto a su progenitor. Se diri- 
gen miradas significativas, sonríen con desprecio, 
se hablan al oído. Mientras tanto, los feroces bi- 
gotes del jubilado de Ultramar se erizan, se estre- 
mecen con leve temblor que se comunica a sus 
labios y de ahí al resto del organismo. 

Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan las 



EL MAE STE ANTE 



39 



prendas con descuido escarnecedor sobre las sillas 
de la sala y corren a encerrarse en el gabinete de 
Jovita. Cerca de media hora estuvieron deliberan- 
do secretamente. Don Cristóbal aguardaba inquie- 
to y ojeroso, paseando con agitación por el corredor 
como un procesado que espera el veredicto del ju- 
rado. 

Abrese finalmente la puerta, y el criminal es- 
cruta con ansia el semblante de los jueces. Es- 
tos guardan actitud reservada, y por sus labios 
descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos de 
ellas se ponen inmediatamente la mantilla y los 
guantes y se lanzan a la calle. Al cabo de un ra- 
to tornan al hogar trémulas, con la faz descom- 
puesta y los ojos centelleantes. La pluma se resis- 



dulce morada del Jubilado. ¡ Cuánto grito rabioso ! 
¡ cuánto sarcasmo ! ¡ cuánta carcajada histérica ! 
¡ qué manoteo T ¡ qué crujir de sillas ! | qué excla- 
maciones tan lamentables ! Y en medio de aquel 
espantoso desorden, de aquel fragor, capaz de in- 
fundir pavura en el corazón más sereno, los cuatro 
abrigos causa de tal carnicería, desgarrados, con- 
vertidos en miserables jirones, arrastrándose con ig- 
nominia por el suelo en pago de su delito. 

Fuera de estos sacudimientos periódicos con 
que la sabia naturaleza vigorizaba los nervios 
un poco enervados ya del Jubilado, la existencia 
de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le fal- 
taban tampoco muchos y esmerados cuidados. 
Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo 
necesario a punto y en su sitio ; la ropa acepilla- 
da ; las camisas y los calzoncillos oliendo a fres- 
cura ; las corbatas, hechas de vestidos viejos, tan 
flamantes como si saliesen de la guantería ; las 
zapatillas en cuanto entraba en casa ; el agua 
para lavarse los pies, los sábados; el cigarro al 



te a narrar la cruel 




produjo en la 



40 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



acostarse ; el vaso de agua con limón a la ma- 
drugada, etc., etc. Todo marchaba con la regu- 
laridad dulce y mecánica que tanto placer causa 
a los viejos. Verdad que entre cuatro bien po- 
dían hacerlo sin molestarse mucho, sobre todo te- 



taban inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero 
caprichoso, o al recibir la noticia de la Llegada 
de una compañía dramática, o al anunciarse que 
el Casino daría una reunión de confianza, ardía 
súbito en sus corazones el fuego sagrado de la 
inspiración, despertábanse sus poderosas faculta- 
des poéticas, y en arrebatado vuelo salían de 
casa y se lanzaban a la de ia modi4a, a la guan- 
tería, a la perfumería, dejando en todos los pa- 
rajes señales de su agitación y alguna parte 
del peculio profecticio. No aliándose bien los 
arrebatos de la fantasía con la prosa de los por- 
menores de la existencia, éstos sufrían alguna al- 
teración. Don Cristóbal en aquellos períodos de 
crisis echaba menos, con pesadumbre, algunos re- 
toques. Mas al poco tiempo sosegaban los espas- 
mos de las pitonisas, y las cosas volvían a su ser 
y la vida seguía el mismo curso ordenado y tran- 
quilo. El nombre de aquéllas, por orden de eda- 
des, era el siguiente : J evita, Micaela, Socorro y 
Emilita. Eran las cuatro, en apariencia, seres in- 
significantes, ni hermosas ni feas, ni graciosas ni 
desgraciadas, ni muy jóvenes ni viejas, ni tristes ni 
risueñas. Nada había en ellas que fijase la aten- 
ción. No obstante, en el seno del hogar el carácter 
de cada cual se pronun ciaba y adquiría relieve. Jo- 
vita era sentimental y reservada ; Micaela tenía 
el genio violento ; Socorro era la más pava, y Emi- 
lita la más pizpireta. 

Las dos intensas preocupaciones que llenaban 
la vida espiritual de don Cristóbal Mateo eran la • 



niendo presente 




las niñas no siempre es 



EL MAESTEANTE 



4! 



reducción del contingente del ejército y el casar 
a sus cuatro hijas, o, por lo menos, a dos. Lo 
primero llevaba buen camino : de algún timpo allá? 
venían los políticos más conspicuos inclinán- 
dose a esa opinión. En cuanto a lo segundo, nos 
duele confesar que no tenía verosimilitud de nin- 
guna clase. Ni por sacrificar otras comodidades a 
los trapos, ni por exhibirse sin medida al balcón y 
en los paseos, ni por asistir a los saraos de Qui- 
ñones con una constancia digna dk ser premiada, 
pudieron lograr ha<sta la hora presente los dones 
preciados de Himeneo. Cuando algún imprudente 
tocaba este asunto en visita, todas ellas decían que 
mientras viviese su padre les costaría mucha pena 
el casarse ; que les parecía cruel abandonar a un 
pobre anciano que tanto las quería y tanto se sa- 
crificaba por ellas, etc. Aquí venia un elogio calu- 
roso de las dotes espirit'iaies de don Cristóbal. 
Pero éste se encargaba inocentemente de desmen- 
tirlas, mostrando tales ganas de verse abandonado, 
un deseo tan vivo de experimentar aquella cruel- 
dad, que ya era proverbial en Lancia. Como si no 
bastasen ellas solas a ponerse en ridículo, el pobre 
Mateo las ayudaba eficazmente, metiéndoselas por 
los ojos a todos los jóvenes casaderos de la ciudad. 

Las ponderaciones que el buen padre hacía del 
carácter, de la amabilidad, de la economía y buen 
gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que lle- 
gaba un forastero a Lancia, don Cristóbal no so- 
segaba hasta trabar conocimiento con él, y acto 
continuo le invitaba a tomar café en su casa y le 
llevaba al teatro a su palco y a merendar al cam- 
po y le acompañaba a ver las reliquias de la ca- 
tedral y la torre y el gabinete de historia natu- 
ral ; todas las curiosidades, en fin, que encerra- - 
ba la población. El público asistía sonriente, 
con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se 



42 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



había repetido porción de veces sin resultado. La 
única que logró tener novio durante tres o 
cuatro años fué Jovita. Por eso fué también la 
que se despeñó de más alto. El galán era un 
estudiante forastero que la festejó mientras seguía 
los últimos cursos de la carrera. Termina- 
da ésta, partió a su pueblo y, olvidándose 
de sus promesas de matrimonio, lo contrajo con 
un paleta rica. Las demás no habían alcanzado 
este grado excelso de la jerarquía amorosa. Incli- 
naciones vagas, devaneos de quince días, algún oseo 
por la calle ; nada entre dos platos. Poco a poco 
se iba apoderando de ellas el frío desengaño. Aun- 
que no hubiesen perdido la esperanza, estaban fa- 
tigadas. Aquel pensamiento fijo, único, que las em- 
bargaba hacía ya tanto tiempo, iba convirtiéndose 
en un clavo doloroso en la frente. Pero don Cristó- 
bal ni se rendía ni se le pasaba por la imaginación 
el capitular. Creía siempre a pie juntillas en el 
marido de sus hijas, y lo anunciaba con la misma 
seguridad que los profetas del Antiguo Testamen- 
to la venida del Mesías. 

— En cuanto se casen mis hijas, en vez de pa- 
sar el verano en Sarrio, donde se guardan las mis- 
mas etiquetas que en Lancia, me iré a Eodillero a 
respirar aire fresco y a pescar robalizas. Atiende, 
Micaela, no seas tan viva, mujer... Comprende 
que a tu marido no le han de gustar esas genialida- 
des; querrá que le contestes con razones... 

— Mi marido se contentará con lo que le den — 
respondía la nerviosa niña haciendo un gracioso 
mohín de desdén. 

— ¿Y si se enfada? — preguntaba en tono ma- 
licioso Emilita. 

. — Tendrá dos trabajos : uno el de enfadarse y 
otro el de desenfadarse. 
— ¿Y si te anda con el bulto? 



EL MAESTEANTE 



43 



— ¡ Se guardará muy bien ! ¡ Sería capaz de en- 
venenarlo ! 

— ¡ Jesús, qué horror ! — exclamaban riendo las 
tres nereidas. 

Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto «sa- 
lía a cada momento en la conversación con la mis- 
ma realidad que si fuera de carne y hueso y es- 
tuviera en la habitación contigua. 

La que comenzaba ahora a teclear en el piano 
era Emilita, la más musical de las cuatro her- 
manas. Las otras tres estaban ya en pie, cogidas 
a la manga de la levita de otros tantos jóvenes ; 
como si dijéramos, en la brecha. 

El conde tropezó a los potos pasos con Fer- 
nanda Estrada-Rosa, que venía de bracero con 
una amiga. Por lo visto no había querido bailar. 
Era la joven que hacía más viso en la ciudad por 
su belleza y elegancia y por su dote. Hija única 
de don Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero 
y negociante de la provincia. Alta, metida en car- 
nes, morena obscura, facciones correctas y enérgi- 
cas, ojos grandes, negrísimos, de mirar desdeñoso, 
imponente ; gallarda figura realzada por un atavío 
lujoso y elegante que era el asombro y la envidia 
de las niñas de la población. No parecía indígena, 
sino dama trasportada de los salones aristocráticos 
de la corte. 

— ¡ Qué elegantísima Fernanda ! — exclamó el 
conde en voz baja, inclinándose con afectación. 

La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo 
un poco el labio inferior con leve mueca de des- 
dén. 

— ¿Cómo te va, Luis? — dijo alargándole la 
mano con marcada displicencia. 

— No tan bien como a ti... pero, en fin, voy pa- 
sando. 

— ¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí 



44 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



me va perfectísimamente ; no te has equivocado — 
repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle 
a la cara. 

i — ¿Cómo no, siendo en todsus partes donde te 
presentas la estrella Sirio? 

— Dispensa, chico, no entiendo de astronomía. 

— Sirio es la estrella más briUante del cielo. Eso 
lo sabe todo el mundo. 

— Pues yo no lo sabía. . . ¡ Ya ves, como soy una 
paleta ! 

— No es cierto ; pero está muy bien la modes- 
tia, unida a la hermosura y al talento. 

— No ; si ya sé de sobra que no tengo talento. 
No te mortifiques en decírmelo. 

— Hija, te acabo de manifestar lo contrario... 

En el tono displicente de Fernanda iba entran- 
do un poco de acritud. En el del conde, pausado, 
ceremonioso, se advertía leve matiz de ironía. 

— Vamos, entonces te he entendido al revés. 

— Algo de eso ha habido siempre. 

— ¡ Caramba, qué galante ! — exclamó la joven 
empalideciendo. 

— Siempre que has pensado que pudiera decirte 
algo desagradable — se apresuró a rectificar el 
conde, advertido por el cambio de fisonomía de la 
idea que cruzaba por su mente. 

— Muchas gracias. Estimo tus palabras como 
se merecen. 

— Harías mal en no estimarlas sinceras... Ade- 
más, no necesito yo decirte lo mucho que vales. 
Eso lo sabe todo el mundo. 

— Gracias, gracias. ¡Te has cansado de jugar? 

—Me duelen un poco las muelas. 

— Sácatelas. 

—¿Todas? 

— Las que te duelan, hijo. ¡ Ave María ! 



EL MAE STE ANTE 



45 



— ¡ Con qué indiferencia lo dices ! ¡ A ti no te im- 
portaría nada, por supuesto! 

— Yo siento siempre los males del prójimo. 

— ¡ El prójimo ! ¡ Qué horror ! No tenía noticia 
de haber llegado ya a la categoría de prójimo. 

— Qué quieres, chico ; los honores vienen cuan- 
do menos se piensa. 

A pesar de lo impertinente y hasta agresivo 
del tono, Fernanda no se movía del sitio, te- 
niendo siempre cogida del brazo a la amiguita, 
que no desplegaba los labios, Fijándose un poco, 
se podría observar que la rica heredera estaba 
muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el 
suelo, apretaba en su mano con vivas contraccio- 
nes el pañuelo y sus labios temblaban de modo 
casi imperceptible. Alrededor de los hermosos ojos 
árabes se marcaba un círculo más pálido que de 
costumbre. Aquel pugilato la interesaba. 

El conde de Onís había sido de sus novios el 
que más tiempo había durado. Al aparecer Fer- 
nanda en sociedad, y aun antes, cuando era "una 
zagalita que iba con la criada al colegio, produjo 
su figura, su elegancia y sobre todo la amenaza 
de los seis millones que iban a caer, andando el 
tiempo, en su regazo, una verdadera explosión de 
entusiasmo. No hubo joven más o menos gallardo o 
acaudalado que por iniciativa propia o por las insi- 
nuaciones de su familia no se resolviese a pasearle 
la calle, a esperarla a la salida del colegio, a man- 
darle cartitas y a decirle requiebros en el paseo. 
De Sarrió, de Nieva y de otras poblaciones de la 
provincia acudieron también, con pretexto de la«s 
ferias, algunos golosos. La niña, ufana con tanto 
acatamiento, embriagada- por el incienso, no se 
daba punto de reposo tomando y soltando novios. 
Era raro el galán que duraba más de un par de 
meses en su gracia. En realidad, ninguno estaba 



46 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



en posición de merecerla. En Lancia y en el resto 
de la provincia no había quien tuviera hacienda 
proporcionada a su dote. Si alguno existía, no es- 
taba por su edad habilitado para casarse con tan 
tierno pimpollo. Sería algún indiano averiado por 
los ardores tropicales, o mayorazgo rústico y soli- 
tario de los que vivían en sus casas solariegas. Sin 
necesidad de que su padre se lo advirtiese, la niña 
comprendía admirablemente que ninguna le con- 
venía ; pero gozaba coqueteando con todos, ha- 
ciéndose adorar de la juventud laciense. Entre ésta 
existía, sin embargo, un mancebo hacia el cual 
ninguna doncella de la ciudad había osado levan- 
tar los ojos hasta entonces con anhelos matrimo- 
niales. Era el conde de Onís. Por su alta jerar- 
quía, más respetada en provincia donde se tributa 
a la nobleza un culto que delata al villano y al 
siervo -bajo la levita del burgués, por su cuantiosa 
renta, por el apartamiento de su vida y hasta por 
el misterio y silencio de su palacio antiquísimo, 
parecía Jiabitar en atmósfera más elevada, al abri- 
go de las flechas de todas las beldades indígenas. 

Pues por ello precisamente nació en el pecho 
de Fernanda un 'deseo, primero vago, después vivo 
y anhelante, de rendirle. Esto es, muy humano 
y sobre todo* muy femenino : no necesita explica- 
ción. En el fondo de su alma, la hija de Estrada- 
Rosa sentíase inferior al conde de Onís. Sin em- 
bargo, tanta era la lisonja que había escuchado 
en poco tiempo, tan refulgente el brillo que espar- 
cía sobre su vida el dinero del papá, que bien po- 
día aspirar a hacerle su marido. Si no lo pensaba 
así, al menos figuraba pensarlo hablando del con- 
de, por detrás, con cierta displicencia y con afec- 
tada familiaridad por delante. En Lancia, como 
en todas las capitales pequeñas, los muchachos y 
muchachas solían tutearse. El conocerse desde ni- 



EL MAE STE ANTE 



47 



ños y haber acaso jugado en el paseo juntos lo au- 
torizaba. El conde de Onís jamás había cruzado 
la palabra con Fernanda, aunque la tropezase a ca- 
da momento en la calle. Sin embargo, cuando se 
encontraron por primera vez en la tertulia de las 
de Meré, la hermosa le soltó un tú redondo y su- 
primió el título. Luis aquí, Luis allá ; parecía que 
iba a comerle el nombre. A éste le sorprendió un 
poco la confianza, sin desagradarle. A nadie le due- 
le oírse tutear por una linda damisela. A posar de 
la naturaleza concentrada y tímida del conde y de 
su escasa afición a las mujeres, Fernanda se dió 
maña para hacerlo pronto su novio o al menos 
para hacerlo pasar por tal a los ojos del público. 
El cual halló tal noviazgo perfecamente justifi- 
cado. En Lancia no había otro marido para Fer- 
nanda ni otra mujer para el conde. La distancia 
que los separaba era retrospectiva ; estaba en los 
antepasados. La población creía que, en gracia de 
la belleza, el dinero y la brillante educaeión de la 
joven, el conde de Onís se hallaba en el caso do 
olvidar los doscientos gañanes que la habían pre- 
cedido. 

Cerca de un año duraron las relaciones. Los 
novios se veían en la tertulia de las señoritas 
de Moré. Don Juan Estrada-Eosa, al decir de sus 
íntimos, se hallaba muy complacido. Varias ve- 
ces se había insinuado con el conde para que en- 
trase en la casa ; pero éste no le había compren- 
dido o había fingido no comprenderle. Fernanda 
se lo propuso con claridad un día. El se evadió 
como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era 
orgullo? La misma Fernanda no se daba cuenta 
de ello. Pero esta reserva contribuía a encender 
su afección y anhelo. De pronto, cuando menos 
se pensaba, cuando ya el público comenzaba a 
preguntarse por qué se retrasaba la boda, coitá- 



48 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ronse aquellas relaciones. Se cortaron »ain escán- 
dalo, de un modo diplomático y sigiloso, tanto, 
que hacía ya más de un mes que no existían 
cuando todavía la población no estaba enterada 
y los amigos les seguían embromando. El hecho 
produjo fuerte sensación ; se comentó en todas 
las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo 
averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los 
dos correspondió la iniciativa de asta ruptura. Si 
se preguntaba al conde, afirmaba rotundamente 
que Fernanda le había dejado ; mas ponía dema- 
siado empeño en esta afirmación para que no em- 
pezara a dudarse de su sinceridad. La heredera 
de Estrada-Eosa, sin manifestar nada en concre- 
to, corroboró las palabras de su novio con el tono 
desabrido que usó hablando de él, lo mismo que 
al dirigirle la palabra. Porque siguieron tratándo- 
se, si no con tanta frecuencia, con bastante : am- 
bos acudían a la tertulia donde se conocieron. Ade- 
más, Fernanda, poco tiempo después, comenzó a 
asistir a los saraos de los domingos en casa de Qui- 
ñones. Pero nunca más reanudaron sus rotas rela- 
ciones. Los asistentes suspendían la respiración 
y ponían toda su alma en los ojos siempre que, 
como ahora, los antiguos novios se tropezaban y 
departían un rato. ¿Volverán a las andadas? ¿Ha- 
brá, por fin, boda? El desengaño venía inmediata- 
mente al observar la indiferencia con que se apar- 
taban. 

Cuando iba a contestar a las últimas palabras 
de la orgullosa heredera, los ojos del conde, de- 
rramando una mirada distraída por el salón, tro- 
pezaron con otros que se le clavaron lucientes y 
celosos, Alargó la mano a su amiga y con sonri- 
sa forzada, dijo : 

— ¡ Qué mal me estás tratando, Fernanda ! Co- 



EL MAE STE ANTE 



49 



mo siempre, por supuesto... Yo, sin embargo, ya 
sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta ahora. 

— Siento que esa devoción no me cause frío ni 
calor — replicó ella sin dar un paso para apartarse. 

El conde lo dió alzando los hombros con resig- 
nación y diciendo : 

— ¡ Más lo siento yo J 

Sorteando las parejas de baile, que ya habían 
comenzado el rigodón, llegó de nuevo adonde es- 
taba el ama de la casa. Al lado de ésta se hallaba 
en aquel instante el famoso Manuel Antonio, uno 
de los personajes más dignos de mención en la 
época que estamos historiando. Se le conocía tan- 
to por el apodo el marica de Sierra como por su 
nombre. 

Esto bastaba para que sepamos en cierto modo 
a qué atenernos respecto a sus propiedades mo- 
rales y físicas. Manuel Antonio no era joven. Fri- 
saría en los cincuenta años, disimulados con 
esfuerzo heroico por toda la batería de afeites co- 
nocidos entonces en Lancia, que no eran muchos 
ni muy refinados. Una peluca bastante rudimen- 
taria, algunos dientes postizos mal montados, un 
poco de negro en las cejas y do carmín en los 
labios, mucho patchoulí y un traje de fantasía 
apropiado para realzar los residuos de su belle- 
za. Esta había sido espléndida ; una rara perfec- 
ción de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, 
facciones correctas, diminutas, cabellos rubios, fi- 
nos, cayendo en graciosos bucles, mejillas son- 
rosadas y voz atiplada. De este conjunto primo- 
roso quedaba tan sólo una sombra por donde pu- 
diera adivinarse. La enhiesta espalda se había abo- 
vedado ; los hermosos bucles se habían desvane- 
cido como un sueño feliz ; algunas arrugas in- 
decorosas surcaban aquella tersa frente, y la fila 
de perlas, que ostentaba su boca, se había trans- 

MAE STE ANTE. — 4 



50 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



formado en carrera de huesos amarillos, desven- 
cijados, que el tiempo había quintado y el den- 
tista torpemente substituido. Por último, aquel pe- 
queño bigote sedoso había engrosado notablemen- 
te, se hizo blanco, cerdoso, indómito ; no bas- 
taban el tinte y el cosmético a mantenerlo pre- 
sentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafro- 
dita de Lancia y también para los amigos que le 
habían conocido en el esplendor de su gracia ! 

El espíritu permanecía tan juvenil como a los 
diez y ocho años. Era el mismo ser apasionado 
y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible 
otras, marchando al soplo de sus caprichos, vi- 
viendo en lánguida ociosidad. Gozaba tanto las 
delicias del baño, que lo repetía tres y más ve- 
ces, hasta que el agua quedase cristalina como 
al salir de la fuente ; amaba las flores, los pája- 
ros ; no tenía más placer que consultar con el 
cristal del espejo los adornos que le sentarían me- 
jor. Los trajes, por atracción irresistible, 
siendo masculinos, se acercaban cuanto era po- 
sible a la forma femenina. En el invierno gas- 
taba talmita corta con broche de oro, y un 
sombrero tirolés de alas reviradas, que le senta- 
ba extremadamente bien. En el verano gustaba 
de vestirse trajes de franela blanca bien ceñidos, 
que denunciasen las graciosas curvas de sus for- 
mas. Las corbatas eran casi siempre de gasa, los 
zapatos descotados, el cuello de camisa a la mari- 
nera. Por debajo del puño se le veía un brazalete. 
Aunque no fuese más que un sencillo aro de oro, 
este pormenor era lo que más llamaba la atención 
de sus conciudadanos. En cuanto se hablaba de 
Manuel Antonio salía el dichoso brazalete a relu- 
cir ; como si no hubiese nada en su interesante fi- 
gura más digno de excitar la curiosidad. 

Pero si los años no habían logrado modificar 



EL MAE STE ANTE 



51 



en el fondo aquel ser amable y creado para el 
amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto, 
más reservado. Ya no mostraba sus preferencias 
con la ingenuidad de otros tiempos, ni daba suelta 
a los súbitos arranques de su corazón inflamable 
sino después de poner a prueba la lealtad del ob- 
jeto de su ternura. ¡ Había padecido tantos des- 
engaños en la vida ! Sobre todo, al hacerse viejo, 
no sólo experimentó la frialdad de sus antiguos 
amigos, de aquellos que le habían dado pruebas 
inequívocas de cariño, sino, lo que es aún más 
triste, encontróse, sin pensarlo, sirviendo de blan- 
co a las chufletas e invectiváis de los mozalbetes de 
la nueva generación. Fué el hazmerreír de estos 
procaces jóvenes. Como no habían sido testigos 
de sus triunfos ni conocieron su radiante belleza, 
estaban lejos de profesarle el respeto que, a pesar 
de todo, guardaba hacia él la antigua generación. 
No perdonaban medio de embromarlo, de vejarlo 
bárbaramente. En cuanto se paraba en la calle de 
Altavilla o entraba en el café de Marañón, ya 
estaba rodeado de una partida de guasones. ¡ Cris- 
to, las frases que allí se oían ! Y como villanos que 
eran, a menudo del juego de palabras pasaban al 
de manos. Esto era lo que en modo alguno podía 
sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que qui- 
sieran. Tenía bastante correa, y además un in- 
genio vivo y sutil que recogía admirablemente el 
ridículo y sabía dar en rostro con él a sus con- 
trarios. La mayor parte de las veces lo9 que iban 
a «tomarle el pelo» salían muy bien trasquilados. 
Los años, la práctica, le habían adiestrado de tal 
modo en el pugilato de frases incisivas que real- 
mente era temible. Tenía la intención de un miu- 
ra. Pero así que aquellos desvergonzados pasaban 
de las palabras a las obras tocándole la cara o pe- 
llizcándole, ya estaba descompuesto, perdía ente- 



52 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



ramente los estribos y no decía cosa intencionada 
ni siquiera razonable. Superfluo es añadir que, 
conociéndole el flaco, todas las bromas termina- 
ban en esta forma. 

Por lo demás, fuera de aquella maligna inten- 
ción para herir en lo vivo a las personas, en lo 
cual podía competir y aun creemos que aventajaba 
a María Josefa, era un ser útil y servicial. Su ma- 
lignidad, al cabo de todo, era resultado de la que 
a él se le mostraba. Sus habilidades muchais y va- 
rias. Trabajaba el punto de crochet que daba glo- 
ria. Las colchas que él hacía no tenían rival en 
Lancia. Arreglaba un altar y vestía las imágenes 
mejor que ningún sacristán. Tapizaba muebles, 
hacía flores primorosas de cera, empapelaba ha- 
bitaciones, bordaba con pelo, pintaba platos. Y 
cuando alguna de sus muchas amigas necesitaba 
pein)arse artísticamente para asistir a cualquier 
baile, Manuel Antonio se prestaba galantemente a 
arreglarle los cabellos, y lo hacía con la misma 
destreza y gusto que el mejor peluquero de Ma- 
drid. Pues, ¿y cuando cualquiera de sus amigos 
se ponía enfermo? Entonces era de ver el interés, 
la constancia y la suma diligencia de nuestro 
viejo Narciso. Se constituía inmediatamente a la 
cabecera del lecho, tomaba cuenta de laa medici- 
nas, arreglábale la cama, poníale los vejigatorios 
o las ayudas lo mismo que el más diestro practi- 
cante. Luego, si la enfermedad por desgracia pre- 
sentaba mal carácter, sabía insinuar como nadie 
la idea de confesión ; de tal modo que el enfermo 
en vez de asustarse, la aceptaba como la cosa más 
natural y corriente. Y en cuanto le veía conven- 
cido, empezaba a tomar disposiciones para recibir 
a Su Divina Majiestad. La dama más avezada a 
recibir gente principal e# sus salones no le sacaría 
ventaja. El altar cito con el paño almidonado ates- 



EL MAESTEANTE 



53 



tado de chirimbolos relucientes, la escalera ador- 
nada con macetas, el suelo alfombrado de hojas 
de rosas, los criados y deudos esperando a la puer- 
ta con hachas encendidas y enguantados. No se 
le olvidaba un pormenor. En estos momentos crí- 
ticoe el marica de Sierra se crecía, adoptaba el con- 
tinente de un general al frente de sus tropas. To- 
dos le obedecían y secundaban acatándole por jefe. 
Pues si el enfermo se moría, no hay para qué 
decir que su dictadura se hacía aún más omni- 
potente. Principiando por amortajar el cadáver y 
concluyendo por sacar del juzgado la partida de 
defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremo- 
nias que él no mangonease. 

Y como quiera que las más veces había enfer- 
mos que cuidar, o imágenes que vestir, o ami- 
gas que peinar o flores que contrahacer, Manuel 
Antonio pasaba la vida bastante atareado. En esto 
y en ir de casa en casa tomando y soltando noticias 
se le deslizaban los días y los años. Habitaba con 
dos hermanas más viejas que él, las cuales le mi- 
maban y cuidaban como a, un niño. Para estas 
buenas señoras no existía el tiempo. Ni veían las 
arrugas, ni la peluca, ni los dienten postizos de su 
hermano. Manuel Antonio era siempre un pollito, 
un petimetre. Sus trajes, sus baños, las horas que 
empleaba en el tocado les hacían sonreír con bene- 
volencia. Mientras ellas se quejaban amargamen- 
te de los estragos que los años iban causando en 
su figura y su salud, pensaban que su hermano 
había detenido el curso de las horas, había hallado 
un elixir para mantenerse eternamente joven. 

Manuel Antonio era metódico en sus visitas. 
Había unas cuantas casas a las cuales asistía dia- 
riamente y .siempre a la misma hora. A casa de 
don Juan Estrada-Eosa iba a las tres, a la hora 
del café ; con la condesa de Onís tomaba choco- 



54 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



lato todas las tardes ; por la noche era tertulio 
asiduo de la señora de Quiñones. Había otras fa- 
milias que visitaba también con mucha frecuen- 
cia. A casa de María Josef a Hevia y las de Mateo 
solía ir por la mañana, sin detenerse mucho, dan- 
do una vuelta para enterarles de lo que se decía 
o inspecciona!- sus labores. Alguna noche iba tam- 
bién a casa de leus señoritas de Meré. 

— ¡ Aquí tenemos al conde ! — exclamó con su 
peculiar entonación afeminada — . ¡ Ay, qué con- 
decito tan guasón ! 

— ¿Pues? — preguntó éste acercándose. 

— Pregúntaselo a Amalia. 

La sonrisa que plegaba los labios del noble se 
desvaneció repentinamente. 

— ¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?... — dijo con 
mal disimulada turbación. 

También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas 
se colorearon. 

— Hemos estado murmurando de ti. ¡ Qué traje 
te hemos cortado, chico ! 

— Aquí Manuel Antonio — profirió Amalia — 
decía que era usted el perro del hortelano. 

j — No ; tú eras quien lo decías. 
Otra de las particularidades de aquél era el 
tutear a todo el mundo, grandes y chicos, seño- 
ras y caballeros. 

— ¡ Yo ! — exclamó la dama. 

— ¿Y por qué soy el perro del hortelano?... Se- 
pamos. 

— Pues decía Amalia que ni querías comerte 
la carne ni permitir que la coma don Saiitos. 

— ¡ Vamos ! ¿Quieres callarte, embustero? — di- 
jo la señora, medio irritada, medio risueña, dán- 
dole un pellizco. 

— ¿Qué se habla de don Santos? — preguntó un 



EL MAE STE ANTE 



55 



caballero muy corto y muy ancho, de faz mofle- 
tuda y violácea, acercándose al grupo. 

El conde y Amalia no supieron qué responder. 

— Se decía que don Santos tenía pensado lle- 
varnos un día a su posesión de la Castañeda y 
darnos un banquete — manifestó Manuel Antonio 
con desparpajo. 

— Nq ; no era aso — repuso el hombre rechon- 
cho con forzada sonrisa. 

— Sí tal. Amalia sostenía que no era capaz de 
llevarnos a pasar un día a la Castañeda. 

— ¡ Pero, hombre, tú te has empeñado en po- 
nerme hoy colorada ! — dijo aquélla. 

— Porque soy un buen amigo. Como te veo pá- 
lida estos días... Bien puedes creerlo, Santos, yo 
tengo mucha mejor idea de tu esplendidez que la 
mayoría del pueblo. . . No conocéis bien a don San- 
tos, les digo muchas veces a los que sostienen que 
a ti te duele gastar el dinero. Si don Santos no 
gasta, no obsequia a sus amigos, no es por ava- 
ricia, sino por indolencia, porque no se le presenta 
ocasión. El hombre es tímido de suyo y no es 
capaz de proponer banquetes ni jiras ; pero que 
otro le apunte la idea, y veréis con qué gusto la 
acepta... 

— Graíciias, gracias, Manuel Antonio - — mur- 
muró don Santos con la risa del conejo. 

Se le conocía el gran temor y molestia que 
le embargaban. Como muchos de los indianos, a 
pesar de ser inmensamente rico, tenía fama 
de avariento, y no injustificada. Había lle- 
gado pocos años hacía de Cuba, donde cargando 
primero cajas de azúcar y luego 4 vendiéndolas se 
enriqueció. Vino hecho un beduino, sin noticia 
alguna de lo que pasaba en el mundo, sin saber 
saludar, ni proferir correctamente una docena de 
palabras, ni andar siquiera como los demás hom- 



56 DEMANDO PALACIO VALDÉS 



bres. Los treinta años que permaneció detrás de 
un mostrador le habían entumecido las piernas. 
Marchaba tambaleándose como un beodo. El co- 
lor subido de sus mejillas era tan característico, 
que en Lancia, donde pocas personas se escapaban 
sin apodo, lo designaron al poco tiempo de llegar 
con el de Granate. En medio de su miseria le guj&- 
taba dar en rostro con las riquezas que poseía. 
Edificó una casa suntuosísima ; trajo mármol de 
Carrara, decoradores de Barcelona, muebles de 
París, etc. Y, sin embargo, a pesar de las sumas 
cuantiosas que en ella gastó, al saldar la cuenta 
del clavero ¡ se empeñaba en que descontase del 
peso el papel y las cuerdas en que venían envueltas 
las puntas de París! Cuidadosamente había ido 
guardando en un rincón tales despojos con ese 
objeto. Así que terminó la casa, ocupó el piso prin- 
cipal y alquiló los otros dos. Y empezó su marti- 
rio, un martirio lento y terrible. Las criadas y los 
niños del segundo y tercero fueron sus sayones. 
Si sentía fregar los suelos del segundo, poníase 
de mal humor ; la arena desgastaba el entari- 
mado. Si veía rayado el estuco de la escalera por 
la mano bárbara de algún chiquillo, se le encen- 
día la cólera y murmuraba palabras siniestras y 
amenazas de muerte. Si escuchaba cerrarse una 
puerta con violencia, aquel golpe repercutía dolo- 
rosamente en su corazón : las bisagras se desenca- 
jaban, todos los pestillos se echaban a perder. En 
fin, con tal sobresalto vivía, que le acometió una 
pasión de ánimo y comenzó a decaer visiblemen- 
te. Un su amigo, tan miserable como él, pero más 
vividor, le aconsejó que dejase la casa y se trasla- 
dase a otra. Así lo hizo, tornando a la posada que 
le había albergado mientras construyó el palacio. 

Pero f altaba a don Santos el complemento obli- 
gado de todos los que se enriquecen cargando cajas 



EL MAE STE ANTE 



57 



de azúcar en América : le f altaba contraer ma- 
trimonio con una mujer de categoría, joven o vie- 
ja, fea o bonita. Ninguno de sus colegas aceptó 
jamás por esposa a una menestrala. Granate no 
podía, ser menos que ellos. Al contrario, teniendo 
más dinero que ninguno, lo natural es que les 
aventajase en anhelos poderosos. Y fué a poner sus 
ojos redondos y encarnizados en la joven más linda, 
más rica y más encopetada de la ciudad : en Fer- 
nanda Estrada-Rosa nada menos. El suceso causó 
admiración y risa en el vecindario. Por muy alta 
idea que en Lancia tuviesen del poder del dinero, 
nadie imaginaba que fuese poderoso a realizar se- 
mejante empresa. ¡ Casar a la joya de la provincia 
con ese oso colorado ! A la niña le produjo pasmo 
e indignación. Luego lo tomó a broma. Luego vol- 
vió a indignarse. Después tornó a reírse. Por fin 
se fué acostumbrando a que Granate la festejase y 
hasta encontró cierta satisfacción de amor propio 
en recibir sus agasajos y en darle toda clase de 
desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad 
del abejorro que se empeña en salir por un cristal 
y se estrella cien veces contra el obstáculo, las ca- 
labazas, los desdenes y hasta las burlas no le ha- 
cían retroceder más que momentáneamente. Al día 
siguiente volvía como si tal cosa a romperse la ca- 
beza contra el desprecio de la orgullosa heredera. 
Pensaba sinceramente que el verdadero obstáculo 
para el logro de sus afanes estaba en el conde de 
Onís. Confesábase que Fernanda sentía algún in- 
terés por él, o mejor dicho, por su título, y se pro- 
puso ir a Madrid y comprar a peso de oro otro para 
ponerse a la altura de isu rival. Luego le dijeron 
que el Papa los daba más baratos y cambió de 
proyecto. Mientras tanto se vengaba odiando de 
muerte al gallardo conde, y burlándose, cuando la 
ocasión se presentaba, de su vetusto y deteriorado 



58 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



caserón. El conde poseía una gran riqueza en tie- 
rras, pero sus rentas no podían compararse a las 
del opulento Granate. 

— Y si no, ya veréis el día que se case, ¡ qué 
cambio en la población ! — prosiguió Manuel An- 
tonio — . Tendremos banquetes a diario y bailes y 
jiras campestres... 

— ¡ Pero si a Fernanda no le gustan los bailes ! — 
exclamó Emilita Mateo, que bailaba con Paco Gó- 
mez y daba la espalda al grupo. 

— Yo no he hablado para nada de Fernanda, ni- 
ña — repuso el marica en tono severo. 

— Pensé que, tratándose de matrimonio y de don 
Santos, eso se sobrentendía. 

— Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar 
con Paco, porque, según mis cálculos, durará cinco 
minutos. 

Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo, alto 
hasta tropezar en el dintel de las puertas, con una 
cabeeita menuda como una patata, el rostro tan 
macilento que parecía, en efecto, caminar por el 
mundo con permiso del enterrador. Y con estas 
propiedades corporales el espíritu más humorístico 
de la población. 

— ¡ Ole mi niña ! — exclamó poniéndose en ja- 
rras frente al marica — . Lo único por lo que siento 
morirme es por no ver más estos seres preciosos, 
encantadores. 

Al mismo tiempo le cogió con los dedos la barba. 

Ya sabemos que Manuel Antonio no podía su- 
frir tales juegos de manos delante de gente. 

— Vamos, pajalarga, quieto — exclamó ponién- 
dose serio y rechazándole. 

— ¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡ si eso 
salta a la vista ! . . . ¡ Miren ustedes qué boca ! ¡ mi- 
ren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren qué 
nacimiento de pelo ! 



EL MAESTEANTE 



59 



Y quiso de nuevo tocarle la cara ; pero Manuel 
Antonio lo rechazó con ímpetu dándole un fuerte 
empujón. 

— ¡ Caramba, qué severo está hoy Manuel An- 
tonio ! — dijo el conde de Onis. 

— No importa — repuso Paco Gómez dejando 
escapar un suspiro — . Manos blancas no ofenden. 

En aquel momento le tocaba hacer una figura 
del rigodón y se alpjó con Emilita. 

María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó 
un instante con su pareja, que era un teniente del 
batallón de Pontevedra. 

— ¡ Vamos, don Santos, no sea usted cruel ! ¿Por 
qué no va usted a hacer compañía a Fernanda, 
que está allí sola? 

En efecto, la amiguita dé la rica heredera ha- 
bía hallado pareja para el baile. Fernanda -se sentó 
y permanecía seria y pensativa. 

—Sí, sí ; debes ir, Santos — manifestó Manuel 
Antonio — . Eepara que la chica ha dejado una si- 
lla vacía a su lado. . . No puede insinuarse de modo 
más claro. 

Al decir esto hizo un guiño al conde. Este con- 
firmó tales palabras. 

— Yo creo que es hasta un deber de cortesía... 

Granate le echó una mirada torva y preguntó 
sordamente : 

— Pues entonces, ¿por qué no va usted a sen- 
tarse a su lado? 

— Por la sencilla razón de que ya no tenemos 
nada que hablar... Pero usted os otra cosa. 

— Entendido, señor conde... No soy un niño — 
murmuró con mal humor. 

— Aunque no lo sea usted por la edad — dijo 
Amalia interviniendo oportunamente para evitar 
rozamientos — , lo es por la franqueza y esponta- 
neidad de sus sentimientos, por la frescura de su 



60 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



corazón que otros con menos años no tienen. Los 
niños aman con más sencillez y vehemencia que 
los hombres. 

— Pero los hombres hacen otra cosa más he- 
roica... ¡ Se casan! — dijo Paco Gómez, que ya 
estaba de nuevo en su sitio con la pareja. 

— Hay ocasiones en que tampoco se casan — 
manifestó Manuel Antonio haciendo una impercep- 
tible mueca por donde Paco pudiese colegir que 
estaba pensando en María Josefa. 

— Bueno — replicó aquél dándose por entera- 
do — . Pero hay que convenir en que algunas veces 
se necesita para ello un heroísmo superior a la na- 
turaleza humana. 

La solterona, que las cogía por el aire, le clavó 
una mirada rencorosa y maligna. 

— ¡ La naturaleza humana ! — exclamó con dis- 
plicencia — . La naturaleza humana presenta al- 
gunas veces formas tan estrambóticas que hasta 
el heroísmo sería ridículo en ellas. 

Paco Gómez, «sin desconcertarse, comenzó a pal- 
par su rostro con ademanes cómicos, fingiendo una 
muda resignación que hizo sonreír a los presen- 
tes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conver- 
sación, exclamó : 

— ¡ Miren, miren cómo don Santos se aprove- 
cha de nuestra distracción ! 

En efecto, el indiano se había levantado en 
silencio de la silla y, sorteando las parejas de bai- 
le, fué solapadamente a sentarse al lado de Fer- 
nanda. Esta le dirigió una mirada fría y apenas se 
dignó responder a su saludo ceremonioso y ridícu- 
lo. La faz rubicunda de Granate resplandecía, no 
obstante, como la de un dios seguro de su omnipo- 
tencia. Con las manazas anchas y cortas apoya- 
das sobre las rodillas, el cuerpo doblado hacia ade- 
lante y la cabeza levantada hasta donde le per- 



EL MAE STE ANTE 



61 



mitía la grosura del cerviguilio, sonreía beatamen- 
te enseñando una fila de dientes grandes y ama- 
rillos. Propúsose, como siempre, «ser espiritual, y 
dijo : 

— ¿Ha visto usted qué ventrisca corre? 
La joven guardó silencio. 

—Ahora no importa nada — prosiguió — porque 
ya están todos los frutos recogidos ; pero d hu- 
biera caído antes, no nos deja ni una castaña ni 
un grano de maíz ; ¡ je, je ! 

Granate sintióse feliz al emitir esta idea, a juz- 
gar por la expresión de placer que brillaba en sus 
ojo9. 

— Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo ten- 
go* ¡ j 6 > je!--- Al contrario, siento un calor... Será 
porque los ojos de usted son dos calofer... caroli... 

Otra vez todavía acometió la palabra calorífe- 
ros sin lograr dar cima a la empresa. Para disi- 
mular su impotencia fingió un golpe de tos. Su 
rostro violáceo adquirió cierta semejanza intere- 
sante con el de un ahorcado. 

La hermosa, que tenía los ojos clavados en el 
vacío, volvió la cabeza hacia su adorador, le miró 
unos instantes con expresión vaga, distraída, co- 
mo si no le viese. Levantóse de pronto y se alejó 
sin decir palabra para sentarse enfrente. El in- 
diano quedó con la misma sonrisa estereotipada en 
el rostro ; la mueca petrificada de un sátiro. Pero 
al volver la vista al grupo que acababa de dejar, 
viendo una porción de ojos risueños fijos en él, se 
puso repentinamente serio y mohíno. 

— I Qué partido tiene este Granate entre las chi- 
cas bonitas ! — exclamó Paco Gómez — . Ya se lo 
decía yo el otro día. «Usted no necesitaba para na- 
da ir a América habiendo mujeres ricas en el mun- 
do. Usted tiene la fortuna en la fisonomía, b 

— Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentar- 



62 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



te a su lado. Ya verás cómo no se levanta enton- 
ces — dijo Manuel Antonio. 

— Sí, sí, debe usted ir, Luis — apoyó María Jo- 
sefa — . Vamos a ver una cosa curiosa, a decidir 
si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Ama- 
lia, que debe ir? 

—Sí, me parece que debe usted sentarse a su 
lado — dijo la dama. Su voz salió apagada y tem- 
blorosa. 

— ¿Cree usted? — preguntó el conde, mirán- 
dola con fijeza. 

— Sí ; vaya usted — replicó la dama con per- 
fecta serenidad ya, huyendo su mirada. 

— Pues usted me permitirá que la desobedezca. 
No quiero exponerme a un desaire. 

— j Qué importan los desaires a un enamora- 
do!... Porque usted, por más que diga, está ena- 
morado de Fernanda. . . Se le conoce a la legua. 

— A la legua será, porque, lo que es de cerca, 
ni pizca — manifestó Manuel Antonio. 

Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez 
confirmaron con su risa la especie. 

Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimu- 
laba bien ; pero como, por más esfuerzos que se 
hagan, siempre queda un cabo suelto, un resqui- 
cio por donde sale la luz, ella había adivinado ha- 
cía ya mucho tiempo que el conde, en lo profundo 
de su corazón, guardaba recuerdo muy grato de 
Fernanda. 

— Atiendan ustedes : hace algunos días se le 
ocurrió a Moro decir que tenía dos dientes postizos. 
No pueden ustedes figurarse cómo se puso este 
hombre... Por poco le pega... 

— No tanto, no tanto — manifestó el conde son- 
riendo avergonzado — . Me expresé con cierta vive- 
za porque me enfadan siempre las injusticias. 

— ¡ Oh ! Las exaltaciones en estos casos son sois- 



EL MAE STE ANTE 



63 



pechosas. Cuando no se siente interés por una per- 
sona se la defiende con menos calor... ¡ Caramba! 
¡ Nunca le vi tan irritado ! Ya puede decir esa niña 
que tiene un campeón valiente dispuesto a romper 
lanzas por ella. 

La dama apuró la broma. No se hartaba de 
apretar al conde, como si quisiera dejarle convicto 
de su amor por Fernanda. A pesar de la sonrisa 
benévola que animaba su rostro, había ciertas ex- 
trañas inflexiones en la voz que nadie más que 
una sola persona podía apreciar en aquel momento. 

Pero el rigodón había terminado, y el grupo 
se aumentó considerablemente con varias parejas 
que fueron allegándose. Fuéronse algunos, vinie- 
ron otros ; al cabo, la señora de la casa se halló 
rodeada de gente nueva. Bailóse otro vals y otro 
rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran reloj 
de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban 
en no desbandarse, a pesar de la costumbre tradi- 
cional de la casa, Manín, por orden de don Pe- 
dro, apareció en la puerta del salón, abrazado al 
lío de los abrigos de las señoras. Esta era la señal 
de despedida que el señor de Quiñones daba a sus 
tertulios. No era muy cortés, pero nadie se enfa- 
daba. Al contrario, se recibía siempre con algazara, 
como una broma graciosa. 

Después que fueron todas a estrechar la mano 
del maestrante, formóse un grupo en medio del 
salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus 
amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida 
y sus ojos inciertos despedían miradas febriles. 
Al estrechar la mano del conde volvió la cabeza 
hacia otro lado, fingiendo distracción ; se la estre- 
chó con fuerza tres o cuatro veces para infundirle 
ánimo. Bien lo necesitaba el pobre caballero. Es- 
taba tan demudado y tembloroso que Amalia pen- 
só que iba a caer desmayado. 



64 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



En apretado haz salieron los tertulios a los pa- 
sillos y bajaron la gran escalera de piedra sucia y 
húmeda. Un criado les abrió la puerta de la calle. 

— ¡ Ay ! ¿ Quién habrá dejado aquí este canas- 
to? — dijo Emilita Mateo, que tropezó la primera 
con el estorbo. 

— ¿Un canasto? — preguntaron varias damas 
acercándose a él. 

— Algún pobre que andará por ahí dormido — 
manifestó el criado, que aun no había cerrado la 
puerta. 

— No se ve a nadie < — dijo Manuel Antonio, que 
rápidamente había registrado el portal. 

La curiosidad excitó muy pronto a una de las 
damas a levantar el paño que tapaba el canasti- 
llo. Inmediatamente dejó escapar el grito consa- 
bido, el que soltó ya hace tantos siglos la hija 
de Faraón al ver flotando por el río el célebre ca- 
nastillo de Moisés. 

— ¡ Un niño ! 

Momento de estupefacción y de curiosidad en 
los tertulios. Todos se abalanzan, todos quieren 
contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque 
nadie duda un momento que aquel niño se hallaba 
allí expuesto intencionalmente. Paco Gómez le- 
vantó el canasto, lo destapó por completo y fué 
exhibiendo a sus amigos el infante dormido. 

Estalló una tempestad de exclamaciones. 

— ¡ Angelito ! — ¿Quién habrá sido la infame?... 
— ¡ Pobrecito de mi alma ! — ¡ Qué corazones de 
hiena, Dios mío ! — ¡ Miren qué hermoso es ! — 
¿Habrá mucho tiem^po que lo han expuesto? — 
Estará aterida la criatura. — Paco, déjeme vusted 
tocarlo. 

El canasto fué rodando de mano en mano. Las 
damas, interesadísimas, palpitantes de emoción, 
depositaban tiernos besos en las mejillas del re- 



EL MAE STB ANTE 



65 



cién nacido, de tal modo que al instante consi- 
guieron despertarlo. 

De aquel montoncito de carne rosada salió un 
débil gemido que hizo vibrar de lástima a todos 
los corazones. Algunas señoras vertieron lágrimas. 

— Subámoslo, por lo pronto, para que se calien- 
te un poco. 

— ¡ Sí, sí, subámoslo ! 

Y otra vez el resonante grupo se lanzó al pa- 
tio y a la escalera de la mansión de los Quiño- 
nes llevando en triunfo el canastillo misterioso. 

Amalia estaba en medio del salón inmóvil y pá- 
lida cuando se abrieron de nuevo las puertas. Don 
Pedro Había sido trasladado ya a su alcoba por 
Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina 
irrupción pareció sorprender mucho a la señora de 
la casa. 

—¿Qué ocurre? ¿qué es esto? — exclamó con 
voz alterada. 

— i Un niño ! ¡ un niño ! — gritaron varios a un 
tiempo. 

— Acabamos de encontrarlo en el portal — ma- 
nifestó Manuel Antonio, que ya se había apode- 
rado del canasto, presentándolo. 

— ¿Quién lo ha dejado ahí? 

— No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, 
por Dios, qué hermoso es, Amalia ! 

La señora le contempló un instante con mar- 
cada frialdad, y dijo : 

- — Acaso alguna pobre lo habrá dejado para re- 
cogerlo en seguida. 

— No, no ; hemos registrado el portal. La calle 
está desierta... 

La criatura a todo esto empezaba a chillar, agi- 
tando con incierto movimiento sus puños crispa- 
dos, que parecían dos botones de rosa. La compa- 
sión de las señoras volvió a romper con exclama- 

MAESTRANTE, — 5 



66 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



ciones apasionadas. Todas querían besarlo y ca- 
lentarlo contra su seno. Por fin, María Josefa lo- 
gró apoderarse de él, lo sacó del canasto y envol- 
viéndolo con el paño con que venía cubierto, lo 
acarició tiernamente. Un papel se había desprendi- 
do de las ropas de la criatura al sacarla y había 
caído al suelo. Manuel Antonio lo recogió. 

— ¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del cor- 
dero. 

El papel decía en gruesos caracteres, trazados 
al parecer por tosca mano : «La madre desdichada 
de esta niña la encomienda a la caridad de los se- 
ñores de Quiñones. No está bautizada.» 
? — ¡ Es una niña ! — exclamaron algunas señoras 
a un tiempo. 

Y en el acento con que dejaron escapar estas pa- 
labras no era difícil de advertir cierto desencanto. 
Se habían a,costumbrado a la idea de que fuese 
varón. 

— ¿Qué misterio será éste? — preguntó Manuel 
Antonio, mientras una sonrisa maliciosa de curio- 
sidad vagaba por su rostro. 

1 — ¿Misterio? Ninguno — manifestó con cierta 
displicencia Amalia — . Lo que se ve claramente 
es una pobre que quiere que le mantengan a su 
hija. 

— Sin embargo, hay aquí un no sé qué de ex- 
traño. Yo apostaría a que son personas pudientes 
los padres de esta niña — replicó el marica. 

— ¡ Adiós ! ¡ ya se nos va Manuel Antonio al fo- 
lletín ! — exclamó la dama con una risita nervio- 
sa — . Las personas pudientes no dejan a sus hijos 
envueltos en estos andrajos. 

En efecto, la niña venía cubierta por unos tra- 
pos miserables y una manta raída y sucia. 

— Despacio, Amalia, despacio — apuntó Saleta 
con su voz clara, tranquila—. Yo he recogido en 



EL MAE STE ANTE 



67 



el portal de mi casa, hace ya muchos años, ha- 
llándome en Madrid, un niño que venía envuelto 
en muy toscos pañales. Al cabo de algún tiempo 
averiguamos que era hijo de una ele vadí sima per- 
sona que no puedo nombrar. 

Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia 
el magistrado gallego. 

— Una elevadísima persona ; eso es — prosiguió 
después de una pausa, con el mismo sosiego im- 
pertinente — . Bien fácil era, por cierto, adivinar- 
lo fijando un poco la atención en los rasgos de su 
fisonomía, enteramente borbónicos. 

El estupor de los circunstantes fué profundo. 
Se miraron unos a otros con una -leve sonrisa bur- 
lona que, como de costumbre, Saleta pareció no 
advertir. 

— ¡ Atiza ! — exclamó Valero — . ¡ Abra uzté el 
par agua, don Zanto ! 

— El niño se murió a los dos mesas — prosiguió 
imperturbable Saleta — . Por cierto que cuando lo 
llevamos al cementerio se unió a la comitiva un 
coche que nadie supo a quién pertenecía. Yo lo 
conocí porque lo había visto en las caballerizas 
reales, pero me callé. 

— ¡ Ya ezcampa ! — murmuró Valero. 

— Bien, Saleta, ya nos contará usted de día eso. 
Por la noche tales cosas espeluznan — manifestó 
el marica de Sierra guiñando el ojo a los otros — . 
Lo que hay que pensar ahora, Amalia, es lo que 
se va a hacer con esta niña. 
. La dama se encogió de hombros con indiferen- 
cia. 

— Phs... no sé... La dejaremos esta noche aquí. 
Mañana le buscaremos una nodriza que quiera te- 
nerla en su casa... porque en ésta, a la verdad, es 
un trastorno. 



68 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



— Si usted no quiere tenerla en casa, yo me 
encargo con mucho gusto de ella, Amalia — dijo 
María Josefa, que estaba un poco apartada pa- 
seando a la niña y arrullándola para hacerla callar. 

— No he dicho que no quería — manifestó con 
viveza la dama — . Eecogeré esa niña, porque ten- 
go más obligación que nadie, ya que me la con- 
fían... Pero, como usted comprende, para hacerlo 
necesito contar con mi marido. 

Los tertulios aprobaron estas palabras con un 
murmullo. 

Justamente se presentaba Manín preguntando 
de parte de don Pedro qué significaba aquel ruido. 
Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo tras- 
ladar de nuevo en su sillón con ruedas a la sala ; 
vió a la niña y se interesó extremadamente por 
ella. Inmediatamente declaró que no saldría de su 
casa, ordenando a un criado que al amanecer fue- 
se en busca de nodriza. 

Por lo pronto se trajo a la criatura leche y te 
en un frasco con pezón de goma ; se la abrigó con 
más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron con 
cariñoso interés estas operaciones. Las señoras lan- 
zaban gritos de entusiasmo ; se les arrasaban los 
ojos de lágrimas al ver el ansia con que la mamosa 
niña chupaba el biberón. Así que se hartó, des- 
pidiéronse todos de nuevo, no sin depositar antes 
cada uno un beso en las mejillas de la pobrecita 
expósita. 

El conde de Onís no había desplegado los labios 
en todo este tiempo. Se hallaba retraído en tercera 
o cuarta fila, siguiendo con ojos de susto los cuida- 
dos que a la criatura se prodigaban. Y trató de irse 
con disimulo tsin nueva despedida ; pero Amalia 
le detuvo con alarde de audacia que le dejó petrifi- 
cado. 



EL MAE STR ANTE 



69 



— ¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un 
beso a mi pupila? 

— ¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más. 

Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus la- 
bios en la frente de la criatura, mientras la dama 
le contemplaba con isonrisa provocativa y triunfal. 



III 



LA CITA 

Esta fué la tercera noche, en que el conde de Onís 
apenas pudo cerrar los ojos. Nada más natural que 
en las dos anteriores estuviese agitado, calentu- 
riento ; pero ahora, ¿ por qué ? Todo se había re- 
suelto como apetecía. La empresa se había llevado 
a cabo con felicidad. No le restaba más que dormir 
tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no era 
así. A pesar de su figura robusta y gallarda, po- 
seía el conde un sistema nervioso excesivamente 
impresionable. La más ligera emoción turbaba su 
espíritu, le inquietaba hasta un grado indecible. 
Tal exquisita sensibilidad le venía por herencia y 
también por educación. Su padre, el coronel Cam- 
po, había sido un hombre concentrado, sensible, 
de una susceptibilidad tan delicada que le hizo 
mártir en los últimos años de su vida. Todo el 
mudo recordaba en Lancia el interesante y conmo- 
vedor episodio que cerró aquella vida caballeresca. 

El coronel mandaba las fuerzas de defensa de 
una plaza en el Perú cuando la insurrección de las 
colonias americanas. La plaza fué tomada por los 
insurrectos de un modo insidioso y por sorpresa. 
Un malvado denunció al coronel ante el gobierno 



72 r AEMANDO PALACIO VALDÉS 



de Madrid eomo culpable de traición, aseverando 
que se hallaba en connivencia y sobornado por el 
enemigo. Con harta precipitación, sin examen im- 
parcial de los hechos y sin tener presente la bri- 
llante hoja de servicios del conde de Onís, el rey 
le privó de su empleo en el ejército y de todas las 
cruces y condecoraciones que poseía. Bajo el peso 
de aquella horrible injusticia, el pundonoroso mi- 
litar quedó anonadado. Sus compañeros le arran- 
caron la pistola en el momento de atentar a su 
vida. Acompañado de su fiel asistente y de un pri- 
mo se trasladó desde Madrid, adonde había venido 
a defenderse, a Lancia, donde le esperaba su es- 
posa y su hijo de corta edad. La vida de familia 
fué un sedante para la terrible llaga abierta en el 
corazón del soldado. Pero aquel bravo, que tantas 
veces había desafiado la muerte, no tuvo valor para 
soportar las miradas y la curiosidad de sus conve- 
cinos. En vez de rebelarse contra la injusticia que 
se le había hecho, en vez de tratar de convencer 
a sus paisanos de su inocencia, lo que no le hu- 
biera costado gran trabajo, porque todos estima- 
ban su carácter y conocían su valor, lleno de ver- 
güenza, como si realmente fuese criminal, huyó 
las miradas de la gente, se retrajo a su casa, y sólo 
paseaba por la huerta que detrás de ella se exten- 
día, cercada de alta y deteriorada tapia. 

El palacio de los condes de Onís merece espe- 
cial mención en esta historia. Era un edificio anti- 
quísimo, el más antiguo de la ciudad en unión de 
álgunos restos de la primitiva basílica que aún 
quedaban en pie. No se había salvado otra cosa del 
horroroso incendio que en el siglo XIV había des- 
truido la población. Su aspecto más era de forta- 
leza que de mansión. !Pocas y estrechas ventanas 
cortadas por columnas de piedra, distribuidas ca- 
prichosamente por la fachada; una pared lisa de 



EL MAESTBANÍE 



73 



piedra, ennegrecida por los año9 ; algunos aguje- 
ros cuadrados cerca del techo, a guisa de aspille- 
ras ; una gran puerta de medio punto reforzada 
con grandes clavos de acero. Por dentro era in- 
mensa y tenía más alegría. El patio ancho, más 
ancho que la calle. Por la parte trasera la luz del 
mediodía bañaba sus ventanas. Los árboles de la 
huerta metían las ramas por ellas, sirviendo de 
fresca cortina para templar sus rayos. El conjunto 
de aquel vetusto caserón ofrecía misterio y encan- 
to singulares para los lacienses dotados de imagi- 
nación, en especial para los niños, únicos seres que 
conservan, en nuestra edad prosaica, la fantasía 
despierta. Su fachada, si es que tal nombre puede 
darse a aquella Usa pared con pequeños huecos ti- 
rados a granel, daba a la calle de la Misericordia, 
una de las más céntricas de la ciudad. Una de la& 
ventanas, quizá la más ancha, enfilaba la calle de 
Cerrajerías, y por ella se veía la catedral a lo lejos. 

Aquí se encerró o se sepultó el ex coronel Cam- 
po, sin que bastasen los ruegos de su esposa y de 
los pocos parientes que frecuentaban su trato para 
hacerle desistir de tal resolución. Su ociosidad fué 
de provecho para la casa. Hizo arreglar la huerta, 
pulso algunos miradores en la parte trasera, amue- 
bló varias habitaciones, enlosó el patio, etc. El 
obscuro caserón, sin perder su aspecto vetusto y 
misterioso, se transformó por dentro en agradable 
morada. Pero el deshonorado militar .se consumía, 
se secaba dentro de ella como un árbol sin luz y 
sin agua. Una melancolía profunda minaba su or- 
ganismo, le arrugaba la piel, blanqueaba sus ca- 
bellos, debilitaba sus piernas y ponía trémulas sus 
manos. A los cincuenta y ocho años de edad re- 
presentaba tener setenta. Dentro de la casa no se 
le sentía. Paseaba por los corredores como un fan- 
tasma. Transcurrían los días sin que nadie le oye- 



74 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



se ei metal de la voz. Pero no se mostraba adusto 
con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba cons- 
tantemente por sus labios. No buscaba las caricias 
de su hijo, pero cuando le tropezaba casualmente 
por los pasillos le cogía la cabeza, i&e la besaba 
amorosamente, murmuraba algunas palabras tier- 
nas en su oído, y repentina y precipitadamente se 
alejaba, algunas veces con lágrimas en los ojos. 
Pensaba que era una gran desgracia para aquel pe- 
quefiuelo, rubio y hermoso como un querubín, el 
haber nacido hijo de un padre deshonrado. El in- 
feliz le pedía perdón, con la mirada, de haberle 
engendrado. 

Hacia el año 1829, cuatro después de haber llega- 
do de América, el coronel era un verdadero espectro. 
Dormía bien, comía bien, no le dolía nada ; pero 
aquella vida se escapaba en efluvios invisibles y 
constantes, en lenta y pavorosa consunción. Su es- 
posa hizo venir un médico, luego otro y otro. Todos 
dijeron lo mismo. Era necesario salir, distraerse, 
cultivar el trato de la gente. Precisamente las 
únicas medicinas que el conde estaba resuelto a no 
tomar. Poco a poco fué permaneciendo más horas 
en la cama ; se levantaba tarde ; se acostaba tem- 
prano. Perdió el gusto para trabajar en la huerta. 
No salía de las cuatro paredes de la casa. Dentro 
de ella dejó de ocuparse en las cosas que antes le 
entretenían ; hacer estuches, cuidar la pajarera y 
otras obras manuales. Las pocas horas que per- 
manecía fuera de la cama pasábalas, bien sentado 
en una butaca, ya paseando por los corredores en 
silencio. Al .cabo dejó de levantarse. Todo esto lo 
recordaba Luis perfectamente. Entraba en su cuar- 
to, le veía tendido mirando al techo con extraña 
y terrible tristeza pintada en el rostro. Al entrar 
su hijo volvía la cabeza, sonreía, le llamaba por 



EL MAE STE ANTE 



75 



señas y, después de darle un beso, le empujaba 
para que se fuese. 

Un día el niño percibió mucho ir y venir por 
casa ; los criados corrían azorados, cambiaban en- 
tre sí palabras rápidas ; los pocos parientes y ami- 
gos que visitaban la casa estaban todos allí y te- 
nían unas caras largas, largas, que le aterroriza- 
ban. Acercándose al gabinete de su padre, vió que 
levantaban un altar. Preguntó sencillamente lo 
que aquello significaba, y una criada, llevándole 
a un rincón, le dijo que no se asustase, que. su 
papá había deseado confesarse y recibir la comu- 
nión, y que su Divina Majestad vendría pronto a 
visitarle. Esta recomendación que no se asustase, 
hecha repetidas veces, produjo el efecto contrario. 
Comprendió que algo grave pasaba. En efecto, el 
conde de Onís se moría, se iba por la posta, se- 
gún decían suis deudos. El médico ordenó que le 
dispusiesen. 

A las seis de la tarde, cuando ya había obscu- 
recido, las puertas del palacio de Onís se abrieron 
para recibir al sacerdote portador de la Sagrada 
Hostia, que venía en el carruaje de la caka. Los 
criados y parientes esperaban en el portal con ha- 
chas encendidas. Una larga fila de personas de 
todas clases venía detrás, también alumbrando. 
Muchas de ellas acudían por verdadera devoción 
y por la estima que les inspiraba él enfermo. Las 
más, sólo por satisfacer la curiosidad de* verle des- 
pués de tanto tiempo, aprovechando aquellas crí- 
ticas y solemnes circunstancias. Penetró hasta la 
habitación del moribundo todo el que quiso. A na- 
die se puso obstáculo. Pero no pudieron todos 
cumplir su gusto, porqpe no cabían. Llenóse en 
seguida el gabinete del conde de una muchedum- 
bre abigarrada, personas decentes, menestrales, 
niños, todoís empinándose para contemplar al pró- 



76 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



oer caído en la desgracia, y que ahora iba a caer en 
el obscuro seno de la muerte, en el eterno olvido. 
El deán de la catedral, su amigo y confesor, avan- 
zó con la Hostia levantada. Los presentes se hin- 
caron de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En 
aquel momento el enfermo, a quien habían incor- 
porado, dijo en voz alta, dirigiéndose a los cir- 
cunstantes arrodillados : 

— Juro por el Dios Sacramentado, que va a en- 
trar en mi cuerpo, que no he sido traidor a mi 
patria, y que en la guerra de América me he por- 
tado siempre como un militar honrado y leal. 

Su voz, que parecía salir de un cadáver, re- 
sonó clara y estridente en la cámara. Hubo un 
murmullo reprimido entre la gente. El deán, con 
lágrimas en los ojos-, resppndió : 

— ¡ Bienaventurados los que padecen hambre y 
sed de la justicia ! 

Y le puso la sagrada partícula en la boca. 

La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño 
y terrible juramento, que se repetían unos a otros, 
causó impresión profunda en el público. Los pa- 
rientes y amigos del conde peroraban con exal- 
tación en todos los grupos. A uno de aquéllos se 
le ocurrió dirigir una exposición al rey, firmada 
por todos los vecinos, pidiendo que se revisase de 
nuevo el proceso del coronel. Pero ya se le había 
adelantado el deán, hombre fogoso y elocuente, 
que logró que el obispo y el cabildo le diesen su re- 
presentación para ir a Madrid a gestionar la re- 
habilitación de su amigo de la infancia. Este ha- 
bía mejorado un peco : por lo menos, la enferme- 
dad se había estacionado. La consunción seguiría, 
pero al exterior no se notaba. No se le dijo nada 
de lo que se tramaba. El deán tuvo tiempo de ir a 
Madrid, lograr una audiencia del rey, hablarle al 
alma pintándole con elocuencia el solemne jura- 



EL MAESTBANTE 



mentó que había escuchado, recabar de sú majes- 
tad un real despacho reintegrando al conde en to- 
dos sus honores, cruce/s y condecoraciones, y vol- 
verse a Lancia loco de ansiedad, j Qué alegría 
cuando supo que su amigo no había expirado ! Des- 
de la galera acelerada en que hizo el viaje corrió 
al palacio de Onís y con las debidas precauciones 
para no impresionarle demasiado le comunicó la 
fausta nueva. 

El coronel quedó algunos momentos ensimis- 
mado con la cara metida entre las manos. 

— ¿Qué hora es? — preguntó al cabo. 

— Las doce acaban de dar. 

— ¡ A ver, pronto, mi uniforme ! — exclamó con 
extraña energía incorporándose sin ayuda de na- 
die. 

— <¡ Eayo de Dios ! ¡ En seguida, mi uniforme ! — 
volvió a proferir con más violencia, viendo que na- 
die se movía. 

La condesa fué al armario y lo trajo al fin. Se 
hizo vestir rápidamente, se puso sobre el pecho 
la banda de Carlos III y todas Jas crocos que ha- 
bía ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el 
costado izquierdo, tenían que ir algunas al dere- 
cho. En esta forma se hizo conducir a la venta- 
na que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se 
colocó en pie. No tardaron en salir los fieles de 
misa de doce, la más concurrida de las que ise 
celebraban, los domingos. Todos pudieron contem- 
plar ya desde lejos aquella figura extraña, aquel 
cadáver vestido de gran uniforme. Y con un sen- 
timiento de asombro, de respeto y de compasión, 
todos desfilaron en silencio por debajo de la ven- 
tana, sin poder separar los ojos de ella. Durante 
tres domingos consecutivos el coronel tuvo fuerzas 
para levantarse y colocarse en el mismo sitio. Allí 
permanecía media hora inmóvil, oistentando sus 



78 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



insignias con los ojos extáticos en el vacío, sin ver 
ni oír a la muchedumbre que se agrupaba delante 
del palacio y se lo mostraban unos a otros poseídos 
de grave y dolorosa emoción. Al cuarto quiso ha- 
cer lo mismo, se incorporó con violencia para que 
le vistieran, pero volyió a caer al instante sobre 
las almohadas para no levantarse más. Por la no- 
che entregó el alma a Dios aquel bravo y pundo- 
noroso soldado. 

¡ Pobre padre ! El conde no podía recordar aque- 
lla escena, que había quedado profundamente gra- 
bada en isu cerebro, sin que las lágrimas se le agol- 
paran a los ojos. De él había heredado la exquisita 
delicadeza en el sentir, una susceptibilidad que lle- 
gaba a ser enfermiza, no la serenidad, la iniciati- 
va, la firmeza inquebrantable que realzaban el al- 
ma del coronel Campo. El actual conde tenía un 
temperamento excesivamente sensible y tierno, un 
v fondo de honradez y de vergüenza que era el pa- 
trimonio moral de los Campo. Mas estas cualida- 
des se contrarrestaban por un carácter débil, fan- 
tástico, sombrío, el cual le veñía, sin duda, de la 
familia de su madre. 

Doña María Gayoso, condesa viuda de Onís, hi- 
ja del barón de los Oíscos, era un ser original, 
tan excepcionalmente original que rayaba en lo 
inverosímil. En toda su familia, desde tres o cua- 
tro generaciones hasta ella por lo menos, había 
apuntado algo estrambótico que en algunos de sus 
miembros tocaba en las lindes de la locura y en 
otros entraba de lleno dentro. Su abuelo había 
sido un empedernido ateo partidario de Voltaire y 
la Enciclopedia que a última hora se había entre- 
gado a la embriaguez, y según la conseja del pue- 
blo fué arrastrado un día por los demonios al in- 
fierno. En realidad murió de combustión espontá* 
nea, lo que pudo dar pábulo a semejante fábula. 



EL MAESTEANTE 



79 



Su padre fué un mentecato a quien su madre, mu- 
jer de rara energía, tuvo siempre esclavizado hasta 
la degradación. De sus tíos, uno paró en el mani- 
comio, otro fué notabilísimo matemático, pero tan 
excéntrico que sus rarezas se guardaban en Lancia 
como manantial de anécdotas chistosas ; otro (se 
metió en la aldea, se casó con una labradora y se 
mató a fuerza de aguardiente. No tenía más que 
un hermano, el actual barón de los Oseos. Tam- 
bién era un ser original y excéntrico. Al comen- 
zar la guerra civil se pasó al bando del Preten- 
diente e ingresó en su ejército, pero a condición 
de servir como soldado raso. Toda la campaña 
hizo de esta suerte. No fué posible, por más em- 
peño que en ello pusieron los magnates que ro- 
deaban a don Carlas y el mismo rey, obligarle a 
aceptar el despacho de oficial. Fué herido varias 
veces y una de ellas, de tan mala manera, en la 
cara, que le quedó una profunda cicatriz. Como 
su rostro era ya de lo más desgraciado que pudiera 
verse, aquel surco sinuoso y colorado acabó de 
prestarle una apariencia monstruosa y hasta temi- 
ble. 

Era más joven que su hermana María. No lle- 
gaba aún a los cincuenta años. Vivía célibe y solo 
,en la casa solariega que los Oseos tenían en la 
calle del Pozo, nada magnífica por cierto. Iba rara 
vez por casa de su hermana, no por antipatía, niño 
por lo retraído y áspero de su genio. Salía poco 
de casa, sobre todo de día. Tenía contadísimos ami- 
gos. El más íntimo de todos, el único puede decir- 
se que gozaba de su intimidad, un fraile exclaus- 
trado, que antes de ordenarse había servido en las 
filas del ejército como oficial. Fray Diego era su 
perpetuo camarada. El barón, por su carácter som- 
brío, por sus excentricidades, y sobre todo por lo 
espantable de su rostro, inspiraba general temor en 



80 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



la población. Los niños sentían en su presencia 
un terror pánico. Los padreo y las niñeras, para 
reducirlos a la obediencia, les amenazaban con él : 
— ¡ Se lo voy a decir al barón ! — ¡ Que viene el ba- 
rón ! — Hoy he visto al barón y me preguntó si 
eras obediente, etc. Y el barón, por su gesto, cons- 
tantemente desabrido, por lo bronco y recio de la 
voz y por la brusquedad con que acostumbraba a 
hablarles, era para las inocentes criaturas un ver- 
dadero ogro. Iba constantemente armado de un par 
de pistolas ; el estoque de su bastón era un verda- 
dero sable. Se decía que había disparado sobre un 
criado sólo porque le había abierto una carta., y 
que en varias ocasionéis había cogido a los niños 
que se atrevían a hacerle muecas en la calle, los 
metía en la cuadra, los desnudaba y los azotaba 
cruelmente con las correas del freno de su caballo. 
Verdaderos o inventados elstos cuentos, contribuían 
a acreditarle entre el elemento infantil de Lancia 
como un monstruo de ferocidad del cual había que 
huir, si el temblor de las piernas lo consentía. 

Una de las cosas que más coadyuvaban a in- 
fundir , el terror en los pequeños y cierto respeto, 
no exento de miedo, en los grandes, era el caba- 
llo que el barón poseía ; un caballo de ojo ardien- 
te y feroz y de genio tan furioso que nadie osaba 
montarle más que él y su amigo Fray Diego, que 
había servido en caballería. Para sacarlo a beber 
lo llevaban siempre del diestro, y aun así el indómi- 
to bruto iba tirando saltos y coces, poniendo en con- 
moción a los transeúntes. Cuando el barón lo mon- 
taba, y dando corcovos y alzándose de brazos salía 
de casa, la calle se estremecía, los vecinos se aso- 
maban a las ventanas, los niños se refugiaban en 
las faldas de sus madres, todos contemplaban ató- 
nitos aquel centauro temeroso. Eealmente el ba- 
rón de los Oseos en tal momento, con su rostro 



EL MAE STE ANTE 



81 



desfigurado, los ojos encarnizados, los grandes bi- 
gotes empalmados con las patillas, cerdosos y eri- 
zados, y el formidable torso pegado al caballo, era 
una figura que infundía espanto. Había que re- 
montarse con la fantasía a la irrupción de los 
bárbaros para hallar algo semejante. Ni Alarico, 
ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto más 
feo y siniestro ni producir más grima. Juzgúese 
del efecto que causaría entre los vecinos tímidos 
cuando una temporada le dió por salir a caballo 
pasada la media noche y recorrer las calles de la 
ciudad acompañado de un criado, caballero asimis- 
mo en otro corcel. 

La condesa de Onís era dentro de su sexo un 
tipo tan estrafalario, por lo menos, como su her- 
mano. Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida 
con ojos negros y muertos, el cabello pegado a 
las sienes con goma de membrillo, vestida cons- 
tantemente con el hábito morado del Nazareno. 
Vivía recluida en su palacio como una monja en 
el convento. Vivía entregada en absoluto a la de- 
voción, pero a una devoción caprichosa, fantásti- 
ca, en nada parecida a la que practican las almas 
verdaderamente místicas. Toda su vida había dado 
señales de un humor excéntrico, mas, desde la 
muerte del conde, se había pronunciado tanto que 
bien podían tomarse isus excentricidades como ma- 
nías, y no de las más leves. Cuando joven había 
mostrado una naturaleza tan púdica que rayaba 
por su exageración en lo ridículo. Sus amigas la 
embromaban no pocas veces afectando cierta liber- 
tad en el hablar. Tan castísimos eran los oídos 
de la doncella de los Oseos, que los de una misa 
inglesa parecerían los de un sargento a su lado. 
No podía sufrir que la ropa interior de su hermano 
fuese en unión con la suya cuando la lavandera 
la llevaba o la traía. Si aquél le entregaba unos 

MAESTRANTE. — 6 



82 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pantalones para que le cosiera un botón, cumplido 
el encargó corría a su cuarto y se lavaba bien las 
manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas 
gotas de agua bendita. Apretábase el seno hasta 
hacerse daño ; subía el cuello de los vestidos contra 
las prescripciones de la moda ; no se mudaba la 
camisa sino a obscuras, y cuando no tenía los guan- 
tes puestos jamás daba la mano a un hombre. La 
historia de .su casamiento fué verdaderamente cu- 
riosa, llena de incidentes cómicos que se repitie- 
ron durante mucho tiempo por la ciudad. Sobre 
todo lo que acaeció en la primera noche de no- 
vios, verdadero o inventado, era muy gracioso y 
digno de figurar en una novela de Paul de Kok. 

Durante el matrimonio esta virtud de la cas- 
tidad templóse un poco. Casi parece excusado de- 
cirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a exacer- 
barse de un modo notable. Sobre todo, en los úl- 
timos años adquirió aspecto de locura. Cuando se 
rezaba el rosario, que era dos veces al día, man- 
daba previamente una criada al gallinero para 
apartar, mientras durase, el gallo de las gallinas ; 
luego la ordenaba separar las cucharas de los te- 
nedores y los corchetes machos de las hembras. 
Por último, la hacía situarse en una ventana de la 
fachada lateral de la casa para impedir que nin- 
guno orinara en el rincón donde los transeunteís 
solían hacerlo. Un día vino el cochero a decirle 
que una de las yeguas estaba en el celo. Tanto se 
indignó que, después de haber reñido ásperamen- 
te por la osadía de notificarle tal asquerosidad, 
mandó inmediatamente venderla. Una vez que 
sorprendió al mozo de cuadra dando un beso a la 
cocinera, se puso enferma del disgusto. Ambos sa- 
lieron inmediatamente de la casa. 

Le gustaba, no obstante, tener tertulia a prime- 
ra hora de la noche, pero de clérigos solamente. 



EL MAESTKANTE 



83 



Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante 
de la cual, con intención o sin ella, probablemen- 
te con intención, colocaba dos sillas de suerte que 
parecía estar detrás de una valla. Poco después 
de entrar los presbíteros y animarse la conver- 
sación, la condesa se dormía profundamente, y 
así estaba hasta las nueve en que las sotanas se 
despedían, por supuesto sin darle la mano. Como 
la casa tenía capilla, salía poquísimas veces, y 
ésas en coche. Guardaba todo el oro, que llegaba a 
sus manos, en los parajes más ocultos del desván 
o de la huerta. Algunas veces por esta avaricia, 
o más propiamente por esta manía de urraca, la 
casa se vió en verdaderos aprietos : consintió en 
que su hijo pidiera a préstamo algunas cantida- 
des antes que desenterrar las peluoonas. Era, 
además, golosa, muy golosa, capaz de comerisa 
una fuente de confites sin asomos de indigestión. 
Pero no habían de ser fabricados por las monjas : 
por extraña contradicción con sus piadosas indi- 
naciones, odiaba todo lo que olía a convento. 

Pues, por esta mujer estrambótica, bien pode- 
mos decir loca, fué educado el actual conde de 
Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para con- 
trarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel tem- 
peramento débil y vacilante y el humor fantásti- 
co y sombrío de que daba en ocasiones tristes mues- 
tras, se hubiera necesitado una educación viril al 
aire libre, un maestro inteligente y ehérgico que 
supiera despertar en su organismo el brío y la re- 
solución de los Campo. Sucedió lo contrario, des- 
graciadamente. La condesa se empeñó en que no 
siguiese carrera que le apartase de Lancia. Estu- 
dió, pues, en la Universidad del pueblo la carrera 
de Jurisprudencia, que es la capa con que los jó- 
venes ricos tapan su propósito de holgar toda la 
vida. Mientras duró, y mucho tiempo después da 



84 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autori- 
dad de un modo que reisultaba ridículo. Jamás sa- 
lía de casa sin pedirle permiso, no fumaba en su 
presencia, se recogía al obscurecer, rezaba el ro- 
sario, confesábase cuando ella lo ordenaba. Mien- 
tras su cuerpo se desarrollaba prodigiosamente, se 
transformaba en un mancebo bizarro y atlético, su 
espíritu continuaba tan infantil y sumiso como si 
nunca pasara de diez años. En esta vida retraída 
y afeminada agravóse la nativa timidez de <su ca- 
rácter, su sensibilidad delicada se hizo enfermi- 
za, su genio sombrío y receloso. Y lo más lamen- 
table era que, sin ser una lumbrera, estaba dota- 
do de clara inteligencia y poseía una penetración 
frecuente en los hombres reservados y tímidos. 
Carecía de ilustración y de experiencia ; pero sa- 
bía mantener discretamente una conversación y 
no se le escapaban los defectos del prójimo. Como 
casi todos los seres débiles, gozaba a veces ma- 
lignamente a costa de ellos. Es la venganza que la 
gente sin carácter toma de quienes lo poseen de- 
masiado vigoroso y espontáneo. No obstante, estas 
ráfagas de ironía y malignidad no eran en él fre- 
cuentes. Aparecía más bien como un joven pruden- 
te, reservado, melancólico, de trato cortés y caba- 
lleroso, de corazón sensible, lleno de cariño y de 
respeto hacia su madre. 

Después que concluyó la carrera tuvo sus an- 
helos y aun proyectos de salir de Lancia, de ir a 
la corte, de viajar durante algún tiempo. Bastó, 
sin embargo, la negativa de la condesa para con- 
tenerle y hacerle desistir. Prosiguió, pues, su vida 
de holganza, mayor aún desde que no tenía (siquie- 
ra la obligación de mirar de vez en cuando los li- 
bros de jurisprudencia. 

Sólo la entretenía dedicándose a temporadas al 
cultivo de ciertos oficios manuales, y con la lee- 



EL MAE STR ANTE 



85 



tura» de las obras románticas entonces muy en boga. 
Se hizo hábil ebanista, no tanto como su padre ; 
luego le dió por la relojería. Ultimamente tomó 
afición a una» quinta de labor y recreo que poseía 
en las inmediaciones de la población y comenzó a 
mejorarla notablemente. Denominábase la Granja : 
distaba poco más de dos kilómetros de Lancia : te- 
nía una casa grande y vieja y destartalada : a es- 
paldas de ella un hermoso basque de robles y de- 
lante grandes y feraces praderas. Comenzó a ir 
todas las tardes después de comer ; crió ganado 
vacuno y también algunos caballos, plantó árboles, 
abrió canales y levantó cercas. En la casa apenas 
tocó. En esta nueva afición ganó su cuerpo, que 
se hizo más duro y más ágil, y también su carác- 
ter. La melancolía, que tanto le atormentaba, se 
fué templando, serenóse su espíritu, fué adqui- 
riendo más firmeza en el trato de la gente y más 
«seguridad de sí mismo, y ciertos accesos de humor 
negro, de rabia y desesperación que sin causa al- 
guna le acometían de raro en raro y le hacían apa- 
recer ante los criados como un epiléptico, desapa- 
recieron por completo. De esta suerte llegó hasta 
los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar 
la casa de Quiñones, y su vida experimentó profun- 
da transformación. 

Eran las nueve de la mañana cuando el criado 
le despertó, de un sueño agitado, incompleto, para 
entregarle una carta. La dejó caer con afectada 
indiferencia sobre la mesa de noche ; mas luego 
que el criado se fué apresuróse a cogerla y la abrió 
con visible agitación. Aunque hacía ya cerca de 
dos años que duraban sus relaciones con Amalia, 
nunca abría carta de ésta ún que le temblasen las 
manos. Verdad que se escribían poquísimas veces. 
Pero más que la rareza de las cartas, contribuía, 



86 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sin duda, a turbarle el profundo amor que en su 
naturaleza sensible y tímida había arraigado. 

«Esta tarde a las tres. Por la tribuna», decía 
la carta únicamente. Su turbación no se disipó 
por completo. Las citas como aquélla eran extre- 
madamente peligrosas ; le causaban, en medio de 
su felicidad, una impresión de miedo que no podía 
vencer. Había rogado a Amalia que las suprimie- 
se ; pero no le hizo caso alguno. Y él se consideraba 
absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. 
Pasó la mañana nervioso, alterado. Para calmaüse 
dió un paseo a caballo ; llegó hasta la Granja ; pero 
volvió al cabo con la misma intranquilidad que ha- 
bía salido. 

Cuando llegó la hora señalada salió de casa y 
tomó la calle de las Cerrajerías. Era la hora en que 
apenas se ve un transeúnte. Los vecinos de Lan- 
cia comen generalmente a las dos. A las tres es- 
tán, pues, de sobremesa o reposando. Al final de 
Cerrajerías, en la esquina de la calle de Santa Lu- 
cía, está la iglesia de San Rafael, que tiene su en- 
trada principal por aquélla. El conde penetró en 
el templo, después de tomar agua bendita, como el 
que va a hacer sus oraciones. Estaba enteramente 
solitario, o al menos así le pareció a la primera 
ojeada. A los pocos minutos, acostumbrados ya sus 
ojos a la obscuridad, percibió dos o tres bultos di- 
seminados por él y postrados en oración. Arrodilló- 
se él también en el fondo obscuro, cerca de la 
puertecita de la escalera que conducía a la tribuna 
de los Quiñonete, y fingió orar unos momentos. 
Aquello le repugnaba profundamente. Era un cre- 
yente sincero, y la piadosa y severa educación que 
había tenido le hacía horrorizarse de tal sacrilegio. 
Se le había pegado el fanatismo de su madre : te- 
nía un miedo espantoso al infierno. También Ama- 
lia era creyente y aun pasaba en la población por 



EL MAE STE ANTE 



87 



piadosa ; pertenecía a varias cofradías ; era protec- 
tora de algunos asilos ; hacía frecuentes regalos a 
las imágenes y se la veía acompañada de clérigos. 
Pero miraba aquella profanación con la mayor indi- 
ferencia. La religión era para ella cosa muy respe- 
table, pero más respetables aún su voluntad y sus 
placeres. 

Al cabo de unos minutos el conde se levantó 
cautelosamente y tiró de la puertecita, que una 
mano previsora había ya abierto de antemano. 
Tornó a llegarla y subió por la estrechísima esca- 
lera de caracol. La pequeña tribuna de la casa 
Quiñones estaba aún más obscura que la iglesia. 
Buscó a tientas la puerta del pasadizo y la empu- 
jó ; mas como tenía cierre de cristales y podían 
verle desde la calle, se echó a gatas para atrave- 
sarlo. En la puerta que comunicaba con la casa 
estaba Jacoba esperándole. Era ésta una mujer de 
más de cincuenta años, obesa, con un vientre co- 
losal, que se movía con trabajo, la respiración an- 
helante, embotada por la grasa y hablando siem- 
pre en voz de falsete. La suma discreción, la en- 
carnación verdadera del sigilo. Nunca habían te- 
nido otro confidente ; nadie en el mundo más que 
ella estaba enterada de sus amores, y en el curso 
de ellos les había servido prodigiosamente ; fué su 
centinela, su salvador en muchas ocasiones, su 
ángel tutelar siempre. No era sirviente de la casa, 
sino protegida de la señora. Dedicábase 'a correr los 
géneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ga- 
nando por ello pequeñísima comisión. Esto no le 
bastaba para vivir aunque era ella sola y una so- 
brina. Pero en varias casas le hacían encargos de 
distinta índole y la ayudaban de mil maneras. So- 
bre todo, en la señora de Quiñones había encontrado 
una protectora decidida. Cuando llegó a ser su 
confidente puede decinse que halló una verdadera 
mina. Amalia pagaba con -largueza sus servicios 



88 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



que, en realidad, bien merecían recompensa extra- 
ordinaria. 

La medianera se llevó el dedo a los labios re- 
comendando silencio al conde, así que éste fran- 
queó la puerta. Recomendación bien excusada por 
cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo 
por no hacer ruido. Luego, adelantándose un poco 
para explorar el terreno, le hizo seña para que la 
siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por de- 
lante de la escalera principal sin ascender por ella 
de miedo a encontrarse con algún criado, y fueron 
a buscar a la biblioteca una escalenta excusada que 
allí había para subir al segundo. El conde avanzaba 
de puntillas con el corazón palpitante. Aunque ya 
había penetrado otras veces en casa de Quiñones 
de aquella manera, le parecía siempre el colmo 
de la temeridad y maldecía en su interior <Jel atre- 
vimiento y despreocupación de su amante. Llega- 
ron al fin al gabinete de la señora. La puerta se 
abrió sin que se viese a nadie. Jaooba empujó sua- 
vemente al conde, quedando ella fuera. La mano 
de Amalia, que se presentó de improviso, volvió a 
cerrar, y súbito, con arrebatado ademán, echó los 
brazos al cuello de su querido y le besó con apa- 
sionada ternura. Él, cohibido, agitado aún por la 
ascensión y trémulo, permaneció quieto, sin co- 
rresponder a tales manifestaciones de cariño. La 
dama le dió un golpecito maternal con la palma de 
la mano en la mejilla. 

- — Serénate, poltrón, que nadie te come aquí. 

Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se dejó caer 
en una marquesita forrada de raso azul. 

El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo 
coquetón con el abandono que reinaba en el res- 
to de la caisa. Las paredes cubiertas de tapices 
soberbios, los mejores de la colección que la fami- 
lia poseía ; los muebles flamantes, estilo Luis XV, 



EL MAESTEANTE 



89 



traídos de Madrid con la magnífica cama de ébano 
incrustada de marfil que se veía en la alcoba, en 
los primeros meses del matrimonio, cuando don 
Pedro se esforzaba inútilmente en ganar el corazón 
de su joven 'esposa. Kespirábase allí una atmósfera 
perfumada, sensual, que denunciaba los gustos re- 
finados que la dama forastera había traído allá de 
otras tierras a la severa mansión de los Quiñones. 

Sentóse sobre las rodillas del conde, y tirándole 
de la barba, exclamó conteniendo a duras penas 
los gritos, con una alegría reprimida que le bri- 
llaba en los ojos, que estallaba por todos los poros : 

— ¿Lo ves? ¿Lo ves cómo hemos vencido? ¿Lo 
ves cómo se han . salvado todos esos obstáculos que 
se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban 
ver claro? No ha sido necesario más que un poco 
de audacia y que Dios nos ayudase. 

— I Dios ! — murmuró estremeciéndose el conde. 

Ella sintió que había hecho mal en apelar a la 
divinidad, y se apresuró a decir con desenfado : 

— Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a 
ponerte cargante y tristón... Este es un momento 
de felicidad para nosotros... Lo estoy tocando y 
me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amo- 
res, viviendo conmigo, pudiendo verla y besarla a 
todas horas... ¡Qué hermosa es!... No pude con- 
templarla a mi gusto hasta esta mañana ; pero hoy 
me he saciado bien... Se parece a ti... sobre todo 
esta parte de aquí arriba, del entrecejo. Jacoba di- 
ce que la boca es mía. . . No me pesa — añadió son- 
riendo con coquetería — . Otra cosa peor pudiera 
sacar de mí, ¿verdad? 

— Para mí todo es igualmente hermoso. 

— ¡ Vamos ! — exclamó la dama echándose ha- 
cia atrás y clavándole una mirada de burla cari- 
ñosa — . Al fin has recobrado el uso de la pala- 
bra, . , Pues bien — añadió en tono serio — , tú no 



90 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



sabes las vuéltas que hemos tenido que dar esta 
mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. 
Ninguna me ha gustado. Al fin la cuarta se que- 
dó. ¡ Y qué lindamente comenzó a chupar el ángel 
mío ! Me costaba trabajo no saltar de alegría. . . 
¡como me cuesta ahora!... Pero seamos graves... 
seamos graves y cargantes como el señor conde... 
Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para 
traerla? Cuéntame. ¡ Qué cara tenías ayer noche 
al abrir la puerta del salón ! 

— La cosa no era para meno®. A las nueve fui 
a buscarla a casa de Jacoba. Ya te lo habrá di- 
cho ella. Me pasó allí cerca de dos horas. Y como 
si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chi- 
llaba sin cesar... 

— Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego? 

— ¡ Qué noche ! Los chubascos se repetían sin 
cesar. Las calles estaban perdidas, sobre todo por 
aquellos barrios extraviados. Me remangué los pan- 
talones casi hasta la rodilla, porque, ¿cómo iba 
a entrar manchado de barro en tu salón? Quise 
sostener el canastillo en un brazo y llevar el para- 
guas abierto en la otra manó. Fué imposible. A 
los pocos pasos me volví y le dejé el paraguas a 
Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo! ¡Qué 
angustia ! El viento me bajaba a cada instante el 
embozo de la capa, la lluvia me azotaba la cara y 
me entraba por el cuello. Tenía miedo que me mo- 
jase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡ Fi- 
gúrate si caigo en aquel momento ! El viento so- 
plaba a veces tan recio que me impedía dar un pa- 
so. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar 
la vuelta y dejarlo para otro día. 

— Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé 
que te ahogas en un plato de agua. 

El le dirigió una larga y triste mirada de re- 
convención. Amalia soltó a reír y, abrazándole y 
besándole con efusión, exclamó : 




EL MAE STE ANTE 91 



—No haga§ caso, pobrecito. ¿ Piensas que no te 
compadezco? El trance ha sido bien duro. Te has 
portado como un héroe. 

El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se 
ruborizó. La conciencia le gritaba que no los me- 
recía. Se acordó de la terrible prueba por que aca- 
baba de pasar Amalia, y dijo : 

— ¡ Tú sí, tú sí que has debido de padecer ! ¿Có- 
mo te encuentras? Ha sido una imprudencia bajar 
tan pronto la escalera. 

— ¡ Oh ! Yo, aunque parezco débil, soy una roca. 

— Bien lo has demostrado. ¡ Padecer esos tre- 
mendos dolores sin exhalar ni una queja ! 

— ¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto? — dijo 
poniéndole una mano en la boca — . ¿Has parido 
alguna vez? 

— Luego cuatro días solamente en la cama — 
prosiguió el joven separando dulcemente aquella 
mano y besándola al mismo tiempo — , y al quinto 
bajar al salón. 

— Pues ya estás viendo que no me ha pasado na- 
da. ¡ Oh, si no llego a bajar ayer, de fijo Quiño- 
nes me manda al médico ! Ya desde el segundo 
día estaba empeñado en que subiese... Pero, ¿no 
sabes? Está enamorado, loco por la chiquilla. To- 
da la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. 
¡ Y se le ocurren unas cosas tan peregrinas ! Dice 
que esta niña nos la envía Dios para consolarnos 
de no tener familia... 

El conde volvió a ponerse serio, taciturno, míen- f 
tras en los labios de la dama se dibujaba una son- 
risa de cruel ironía. 

— A todo esto no has preguntado por ella, pa- 
dre desnaturalizado — dijo metiendo suls dedos 
finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja 
de su amante — . Porque eres su padre, sí, su pa- 
dre. ¿A que no lo niegas? — añadió acercando 



92 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



con mimo su rostro al de él y poniéndole los labios 
en el oído — . Voy a traértela. 

— Pero, ¿va a venir el ama? — • preguntó él con 
terror. 

— No, hombre, no — replicó riendo — . Vendrá 
ella sólita. Verás qué bien camina ya. 

El conde abrió los ojos con una expresión es- 
túpida que la hizo reír aún más. Se puso en pie 
y abriendo la puerta cuchicheó un instante con 
Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de 
pocos minutos la obesa medianera abrió otra vez 
la puerta cautelosamente y les entregó la niña dor- 
mida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su 
regazo. Ambos la contemplaron largo rato en si- 
lencio con éxtasis, pendientes del levísimo soplo 
que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpe- 
cito. Fué un instante feliz. El conde, olvidado de 
sus temores, se calmó : una sonrisa de vivo placer 
se esparció por «su fisonomía dulce y melancólica. 
Transcurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían 
aquel silencio dichoso ni se distraían un punto de 
la atención intensa en que sus espíritus se confun- 
dían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquiel peda- 
cito de carne rosada se reflejaba igualmente en sus 
ojos y ataba con hilos invisibles sus almas y vidas. 

— ¡ Qué hermosa es ! Se parece a ti — murmuró 
el conde con tan blando acento que apenas si llegó 
a los oídos de su amante. 

— Aún más a ti — respondió ésta en la misma 
voz apagada. 

Luego, por un movimiento simultáneo, ambos 
volvieron la cabeza y se miraron larga, intensa- 
mente, con amor. 

— Te adoro, Amalia — dijo él. 

— Te quiero, Luis — respondió ella. Sus manos 
©e buscaron y se apretaron tiernamente : sus ca- 
bezas se inclinaron para cambiar un beso casto. 



IV 



HISTORIA DE AQUELLOS AMORES 

Casto, sí. Quizá el primero de sus ya largos 
amores. Todo lo que de tierno y poético se despren- 
día de ellos, como un perfume, vino de pronto a 
embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció 
el remordimiento, que pesaba sin cesar en el alma 
delicada del conde, la agitación insana que a am- 
bos atormentaba, el ardor, la violencia, la amar- 
gura que iba oculta en el fondo de sus deliquios 
amorosos como el gusano en él cáliz de la rosa. 
No quedó más que el amor puro, el amor (satisfe- 
cho, el amor consagrado por la santa y misteriosa 
fuerza de renovación que habita en el seno de la 
naturaleza. 

¡ Si se hubieran conocido antes ! ¡ Cuántas ve- 
ces se habían repetido esta frase de los adúlteros ! 
Si se hubieran* conocido antes, probablemente se 
hubieran separado sin sentir el más insignifican- 
te movimiento de atracción. El amor se alimenta 
principalmente de dificultades, le placen los te- 
rrenos movedizos batidos por la borrasca. El de 
ellos no pudo hallar tierra más adecuada ni cir- 
cunstancias más favorables para su germinación. 



94 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Como se (sospechaba en Lancia, el matrimonio 
de Amalia con don Pedro fué impuesto a aquélla 
por su familia, que agonizaba de hambre. Don 
Antonio Sánchiz, padre de la dama, era un ma- 
yorazgo valenciano que había consumido con el 
juego y las mujeres las tres cuartas partes de su 
hacienda. La cuarta que restaba se encargó de con- 
sumirla por los mismos medios su hijo primogéni- 
to, que había heredado idénticos gustos. Amalia 
era la última de los cinco hermanos, cuatro hem- 
bras y un varón. Su hermana primera, a quien 
habían tocado aún algunos rayos débiles del es- 
plendor de la casa, logró casar ventajosamente con 
el hijo de un banquero rico. Nada aprovechó a su 
familia. Ni don Antonio ni su hijo Antoñito pu- 
dieron ver el color de las monedas de su yerno y 
cuñado respectivamente. Las otras dos también 
casaron con jóvenes distinguidos, pero sin dinero. 
Amalia floreció en medio de la total ruina de su 
casa. Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara 
estirpe le valieron para llamar la atención de los 
hombres. El conocido desastre de la casa y la de- 
plorable reputación de (su padre y hermano pusie- 
ron en torno de ella una valla que ninguno se 
atrevía a saltar. Bien lo echó de ver en seguida 
y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo 
o galantería, la festejaban. No era tipo acabado de 
belleza ; faltábale gallardía en la figura, amplitud 
de formas, color en las mejillas. Mas a pesar de 
su cuerpecito menudo y no del todo bien confor- 
mado, y de la palidez constante de su rostro, poseía 
especial atractivo, que cuantos la veían, y aún más 
los que la trataban, se complacían en afirmar. 
Provenía éste principalmente <le sus grandes ojos 
negros expresivos : el alma se asomaba a ellos re- 
flejando las más leves y fugaces emociones ; ora 
ardían con fuego malicioso, revelando la pasión 



EL MAE STE ANTE 



95 



recóndita, insaciable, ora se aquietaban extáticos, 
límpidos, en arrobo místico ; ahora brillaban ale- 
gres y bulliciosos, en seguida melancólicos, tan 
pronto secos como húmedos, tan pronto tiernos co- 
mo iracundos. Provenía también de su movilidad, 
de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz 
simpático e insinuante. Era, en isuma, una mujer 
graciosa e interesante. 

No se sabe si por orgullo o porque realmente 
su temperamento ardiente y borrascoso le solici- 
tase a ello, mostróse desdeñosa con los jóvenes 
ricos que galantemente la requebraban sin deci- 
dirse a pedir su mano, y entregó el corazón a un 
muchacho humilde, a un escribientillo del gobier- 
no político con cuatro mil reales de sueldo, hijo 
de un maestro de escuela. La sangre azul de los 
Sánchiz brincó de cólera en late venas de don An- 
tonio, de Antoñito, de sus hermanas y Hasta en las 
del banquero, su cuñado, que no la tenía. Hube 
de sufrir activa y feroz persecución. Pero como 
no le faltaban ánimos y estaba dotada además de 
un espíritu ingenioso y travieso, fértil en toda clase 
de diabluras, es lo cierto que se burló de ellos largo 
tiempo, que de nada valieron los ruegos, las ame- 
nazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en 
un convento. Si el escribiente no llega a morirse 
de una tisis que le concluyó en pocos meses, es casi 
seguro que la muy noble y necesitada casa de los 
Sánchiz sufriera el baldón de emparentar con el 
hijo de un maestro de escuela. 

Después de esta aventura, Amalia quedó bas- 
tante desprestigiada en la población. Pero ella bien 
sabía que, aunque hubiera mantenido incólume su 
prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se ca- 
san por el prestigio, sino por el dinero. No se le 
ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo pasa- 
do. Vivió triste, y resignada dos años más, mos- 



96 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



toándose indiferente a los placeres propios de su 
edad, sin hacer nada para granjearse la voluntad 
de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba 
cerca de los veinticuatro abriles, y podía darse por 
perdida la esperanza de matrimonio, fué cuando a 
don Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se 
le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con 
aquel señor, que &ók> había visto de niña dos o tres 
veces, viudo hacía poco tiempo, y cuyas extrava- 
gancias conocía por oírselas narrar entre caí caja- 
das a su padre y hermano, ¡ los mismos que ahora 
la apretaban que le aceptase por marido ! No fué 
muy tenaz, isin embargo, en su resistencia. Estaba 
tan desengañada, vivía en medio de un aburri- 
miento tan plomizo, de una indiferencia tan so- 
ñolienta, que así que vió a su padre colérico, des- 
pués de haberla suplicado con vivas instancias, 
,se dejó arrancar el sí. Decían todos que aquel ma- 
trimonio era la salvación de la f amilia. No se me- 
tió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Des- 
pués de casada supo que todo lo que su padre pudo 
sacar de don Pedro fué una exigua pensión, con la 
cual a duras penas podía comer. 

El noble vástago de los Quiñones de León se 
enamoró perdidamente de aquella estatua de hie- 
lo. En el viaje que hicieron desde Valencia a Lan- 
cia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspec- 
ta y tan cortés al mismo tiempo, que don Pedro no 
osó reclamar ninguno de sus derechos. En Lancia, 
ya sabemos por la voz pública, digna de créense en 
este caso, lo que pasó. 

La negativa persistente, los desprecios infinitos 
con que le regaló por mucho tiempo, lejos de en- 
friarle, encendieron más su pasión. Era Quiñones, 
como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de vo- 
luntad indomable. Los obstáculos le irritaban, lle- 
gaban a enloquecerle. Quiso vencer el corazón de 




EL MAESTEANTE 97 



su esposa, y no perdonó medio para ello : la colmó 
de atenciones, mimó sub gustos más insignifican- 
tes, viviendo por varios meses en perpetua congo- 
ja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan 
pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, 
sin embargo, sin la astucia de su amigo el canó- 
nigo. Aquel aconsejado viaje por las montañas, lle- 
no de sustos y peripecias, le conquistó, si no el 
amor de su eisposa, por lo menos sus favores. 

En los dos primeros años de matrimonio, Ama- 
lia hizo una vida retraída, sin salir apenas del chu- 
rrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía. Vi- 
vía a solas con su aburrimiento, complaciéndose 
en hacerlo má>s insoportable, agitada por una có- 
lera sorda que amenazaba estallar a cada instan- 
te ; en la apariencia tranquila, aceptando gustosa 
su papel, tratando con superioridad cortés a los 
que se la acercaban. El desgraciado accidente so- 
brevenido a >su esposo distrajo un poco fu hastío e 
infundió en su corazón momentáneo sentimiento 
de piedad. Durante algún tiempo se creyó llamada 
a desempeñar cerca de él los oficios de hermana de 
la caridad, a cuidarle con afectado cariño para ha- 
cerle menos insoportable aquel terrible castigo. No 
tardó mucho en fatigarse. Poco a poco se fué afi- 
cionando a la tertulia que por las noches se forma- 
ba en torno de su esposo, comenzó a interesarse en 
las conversaciones de política local y a intervenir 
en ella más o menos directamente. Don Pedro era 
el árbitro de la provincia mientras >se hallaba en el 
poder el partido moderado. Ahora, que estaba de- 
bajo, conservaba no obstante muy alto prestigio 
y no poca influencia, en el temor <3b que no tai da- 
ría en ponerse encima. Para aumentar este presti- 
gio y esta influencia y dar mayor realce a la riqueza 
y poderío de la casa , Amalia, que halló aquí me- 
dio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad 

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láclense, que hasta entonces había tenido siempre 
alejada; algunas visitas de cumplido y nada más. 
Dió conciertos, menudeó las reuniones de confian- 
za, y de vez en cuando, en ciertas solemnidades, 
organizó grandes bailes de etiqueta. Con esto re- 
cobró su perdida energía, aquella graciosa y sim- 
pática movilidad que la caracterizaba ; \olvió la 
sonrisa a sus ojos, la frase aguda a sus labios. Na- 
die supo jamás honrar con más amabilidad y más 
gracia a sus tertulianos. Fué modelo de gentileza 
y cortesanía. Se hizo adorar de la juventud, a quien 
proporcionó gratísimo recurso para matar las inter- 
minables noches del invierno. 

Fernanda Estrada-Eosa fué uno de les más be- 
llos ornamentos de sus conciertos y saraos. En 
pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El 
conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo 
iba de tarde en tarde, con motivo de algún ciim- 
pleaños, entrada de año, etc. Sin embargo, Qui- 
ñones alimentaba por él profunda simpatía. Bas- 
taba que perteneciese a la nobleza para que el li- 
najudo hidalgo le juzgara superior en todos concep- 
tos a los demás seres de la población. Amalia, que 
apenas le conocía, comenzó a observarle con viva 
curiosidad. Tanto se le había hablado de él, del 
cariño y respeto que profesaba a su madre, de su 
humor melancólico, de sus habilidades, de su pie- 
dad exagerada, que deseaba tratarle con intimi- 
dad ; quería penetrar en el alma de aquel mance- 
bo tan apuesto y tan inocente. No tardó en con- 
vencerse de que el amor aún no había prendido en 
ella. Observando con atención sus relaciones con 
Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que 
no venía ciertamente de la rica heredera. Conoció 
que el conde se engañaba a sí mismo haciendo es- 
fuerzos por quedar enamorado, y aún más por apa- 
recerlo. Tomaba sus amores como una obligación 



EL MAE STE ANTE 



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honrosa que le exigían sus años y posición. El jo- 
ven más principal de Lancia debía amar a la niña 
más rica y más bella. Por otra parte, parecía como 
si quisiera demostrar a la población que no era un 
extravagante o un maníaco, como alguna vez había 
oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo estric- 
tamente los deberes del perfecto galán, paseando 
un par de horas por la mañana en la calle de Alta- 
villa, donde vivía su novia, acompañándola los do- 
mingos en el paseo, sentándose a su lado en la ter- 
tulia de las señoritas de Meré o en la de Quiño- 
nes, y bailando con ella todos los rigodones en los 
saraos del Calino. Pero al mismo tiempo Amalia 
echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el 
conde estaba taciturno y distraído -michas veces, 
mientras ella, con visible interés, hacía el gasto 
de la conversación y procuraba mantenerla viva. 

Aquellos amores le fueron interesando cada vez 
más : buscó las confidencias de ella y también las de 
él. Al poco tiempo su alma ardiente, sagaz, volunta- 
riosa, simpatizó con la de Luis, tímida, infantil, 
llena de piedad y ternura. Más maestra en él arte 
de hacerse amar que la niña de Estrada-Kosa, lo- 
gró pronto inspirar al conde confianza y afecto ; 
le envolvió en una malla espesa de coxiñdencias, 
no sólo referentes a sus amores, sino de to*H Ib, 
vida. Le confesó tan bien como el más hábil je- 
suíta. Luis, seducido por "Danto interés, le fué 
abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus 
costumbres, luego de los actos de su vida pasada, 
por último de sus sentimientos más recónditos, de 
aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A 
Amalia no le sorprendían en la apariencia tales 
originales y morbosas psicologías ; las aceptaba 
como cosas naturales, daba su opinión acerca de 
ellas y se autorizaba cariñosamente el aconsejarle, 
reprenderle a veces, guiarle en ciertos asuntos de 



100 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el 
conde por completo. ¿Mentado por este juego ha- 
bilísimo, se iba confiando cada vez más, se entrega- 
ba por completo, feliz con desembarazarse de tanto 
pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña 
y dolorosa timidez que le atormentaba. 

Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernan- 
da haciéndose confidente y protectora decidida de 
sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de con- 
versación particular y animada con el conde, no 
menos largos y animados los gastaba con la chica. 
Esta le agradecía profundamente aquella protec- 
ción, que se traducía en ocasiones buscadas por la 
dama parg, que los novios pudieran verse y ha- 
blarse, para reconciliarlos cuando estaban reñi- 
dos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo sos- 
pechase, sin que el mismo conde se diese cuenta 
de ello, la dama valenciana iba ganando a paso de 
carga el corazón de éste. Si en juventud, en her- 
mosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la 
rica heredera, la aventajaba mucho en la gracia 
expresiva del rostro, en el atractivo de su conver- 
sación y en la finura de su inteligencia. De confi- 
dencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál 
era el verdadero estado de su corazón respecto a 
Fernanda. La astuta señora supo sacar partido 
de tales confesiones para hacerle ver que lo que 
sentía era sólo admiración de aficionado a las obras 
bellas de la naturaleza, un deseo vanidoso de ha- 
cerse amar por la joven más linda y más rica de 
la ciudad, necesidad de distraer el aburrimiento, 
cualquier cosa, en .suma, menos el verdadero amor. 
Este se alimenta de tristezas negras, de alegrías 
inefables, de insomnios, de zozobras, de una agi- 
tación dulce y amarga a la vez que constantemente 
llevamos dentro del pecho. Luis se convenció pron- 
to. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, 



EL MAE STE ANTE 



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no comprendía cómo un hombre de tan buen gus- 
to no había logrado enamorarse perdidamente, le 
reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las 
cualidades de la gentil heredera. 

Mientras esto decía con los labios, sus ojos pre- 
gonaban otra cosa. Aquellas pupilas negras llenas 
de fuego e inteligencia se clavaban en él con ex- 
presión unas veces lánguida, otras maliciosa, con- 
cluyendo por fascinarle. Al mismo tiempo sus ma- 
nos breves, delicadas, de aristócrata, aprovechaban 
cualquier coyuntura para rozar las suyas ; al des- 
pedirse le apretaban con tenacidad nerviosa. Si 
alguna vez se inclinaban ambos para contemplar 
cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia 
no separaba la suya, dejaba que el conde aspirase 
la fragancia de ella largo rato cual si tratase de 
envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le im- 
ponía sus gustos. No debía ponerse levita ; el frac 
azul le sentaba admirablemente. ¿Por qué gastaba 
guantes obscuros? Le prohibió, riendo, que se 
los pusiera más. Para las corbatas confesaba que 
tenía mucho gusto, pero le sentaban mejor las de 
lazo que las chalinas. ¿ Por qué no se encargaba a 
Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia 
eran todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía 
gustoso sus insinuaciones, se iba dejando dominar 
por el ascendiente de aquella mujer tan débil de 
cuerpo como fuerte de voluntad. 

Una noche en que llegó a casa de Quiñones, 
cuando aún no había nadie, le dijo la dama brus- 
camente : 

— ¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el 
ojal? ¿Fernanda? 

El conde, sonriendo ruborizado, hizo (signo afir- 
mativo. 

— Pues que me dispense, pero tiene un color 



102 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



muy feo... Verá usted, voy a ponerle otro más bo- 
nito. 

Y diciendo y haciendo, fué derecha a uno de 
los floreros del salón y, después de escoger algún 
tiempo, isacó un magnífico clavel rojo. Volvió a. 
donde estaba el conde y con gran desenvoltura, 
con cierta afectación aún, propia del que pretende 
mostrar su dominio, le arrancó el clavel que traía 
y le puso el nuevo. Sufrió él esta substitución en 
silencio, inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no 
advertir esta -sorpresa, se echó un poco hacia atrás 
y exclamó con intención : 

— j Ya lo creo que está mejor ! 

Hubo después algunos instantes de silencio em- 
barazoso. Ella se puso a jugar con el clavel de 
Fernanda, azotándose las rodillas, mientras lan- 
zaba frecuentes miradas al conde, que permane- 
cía confuso sin saber qué decir ni dónde poner los 
ojos. Por último los de uno y otro se encontraron 
y sonrieron. En los de ella ardió una chispa ma- 
liciosa, y con ademán súbito y desdeñoso arrojó el 
clavel que tenía en la mano debajo de las sillas. 
El conde se puso repentinamente serio ; sus me- 
jillas se colorearon. En aquel momento entró Ma- 
nuel Antonio. La conversación se entabló alegre, 
indiferente. El conde guardaba, sin embargo, un 
resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con 
visible disgusto le preguntó por su clavel, se vió 
en grave aprieto, perdióse en un laberinto de ex- 
plicaciones. El chico de su jardinero, a quien fué 
a dar un beso, se lo había arrancado ; luego, en una 
maceta que había hallado en el gabinete de su 
madre, había tomado otro. Pero Amalia, implaca- 
ble, le puso poco después en un conflicto pregun- 
tándole en voz alta con sonrisa maliciosa : 

— ¿ Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo? 
¿Fernanda? 



EL MAE STB ANTE 



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— No, yo no — se apresuró a responder ésta. 

Y el conde', otra vez turbado y rojo, volvió en 
voz alta a la explicación que acababa de dar en 
secreto. AqueUa pequeña traición los ató con nudo 
más fuerte, estableció entre ellos una relación sin- 
gular que el conde no tse atrevía a definir en su 
pensamiento, medroso de resbalar en un abismo. 
Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá 
con alguna más, a la heredera de Estrada-Kosa, 
pero no podía tablar a la señora de Quiñones sin 
sentirse turbado ; las miradas que se dirigían eran 
largas, intencionadas; sus apretones de manos vi- 
vos, impregnados de cariño. Ambos disimulaban 
delante de Fernanda como si fuese ya la esposa ul- 
trajada. ¡ Y aún no se habían dicho una palabra de 
amor ! Pero Luis estaba convencido de que fal- 
taba a su novia, de que era un criminal hacia don 
Pedro, su amigo ; no sabía por qué ni cómo, pero 
lo sentía allá dentro en el fondo de la conciencia. 
Sin embargo, reflexionaba algunas veces que por 
su parte no había dado un solo paso hacia el cri- 
men, que se veía enredado en aquellas extrañas 
relaciones, en las cuales existía amor, inteligencia, 
traición, todo tácito, sin saber cómo había fcido. 

Transcurrió más de un mes de esta suerte. Ama- 
Ha no sólo le hablaba de amor con los ojos, pero 
le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos sus 
caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anun- 
ciaba, por ejemplo, que se iba a marchar : al vol- 
ver los ojos se encontraba con los de Amalia que 
le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba 
de bailar con Fernanda, y una mirada severa bas- 
taba para retenerle. Un día anunció que iba a pa- 
sar seis u ocho días en sus posesiones de Onís : 
Amalia le hizo signo negativo con la cabeza, y 
desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué derecho 
contrariaba sus determinaciones, se introducía en 



104 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



su vida y la gobernaba? No lo sabía, pero expe- 
rimentaba sensación gratísima al obedecerla. Vi- 
vía en una inquietud dulce, anhelante, esperando 
algo hermoso, algo inefable que no quería formu- 
larse en su cerebro. Mientras, ella con su eterna 
sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente, se- 
gura de conocer ese algo y de llegar a él cuando 
le viniera en apetencia. 

Una tarde del mes de junio se hallaba el con- 
de en la Granja inspeccionando el trabajo de al- 
gunos obreros, que tenía ocupados en abrir una 
acequia más ancha para el molino. El mozo en- 
cargado del ganado vino a decirle que una señora 
preguntaba por él. 

— ¿Una señora? — exclamó sorprendido—. ¿No 
la conoces? 

El criado le miró estúpidamente, sin contestar, 
¿Cómo la había de conocer, él, que había pasado 
la vida detrás del ganado, y sólo iba a Lancia al- 
gún día de mercado a comprar o vender una vaca? 
El conde se hizo cargo de esto y preguntó en se- 
guida : 
— ¿Es bajita? 



es muy alta, no, señor. 
— ¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el 
andar muy suelto y elegante? 

Y antes de que el criado pudiera contestar a 
estas preguntas, que no había entendido, echó a 
correr en dirección a la casa con el corazón pal- 
pitante, henchido de emoción por el presentimien- 
to de que era ella. * 
— ¿Dónde está? — gritó sin dejar de correr. 
— En la corrada, a la puerta del jardín — le 
contestó también a gritos. 

Llegó a la corrada sin respiración Antes de 
abrirla se detuvo un instante, avergonzándose de 
su presunción. ¿Cómo había llegado a suponer...? 




EL MAESTEANTE 



Pero, ¿por qué diablo se le había metido en la 
cabeza?... Y, sin embargo, no podía desecharla. 
Era ella, era ella; no le cabía duda alguna. Le- 
vantó el pestillo de la .gran puerta de madera pin- 
tada de verde, y entró. La. corrada era grande. 
Veíanse arrimados a la pared varios enseres de la- 
branza. Debajo de un tendejón yacían algunos ca- 
rros. En una caseta de madera, toscamente la- 
brada, estaba amarrado un enorme mastín que 
quiso romper la cadena dando furiosos saltos por 
venir a acariciarle. Allá, en el otro extremo, cer- 
ca de la puerta enrejada que comunicaba con el 
jardín, la vió, en efecto, con la frente pegada a 
las rejas, contemplando las flores. Estaba de es- 
palda. Traía vestido claro de rayas blancas y rojas 
y llevaba en la cabeza sombrerito de paja con flo- 
res rojas también. Con la mano izquierda se apo- 
yaba en una sombrilla que hacía juego con el traje 
y en la derecha apretaba unos guantes de seda. 
¡ Qué bien impresos le quedaron estos pormenores ! 
Jamás en la vida se le borraron de la memoria. 

— ¿Usted por aquí? — le preguntó afectando 
una serenidad que estaba muy lejos de sentir — . 
¿Quién había de presumir que fuese usted la se- 
ñora que el criado me acaba de anunciar ? 

■ — ¿De veras no lo ha presumido usted? — pre- 
guntó ella mirándole fijamente. 

— No, no, señora. 

Y se puso colorado al decirlo. La dama son- 
rió con benevolencia. 
— Bien, enséñeme usted esas rosas de malmai- 
n de que me ha hablado. 

El conde abrió la puerta del jardín y ambos 
pasaron adentro. Era muy grande y estaba bas- 
tante descuidado. Desde que la condesa había de- 
jado de venir a la Granja casi en absoluto, los cria- 
dos apenas tocaban en él. Luis era más dado a 



106 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, 
a desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del 
tiempo en que su madre venía todas las tardes y 
le atendía, existían allí muchas plantas de flores, 
grandes arbustos que con el tiempo y con aquel 
suelo feraz se iban transformando en árboles fron- 
dosos. 

Mientras recorrían caminos arenosos, de los cua- 
les el césped se iba apoderando por falta de lim- 
pieza, la condesa explicaba en voz alta cómo había 
llegado hasta allí. Se le había antojado dar un pa- 
seo hasta Bellavista ; pero al pasar por delante de 
la carreterita que conducía a la Granja se acordó 
de las dichosas rosas, y dió orden al cochero de que 
siguiese por ella. No había visto nunca la pose- 
sión. Aquella frondosidad, aquel verde tan intenso 
la entusiasmaban. En su país la vegetación era 
más pálida. 

■ — Pero más fragante... como las mujeres — 
dijo el conde con galantería. 

La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de 
gracias, y siguió loando la belleza de los rododen- 
dros, de las azaolas, de las camelias gigantescas 
que encontraban al paso. 

Luego que vieron los rosales y que el conde le 
hizo elegir algunos para mandárselos al día si- 
guiente, tornaron por senderos distintos hacia la 
puerta de entrada. 

— ¿Usted está seguro de que yo he venido úni- 
camente a ver estos rosales? — dijo Amalia pa- 
rándose súbito y mirándole con fijeza. 

Al conde le dió un vuelco el corazón y comen- 
zó a balbucir lamentablemente : 

— Yo no sé... La verdad que esta visita... Me 
alegraría que los rosales... 

Pero la dama, compadecida, no le dejó termi- 
nar. 



EL MAE STE ANTE 



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— Pues, además de los rosales, vengo a ver toda 
la finca, y particularmente el bosque. Conque ya 
puede usted ir enseñándomelo — dijo agarrándose 
resueltamente a su brazo. 

El conde volvió a experimentar nueva y vio- 
lenta emoción, primero de pena, después, al sentir 
la mano de la dama en su brazo, de vivísimo gozo. 
Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fué mos- 
trándole lo digno de verse que tenía la finca, las 
grandes y hermosas praderas, las cuadras, la nue- 
va maquinaria del molino, el bosque por último. 
Ella le observaba con el rabillo del ojo. A veces se 
dibujaba en su rostro una levísima sonrisa burlo- 
na. Se enteraba de todo con interés, loaba los tra- 
bajos que se habían llevado a cabo, proponía otros 
nuevos. Y al ir y venir soltaba el brazo unas ve- 
ces, otras lo tomaba, despertando en el alma del 
conde sensaciones diversas, pero todas viváis y 
anhelantes. Cuando observaba que iba adquirien- 
do aplomo le disparaba repentinamente alguna 
maliciosa insinuación que de nuevo lo atortelaba, 
le dejaba confundido y ruborizado. 

— Vamos, conde, a que cuando usted me vio 
dijo para adentro : «Amalia está enamorada de mí : 
no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.» 

— ¡ Amalia, por Dios ! . . . ¿ Qué disparate está 
usted diciendo?... ¿Cómo me había de atrever...? 

Pero la dama, como si no advirtiera su turba- 
ción ni concediera importancia a sus propias pa- 
labras, saltaba inmediatamente a otro asunto. Pa- 
recía que tenía gusto en sofocarlo, en mantenerle 
agitado y trémulo. Y en laus miradas fugaces que 
de vez en cuando le lanzaba reflejábase un senti- 
miento de superioridad, la benévola ironía del que 
está jugando a otro una burla que ha de terminar 
en bien. El conde presentía algo grave debajo de 
aquella sonrisa enigmática, comprendía que es- 



108 AEMANBO PALACIO VALDÉS 



taba haciendo un papel desairado, que se estaban 
riendo de él y hacía esfuerzos heroicos para reco- 
brar su sangre fría, sin conseguirlo. 

El bosque admiró y entusiasmó a la dama por 
encima de todo. Era una masa de robles -añosos 
donde no penetraba jamás un rayo de sol. El sue- 
lo estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que 
convidaba a reposar. Ninguna otra finca de recreo 
de la provincia poseía aquel regalo, procedente qui- 
zá de la primitiva selva donde se había fundado el 
monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descan- 
sar un instante debajo de aquella bóveda verde por 
donde la luz se cernía trabajosamente. Reinaba 
una paz, un amable sosiego que impresionaba co- 
mo el silencio y la luz dormida de una catedral 
gótica, pero con emoción más dulce. Apoyó la es- 
palda en un árbol y paseó largo rato su mirada 
asombrada por la espesura. El conde estaba en pie 
algo más lejos. Ambos permanecieron mudos largo 
rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los 
ojos de la dama estaban posados sobre éí. Resis- 
tió algunos momentos la atracción magnética de 
aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vió 
que en efecto le contemplaba de hito en hito con 
expresión risueña y audaz que le hizo bajar la 
vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, sor- 
prendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ri- 
dículo, viendo que las carcajadas no cesaban, le 
preguntó con sonrisa forzada : 

— ¿De qué se ríe usted, amiga mía? 

— De nada, de nada — respondió llevándose el 
pañuelo a'la boca — . Lléveme usted a ver la casa. 
• Y se colgó nuevamente de su brazo. 

La casa era un grande y vetusto edificio de pie- 
dra amarillenta carcomida por los años, con dos 
torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella es- 
taba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban 



EL MAE STB ANTE 



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rejas, lo mismo que en los balcones, la bóveda de 
las habitaciones descascarillada, los tabiques res- 
quebrajados, el tillado con agujeros, los cristales, 
emplomados a la antigua usanza, tan llenos de 
polvo que apenas consentían el ver al través de 
ellos ; las paredes sucias también y de ellas colga- 
dos algunos cuadros obscuros, tan obscuros que no 
se conocía lo que el pintor había querido repre- 
sentar ; las habitaciones, con pocos y antiquísimos 
muebles maltratados por el uso de las geíieracio- 
nes anteriores. Fueron recorriéndolas todas. A 
Amalia le placía aquel aspecto de remota antigüe- 
dad. ¡ Cuántos seres habrían habitado aquella ca- 
sa ! ¡ Cuánto se habría reído y llorado en aquellas 
vastísimas estancias ! Cada una tenía su nombre. 
La una se llamaba el cuarto del cardenal, porque 
en siglos pasados un cardenal de la f amilia se alo- 
jaba allí cuando venía a pasar una temporada a la 
Granja ; otra, el salón de los retratos, porque ha- 
bía unos cuantos colgados ; otra, la sala nueva, 
aunque parecía tanto y aún más vieja que las de- 
más. Todo aquello representaba la vida íntima de 
una familia al través de los siglos. 

— Este es el cuarto de la condesa — dijo Luis al 
entrar con su amiga en una pieza no muy gran- 
de, donde por debajo del polvo y los estragos del 
tiempo se advertía mayor lujo en el decorado. 

Era una estancia coquetona donde las genera- 
ciones habían ido dejando testimonios más o me- 
nos plausibles de su amor a la ornamentación. Un 
escritorio pompadour, algunas sillas regencia, va- 
rios retratos al pastel ; en el techo, pintados al 
óleo, algunos amorcillos nadando en una atmós- 
fera, azul en otro tiempo. 

—¿Es el cuarto de su mamá? — preguntó Ama- 
lia. 

— No — replicó el conde riendo — , mamá dor- 



110 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



mía en otro lado. Se llama así desde tiempo in- 
memorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había 
elegido para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta 
cuando me canso de andar por el campo. 

En uno de los ángulos había una soberbia cama 
de roble tallado y enteramente negro por los años. 
Era una de esas camas del siglo XV que vuelven 
locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísi- 
mas también. Sobre los colchones estaba exten- 
dido un tapiz moderno de damasco. 

— Aquí es donde usted se recoge para pensar 
más libremente en mí, ¿no es cierto? 

El conde quedó aturdido como si le hubiesen 
dado un golpe en la cabeza. 

— ¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo? 

Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, 
exclamó : 

— j Sí, sí, Amalia, dice usted bien ! Aquí pienso 
en usted como pienso en todos los sitios adonde 
voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que 
me pasa ; vivo en un estado de constante zozo- 
bra, y esto/ como usted me decía hace pocos días, 
es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado 
de usted como un loco. Comprendo que es una 
atrocidad, que es un crimen, pero no puedo reme- 
diarlo... Perdóneme usted. 

Y el caballero se dejó caer de rodillas, como 
uno de sus nobles antepasados de la Edad Media, 
a los pies de la dama. 

Esta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? 
¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿No 
comprendía que dirigirle aquellas palabras den- 
tro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía supo- 
ner que ella las había de escuchar con paciencia? 
¡ Mentira parecía que el conde de Onís, un caba- 
llero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que 
debía a una dama y a lo que se debía a sí mismo ! 



EL MAESTRANTE 



111 



El conde permaneció aterrado y de rodillas bajo 
tal granizada de denuestos. Consideraba graves 
sus palabras ; pero el enojo que producían en la 
dama era mayor de lo que había sospechado. 

Amalia guardó al fin silencio. Le contempló con 
ojos irritadísimos unos instantes. Mas una sonri- 
sa feliz y burlona comenzó a dilatar su rostro ex- 
presivo. Se acercó lenta y majestuosamente a él, 
le puso la mano en el hombro e inclinándose para 
acercar la boca a su oído, le dijo en voz baja : 

— Hace usted bien en no avergonzarse de nada 
de eso, porque yo, señor conde, le quiero a us- 
ted tanto por lo menos como usted a mí. 

Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abra- 
zó a sus rodillas, besándolas con frenesí, se des- 
bordó en un mar de palabras apasionadas, inco- 
herentes, llenas de fuego y de verdad, mientras 
ella, tan breve, tan diminuta, contemplaba aquel 
coloso rendido, con sus ojos misteriosos de valen- 
ciana lucientes de amor y pasión. 

Con este inmenso trabajo conquistó el conde de 
Onís a la gentil señora de don Pedro Quiñones de 
León. 

Los primeros tiempos de sus relaciones íueion 
agitadísimos para él, llenos de punzantes remordi- 
mientos y de goces embriagadores. Amalia iba de 
vez en > cuando a la Granja. Por la noche en la 
tertulia daba cuenta de su visita en voz alta. Él 
se estremecía, se turbaba, sudaba de congoja mien- 
tras con perfecta sangre fría narraba ella todo lo 
que se podía narrar, hablaba del jardín, censuraba 
el abandono en que estaba y lo que se divertía tra- 
yendo a cada visita algunas plantas con la inten- 
ción de dejarlo arrasado, ya que a su dueño no le 
interesaba. Llevaba su audacia hasta burlarse. 

— Por supuesto que a este señor no hay quien 
le sufra desde que las damas le visitan. ¿No ad- 



112 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



vierten ustedes qué impertinente se ha puesto? 
Temiendo estoy que el primer día que vaya a la 
Granja me obligue a hacer antesala. 

Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más se- 
rio. Fernanda sonreía clavándole una mirada ca- 
riñosa ; el mismo don Pedro dulcificaba sus ojos 
altivos, feroces, y dejaba escapar de su garganta 
un amago de carcajada. ¡ Qué esfuerzo prodigio- 
so le costaba al conde aparecer isereno en estos 
momentos ! Le parecía que tenía un abismo abier- 
to a sus pies. Y cuando se encontraba a solas con 
Amalia quejábase de su audacia, le rogaba con 
palabras fervorosas que fuese más precavida, mien- 
tras ella, impasible, gozándose en sus temerida- 
des, sonreía desdeñosamente con su fina sonrisa 
enigmática. 

No pudiendo vense sino rara vez en la Granja, 
Amalia halló medio de hacer más frecuentes las 
entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de ésta 
se encontraban una o dos veces a la semana. El 
conde entraba por una puertecita trasera que daba 
a cierta calleja, a primera hora de la tarde, cuan- 
tío los vecinos estabais comiendp. Esperaba lo 
menos dos o tres horas. Amalia llegaba por fin 
con pretexto de dar alguna orden a su favoreci- 
da. Pero no bastándole esto, todavía ideó la en- 
trada por la tribuna de la iglesia de San Rafael. 
Al conde le horrorizaba tal medio ; todos sus es- 
crúpulos religiosos se sublevaban a la vez ; además 
tenía miedo de que un accidente casual descu- 
briese aquellos amores y aquella profanación. ¡ Qué 
escándalo ! Amalia se reía de sus temores como si 
las consecuencias terribles no hubiera de pagarlas 
ella. Era una mujer que tenía confianza absoluta 
en su estrella. Como los buenos toreros se juzgan 
más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si 
no pierden la sangre fría, así ella desafiaba el pe- 



EL MAESTEANTE 



113 



ligro, iba al encuentro de él confiando en que sa- 
bría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su 
perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron 
más de una vez. 

El conde de Onís, el coloso de luengas barbas 
fué un verdadero juguete en las manos de aque- 
lla mujercita temeraria y maligna. Una pasión 
loca se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Po- 
co a poco se fué acostumbrando a no vivir sin él, 
a no pasarse un día sin verle a solas. Hacía es- 
I fuerzos increíbles de ingenio y habilidad para con- 
seguirlo. Y si las circunstancias rodaban de tal 
suerte que fuese imposible en tres o cuatro días 
gozar una hora de soledad, su espíritu voluntario- 
so ise exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un 
corcel impaciente, y estaba dispuesta a arrojarse 
* a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, 
le daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba de- 
k trás de las puertas cuando con cualquier pretexto 
le hacía pasar a otra habitación, y más de una vez 
y más de dos en las barbas del mismo Maestrante, 
al volver éste la cabeza, le estampó un beso en los 
labios. Luis temblaba, empalidecía, siempre en 
espera de una catástrofe. 

Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fer- 
nanda, que habían ido enfriándose paulatinamen- 
te, se rompieron por completo. Fué exigencia in- 
eludible de Amalia. Desde el principio lo venía 
preparando con soberano arte, marcándole el tiem- 
po que había de estar al lado de su novia, las veces 
que la había de sacar al baile y hasta lo que le 
había de decir. Y como lo tenía previsto, la here- 
dera de Estrada-Kosa, que era orgullosa, no pu- 
diendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en 
libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica 
desahogaba su pena con Amalia, la única que sabía 
a qué atenerse respecto a aquel rompimiento tan 

MAESTRAJNTE. — 8 



114 AKMANÜO PALACIO VALDÉS 



comentado. Mostró ésta gran enojo por la con- 
ducta del conde y se expresó en términos bastante 
vivos contra él ; tomó parte por la joven, desha- 
ciéndose en elogios de ella ; no se hartaba de pon- 
derar sus ojos, su talle, su discreción y bondad. 
Hasta dió ostensiblemente algunos pasos para re- 
conciliarlos. Y en el seno de la confianza, particu- 
larmente entre los amigos de don Juan Estrada- 
Rosa, no se contentaba con decir que Fernanda 
valía en todos sentidos más que su ex novio, isino 
que apellidaba a éste con mil epítetos pesados ; 
jayanote, pavo, santurrón, hipócrita, etc. Y cuan- 
do al día siguiente le veía en casa de Jaooba, de- 
cíale abrazándole muerta de risa : 

— ] Cómo te he puesto ayer, querido mío, delan- 
te de varios amigos de don Juan ! ¡ Tú no sabes ! . . . 
Saliste de mis labios que ni con pinzas se te podía 
recoger. 

Vivía el conde, por todo esto, y por los remor- 
dimientos que sin cesar le mordían, en un estado 
de perpetua agitación. ¡ Cuan lejos se hallaba de 
ser feliz ! Pero todo era flores comparado con lo 
que le esperaba. Cinco meses después de comen- 
zadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que 
creía hallarse encinta. Se lo dijo con la sonrisa en 
los labios, como si le noticiase que le había tocado 
la lotería. Luis sintió un vértigo de terror, quedó 
pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer. 

— \ Dios mío, qué desgracia! — exclamó lleván- 
dose las manos al rostro. 

— ¿Desgracia? — preguntó ella con asombro — . 
¿Por qué? Yo estoy muy contenta. 

Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le 
explicó riendo que era feliz con esperar una pren- 
da de sus amores ; que no tuviese miedo alguno 
porque ella sabría arreglarse para que nada >se des- 
cubriera. Y, en efecto, tal maña se dió para apre- 



EL MAESTKANTE 



115 



tarso que nadie pudo presumir que aquella mujer 
tuviese una criatura en sus entrañas, j Qué sustos, 
qué congojas las del conde mientras duró el em- 
barazo ! Si alguien la miraba con insistencia, ya 
estaba temblando ; si en el curso de la conversa- 
ción un tertulio hacía alusión a algún parto disi- 
mulado, se ponía pálido, pensando que podía ser 
una indirecta. En todos los rostros creía ver son- 
risas y miradas significativas ; en las palabras más 
inocentes, profundas y aviesas insinuaciones. 

Mientras tanto, ella comía y dormía tranquila- 
mente con una alegría constante que aterraba y 
admiraba al mismo tiemjDo al conde. El tiempo 
corría : llegaron los siete meses ; los ocho. Por mu- 
cho que lo disimulase, el conde observaba que la 
cintura de su querida se ensanchaba. Cuando, lle- 
no de congoja, comunicó con ella esta observación, 
se echó a reír : 

— Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. 
¿Quién va a sospechar porque esté un poquito más 
abultada? Muchas veces le gusta a una llevar flojo 
el corsé. 

Cuando llegó el momento crítico mostró una 
bravura que rayaba en heroísmo. Luis quería con- 
fiarse a un médico : ella se opuso. ¿Para qué? Con 
la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal 
secreto a otra persona era peligroso. Le acometie- 
ron los primeros síntomas al amanecer, hallándo- 
se en la cama ; pero hasta las ocho no mandó lla- 
mar a Jacoba, que con el pretexto de hacer unos 
colchones dormía desde hacía algunos días en casa. 
Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían pre- 
paradas las ropas necesarias, y sin un grito, sin un 
movimiento descompasado, sin la más leve queja, 
•salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba 
sacó la criatura con el lío de la 'ropa, después de 



116 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



haber mandado fuera con adecuados pretextos a 
los criados. 

El conde lloró de gozo y admiración al saber 
este feliz desenlace. Luego, cuando recibió por 
Jacoba la orden de llevar la niña al portal de Qui- 
ñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su 
amante le llenaba de estupor ; pero, como estaba 
acostumbrado a obedecer, hizo lo que le mandaba. 
El resultado coronó la audacia de la dama ; fué tal 
como ella había previsto. 

Y ahora, al contemplar a la criatura segura para 
siempre, no sólo se fortalecía su amor y se depu- 
raba, sino que sentían el gozo de la victoria, del 
que después de haber corrido fuertes temporales 
llega por fin a puerto de salvación. 

En voz muy baja, con las manos enlazadas, in- 
clinando de vez en cuando la cabeza para rozar con 
los labios la frente de la niña, hablaron largo rato, 
mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo pe- 
netrar en los abismos insondables del tiempo. ¿Cuál 
sería la suerte de aquella hermosa criatura? ¿Có- 
mo se la educaría? Amalia decía que conseguiría 
educarla como hija suya, hacerla una verdadera se- 
ñorita ; estaba segura de que don Pedro no se opon- 
dría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada 
más natural que habiéndola tomado cariño la de- 
jase a su muerte algún legado importante. El con- 
de hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba 
de la hacienda de don Pedro. El le dejaría toda la 
suya. 

— Pero tú puedes casarte y tener hijos — dijo 
la dama mirándole maliciosamente. 

El la tapó la boca. 
v — ¡ Calla, calla ! Ya sabes que no quiero oír eso 
siquiera. Estoy definitivamente unido a ti. 

Ella le besó con efusión. 

— Sellados, ¿verdad? 



EL MAESTEANTE 



117 



— Sollados — repuso él con firmeza. 

— Pero, ¿no te haces cargo de que si le dejas 
tus bienes en testamento, en seguida nacería la 
sospecha de que era hija tuya? 

Esta dificultad le abatió por unos instantes. 
Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio para 
eludirla. El conde quería dejarlos en fideicomiso 
a alguna persona de confianza. Pero esto ofre- 
cía también sus (inconvenientes. Mejor (sería ir 
colocando dinero a su nombre en algún banco, y 
al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, in- 
ventar algún padre llovido del cielo. . . 

— En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi 
cuidado — concluyó diciendo ella. 

Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de 
su imaginación inagotable, de su voluntad y su 
audacia. 

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir vol- 
vieron los ojos al presente. Era necesario bautizar 
la niña. Habían resuelto que fuese al día siguiente. 

— Ya hemos convenido en que la madrina fuese 
yo y el padrino tú. 

— ¿Cómo? ¿yo? — exclamó asustado — . Pero, 
mujer, ¿no comprendes que eso puede engendrar 
sospechas? 

La dama ise obstinó. Que sí, que había de ser 
padrino. Si sospechaban, buen provecho. A ella le 
tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente afligido 
cambió de idea. 

— No te apures, hombre, no te apures — dijo 
dándole un tironcito a la barba — . Ha sido una 
broma. ¡ Buena cara ibas a poner cuando la tu- 
vieses en la pila ! No te faltaría más que gritar : 
I Señores, aquí ! ¡ Vengan aquí todos a ver al padre 
de esta criatura! 

El padrino 'sería Quiñones, y en su represen- 
tación don Enrique Valero. La madrina ella, re- 



118 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



presentada por María Josefa. El conde se mostró 
muy satisfecho. Todo aquello era hábil y pruden- 
te y adecuado para asegurar la suerte de su hija. 
Pero cuando se manifestaba más contento, un ru- 
mor que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, 
ponerse lívido. 

— ¿Qué tienes, hombre? 

— ¡ Ese ruido !... 

— Es Jacoba... 

Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados 
aún, se levantó, teniendo la niña en los brazos, 
abrió la puerta y cambió algunas palabras con Ja- 
coba que, en efecto, estaba allí. Después de entre- 
garle la criatura y cerrar, volvió de nuevo a sen- 
tarse. 

— ¿Cómo eres tan cobarde, di? 

— No es cobardía — repuso él ruborizado — \¿ Es 
que estoy siempre sobresaltado. . . No sé lo qué me 
pasa... La conciencia quizá... 

— '¡ Bah ! Es que eres un cobarde. Como tienes 
el cuerpo tan grande se te pasea el alma dentro 
de él. 

Y acto continuo, observando la expresión de 
enojo y tristeza que se reflejaba en su semblante, 
tornó a abrazarle con transportes de entusiasmo. 

— No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por 
eso te quiero, te quiero má9 que a mi vida. ¿No 
es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya... Tú 
eres mi único amor. Yo no soy casada... 

Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus 
manos finas y pálidas por el rostro, estampaba en 
él menudos, infinitos besos, le anudaba los brazos 
al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordis- 
cos de ratón. Y al mismo tiempo, ella, tan grave 
y silenciosa en visita, hacía fluir de sus laios un 
chorro constante de palabritas melosas que le ador- 
mecían y embriagaban, El fuego, que se adivinaba 



EL MAE STE ANTE 



119 



al través de sus grandeo ojos misteriosos y traido- 
res, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el 
góoe de la sensualidad el que se desprendía de su 
ser ; pero era también el deleite maligno del ca- 
pricho cumplido, de la venganza y la traición. 

El conde de Onís se sentía cada día más sub- 
yugado. Las caricias de ¡su amada eran abrasado- 
ras ; pero los ojos guardaban siempre, en lo más 
hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sen- 
tía amor y miedo al mismo tiempo. Alguna vez 
su espíritu supersticioso llegaba a imaginar isi v un 
demonio tentador habría venido a alojar en el cuer- 
pecito endeble de aquella valenciana. 

Después de anunciar tres o cuatro veces que 
se marchaba, sin llevarlo a cabo por impedírselo 
ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se le- 
vantó de la butaca. La despedida fué larga como 
siempre. Amalia no le soltaba hasta que le veía 
ebrio, intoxicado por la violencia de sus caricias. 
Jaooba le esperaba en el corredor. Después de con- 
ducirle por éste y otros varios hasta la estancia 
donde ise hallaba la escalenta excusada que iba a 
la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó 
sola para cerciorarse de que no había nadie en los 
pasillos. Tornó* a subir para avisarle ; el conde des- 
cendió, apagando cuanto podía el ruido de sus bo- 
tas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, 
después de abrirle la puerta. Bajóse otra vez hasta 
tocar con las manos en el suelo para no ser adver- 
tido de la gente que pasase por la calle, y en esta 
forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la 
puerta y entró. La obscuridad le cegó. En cuanto 
dió algunos pasos sintió un golpe en la espalda y 
oyó una voz ronca que decía al :nismo tiempo : 

— -j Muere, infame ! 

Se heló en sus venas la sangre y di^ un salto 
hacia atrás. Hntre las sombras espesas pudo dis- 



120 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



tinguir un bulto más negro aún. Veloz como un 
rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniqui- 
lado bajo su enorme cuerpo si no ¿intiera una car- 
cajada reprimida y al mismo tiempo la voz de Ama- 
lia. 

— j Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño ! 

La sorpresa le dejó mudo unos instantes. 

— Pero, ¿por dónde has venido? — dijo al cabo. 

— Pues por la escalera principal. Me he echa- 
do este capuchón negro encima y he bajado co- 
rriendo. 

Y viéndole frío y disgustado por aquella broma 
de mal gusto, se empinó sobre la punta de los pies, 
colgóse rápidamente a su cuello y, después de 
apretar los labios larga y apasionadamente contra 
los suyos, le dijo con acento zalamero : 

— Ya sabía que no eras cobarde... poro quería 
comprobarlo. 



V 



LAS BEOMAS DE PACO GÓMEZ 

Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse 
a que Paco Gómez procediese de buena fe. Su ca- 
rácter jocoso, los terribles bromazos que se le atri- 
buían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No 
bastaba que adoptase continente grave y mantu- 
viese con él pláticas largas acerca de la alza o baja 
de las acciones del Banco, ni que le loase la casa 
por encima de todas las fábricas modernas y le 
diese útiles consejos en el juego del chapó. J)e to- 
dos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en 
el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una 
nube de recelo que no podía diápar. En este aprie- 
to pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le había me- 
tido en la cabeza una broma chistosa, y antes de 
renunciar a ella consentiría en cualquier alianza. 

— Desengáñate, Santos — decía el marica, de 
acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por el 
Bombé con Granate — , tú, como te has pasado 
más de la mitad de la vida detrás de un mostrador, 
no entiendes nada de estos lances. No te diré que 
Fernanda esté chalada por ti, pero que anda en 
camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas 
partes. Hace ya tiempo que lo vengo notando. Las 



122 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



mujeres son caprichosas, incomprensibles ; hoy re- 
chazan una cosa y mañana la apetecen y están 
dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. 
Fernanda comenzó rechazándote... 

— ] Entodavía ! ¡ entodavía ! - — ■ manifestó sorda- 
mente el indiano. 

— Pura; apariencia. Es una chica muy orguljo- 
sa y que no dará jamás su brazo a torcer. Pero por 
lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará 
más que con el conde de OnJs o contigo, los dos 
únicos partidos que hay en Lancia para ella ; el 
conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es 
un hombre muy raro ; yo le creo incapaz die ca- 
sarse. Ella está convencida ya de esto mismo. No 
le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se 
coma la breva... Además, por más que otra cosa 
digan, a las mujeres les gustan los hombres como 
tú, robustos... porque tú eres un roble, chico — 
añadió volviendo hacia él la cabeza con admira- 
ción. 

Granate dejó escapar un mugido corroborante. 
El marica le pasó las manos por el torso, como 
profundo conocedor de las formas masculinas. 

' — ¡ Qué musculatura, chico ! ¡ Qué hombros ! 

— Con estos hombros que aquf ves — dijo el in- 
diano con orgullo — se han ganado muchísimos 
miles de pesos. 

— ¿Cómo? ¿Cargando sacos? 

— j Sacos! — exclamó Granate sonriendo con 
desprecio — . Eso es pa la canalla. ¡ Cajas de azú- 
car como vagones ! 

El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era 
un paseo amplio en forma de salón, recién cons- 
truido en lo alto del famoso bosque de San Fran- 
cisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque 
de robles corpulentos, añosos, retorcidos, algunos 
de los cuales pertenecían a la selva primitiva donde 



EL MAE STE ANTE 



123 



se fundó el monasterio que dio origen a Lancia, 
servía de sitio de recreo y esparcimiento a la po- 
blación, hasta cuyas primeras casas llegaba. Per- 
maneció siempre en lamentable abandono ; pero 
la última corporación municipal había llevado a 
cabo en él magnas reformas que le habían valido 
los aplausos de los espíritus innovadores : un pa- 
seo, algunos jardinillos alrededor y una calle en- 
arenada entre los árboles, que le ponía en fácil co- 
municación con la ciudad. Los días de labor no pa- 
seaban por él más que algunos clérigos con sus 
largos manteos negros y enorme sombrero de teja 
llevando algún seglar en medio, dos o tres pandi-. 
lias de indianos disputando en voz alta sobre el 
precio de los cambios o el valor de los solares de 
la calle do Mauregato, recién abierta, y tal 
cual valetudinario, que venía a primera hora 
a tomar el sol, y se retiraba tosiendo en cuanto 
sentía la humedad de la tarde. ¿Y las damas?... 
¡ Ah ! Las damas lacienses sabían perfectamente 
lo que se debían a sí mismas y estaban dotadas de 
un sentimiento harto delicado de las leyes del buen 
tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. 
Y aun en éstos no lo hacían sino tomando las de- 
bidas precauciones. Ninguna dama de Lancia co- 
metía la bajeza de presentarse en el Bombé los 
domingos mientras no estuviesen paseando en él 
algunas otras de su categoría. Pero esto era de una 
dificultad insuperable, dada la unanimidad de pa- 
receres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres 
de la tarde, con el sombrero y los guantes puestos, 
aguardasen al pie de los balcones, espiándose las 
unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pa- 
san las de Zamora». «Ahora vienen las de Mateo». 
Sólo entonces se aventuraban a lanzarse a la ca- 
lle y subir poco a poco y con la debida majestad 
hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda 



124 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



municipal ejecutaba diversas fantasías sobre mo- 
tivos de Ernani o Nabuco para recreo de las niñe- 
ras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin 
embargo, que la sociedad distinguida de I/ancia 
entraba así de golpe y porrazo en el arenoso salón. 
Nada de eso. Antes de poner el pie en él subían a 
otro paseíto suplementario que había poco más arri- 
ba. Desde allí exploraban el terreno, observaban 
«si alguna se había atrevido». Por fin, cuando las 
sombras comenzaban a espesarse ya en las copas 
de los añosos robles, a la hora en que la niebla des- 
cendía de las montañas apercibida a fijarse en las 
narices, en la garganta y en los bronquios del hon- 
rado vecindario, todas las bellezas indígenas acu- 
dían casi en tropel al espacioso paseo. ¡ Qué im- 
portaba un catarro, un reuma., ni siquiera una pul- 
monía, ante la deshonra de presentarse las prime- 1 
ras en el Bombé ! ¡ Ejemplo notable de fortaleza ! 
¡ Caso portentoso del poder que en los pechos ele- 
vados ejerce el respeto de sí mismo ! 

Esta exquisita conciencia de los deberes, que la 
naturaleza ha escrito con caracteres indelebles en los 
corazones dignos, se revelaba aún de modo más cla- 
ro y conmovedor con ocasión de los bailes de con- 
fianza que el casino de Lancia daba cada quince 
días durante el invierno. Fácil es de comprender 
que las dignísimas señoritas que con tal admira- 
ble constancia luchaban un día y otro para no en- 
trar en el paseo mientras estuviese solitario, no 
irían a cometer la vileza de presentarse «primero 
que las otras» en el salón del Casino. Mas como 
aquí no había paseo suplementario desde donde es- 
piarse, ni era fácil por la noche estar de espera en 
los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan 
dignas como ingeniosas, hallaron un medio de de- 
jar siempre a salvo su honra. Poco después de so- 
nar las diez, hora en que daba comienzo el baile, 



EL MAE STE ANTE 



125 



enviaban hacia allá de descubierta, como caba- 
llería ligera, a bus papas o hermanos. Entraban 
haciéndose los distraídos, se sentaban un momen- 
to en las butacas, gastaban cuatro bromas con los 
pollos que allí aguardaban correctos, impacientes, 
con la luenga levita cerrada,- abrochándose los 
guantes los unos a los otros, y al poco rato se re- 
tiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus 
familias que aún no había llegado nadie. ¡ Ah ! 
¡ Cuántas veces los pollos impacientes de la levita 
cerrada aguardaron vanamente toda la noche la 
llegada de sus hermosas parejas ! Las bujías se 
iban gastando ; la orquesta, que había tocado sin 
éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba ; 
los músicos charlaban en voz alta o paseaban por 
el salón y hasta fumaban ; los ujieres y mozos bos- 
tezaban, tirándose unos a otros indirectas referen- 
tes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente 
daba la orden de apagar, y los pollos se retiraban 
a sus domicilios respectivos tan mustios como co- 
rrectos. ¡ Espectáculo consolador el de aquellas he- 
roicas jóvenes que, a pesar de sus vivos deseos de 
ir al baile, preferían permanecer en casa a que- 
brantar los principios fundamentales en que des- 
cansa la dicha y el sosiego de la sociedad ! 

— Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo 
te dirán que yo — profirió Manuel Antonio po- 
niéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa 
de pantalla. 

En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura 
de Paco como una percha coronada por un pepino. 
Todos los sombreros le entraban hasta las orejas 
a causa de la inverosímil pequenez de la cabeza 
y su disposición excepcional. A su lado caminaba 
el señor Mateo con sus enormes bigotes blancos y 
arrogante figura militar, aunque ya sabemos que 



126 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



era el hombre más civil que hubiese producido 
Lancia desde hacía algunos siglos. 

Granate dejó escapar algunos gruñidos destina- 
dos a probar el profundo desprecio que aquellos 
dos personajes le inspiraban, el uno por su poca 
formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón 
del tres por ciento. 

— Vamos, queridos, hacedme el favor de con- 
vencer a este babieca de que es un buen partido 
' para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo. 

— ¡ Aprieta, pues si don Santos no es partido 
con cinco o .seis millones de reales, no sé yo quién 
lo será ! — . exclamó Mateo relamiéndose como pa- 
dre de cuatro niñas casaderas que no acababan de 
casarse. 

— ¡ Suba el cañón, don Cristóbal, suba el ca- 
ñón ! — dijo el indiano echándole una mirada 
torva. 

— ¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... 
Yo hablo por lo que dice la gente. . . 

— Tengo quinientos mil pesos sin quitar un lá- 
piz. 

Los tres amigos cambiaron una mirada signi- 
ficativa. Manuel Antonio, no pudiendo contener 
la risa, le abrazó exclamando : 

— ¡ Bien, Santos, bien ! Eso del lápiz me enter- 
nece. 

Granate era el hombre de los disparates lin- 
güísticos. No tenía conocimiento de la forma ver- 
dadera de una gran parte de las palabras ; las mo- 
dificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin 
duda dependía de falta de oído, dado que hacía al- 
gunos años que había regresado de América y tra- 
taba con personas cultas. Sus bárbaros atentados 
contra el idioma eran proverbiales en Lancia. 

— Pues nada, este infeliz se figura — prosiguió 
el marica, sin hacer caso de la mirada recelosa 



EL MAE STE ANTE 



127 



que lo dirigió — que porque Fernanda Estrada- 
Rosa ga>sta algunos remilgos no le gustan las pe- 
luconas como a todo hijo de vecino. . . ¡ Tonto, ton- 
to, más que tonto ! (y al decir esto le pegaba pal- 
maditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡ Si es hija 
de don Juan Estrada-Rosa, el mayor judío que hay 
en la provincia ! 

— Hombre, Fernanda ya es otra cosa — mani- 
festó el Jubilado, que no estaba en el ajo — . Es 
una chica muy rica y no neoeáta casarse por el 
dinero. 

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre 
él. Cuando se tiene dinero se quiere más. La am- 
bición as insaciable. Fernanda era muy orgullo- 
sa y no pasaría porque ninguna otra chica en Lan- 
cia pudiese ostentar tanto lujo como ella. Si don 
Santos elegía esposa en la población, le podría ha- 
cer competencia desastrosa : era una mosca que no 
se quitaría jamás de la nariz. El único rival temi- 
ble para don Santos era el conde de Onís ; pero 
éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, 
su misticismo y las extrañas manías en que daba 
con frecuencia, habían concluido por aburrir a la 
muchacha. . . 

Con estos argumentos y un formidable pisotón 
de inteligencia que Paco le dió, el Jubilado entró 
en razón y se puso de parte de ellos. Los tres se 
esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla 
ni ninguna otra joven podría resistir mucho tiempo 
si él se decidía a estrechar el bloqueo. Paco aludía 
además de un modo vago y misterioso a cierto dato 
que él poseía, el cual demostraba hasta la eviden- 
cia que los desdenes de la chica eran pura come- 
dia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero 
era un secreto ; no podía revelarlo sin faltar a la 
amistad y consideración que debía a la persona 
que se lo había comunicado. 



128 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. 
Como un mastín a quien rodean los chicos y tra- 
tan de congraciársele haciéndole caricias, echába- 
les miradas recelosas y dejaba escapar de vez en 
cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonio ago- 
tó el repertorio de sus argumentos sutiles y feme- 
ninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o 
pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo in- 
finito. Paco le dejaba decir y hacer echándole de 
través miradas socarrQnas, convencido de que Gra- 
nate acogía siempre con desconfianza sus palabras. 
Pero a última hora intervino para dar el golpe de- 
finitivo. Después de hacerse rogar macho por sus 
dos auxiliares, y de suplicar pncarecidamente y por 
los clavos de Cristo q[ue aquello permaneciese en 
secreto, sacó al fin del bolsillo una corta. Era de 
Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero 
de qué modo casual había venido a su poder, y 
después leyó en voz baja y con aparato de miste- 
terio el siguiente párrafo : «Lo que me ¿ices de 
Luis no tiene fundamento. No he vuelto ni volve- 
ré a reanudar mis relaciones con él por razones muy 
largas de explicar, algunas de las cuales ya cono- 
ces. Lo de don Santos, aunque por ahora no hay 
nada, lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero 
me parece muy fórmal y cariñoso. Nada tendría de 
particular que al fin cayera con él.» 

Granate atendió con extremada fijeza, abrien- 
do de modo descomunal sus ojazos. Cuando Paco 
terminó la lectura dijo con voz profunda, como si 
hablara consigo mismo : 

— Esa carta es ipócrifa. 

Volvieron los tres a mirarse haciendo lo po- 
sible por contener la risa. Manuel Antonio apro- 
vechó la ocasión para darle un abrazo más. 

»— ¡ Anda tú, grosero, desconfiadote ! Enséñale la 
carta, Paco... ¿Tú conoces la letra de Fernán- 



EL MAE STB ANTE 129 



da?... ¿No?... Pues yo sí y aquí don Cristóbal 
también, porque Emilita recibe a cada momento 
cartas de ella... Tú eres demasiado modesto, San- 
tos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero tie- 
nes cierta gracia y cierto aquel... vamos... 

— ¡ Ya lo creo que lo tiene ! — exclamó Paco — . 
Bien puede usted fiarse de Manuel Antonio, que 
es voto en la materia. 

— Cualquiera puede distinguir, querido — pro- 
firió éste, picándose repentinamente—. Teniendo 
ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo que 
es feo y lo que es mediano. 

Y no quiso emplear más saliva en secundar los 
planes de Paco. Dejaron, pues, a Granate en paz, 
y el marica cambió de conversación. 

— Ahí vienen sus amigos, don Cristóbal. 

Este levantó la cabeza y vió venir hacia ellos 
paseando ocho o diez militares. Eran oficiales del 
batallón de Pontevedra, que, a su despecho, había 
llegado recientemente de guarnición a la ciudad. 
Mateo rechinó un poco los dientes y bufó repeti- 
das veces para indicar todo lo odioso que le era la 
fuerza armada. Después exclamó con irónico re- 
tintín : 

— ¡ Cómo me encantan los guerreros en tiempo 
de paz ! 

— Les tiene usted mucha manía, don Cristó- 
bal. Los militares no dejan de ser útiles. 

— ¡ Utiles ! — exclamó el Jubilado encrespándo- 
se — • ¿Qué utilidad traen, vamos a ver? ¿En qué 
son útiles? 

— Hombre, mantienen la paz. 

— La guerra es lo que mantienen. Para librar- 
nos de los ladrones basta la guardia civil. Ellos 
son los que fomentan el malestar y la ruina de la 
nación. En cuanto ven las escalas paradas se su- 
blevan en uno u otro sentido, que eso es para ellos 

MAE STR ANTE. — 9 



130 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



lo de menos, y ¡ vengan empleos y cruces pensio- 
nadas!... Yo sostengo que mientras existan solda- 
dos no habrá tranquilidad en España. 

— Pero, don Cristóbal, ¿y si una nación ex- 
tranjera nos atacase? 

El Jubilado dejó escapar una risita irónica y 
sacudió algunas veces la cabeza antes de contestar. 

— Pero ven acá, infeliz, la única nación que 
puede atacarnos por tierra es Francia, y si Francia 
se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían todos 
esos oficialitos tan guapos y bien uniformados? 

—Además, los soldados son un bien para la po- 
blación por lo que consumen. Los comercios ga- 
nan, las casas de huéspedes lo mismo. . . . 

Manuel Antonio defendía la milicia sólo por 
oír a Mateo y ponerle fuera de sí. Ahora se ob- 
servaba un dejo de ironía en sus palabras y mayor 
deseo de exacerbarle. 

— ¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabulla- 
do! ¿Y de dónde viene ese dinero que consumen, 
majadero?... ¡ De ti y de mí y del señor, de to- 
dos los que pagamos algo al Estado en una u otra 
forma!... El resultado final es que ellos consu- 
men sin producir, que son un mal ejemplo en las 
poblaciones, porque la ociosidad en que viven co- 
rrompe a los que ya son un poco propensos a la 
vagancia... ¿Sabes tú cual es el gasto del ejérci- 
to? Pues entre los ministerios de Guerra y Ma- 
rina consumen más de la mitad del presupuesto. 
¡Es decir 'que la administración, la justicia, la 
religión, los gastos que ocasionan nuestras rela- 
ciones con los demás países, las obras públicas y 
el fomento de todos los intereses materiales no 
cuestan tanto al contribuyente como esos caballe- 
ritos del pantalón encarnado!... Que las demás 
naciones de Europa tienen un ejército poderoso, 
bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden 



EL MAESTRANTE 



131 



permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nos- 
otros somos unos pobretes ; no tenemos más que 
fachada... Además, en otros países hay complica- 
ciones internacionales, de las cuales por fortuna 
estamos libres. La Francia no nos atacará por 
miedo a la intervención de las potencias ; pero si 
nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejérci- 
to que sin él... 

El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nue- 
va fuerza a sus argumentos, echaba fuego por los 
ojos. Manuel Antonio le dejaba irritarse con vi- 
sible satisfacción. En aquel momento pasó cerca 
el grupo de los oficiales, que dieron las buenas tar- 
des cortésmente. Todos contestaron menos don 
Cristóbal, que se hizo el distraído. 

— Yo creo que está usted muy exagerado, don 
Cristóbal. ¿Qué tiene usted que decir del capitán 
Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo 
un buen mozo y una persona atenta y fina? 

— Con un azadón en la mano estaría mucho me- 
jor y sería más útil a su país — murmuró sorda- 
mente el Jubilado. 

— Pues no tiene usted más que ponérselo en 
cuanto sea su yerno, porque, según cuentan, es 
novio de su hija Emilia — dijo el marica recal- 
cando las palabras con extremado gozo. 

Paco y don Santos rieron. Don Cristóbal quedó 
anonadado. Apenas pudo mascullar trabajosa- 
mente : 

— ¡ Quién hace caso de esas beberías ! 

Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había 
llegado a lo profundo deL corazón, le ponía en la 
situación más difícil en que estuvo jamás hombre 
alguno. Los demás no dejaron de notar este silen- 
cio, y se hacían guiños y se dirigían sonrisas por 
detrás de su espalda. 

Pero Paco también estaba preocupado. Cuan- 



132 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



do se le metía en la cabeza, en aquella cabeza 
como un puño, mal amasada, un bromazo como 
el que tenía proyectado, andaba inquieto, afanoso, 
lo mismo que el poeta o el pintor que tifene una 
obra entre manos. Después de varios días de ma- 
chacar por él logró al fin, casi, casi, decidir al in- 
diano. Se trataba nada menos de que éste fuese a 
pedir con toda ceremonia a don Juan Estrada- 
Eosa la mano de su hija Fernanda. Según Paco y 
los que le secundaban, era el medio más directo y 
más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, an- 
darse por las ramas. El día en que don Juan viese 
que le entraban diez millones por la casa andaría 
de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma 
no les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el 
conde de Onís, con quién mejor podía casar que 
con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y 
tan ilustrado ? Este último epíteto, proferido por 
Paco con grave continente, estuvo a punto de echar 
a perder el asunto, porque no faltó quien sofocase 
a duras penas la carcajada. Granate quiso adver- 
tirlo, miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse 
desconfiado y reacio algunos días. 

Llegó un momento, sin embargo, en que el in- 
diano creyó en sus palabras. Fué después de ha- 
berle oído en el Casino desde una habitación con- 
tigua atacar duramente al conde de Onís. Aquel 
día se decidió a darle crédito y convino con él la 
manera de llevar a cabo la petición que le acon- 
sejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir 
nada previamente a la chica. Así como los buenos 
generales, para asegurar la victoria, suelen caer 
de improviso y con sigilo sobre el ejército enemi- 
go, lo más hábil en este caso era entrar inopina- 
damente en la casa, llamar a don Juan a una con- 
ferencia reservada y abordar de frente el negocio. 
Por el banquero no había cuidado : se pondría co- 



EL MAE STE ANTE 133 



mo unas Pascuas. La chica recibiría gran sorpre- 
sa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más 
blanda. Las cosas graves de la vida se deciden ge- 
neralmente por una corazonada. El que no se 
arriesga no pasa la mar. En resumen, que Gra- 
nate se entregó a discreción y comenzaron los pre- 
parativos para la gran solemnidad. Lo primero 
que se trató fué la hora. Quedó resuelto que fuese 
a las doce del día. El traje fué objeto de animadas 
pláticas. Paco opinaba que, para presentarse bajo 
un aspecto más imponente, convendría vestirse al- 
gún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario 
de administración civil. No era difícil conseguir 
el nombramiento sacrificando un puñado de oro ; 
pero esto dilataría más de un mes la realización 
de la empresa. Se desechó el uniforme y se con- 
vino en que vistiese frac negro y llevase colgada 
la medalla de concejal. Fijóse por último el día : 
resultó un lunes. 

Desde mucho antes el traidor había deslizado 
en la conversación, hablando con don Juan Estrada- 
Bosa, la especie de que Granate se jactaba de ser 
deseado y requerido por él para yerno. Don Juan, 
que era también rico y tenía su cacho de orgullo, 
y sobre todo adoraba a su hija y creía que el día 
menos pensado vendría un duque de Madrid a 
pedírsela, se irritó grandemente, le llamó rústico, 
podenco, y juró que, antes de ver a su hija casada 
con semejante cafre, preferiría que se quedase 
soltera. 

— Pues tenga cuidado, don Juan — dijo Paco 
sonriendo maliciosamente — , porque el día menos 
pensado se presenta en casa a pedirle la mano de 
Fernanda. 

— No lo hará tal — respondió el banquero — . 
Demasiado sabe que le echaría por la escalera 
abajo. 



134 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Con estos antecedentes el terrible humorista de 
Lancia marchaba sobre terreno seguro. Fuera de 
los tres o cuatro amigos que le ayudaron a persua- 
dir a don Santos, a nadie dio parte de la intriga ; 
pero el domingo por la tarde, víspera del aconte- 
cimiento, lo mismo Manuel Antonio que él, lo fue- 
ron pregonando por todos los grupos y citándose 
para el día siguiente en el café de Marañón. En 
provincia, donde son escasos los medios de diver- 
tirse, se toma muy por lo serio esta clase de bro- 
mas, se preparan con fruición, se paladean de an- 
temano. La de Paco fué acogida con vivo entu- 
siasmo por la juventud laciense. La víctima no era 
un pobre diablo, como solía acontecer, sino un 
ricachón. Esto le prestaba doble atractivo. En el 
fondo de todos los corazones hay siempre unos 
granitos de odio para el que tiene mucho dinero. 
Corrió por el paseo la voz, y al día siguiente se 
presentaron en el café de Marañón más de cin- 
cuenta mancebos. 

Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó 
Granate. El café estaba situado en un piso prin- 
cipal (por aquel tiempo no se usaban los bajos 
para este destino) de la calle de Altavilla, casi en- 
frente de la casa de don Juan Estrada-Eosa. Esta 
era grande y suntuosa, aunque no tanto como la 
que recientemente había construido don Santos. 
La del café, vieja y de ruin apariencia. El local 
que ocupaban los parroquianos, una sala donde 
estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los la- 
dos con algunas mesillas de madera para el con- 
sumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡ Cuán lejos aún 
los tiempos de que se estableciese en uno de los 
bajos de aquella misma calle el magnífico café 
Británico, con mesas de mármol, espejos colosa- 
les y columnas doradas como los más elegantes de 
Madrid ! 



EL MAESTEANTB * 135 



Espiando por detrás de los visillos aquella flo- 
rida juventud, ávida de los goces estéticos, vió pa- 
sar a Granate correctamente vestido, balanceando 
sn torso colosal sobre unas piernas que no lo mere- 
cían. Le vieron entrar en casa de Estrada-Eosa 
y hasta oyeron el ruido del picaporte. Nada más. 
Inmediatamente se abrieron de par en par los bal- 
cones del café y se llenaron. Los que no tenían si- 
tio se encaramaron en sillas detrás de sus compa- 
ñeros. Todos los ojos se clavaron en el portal de 
enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora. 

Al cabo la fisonomía violácea de Granate apa- 
reció de nuevo. Daba miedo. Aquella cara parecía 
ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las 
orejas tenían el color de la sangre. A su aparición 
estalló una salva de toses y estornudos y gritos y 
aullidos. El indiano alzó la cabeza y paseó su mi- 
rada atónita por aquella muchedumbre descom- 
puesta que le sonreía, sin comprender la razón. 
Tardó poco, sin embargo, en darse cuenta de que 
era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron 
entonces feroces en el concurso, y exclamó con un 
desprecio que nada tenía de fingido : 

— / Méndigos ! 

Y se alejó como un jabalí perseguido por la jau- 
ría entre silbidos y carcajadas, volviendo de vez 
en cuando la cabeza para escupirles el mismo es- 
drújulo injurioso. 



VI 



LAS SEÑORITAS DE MERE 

En efecto, Emilita Mateo había logrado hacerse 
amar de un capitán del batallón de Pontevedra. 
Le había costado muchos días de incesante ju- 
gueteo, un número incalculable de miradas pro- 
vocativas, de carcajadas sin motivo, de caprichos 
infantiles, Ae gestos mimosos y enfados pasajeros. 
Había desplegado, en suma, todas sus baterías, 
mostrándose a la vez cándida y maliciosa, dulce y 
arisca, reservada y charlatana, grave y retozona co- 
mo una loquilla, como niña ligera e insubstancial, 
pero adorable. Al fin Núñez, el capitán Núñez, no 
pudo resistir a tal graciosa mezcla de inocencia y 
malicia, y se replegó primeramente, y no tardó 
luego en rendirse. Era un hombre de cara larga, 
bigote y perilla, flaco, serio, bilioso, con los ojos 
mortecinos y fatigados, muy exacto en el cumpli- 
miento de sus deberes y aficionado a dar largos 
paseos. Esta clase de hombres silenciosos y dis- 
ciplinados son los más sensibles a los encantos de 
la alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo lla- 
mándole cazurro y dándole pellizcos por «picaro y 
burlón» ; ¡ a él, a quien había de sacar las pala- 
bras con tirabuzón y en su vida había gastado la 
más sencilla chanza ! 



138 ÁEMANDO PALACIO VALDÉS 



Con este memorable suceso, la familia Mateo 
andaba bastante dislocada. Jovita, Micaela y So- 
corro, hermanas legítimas de la afortunada don- 
cella, sentíanse ce]psas y lisonjeadas a la vez. 
Entendían que la preferencia de un oficial de in- 
fantería tan bizarro constituía un honor que irra- 
diaba sobre toda la familia y las colocaba en situa- 
ción ventajosa frente a sus amigas ó conocidas. 
Pero al mismo tiempo consideraban que, siendo 
Emilita la última en edad, no le correspondía te- 
ner novio y mucho menos casarse sino después de 
sus hermanas. Eran prematuros en ella los no- 
viazgos, no contando más que veinticuatro años 
de edad. En cuanto a la idea de que pudiera con- 
traer matrimonio una criatura tan tierna y tan in- 
formal, la misma sonrisa de sorpresa y desdén 
contraía los labios de las tres hermanas mayores. 
Así que, por más que se desbarataban en elogios 
del capitán delante de las amigas, haciendo resal- 
tar sus prendas físicas, prestándole un corazón 
grande y heroico, certificando de su riqueza como 
si se la administrasen y hablando vagamente de 
ciertas influencias que le pondrían más tarde o 
más temprano en la bocamanga los entorchados 
de general, lo cierto es gue no le perdonaban ni le 
perdonaron jamás su delito cronológico. 

Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel 
ángel travieso y juguetón, quedó repentinamen- 
te en posición tan falsa que quiso volverse loco. 
Luchaba su amor de padre ruda batalla con el 
odio a la milicia. Avergonzábale el consentir que 
una hija suya diese oídos a un militar después de 
haberlos llamado él tantas veces haraganes, san- 
guijuelas, y haber clamado tanto por la reducción 
del contingente. ¿ Con qué cara se presentaría a sus 
amigos de allí en adelante? Pasó días bien terri- 
bles. El aborrecimiento al ejército y a la marina 



EL MAE STE ANTE 



139 



se hallaba tan profundamente arraigado en su co- 
razón, que no podía extinguirse de pronto. Sin 
embargo, le era forzoso confesar que la conducta 
nobilísima del capitán Núñez lo había mermado 
poderosamente. El anhelo de casar a sus hijas 
gozaba tanta vida en el fondo de su ser como el 
desprecio de la fuerza armada. ¡ Cuánto le pesaba 
de haber vociferado tanto contra ésta ! En su tri- 
bulación llegaba a deplorar que Núñez pertene- 
ciese al arma de infantería. Si fuese siquiera ma- 
rino, disminuiría la gravedad del conflicto. Eecor- 
daba que en sus diatribas contra el ejército hacía 
la salvedad de que era necesario conservar algunos 
barcos para proteger las colonias. Lo mismo po- 
día decirse si perteneciese a la guardia civil. En 
cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía dis- 
culpa ni había medio de salir del aprieto. 

En tan terribles circunstancias optó por ence- 
rrarse en casa. Cuando alguna vez salía, andaba 
receloso y huido. Los amores de su hija se fueron 
haciendo más formales y cada vez más públicos. 
Temía las bromas. El miedo le hizo claudicar, 
adoptando un proceder doble y falso, indigno por 
completo de su carácter y antecedentes. Es de- 
cir que, mientras públicamente seguía afectando 
desprecio hacia las fuerzas de tierra, cuando ha- 
blaba con el novio de su hija o entre militares, 
lo hacía con agasajo, les preguntaba con interés 
por su carrera, lo mismo que si prestasen servi- 
cios en cualquier oficina civil del Estado. Nadie 
sospecharía al oírle enterarse tan minuciosamente 
del escalafón, de las reservas y reemplazos, etc., 
que aquel hombre les tenía jurado odio eterno. 
Pero el Jubilado llegó con el tiempo a una dis- 
tinción que nunca se había atrevido a proponer. 
Como militares no transigía con ellos, los consi- 
deraba una verdadera plaga social... Ahora, «como 



140 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



hombres», bien podían ser dignos de estimación, 
según sus cualidades. 

Los amores de Emilita habían nacido y cre- 
cido como otros muchos en casa de las de Meré. 
Eran éstas dos señoritas que pasaban de los ochen- 
ta y no llegaban a los cien años. De todos modos, 
a la entrada del siglo xix eran ya maduras. No 
tenían en Lancia f amilia alguna. Ninguno de los 
vivos recordaba a su padre, que había muerto cuan- 
do todavía eran mocitas. Estuvo empleado en el 
ramo de Hacienda. Es de suponer, dada su remota 
antigüedad, que sería percibidor de alcabalas o de 
otros pechos ya extinguidos. Del siglo xviii, al 
cual pertenecían, tenían aquellas interesantes se- 
ñoritas en primer lugar el traje. Jamás pudieron 
entrar por las modas del presente. Una saya de 
cúbica negra muy escurrida con plomos por deba- 
jo, para que se escurriera todavía más, talle muy 
alto, manga apretada con bullones, zapatito de ta- 
binete descotaxlo y un tocado inverosímil de puro 
extravagante : así se presentaban en todas partes. 
La mantilla que usaban no era de velo, sino de 
sarga con franja de terciopelo, como Jas usan aho- 
ra solamente las artesanas. Llevaban bastón para 
apoyarse. Conservaban además la cortesía exqui- 
sita, la ligereza de carácter, la pasión por la so- 
ciedad y una alegría inagotable, maravillosa a sus 
años. Lo que no habían traído consigo al siglo pre- 
sente era la libertad de costumbres y la malicia 
que, al decir de los historiadores, caracterizaba la 
sociedad del pasado. Imposible imaginar unas cria- 
turas más sencillas. Como si no hubiesen atravesa- 
do por la vida, todo les sorprendía, en todo creían 
menos en el mal. Así que, con frecuencia, eran 
víctimas de las bromas de sus amigos y tertulia- 
nos, sin que por eso dejase ninguno de profesar- 
les entrañable afecto. Desde tiempo inmemorial 



EL MAE STE ANTE 



141 



tenían costumbre de recibir en su casa por la no- 
che a la juventud de Lancia, particularmente a los 
muchachos que se placían en asistir por la gran- 
dísima libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo 
tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad 
peregrino el oír a los chícuelos de diez y ocho años 
hablar con tal familiaridad a unas viejecitas que 
pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita para aquí, 
Nuncita para allá, porque la más anciana se lla- 
maba doña Carmen y la más joven doña Anuncia- 
ción. 

Tres o cuatro generaciones habían pasa-do por 
aquella salita de la calle del Carpió, modesta y 
aseada, con el pavimento de madera encerada, si- 
llas de paja, sofá de damasco encarnado, cómoda 
de caoba atestada de chirimbolos, espejo con mar- 
co de carey y diversos cuadritos al pastel repre- 
sentando la historia de Romeo y Julieta. La tertu- 
lia de las de Meré era la más antigua de Lancia. 
Contra lo que acaece generalmente, estas muje- 
res que no pudieron hallar marido tenían la manía 
de casar a todo el mundo. El número de matri- 
monios que salieron acordados de aquella salita 
es incalculable. En cuanto advertían que un mu- 
chacho se acercaba a cualquier muchacha más que 
a las otras, ya estaban nuestras ' señoritas prepa- 
rando los hilos para unirlos con lazo indisoluble ; 
ya no consentían que nadie se sentase en la silla 
que estaba al lado de Fulanita para que cuando 
Menganito viniese la hallase aparejada y no tuvie- 
se más que sentarse. Y vengan a Fulanita elogios 
desmesurados de Menganito, y vayan a Menganito 
relaciones minuciosas de los primores que Fulanita 
ejecuta con la aguja y lo económica y hacendosa 
que es y lo piadosa y lo limpia. Y escápense más 
adelante a casa de la mamá de Fulanita para cele- 
brar conferencias largas, íntimas, trascendentales, 



142 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



y procuren en seguida tropezarse con el papá de 
Menganito y desplieguen todas sus dotes diplo- 
máticas para explorarle el corazón. Y por premio 
de estos sudores recibían, al cabo, un cartuchito 
de dulces el día de la boda. 

Pero todas las madres do niñas casaderas las 
adoraban, no se hartaban de bendecirlas y adu- 
larlas. Saludábanlas de media legua, y al salir de 
la iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo para 
que se apoyaran. En cambio, las que tenían algún 
hijo varón en edad de casarse solían mirarlas con 
recelo y antipatía, las llamaban por lo bajo chochas 
y entremetidas. No hay necesidad de indicar, por 
lo tanto, que su pasión casamentera les costó no 
pocos disgustos. Cuando algún lechuguino sentía 
brotar en su pecho la llama del amor, lo primero 
que hacía era mostrársela a las de Meré. 

— Carmelita, estoy enamorado. 

— ¿De quién, corazón, de quién? — preguntaba 
la anciana con vivo interés. 

— De Eosario Calvo. 

— ¡ Ajá ! Buen gusto ha tenido el picarón. No 
hay chica más guapa ni mejor educada. Habéis 
nacido el uno para el otro. 

Y por un rato el zagalillo tenía el placer de es- 
cuchar el panegírico de su adorada. 

— Espero que me protegerás. 

— Todo lo que tú quieras, mi alma. 

Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no 
había puesto los pies en su vida en casa de las 
de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua. 
¿Cómo se habían arreglado aquéllas para atraér- 
sela? No es fácil averiguarlo, pero tantas veces 
habían llevado a término ya empresas análogas, 
que de seguro poseían una receta simple y segura. 

Encariñábanse con sus amigos como si fuesen 
próximos deudos todos. Contábanse de ellas rasgos 



EL MAESTKANTE 



143 



de abnegación que las honraba extremadamente. 
Durante la furiosa reacción del año 1823, uno de 
sus tertulios, teniente de caballería, se refugió, 
después de cierta intentona abortada, en su casa. 
Las señoritas le recibieron y le ocultaron algunos 
días, y al cabo lograron que se evadiese disfrazado 
con el traje de un criado. Pero teniendo noticia de 
que iba la policía a registrarles la casa, pensaron 
con terror en el uniforme del teniente. ¿Dónde 
guardarlo que no diesen con él? Carmelita, en 
aquellos instantes críticos, tuvo un rasgo de inge- 
nio y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus 
ropas de mujer. Por cierto que este teniente se 
portó con ellas con bastante ingratitud. No tuvo 
en su vida diez minutos para escribirles una carta 
dándoles las gracias. 

No fué la única que hubieron de sufrir por par- 
te de sus tertulios. Acostumbraban éstos aprove- 
charse de su amabilidad cuanto podían ; recreá- 
banse en su casa, gozaban de la compañía y con- 
versación de las jóvenes más bellas de Lancia, con- 
certaban algunos su matrimonio, y luego que lo 
realizaban, o porque sus negocios o su edad les 
impedían asistir a la tertulia, si te vi, no me 
acuerdo ; apenas las saludaban en la calle. Lo mis- 
mo puede decirse de la9 mamás, tan rendidas y 
aduladoras antes de casar a sus hijas, y tan des- 
pegadas así que lo conseguían. Pero tales flaquezas 
no alteraban el buen humor de aquellas benditas 
ni destruían su optimismo. Gomo se estaban reno- 
vando sin cesar los asistentes a su casa, olvida- 
ban la ingratitud de los antiguos para pensar tan 
sólo en el aprecio que les tributaban los nuevos. 
Además, en sus corazones no cabía rencor, ni si- 
quiera hostilidad ; las bromas no las ofendían. ¡ Y 
cuidado que algunas eran bien pesadas! La que 



144 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



les dió Paco Gómez en cierta ocasión hizo raya : 
aún se cuenta con regocijo en Lancia. 

No todas las noches de invierno iban damas a 
la tertulia. Generalmente asistían los sábados y los 
miércoles. Pero había un grupo de muchachos que 
casi nunca dejaban de hacerles un rato de compa- 
ñía a primera hora, aunque después se marchasen 
a otras casas. Uno de ellos era Paco Gómez. En 
estas noches de soledad se formaba generalmente 
un partido de brisca. Paco iba de compañero con 
Nuncita y el capitán Núñez, o Jaime Moro, o cual- 
quier otro muchacho con Carmelita. Paco una no- 
che se dolió de que la señas que se hacían durante 
el juego fuesen tan vulgares y conocidas : era im- 
posible hacerlas pasar inadvertidas para los con- 
trarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso 
cambiarlas. El enseñaría unas a Nuncita, y el con- 
trario otras a Carmelita. Las nuevas señas fueron 
todas ademanes obscenos, de esos que no se ven 
más que en las tabernas y lupanares. Aquellas ino- 
centes mujeres las aceptaron sin saber lo que ha- 
cían y se sirvieron de ellas con la m^iyor desenvol- 
tura. Así que pasaron algunos días, y estaban per- 
fectamente avezadas a usarlas, Paco invitó una 
noche a muchos de los tertulios a presenciar el 
juego. Resultó una escena de cómico subido. Cada 
vez que cualquiera de las dos señoritas hacía una 
seña, había una explosión de alegría. Pues bien, 
a pesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, 
las bondadosas señoritas, en vez de ponerle de pa- 
tas en la calle y cerrarle la puerta para siempre, se 
contentaron al saberlo con hacerse cruces de sor- 
presa y reírse como los demás. 

— ¡ Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo 
diría ! ¡ Tantos pecados como hemos cometido sin 
saberlo ! 



EL MAESTEANTE 



145 



— Pues yo no los confieso — exclamó Nuncita 
con resolución. 

— Los confesará», Niña — expresó gravemente 
la primera. 

— Que no. 

— ¡ Niña ! 

— Que no quiero. 

— j Silencio, Niña ! Los confesarás y tres más. 
Mañana mismo te llevaré a Fray Diego. 

Nuncita protestó todavía sordamente, como una 
chica mimosa, hasta que las miradas severas de 
su hermana mayor la hicieron callar. Pero todavía 
estuvo buen rato enfurruñada. A veces, sin saber 
por qué, se mostraba díscola y rebelde en sumo 
grado. Necesitaba Carmelita hacer gala de toda 
su autoridad para someterla. Mas, ordinariamen- 
te no sucedía así. Aunque no le llevase más de tres 
o cuatro años, Nuncita, por la costumbre adqui- 
rida, por debilidad de carácter, o por ventura por- 
que no le disgustaba aparecer más joven en pre- 
sencia de la gente, reconocía la jefatura de su her- 
mana y la obedecía con una sumisión que envi- 
diarían las madrea para sus hijas. Pocas veces te- 
nía necesidad de reprenderla, pero cuando lo hacía, 
Nuncita bajaba la cabeza y al poco rato se la veía 
llevarse el pañuelo a los ojos y salir de la sala, 
mientras Carmelita seguía sus movimientos con 
mirada fija, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza 
severamente. Poco faltaba para que la castigase 
dejándola sin postre o mandándola a la cama. Por 
tales razones y porque Carmelita así la llamase con 
frecuencia, doña Nuncia, que pasaba algo de los 
ochenta,, era conocida en Lancia por el sobrenom- 
bre de ala Niña». 

En los amores de E milita Mateo se portaron 
ambas hermanas heroicamente. El capitán Nú- 
ñez fué bloqueado en toda regla. Por espacio de 

MAESTRANTE. — 10 



146 AEMANDO PALACIO VALDES 



un mes lo menos, y hasta que le yieron bien en- 
carrilado, ni una silla le dejaron libre más que la que 
estaba próxima a la más joven de las chicas de 
don Cristóbal. En el juego de la lotería, al cual se 
entregaba con pasión desordenada aquella socie- 
dad, Nuncita se encargaba, sin que nadie se lo 
pidiese, de buscarles cartones que fuesen combi- 
nados. Cuando se referían al oficial de Ponteve- 
dra y a Emilita hablaban como de una sola per- 
sona. Tan unidos y compactos los apreciaban ya. 

Servicios a tal extremo importantes los pagaba 
el Jubilado con una gratitud que le rebosaba del 
alma y le salía por los ojos. De buena gana se pros- 
ternaría ante ellas y les besaría la orla del vesti- 
do de cúbica. Pero su dignidad y aquella larga 
serie de diatribas contra el ejército que llevaba col- 
gadas a los pies como grilletes, le impedían estas 
y otras manifestaciones. Ni siquiera tenía el con- 
suelo de poder mostrarse alegre cuando aquel pun- 
donoroso militar acompañaba a su niña en el pa- 
seo. Pero ya se sabe que las señoritas se preocupa- 
ban muy poco de la gratitud de sus tertulios. Los 
casaban por vocación irresistible de su espíritu, 
por una necesidad de su organismo, como teje la 
araña la tela y cantan los pájaros en el bosque. 
Una vez enlazados por el vínculo matrimonial, 
los tertulios, lo mismo hombres que mujeres, per- 
dían todo su atractivo para las señoritas de Meré. 
Su atención se concentraba inmediatamente en los 
nuevos pollastres que venían piando a cobijarse 
bajo sus alas protectoras. 

Quien les causó una serie de decepciones y amar- 
guras, que a poco dan con ellas en el sepulcro, fué 
el conde de Onís. En su vida habían tropezado con 
un hombre más incomprensible. ¡ Lo que las po- 
bres sudaron para meterle en vereda, en la florida 
vereda de Himeneo ! Pero aquel diablo se les res- 



EL MAE STE ANTE 



147 



balaba por entre los dedos como una anguila. 
Mostrábase durante algunas noches tierno y amar- 
telado con Fernanda ; no se apartaba do ella el 
canto do un duro. Las miradas de las dos herma- 
nas se posaban sobre ellos con visible enterneci- 
miento ; procuraban con ahinco que nadie fuese 
a interrumpirles ; poco les faltaba para mandar 
a los demás que bajasen la voz a fin de que no les 
molestase el ruido. Pues bien, repentinamente, 
cuando menos podía pensarse, el conde cometía el 
absurdo de alzarse distraídamente de la silla, bos- 
tezar y marcharse a hacer solitarios a un rincón 
de la mesa. Por su parte Fernanda caía en idénti- 
cas flaquezas, poniéndose a charlar animadamente 
con el chico del Eegent© de la Audiencia sin dirigir 
una .mirada a su novio. Carmelita y Nuncita que- 
daban aterradas cuando esto sucedía, se iban a la 
cama presa de la mayor consternación. 

Después del rompimiento definitivo, y cuando 
al cabo se convencieron de que la ventura de rea- 
lizar tan sublime matrimonio no estaba reservada 
para ellas, humillaron un poco su ambición y pres- 
taron auxilio a Granate, que hacía mucho tiempo 
lo demandaba con instancia. También por este íado 
la suerte impía les hirió cruelmente. Fernanda re- 
chazaba con irritación cualquier palabra suasoria 
que le dirigiesen en favor del indiano. Si obser- 
vaba que las señoritas tenían dispuestas las sillas 
de modo que resultase aquél sentándose a su lado, 
en un instante destruía su combinación yéndose 
óon ademán displicente al extremo opuesto. Al for- 
marse las partidas de brisca o de tute no consentía 
que se lo diesen por compañero so pena de renun- 
ciar al juego. En fin, qüe estaba tan alerta y sobre 
sí que era imposible atacarla por ningún lado. No 
obstante, las de Meré persistían en su proyecto y 
trabajaban por llevarlo a cabo con paciencia ; que 



148 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



es la garantía más segura para dar cima a las gran- 
des empresas. 

Algunos días después de la guasa de Paco Gó- 
mez se hallaban en la famosa tertulia, a más de 
tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel 
Antonio, don Santos, el capitán Núñez, don Cris- 
tóbal, Fernanda, María Josefa Hevia y dos de las 
chicas de Mateo. No se pensaba todavía en jugar. 
Todos estaban sentados menos Paco, que daba 
vueltas por la sala contándoles la broma que había 
dado la otra noche en^el teatro a Manín, el ma- 
yordomo de Quiñones. Desde que éste había que- 
dado paralítico, su famoso acompañante andaba sin 
sombra por la ciudad. Mas, por la gran confianza 
que su amo le otorgaba, los tertulios de don Pe- 
dro le guardaban consideraciones, y a pesar de la 
rusticidad de su trato, y del traje campestre que 
llevaba, cuando le tropezaban en la calle le abra- 
zaban familiarmente, le convidaban a entrar en 
el café y a veces le llevaban al teatro. Manín para 
aquí, para allá ; el grosero aldeano se había hecho 
famoso no sólo en Lancia, sino en toda la provin- 
cia. Aquel calzón corto, aquella media blanca de 
lana con ligas de color, chaqueta de bayeta verde 
y sombrero calañés, le daban un aspecto original 
en la ciudad, donde por milagro se veía ya un 
hombre con este arreo. Era una de las cosas que 
más sorprendían a los forasteros, sobre todo vién- 
dole alternar en cierto pie de igualdad con los se- 
ñores de la población. No sólo por respeto al Maes- 
trante, sino porque- les hacían mucha gracia las sa- 
lidas brutales de Manín, éstos se perecían por lle- 
varle en su compañía. Además, Manín era un cé- 
lebre cazador de osos, con los cuales se decía que 
había luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los 
aficionados a tal clase de ejercicio le profesaban 
por esto respeto y simpatía. Sin embargo, los ene- 



EL MAESTRANTE 



149 



migos que el mayordomo tenía allá en su aldea 
aseguraban, riendo sarcástocamente, que lo de los 
osos era una farsa, que en su vida los había visto, 
cuanto más luchar con ellos. Añadían que Manín 
había sido siempre un zampatortas hasta que don 
Pedro había tenido el capricho de sacarle de la obs- 
curidad. La imparcialidad nos obliga a estampar 
esta opinión, que desde luego suponemos infun- 
dada. Hay que confesar, no obstante, que la con- 
ducta de Manín, ofreciendo repetidas veces a sus 
amigos llevarles a cazar el oso, sin que jamás cum- 
pliera la promesa, la prestaba cierta verosimilitud. 
Pero el profesar respeto a la salud e integridad de 
los osos de su país, ¿es acaso motivo suficiente para 
arrojar a un hombre a la cara el calificativo de zam- 
patortas? Nadie osará afirmarlo. Más lógico es 
suponer que el célebre Manín era, como todos los 
hombres que logran sobreponerse a la multitud, 
víctima de las asechanzas de la envidia. 

Refería Paco, con el desenfado procaz que le 
caracterizaba y del que no prescindía ni aun ha- 
llándose entre damas, cómo había llevado a Manín 
al palco proscenio que con otros amigos tenía abo- 
nado en el teatro. El mayordomo no había visto 
jamás bailarinas. Al presentarse éstas en escena le 
hizo creer que traían las piernas desnudas. Manín 
quedó escandalizado, fijando en ellas sus ojos, don- 
de se pintaba el asombro y la indignación. «Pues 
aún no has visto lo mejor ; ] aguarda, aguarda un 
poco!» Al comenzar la orquesta a tocar, las baila- 
rinas hacen chasquear los palillos, y dando una 
vuelta levantan todas la pierna a la altura de la 
cabeza. «¡Sollo!» exclama el pobre tapándose la 
cara con las manos. ¡ Dios sabe lo que pensó que 
iba a, ver ! 

Paco narraba el lance con naturalidad, paseando 
de un cabo de la sala, la cabeza baja y las manos 



150 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



metidas en los bolsillos del pantalón. Las jóvenes 
tertulianas se creyeron en el caso de ruborizarse. 
Todos reían menos Granate, que aun tenía en el 
corazón la broma del día pasado. Desde su rincón, 
donde estaba como un oso aletargado, dirigíale mi- 
radas torvas, agresivas. ¿Qué había pasado en 
casa de Estrada-Rosa cuando el indiano fué a ella 
en demanda de la mano de la señorita? Ni a don 
Juan ni a su hija se les pudo sacar una palabra ; 
pero cierta doncellita enteró a todo el mundo de 
que don Juan había rehusado en términos desde- 
ñosos, que Granate hizo ostentación de sus mi- 
llones y aun se autorizó el manifestar que Fernan- 
da no encontraría un matrimonio más ventajoso. 
Entonces don Juan se incomodó, le llamó zángano 
y lo despidió con cajas destempladas. Paco, cada 
vez que sorprendía una de aquellas miradas furi- 
bundas, sonreía y hacía guiños a Manuel Antonio. 

• — Oye, Carmela — dijo parándose frente a un 
cuadrito pintado al óleo — , ¿dónde habéis compra- 
do este San Juan? 

— ¡ Jesús ! señor — exclamó Carmelita — , no es 
un San Juan, que es un Salvador, ¡ míralo cómo 
se ríe el pobrecito ! 

— ¡ Ah ! es un Salvador. ¿ En qué se distinguen ? 

Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregun- 
ta, quisieron volverse locas de alegría. Se les caían 
las lágrimas de risa. 

— ] Ay, qué Paquito ! ¡ Ay, qué corazón !... ¡No 
distingue un San Juan de un Salvador ! 

Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no 
habían oído nada tan gracioso. Cuando hubieron 
sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y se 
sonaron estrepitosamente con un pañuelo de hier- 
bas, Paco, que gozaba viéndolas tan alegres, les 
preguntó : 



EL MAE STE ANTE 



151 



— Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el 
Salvador, que yo no lo he visto hasta ahora? 

— Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma ; pero 
allí no estaba bien, porque tropezaba la cama en 
él, y lo hemos traído. 

— Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá, 
un pintor de Madrid que pasó aquí unos días — 
dijo Nuncita. 

— ¿ Eras tú joven ? — preguntó gravemente Paco 
dirigiéndose a Carmelita. 

- — Sí, muy joven cita. 

— ¿El pintor tenía fama? 

— Mucha. 

— Entonces, ya sé quién era, Murillo. 

— No ; me parece que no se llamaba así. 

— Entonces sería Velázquez. 

— Ese nombre ya me suena más. Era hombre 
mozo, muy cortés y muy galán, ¿verdad, Nun- 
cia?... A ti me parece que te hizo algunas caran- 
toñas... 

Nuncita bajó los ojos ruborizada. 

— ¿ Quién se acuerda de eso ya? 

— Era muy enamoradizo — prosiguió Carmeli- 
ta — ; pero al mismo tiempo bien criado y bien en- 
tendido. . . 

— ¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser 
otro que Velázquez. 

— No se llamaba Velázquez ; se llamaba Gon- 
zález — apuntó tímidamente Nuncita. 

Y después de decirlo volvió a ruborizarse. 

— ¡ Eso es, González ! — exclamó su hermana 
haciendo memoria. 

— Bueno, es igual, sería un contemporáneo su- 
yo, de la buena raza de pintores del siglo xvn — * 
manifestó Paco* sin turbarse p<3r las carcajadas de 
los tertulios, que se espantaban de la inocencia de 
aquellas pobres mujeres. 



152 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña? — 
prosiguió cogiendo con dos dedos cariñosamente 
la barba de Nuncita — . Me parece que tú debiste 
de haber ádo muy torerita, ¿verdad, Carmela? 

— Fué un poco tentada de la risa. 

— ¡ Carmela, por Dios, que estos señores van a 
creer que he sido una coqueta! ■ — exclamó con 
angustia la Niña. 

— No creerían más que la verdad, chica — dijo 
Paco — . ¿Ya no te acuerdas que has dado oídos 
a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, 
y después que éste se iba de tu casa hablabas con 
el teniente Paniagua por el balcón? 

Nuncita sonrió con enternecimiento al recuer- 
do de aquellos tiempos, y repuso bajando los ojos 
con graciosa timidez : 

— Don Máximo venía a casa todos los días, pero 
nunca me requirió de amores. 

— ] Qué amores ni qué calabazas ! — exclamó 
Paco — . Di tú que quien te gustaba de verdad era 
el teniente, y concluirás más pronto. 

— ¿Conque ha estado usted enamorada de un 
militar? — preguntó con graciosa volubilidad Emi- 
Uta, dirigiendo al mismo tiempo una mirada pro- 
vocativa a Núñez — . Pues ha tenido usted bien mal 
gusto. 

El Jubilado se puso repentinamente serio y se 
le erizaron los bigotes de terror ante aquella sa- 
lida de su hija ; pero se tranquilizó inmediatamen- 
te al observar que el capitán, en, vez de darse por 
ofendido, la pagaba con una sonrisa amorosa y lo 
echaba a broma como todos los demás. 

— No es ella sola la que ha tenido ese mal gus- 
to — expresó con marcada intención Carmelita, 
muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de in- 
genio. 1 

—Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... 



EL MAE STB ANTE 



153 



¡ como si lo viera ! . . . — tornó a preguntar Emilita 
con la misma adorable ligereza. 

— ¡ Alto, alto, Emilia ! — manifestó Paco — . Pa- 
nlagua era teniente de los tercios de Flandes y muy 
bizarro. 

— No, corazón, no — se apresuró a rectificar 
Nuncita — , que era de la guardia real. 

— ¿No era arcabucero? 

— No, mi alma ; de la guardia real te digo. 

Don Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de 
tos. Manuel Antonio y los pollastres reían descara- 
damente. 

— Paniagua era hombre muy notable — prosi- 
siguió Paco — . Poseía esa decisión que tan bien 
sienta a los militares. El mismo día que llegó vió 
a Nuncia por la mañana al balcón. Por la tarde 
le entregó en el pórtico de San Rafael, al talir de 
la novena, un billete de declaración, que empeza- 
ba : «Señorita : Entre confuso y medroso, y du- 
dando si en gracia de lo rendido me perdonará us- 
ted lo osado, confieso que mi único delito consiste 
en amar a usted...» 

— ¡ Qué picarón ! ¡ cómo lo recuerda ! — exclamó 
Nuncita, enternecida de verdad. 

Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, des- 
pués de muy rogada, había mostrado las cartas 
que conservaba de Paniagua, se había aprendido 
de memoria aquel originalísimo documento y lo 
recitaba en todas partes para regocijo de sus ami- 
gos. 

—Eso se llama un hombre resuelto. Así se ma- 
nifiesta el carácter de la persona. ¡ Qué diferencia 
de los militares de hoy, que antes de declararse a 
una muchacha la pasean un año la calle y luego 
tardan otro en decir : «Niña, ¿cuándo nos vamos 
a la vicaría?» 

pronunció estas palabras mirando al rincón * 



154 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



donde estaban Emilita y el capitán. Este recogió 
la alusión y se puso serio. La chica se hizo la dis- 
traída, pero agradeciendo mucho a Paco en el 
fondo de su corazón el capote, mientras el Jubila- 
do se aitusaba el bigote con mano temblorosa, te- 
miendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mis- 
mo tiempo por la esperanza de que estos capotazos 
oportunos le sacaran de su atonía. 

Cansados de platicar, los pollastres propusieron 
jugar un ratito a las prendas. Es un juego donde 
los hombres de criterio siempre pescan algo. Fer- 
nanda consintió en que Granate se sentase a su 
lado. Los guiños de Paco, que había sorprendido, 
le habían hecho mal efecto. Era una criatura muy 
orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el 
sentimiento de justicia. No podía sufrir que se bur- 
lasen en su presencia de nadie, aunque fuese del 
ser más ínfimo y despreciable. Podía decirse que 
el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan 
delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas cau- 
sadas en la de los otros con más viveza. Aunque 
aborrecía a Granate, la molestaba que se le mor- 
tificase en su presencia, sobre todo si era por su 
causa ; sin perjuicio, por supuesto, de que ella le 
diese a cada momento descomunales desaires ; pe- 
ro entendía, y no le faltaba razón, que los desde- 
nes de la mujer que se ama, si causan dolor, no 
resqueman como las burlas. El indiano, que se 
vió tan honrado, no cabía en sí de gozo, y comen- 
zó con voluntad excesiva y la ordinariez que le ca- 
racterizaba a prodigarle mil atenciones. Fernanda 
las recibió con semblante grave, pero sin repug- 
nancia. 

Y vino, como es natural, aquello de las «tres 
veces sí y tres veces no» , el «contentar a todos los 
presentes)), «un favor y un disfavor», etc., etc. 
La sociedad se recreaba con lo que se habían re * 



EL MAE STE ANTE 



155 



creado sus padres y sus abuelos, y con lo que 
pensaban que se recrearían sus hijos. ¡ Inocentes ! 
Había allí un espíritu, sin embargo, que no mere- 
cía este calificativo. Paco Gómez jugaba con una 
condescendencia displicente, como hombre que se 
adelantaba mucho a su época, cometiendo mil tor- 
pezas y desaciertos que demostraban la distracción 
que caracteriza a los seres superiores. En cambio, 
Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No se vió 
jamás hombre más erudito en aquellas materias 
ni que las tratase con más profundidad. Su inte- 
ligencia lúcida había penetrado en todos los secre- 
tos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno 
el partido posible, extraer todo su jugo, según pe- 
dían las circunstancias. Por ejemplo, cuando una 
señorita debía contentarle, quedaba sordo instan- 
táneamente. La joven se veía obligada a inclinar- 
se más y más, hasta que síüs labios de carmín ro- 
zaban la oreja del capitán. Si quedaba condenada 
a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, 
por consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles 
en la cara, que se recostasen contra ella, etc., etc., 
el profundo Núñez no soltaba la presa en tanto 
que no pasease las manos por todas las regiones de 
su cuerpo. Pero cuando dió más claras muestras 
de su talento portentoso y de los vastos conoci- 
mientos que había logrado adquirir en aquel ramo 
del saber, fué al proponer que la señorita a quien 
acertase lo que tenía en el bolsillo quedase obli- 
gada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas 
de que nada conseguiría, que no vacilaron en acep- 
tar la proposición. Erró, efectivamente, al vaciar 
con el pensamiento el bolsillo de Carmelita, erró 
con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y 
¡ miren qué diablo ! fué a acertar precisamente con 
Emilita. Unas tijeras, un pañuelo, un dedal y tres 
caramelos. La niña se puso a gritar batiendo las 



156 'ASMANDO PALACIO VALDÉS 



palmas, toda nerviosa : ¡ Trampa, trampa ! El capi- 
tán, sereno, apacible, grandioso como un héroe de 
la antigüedad, rechazó aquella imputación y de- 
mostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa 
alguna. 

— ...A no ser — añadió sonriendo mefistofélica- 
mente — que estuviera usted convenida conmigo 
para dejarme ver de antemano lo que tenía en el 
bolsillo. 

La niña protestó aún más ruidosamente contra 
esta hipótesis indecorosa, se puso agitada hasta un 
grado incomprensible y, levantándose con viveza-, 
corrió al extremo opuesto de la bala, lo más lejos 
posible del capitán, como si éste fuese a tomar por 
la fuerza lo que de derecho le correspondía. Hubo 
quién se puso de parte de ella (las mujeres) y quien 
tomó partido por él (casi todos los hombres). Ar- 
móse en la sala un zipizape de mil demonios. To- 
dos hablaban, reían, chillaban sin acabar de en- 
tenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba 
era, como es fácil de comprender, la interesada. 
Sin embargo, don Cristóbal, viendo que aquello 
llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a 
salvo la formalidad de su progenie, intervino en la 
disputa como un dios majestuoso que extiende la 
diestra para calmar las olas del mar embravecido. 

— Emilita — pronunció con firmeza — , juego es 
juego. Dale un beso a ese caballero. 

Adviértase que no dijo «al capitán», ni siquiera 
«a ese señor oficial». Todavía sus labios civiles re- 
pugnaban dejar paso a una palabra de orden exclu- . 
sivamente militar. 

— ¡ Pero papá !... — exclamó la hija menor, roja 
ya como una. amapola. 

— ¡ Vamos!... — profirió con la diestra exten- 
dida y en la actitud más imperativa que pudo adop- 
tar jamás un dios jubilado. 



EL MAE STE ANTE 157 

No hubo más remedio. Emilita, confusa y aver- 
gonzada, con las mejillas convertidas en dos bra- 
sas, se acercó vacilante al heroico capitán de Pon- 
tevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó 
con el carmín de los labios la tierra amarillenta de 
sus mejillas. 

Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, 
saltó hecha un basilisco Micaela, la más irascible 
de las cuatro nereidas que nadaban en las profun- 
didades de la morada del Jubilado : 
r — ¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos 
decentes, sino suciedades... No me extraña de Nú- 
ñez, porque los hombres, ¿a qué están? Me ex- 
traña de ti, Emilita... Me parece que un poco más 
de pudor y vergüenza no te vendrían mal... Pero, 
¡ cómo la has de tener si los que tienen obligación 
de ponértela son los primeros en empujarte a lo 
malo !... 

Aquella sangrienta diatriba contra el autor de 
sus días dejó a éste pálido y clavado al suelo. 
Hubo un instante de silencio embarazoso. Una 
nota tan destemplada les sorprendió. Sin embar- 
go, todos se apresuraron a defender a Emilita y a 
protestar de la pureza y la perfecta inocencia de 
tales juegos. El argumento que más se repetía, 
y el que a todos les parecía incontrastable, era que, 
no habiendo malicia, aquello no valía nada, porque 
lo importante en estos asuntos es la intención. El 
beso, ¿ha sido dado con intención? — decía uno de 
los poUastres más dialécticos — . ¿No? Pues enton- 
ces como si no se hubiera dado. Núñez asentía gra- 
vemente, un poco amoscado y mirando de reojo a 
su futura cuñada. Pero ésta no se rendía a demos- 
traciones tan evidentes y se obstinaba en pedir, 
cada vez con mayor violencia y más altas voces, 
un poco de vergüenza para su hermana menor y 
unas migajitas de sentido para - su señor padre. 
Mas como al cabo nadie se presentaba con estas 



158 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



cosas en la mano a satisfacer sus votos, no tuvo 
otro remedio que ir bajando el diapasón, hasta que 
al fin sus coléricas protestas se fueron transfor- 
mando poco a poco en murmullo sordo y amena- 
zador como el de los truenos lejanos. Y la tertulia 
recobró su dulce sosiego habitual. 

Pero quedó suspendido por aquella noche el 
juego de prendas. Nuncita, de quien casi siem- 
pre partían las grandes ideas, propuso que se ju- 
gase a la boba. No se sabe por qué, pero es lo 
cierto que este juego poseía particulares atracti- 
vos para la menor de las señoritas de Meré. Es 
indecible lo que se placía la ex novia del teniente 
Panlagua cuando lograba encajar la boba a algu- 
na de sus tertulianas, la ansiedad y desasosiego 
que se apoderaba de ella cuando la tenía en su 
poder y no lograba soltarla. Paco Gómez tomó 
la baraja y sacó las tres sotas ; pero sabiendo la 
debilidad de Nuncita y queriendo, según su tem- 
peramento, mortificarla un poco, hizo una señal 
a la que quedaba, y luego la fué manifestando al 
oído a algunos de los tertulios. Eesultado de esto 
fué que la boba iba casi siempre a parar a manos 
de la Niña, y allí se atascaba, sin que a pesar de 
todos sus esfuerzos, consiguiese desprenderse de 
ella. Con esto, a pesar de su apacible natural, se 
fué impacientando poco a poco. La tertulia reía y 
ella también, pero más con los labios que con el 
corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a 
rodar las cartas y declaró que no jugaba más. Car- 
melita, al ver aquel acto de descortesía, intervino 
severamente, como siempre que se desmandaba. 

• — ¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa 
tontería? ¿Qué dirán estos señores?... Dirán, con 
motivo, que no tienes educación, y que en nues- 
tra familia no ha habido quien hubiera sabido en- 



EL MAE STE ANTE 



159 



señarte... ¡ A ver si coges las cartas ahora mismo ! 
— No quiero. 

— ¿Qué, qué dices, necia? ¡ Tú, tú, tú eres ton- 
ta !... ¿Se habrá visto una criatura más díscola?... 
Co... co... coge las cartas en seguida... 

La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su 
boca desprovista de dientes unos raidos extraños. 

— ¡ Hum ! — gruñó Nuncita, torciendo el hocico 
con mueca de mimo. 

— ¡ Niña, no me enfades ! — gritó su hermana 
mayor. 

— ¡ No quiero, no quiero ! — repitió aquella cria- 
tura indómita con decisión. 

Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arras- 
trando los pies se fué a refugiar en el gabinete. 

Mas su hermana la siguió inmediatamente en 
la actitud más severa y autoritaria que puede nadie 
imaginarse, dispuesta a corregir aquel principio de 
rebelión, que con el tiempo podría traer funestas 
consecuencias. Oyóse rumor de disputa, sobresa- 
liendo la voz áspera, irritada, de Carmelita ; luego 
aquella voz se . fué dulcificando, haciéndose per- 
suasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. 
Llegó asimismo a los oídos de los tertulios el eco 
de un sollozo. Por último, al cabo de buen rato se 
presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los pies 
todavía más que su hermana, con los ojos resplan- 
decientes de autoridad y el ademán majestuoso que 
conviene a los que necesitan dictar leyes a los 
seres que la Providencia les ha confiado. Detrás 
venía la Niña avergonzada, sumisa, con las me- 
jillas inflamadas y los ojos llorosos. Sentóse otra 
vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a sru 
hermana mayor, que la miraba aún con cierta 
dureza, tomó humildemente las cartas y se puso a 
jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de 
respeto y de sumisión, en vez de impresionar gra- 



160 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



vemente a los circunstantes, provocó en casi todos 
una sonrisa de burla, y en algunos de ellos algunas 
inoportunas carcajadas que a duras penas lograron 
sofocar. 

Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. 
Acercábase la hora de diseminarse aquella esco- 
gida sociedad. 

— María Josefa, hoy he visto a tu anijada en 
el paseo — dijo Paco Gómez, mientras barajaba 
distraídamente las cartas — . La he dado un beso. 
Está cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tie- 
ne ya? 

— Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en 
febrero... Dos meses y medio. 

— ¿Iba con su madre? — preguntó Manuel An- 
tonio sonriendo de un modo particular. 

— No. A su madre la he encontrado después en 
Altavilla y he echado un párrafo con ella — res- 
pondió gravemente y con afectada naturalidad. 

La mayor parte de los tertulios le miraban son- 
rientes con expresión de malicia reservada que sor- 
prendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de Me- 
ré y Granate permanecieron impasibles, sin darse 
cuenta de lo que se hablaba. 

— Pero, ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la 
niña recogida por los de Quiñones? — preguntó 
en voz baja la heredera de Estrada-Eosa a María 
Josefa. 

—Sí. 

— ¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre? 

— Porque esos dos tienen una lengua muy mala, 
j Dios nos libre de ella ! — repuso la solterona son- 
riendo también con alegría, maliciosa, mirando al 
mismo tiempo a la joven con la benevolencia con- 
descendiente con que se mira a las criaturas ino- 
centes. 

— Pero, ¿quién suponen que es su madre? 



EL MAESTKANTE 



161 



— ¿ Quién ha de ser ? Amalia. . . ¡ Silencio ! — dijo 
apresuradamente, bajando más la voz. 

Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan 
nueva, tan sorprendente, que por unos instantes 
estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como 
si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, 
no oyó las primeras palabras de Paco. Sólo se hizo 
cargo al concluir de que estaba loando con calor 
la belleza de la niña. 

— Tiene a quien parecerse — murmuró el mari- 
ca de Sierra con la misma intención maligna — . 
Ya ves... su madre... ¡ Y su padre !... Su padre se 
cae de buen mozo. 

Fernanda, picada repentinamente por vivísima 
curiosidad, una curiosidad insana que la puso agi- 
tada y anhelante sin saber por qué, se inclinó otra 
vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por 
el oído, le preguntó con voz alterada : 

— Pero, ¿quién es su pacjre? 

La solterona se volvió hacia ella y le clavó una 
mirada donde se traslucía junto con la sorpresa la 
misma indulgencia compasiva. 

— Pero, ¿de veras no sabes...? 

La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiem- 
po se sintió embargada por terrible emoción. Una 
corriente de aire frío atravesó su ser interior re- 
pentinamente. Quedó pálida, pendiente de los la- 
bios de María Josefa, como si de ellos esperase la 
salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su tur- 
bación, y dijo después de mirarla un instante fi- 
jamente : 

— No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo 
una calumnia. 

Fernanda se repuso instantáneamente. 

— Está bien — respondió, haciendo ;un gesto de 
displicencia — . Cálleselo. Después de todo, ¿a mí 
qué me importa todo eso? 

MAE STR ANTE. — 11 



162 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró 
a decir con aguda sonrisa : 

— Pues precisamente porque a ti te importa es 
por lo que temo decírtelo. 

— No entiendo... 

María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo : 
— Porque dicen que el padre de la criatura es 
Luis. 

Como ya antes había sentido la puñalada, Fer- 
nanda quedó impasible y preguntó con indiferen- 
cia : 

— ¿Qué Luis? 

— El conde, muchacha. 

— ¿Y por qué me ha de importar a mí que sea 
Luis el padre ? 

María Josefa quedó un poco desconcertada. 

— Como ha sido tu novio... 

— ¡ Pero como ya no lo es ! — replicó encogién- 
dose de hombros desdeñosamente. 

Y se puso a hablar con Granate, que tenía del 
otro lado. Aquella indiferencia era pura comedia 
que su orgullo lograba representar. Una tristeza 
inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la 
invadió por completo, sin dejarle fuerzas para pen- 
saí ni para hacer nada. Si Granate no fuese un 
animal, hubiera comprendido en seguida que la 
sonrisa con que acogía sus barbarismos y barbari- 
dades era una verdadera mueca sin expresión al- 
guna, y que los monosílabos y respuestas incohe- 
rentes que dejaba escapar de sus labios denuncia- 
ban bien claramente que no le escuchaba* a él, sino 
a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que 
seguían charlando de la niña expósita. 

¡ Con qué interés ardiente recogía todas las pa- 
labras que se cambiaban entre aquellos maldicien- 
tes ! Y a medida que iban poniéndole en claro el 
suceso y que iban acumulando pormenores, entre- 



EL MAESTBANTE 168 



verando frases burlonas y reticencias de efecto có- 
mico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a 
poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo en- 
tre sus manos, uno después de otro, para hacerle 
daño. Pero su rostro permanecía impasible. Ni la 
más leve contracción acusaba el dolor que la mor- 
día. 

La tertulia se deshizo a las doce, como siem- 
pre. Fernanda sintió gran consuelo al respirar el 
aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de 
quedarse a solas con su pensamiento y darse cuen- 
ta cabal de lo que acababa de aprender. 

Había llovido mucho. Las calles, empedradas 
de grueso guijarro, resplandecían a la luz de los 
reverberos. Al salir de la casa unos tomaron por 
la calle abajo ; otros, entre ellos Fernanda, hacia 
arriba en dirección a la plaza. Pocos pasos habían 
dado cuando sintieron el estrepitoso trotar de unos 
caballos que doblaban en aquel instante la esquina 
y bajaban hacia ellos. 

— Ahí está el barón y su criado — dijo Manuel 
Antonio. 

Era la hora, en efecto, en que el excéntrico ba- 
rón de los Oseos salía a dar su paseo habitual por 
las calles de Lancia. Su famoso caballo las des- 
empedraba haciendo cabriolas, levantando tal es- 
trépito que, aun siendo el corcel de su criado mu- 
cho más paciente, parecía que atravesaba la ciudad 
un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Ma- 
nuel Antonio, con el desparpajo que le caracteri- 
zaba, gritó : «Buenas noches, barón.» Pero éste 
volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró 
fijamente con sus ojos encarnizados y siguió ade- 
lante sin contestar. El marica, corrido, dijo : 

— ¡ Va borracho, como siempre ! 

Todos asintieron burlando. Pero en el fondo sin- 
tieron todos, unos más y otros menos, el mis- 



164 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



mo estremecimiento al ver aquella figura siniestra. 
Fernanda, por mujer y por el estado especial de 
su alma, se inmutó visiblemente : después de pa- 
sar siguió todavía con ojos de temor a los dos ji- 
netes hasta que se perdieron entre las sombras. 

Al meterse en la cama, con el corazón apreta- 
do, quiso analizar la emoción que la dominaba ; 
quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza de 
ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y en 
voz alta : 

— ¿A mi qué me importan esas picardías? ¿Qué 
tengo que ver con él ni con ella? 

Pero, acabado de proferir tales palabras, sintió 
las mejillas caldeadas por el llanto. La heredera 
de Estrada-Eosa se volvió rápidamente y hundió 
el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas. 



VII 



EL AUMENTO DEL CONTINGENTE 



Las terribles dificultades que habían de surgir 
para el matrimonio de Emilita, a causa de las opi- 
niones antibélicas de su padre, se orillaron con 
más facilidad de lo que podía esperarse. La his- 
toria no hablará (aunque mejor razón tendrá que 
para otros muchos sucesos) de aquel día solemne 
en que Núñez fué de uniforme a pedir a don Cris- 
tóbal la mano de su hija, de aquel abrazo memo- 
rable con que éste le recibió, estrechándole caluro- 
samente contra su pecho civil, de aquella fusión 
increíble de dos elementos heterogéneos creados 
para repelerse, y que gracias al amor de un án- 
gel dulce y revoltoso se compenetraban y enten- 
dían. Si por casualidad esta página privada fuese 
objeto de atención para algún historiador, no ten- 
dría más remedio que afirmar la grandísima im- 
portancia de semejante concordia, que hasta en- 
tonces se había juzgado inverosímil, y al mismo 
tiempo presentar con imparcialidad el reverso, des- 
cubriendo a las futuras generaciones en qué modo 
el benemérito patricio don Cristóbal Mateo fué 
víctima de una injusticia social y de la persecu- 
ción de sus conciudadanos. 



166 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Es de saber que todo el mundo en Lancia se 
creía autorizado para dar cantaleta a este respe- 
table y antiguo funcionario acerca del matrimonio 
de su ' hija. Unas veces directa, otras indirecta- 
mente, siempre que tocaban tal punto aludían a 
las opiniones contrarias al desenvolvimiento de las 
fuerzas de tierra sustentadas por él hasta entonces. 
Al matrimonio dio en llamársele «el aumento del 
contingente», y algunos llevaron su procacidad 
hasta darle tal nombre delante de su futuro yerno. 
Fácil es de concebir cuánta saliva habría tenido 
que tragar antes de perder, como lo hizo, una mo- 
lesta y mal entendida vergüenza. 

Pero a despecho de todas las diatribas y mur- 
muraciones de los vecinos, que reflejaban, en el 
sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, 
la envidia que ardía en la mayor parte de los co- 
razones, «el aumento del contingente» se abría 
ipaso. El plazo fijado para realizarlo fué el mes 
de agosto. Cuando llegó el momento había adqui- 
rido tal importancia que, como sucede generalmen- 
te en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de 
otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cua- 
tro hijas eran numerosísimas, y todas ellas aspira- 
ban a ser invitadas el día de la boda. Por otra 
parte, la misma aspiración alimentaban en su pe- 
cho algunos dignos y pundonorosos oficiales del ba- 
tallón de Pontevedra amigos del futuro. No siendo 
posible reunir tanta gente en el hogar poético del 
Jubilado, se pensó celebrar la boda en el campo. 
La casa más a propósito era la de la Granja por 
su proximidad a la población. Don Cristóbal se la 
pidió al conde, con quien tenía extremada con- 
fianza, lo mismo que sus hijas, y éste se apresuró 
a, ponerla a su disposición. 

En la iglesia de San Eafael se consumó de ma- 
drugada aquella venturosa alianza, prónda segura 



EL MAE STK ANTE 



167 



de paz entre el elemento civil y el militar. Bendí- 
jola Fray Diego que, por ser el sacerdote más bi- 
zarro y el más firme bebedor de anisado de la ca- 
pital, gozaba de gran prestigio entre la oficiali- 
dad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi 
otros tantos caballeros. En cuanto terminó se tras- 
ladaron todos a la Granja para pasar allí el día. 
Por hallarse tan cerca de la población no se ne- 
cesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del 
conde de Onís y de Quiñones para transportar a 
los novios y a algunas personas de edad avanzada, 
como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados 
estaba casi toda la tertulia del Maestrantte, bas- 
tantes de la de las de Meré y un número crecido 
de oficiales. 

El conde había hecho asear, hasta donde era 
posible, el vetusto caserón. Casi todos lo cono- 
cían como su propia casa. Era el sitio obligado 
de las jiras campestres por hallarse tan cerca y 
por el hermoso bosque que tenía. Los condes ja- 
más habían negado fel permiso. En cuanto llegaron 
y gustaron el chocolate, que les esperaba en el 
vasto salón con pavimento de ladrillo de la planta 
baja que servía de comedor, se diseminaron sin 
ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a 
matar las horas del mejor modo posible hasta que 
sonase la de comer. La novia, con Amalia, que 
había sido su madrina, y otras dos señoras se fué 
a sentar gravemente en una de las habitaciones. 
Tenía los ojos brillantes, las mejillas coloradas y 
procuraba inútilmente disfrazar con un continen- 
te digno y serio la profunda emoción que la em- 
bargaba. Las que la acompañaban, casadas todas, 
la acariciaban sin cesar, pasando la mano por sus 
cabellos, dándole palmaditas en las mejillas, co- 
giéndole las manos y de vez en cuando inclinán- 
dose para estampar un beso en su frente con esa 



168 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



condescendencia, mitad cariñosa, mitad irónica, 
con que las veteranas del matrimonio contemplan 
a las bisoñas. No ha^ una de aquéllas que al acer- 
carse a una novia no sienta vibrar en su pecho el 
eco de cierta música lejana y divina ; viene a sus 
labios el gusto de la miel de la remota luna ; pero 
llega ¡ ay ! , con el dejo amarguillo de algunos años 
de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay 
un poeta desengañado de su musa. De aquí la son- 
risa baironiana que aparece en su rostro al ob- 
servar la dicha que arde en los ojos de una despo- 
sada. 

Emilita había cambiado de carácter en un 
cuarto de hora. Todo lo juguetona y pizpireta que 
se había mostrado hasta entonces, aparecía ahora 
grave y espetada. Disertaba sabiamente con las 
matronas, sus compañeras, acerca de la instalación 
de la despensa, del servicio doméstico que todas 
consideraban en espantosa decadencia, del precio 
de la carne. Tan vieja se había hecho en este cuar- 
to de hora, que sorprendía no ver ya alguna hebra 
de plata entre sus cabellos de oro. 

En cambio, a sus hermanas, por extraño con- 
traste, les habían quitado algunos años de encima 
desde que la menor tomara la investidura. Habían 
retrocedido hasta la infancia. Como criaturas ávi- 
das de aire y de luz para desarrollarse, lanzáronse 
al bosque las tres, animando con sus gritos e ino- 
centes carcajadas el silencio y la paz que allí rei- 
naban. ¡ Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que 
rieron, las diabluras que llevaron a cabo en poco 
tiempo aquellas loquillas ! Para entregarse a los 
juegos inocentes, que exigía' el retroceso sensible v 
que habían experimentado de pronto, se quitan 
la» mantillas, y dejan suelto el cabello, tiran los 
guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que pu- 
diera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas 



EL MAE STE ANTE 



169 



con los atributos de la adolescencia. No sólo dejan 
flotando sobre la espalda su cabellera angelical, 
sino que se despojan del reloj, de las pulseras y 
sortijas que entregan a su papá, colgándose antes 
de su cuello para hacerle mil caricias como niñas 
sencillas y apasionadas que eran ; hecho lo cual y 
al observar que algunos dignos oficiales del bata- 
llón de Pontevedra las contemplan, huyen rubo- 
rizadas y confusas, se recogen las enaguas con al- 
fileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la 
pierna, y en la inocencia de su corazón huyen, 
huyen siempre por el bosque adelante, esquivando 
como las ninfas de Diana las miradas ardientes de 
la oficialidad. 

Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario 
donde las sombras se espesan, donde no llegan 
lqs ruidos mundanales ni penetran los ojos mali- 
ciosos de los hombres, llaman con gritos de ale- 
gría, como pajaritos de Dios, a sus compañeras, 
las invitan a yenir a disfrutar de aquella amable 
seguridad donde libremente pueden mostrar sus 
gracias y recrearse sin peligro de ser sorprendi- 
das. Entonces una propone jugar a la cuerda y las 
demás acceden batiendo las palmas. Jovita es la 
primera. Salta, salta, hasta que queda rendida y 
se deja caer sobre el césped, llevándose la mano 
al corazón, que palpita con la fatiga, no con la 
agitación insana de las pasiones juveniles. Luego 
salta otra, luego otra y otra hasta que todas se 
tienden exánimes pero risueñas, reflejando en sus 
mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce 
alegría que se escapa de un pecho inocente. Y en 
cuanto descansan se proponen jugar «al milano 
que le dan — cebollita con el pan» . ¡ Qué risa ! 
¡ qué algazara ! ¡ cómo resuena el dormido bosque 
con las voces argentinas de aquellas bellas y tier- 
nas criaturas ! Cansadas de este juego se diseminan 



170 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



por un momento. Algunas forman grupo senta- 
das al pie del tronco de un roble y se cuentan en 
voz baja como suave gorjeo mil puerilidades en- 
cantadoras ; otras se entregan apasionadamente a 
la busca de florecillas azules y hacen con ellas ra- 
milletes que colocan en el pecho ; otras se persi- 
guen, como las golondrinas en el aire, con chilli- 
dos penetrantes. Otras, las más resueltas, dedi- 
can sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros bi- 
chos temerosos. Pero luego tornan a juntarse por- 
que hay una chica muy aturdida que apuesta a 
encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay otra 
maligna que dice que sí, que ella la ayudará. Ma- 
nos a la obra. Empezó la animosa joven, que se 
llama Consuelo, a poner sus piececitos en las ru- 
gosidades del roble más asequible. La compañera 
maligna, que no es otra que Socorro, la tercera 
sirena del Jubilado, la sostiene. Encarámase al fin 
la primera en la cruz de dos ramas ; asciende des- 
pués a otra ; aplauden las ninfas y la alientan con 
gritos de entusiasmo... 

Mas he aquí que Eubio, el teniente de la ter- 
cera, hombre acreditado de audaz entre sus com- 
pañeros de arma y de un genio devastador para 
el sexo femenino, se presenta de improviso aso- 
mando su cabeza temeraria por encima de unas 
matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y que- 
dan petrificadas en la actitud en que las sorprende. 
Consuelo, desde lo alto del árbol, le apostrofa con 
violencia. Si en su mano estuviera transformaría in- 
mediatamente en ciervo a aquel nuevo Acteón. Acá, 
para ínter nos, es posible que prefiriese transfor- 
marle primeramente en marido, sin perjuicio de 
acudir más adelante a la metamorfosis clásica... 
Pero Eubio, el teniente de la- tercera, conoce per- 
fectamente el valor de estos gritos y estos após- 
trofes. No se inmuta ; sonríe maliciosamente y Ha- 



EL MAE STE ANTE 



171 



ma con voz ronca a sus hermanos de armas. ¡ Qué 
confusión, qué espanto entre aquellas risueñas hi- 
jas de los bosques al aproximarse en columna ce- 
rrada los hijos de Marte ! Sin recoger las manti- 
llas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en su- 
ma de lo que las pertenecía, huyen y se desbandan 
por la floresta lanzando gritos ele terror. Pero los 
sátiros de pantalón encarnado las persiguen con 
saña, las atrapan aquí y allá y las traen cautivas 
en medio de risotadas odiosas. Mientras tanto la 
pobre Consuelo, encima del árbol y bloqueada por 
tres de estos silvanos voluptuosos, se niega termi- 
nantemente a bajar mientras no se alejen por lo 
menos cincuenta varas. Ellos ¡ los crueles ! , se nie- 
gan. Euega la ninfa, se irrita, está a punto de 
llorar ; pero ni su enojo ni sus lágrimas consiguen 
ablandar el corazón empedernido de los infames 
sátiros. Por fin se resigna a descender y, aunque 
toma muchas y castas precauciones, éstos logran 
ver un pie deliciosamente calzado y un nacimiento 
de pierna que les hace rugir de gozo. Pero,' ¿dónde 
está Eubio? ¿Dónde está el más terrible y feroz 
de todos ellos? No se sabe, mas al cabo de mucho 
tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a 
Socorro, la más sentimental de las ondinas de don 
Cristóbal. En los rasgos crueles de su fisonomía 
viene pintada la expresión del triunfo, y en los de 
ella la vergüenza y la sumisión de una cautiva. 
Muchas horas después, en las últimas de la no- 
che, sentado a una m$sa del café de Marañón y 
rodeado de ocho o diez de sus colegas, el teniente 
de la tercera narraba con sonrisa malévola el venci- 
miento de la ninfa, calculando lo menos en veinti- 
cinco o treinta los besos que logró robarle en dis- 
tintos sitios de su rostro hechicero ; y todos los hi- 
jos de Marte aplaudían y celebraban con homé- 



172 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



ricas carcajadas aquel nuevo triunfo do su heroico 
compañero. 

Finalmente, los vencedores no se mostraron de- 
masiado tiranos, y el orden se restableció gracias 
a la llegada oportuna de las señoritas de Meré, 
que venían acompañadas de María Josefa y de 
Paco Gómez. Las autoras y únicas responsables 
de todo aquello habían sacado el fondo del cofre. 
Carmelita traía un vestido de alepín de seda negra 
que sólo salía a relucir en las grandes ocasiones, al 
paso que Nuncita, por contar menos años y res- 
petabilidad, podía lucir un traje «claro con flores 
bordadas, como sólo se ven en los retratos del si- 
glo pasado. Estaban alegres, rebosando satisfac- 
ción por los ojos ; pero las piernas no respondían 
a aquella eterna juventud de sus corazones : ca- 
minaban apoyándose en sendas muletas y agarrán- 
dose con la mano Ubre al brazo de sus acompañan- 
tes. Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oye- 
ron asimismo algunas frases harto familiares, de 
esas que nadie más que las benditas de Meré con- 
sentían y reían. Por eso tenía poco mérito el em- 
bromarlas. Jamás se dio el caso de verlas enfada- 
das con sus amigos, y eso que algunos se desli- 
zaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a 
la grosería. En cambio eran muy propensas a la 
guerra intestina, esto es, a irritarse una con otra ; 
perora sabemos en qué paraban siempre estas 
misas. 

El espíritu temerario del teniente Eubio, apre- 
tado por las circunstancias, engendró una idea fe- 
licísima, es a saber : que para mejor pasar el rato 
hasta la hora de comer se construyese- un colum- 
pio, donde las damas pudieran gozar la dicha de 
sacudirse el diafragma algunos instantes, y los ca- 
balleros la de proporcionársela moviendo galante- 
mente el aparato. Dicho y hecho : se buscan cuer- 



EL MAESTKANTE 



173 



das, se sierra una tabla ; en menos de un cuarto 
de hora todo queda terminado. Rubio, mientras 
se lleva a cabo, no deja de hacer guiños expresivos 
a sus compañeros, que comprenden, sonríen, ca- 
llan, profundamente admirados, como siempre, de 
la audacia y penetración del teniente de la terce- 
ra. Ya está amarrado el columpio. ¿Quién es la 
primera? Todas manifiestan la misma vergüenza, 
idéntico rubor colorea sus mejillas. A una se le 
ocurre malignamente proponer que lo estrene Nun- 
cita. Las demás aplauden la idea. Nuncita resis- 
te aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni 
lo niega. Las instancias se repiten sin cesar. Los 
mancebos encuentran la idea cada vez más ori- 
ginal. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplau- 
sos frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alfé- 
rez de la primera, levanta en brazos a la Niña y la 
sienta en la tabla. 

— ¡ Agárrate bien, Nuncia ! — le grita Paco Gó- 
mez, mientras el citado alférez y algunos otros 
amigos empiezan a mecerla. 

— ¡ Suave, suave ! — exclama Carmelita. 

No hay cuidado ; así lo hacen, porque temen 
dar con ella en tierra. Pero aun moviendo el co- 
lumpio con parsimonia, el aire consigue levantar, 
al poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. 
Los oficiales ríen y empujan el columpio para que 
se vea más. 

— ¡ Fuerte, fuerte, que algo se pesca ! — les gri- 
ta Paco Gómez. 

Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas, 
se tapan la cara y se abrazan unas a otras dicién- 
dose palabritas al oído. 

— ¡ Alto, alto ! — exclama Carmelita — . ¡ Paren 
ustedes ! 

Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van su- 



174 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



biendo, subiendo : no se sabe dónde se van a de- 
tener. 

— -¡ Alto, alto ! ¡ Por Dios, señor alférez ! 

— ¡ Anda con ella ! — rugen los militares. 

Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nun- 
cita está tan asustada que no tiene tiempo a pen- 
sar en el pudor. 

— ¡ Señor alférez ! ¡ Señor capitán ! — grita. Car- 
melita toda temblorosa, agitando los brazos, la 
mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra la 
superior, desdentada también, con un estremeci- 
miento particular — . ¡ Señor capitán, téngase, por 
Dios ! ¡ Por la Virgen del Amor Hermoso ! . . . ¡ Pa- 
re ! ¡ pare ! . . . ¡ pare ! 

— -j Sooó ! -T- exclama Paco. 

Pero el capitán es sueco y sigue apretando. Las 
enaguas de Nuncita se encuentran ya en la más 
alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes se 
vuelven de espaldas ; algunas corren riendo a ocul- 
tarse entre los árboles. Sólo cuando hubieron con- 
sumado su obra de desvergüenza se consiguió que 
los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita 
tomar tierra. Su hermana, en vez de enojarse con 
los culpables, la emprende con ella llena de furor, 
vibrando rayos por los ojos. 

— ¡ Bájate, picarona ! ¡ Escandalosa ! ¿Es ésa la 
educación que has aprendido de tus padres? ¿Es 
eso lo que te aconseja el confesor? 

Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros 
y suelta la llave de las lágrimas. La juventud mas- 
culina, lo mismo que la femenina, tratan de cal- 
mar a la enfurecida Carmelita. El capitán y el 
alférez echan sobre sí toda la culpa. Es en vano. 
La cólera no se apaga hasta que no se descarga 
de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre 
Niña, sentada en el suelo, sollozando, con la cara 
oculta entre las manos, excita la compasión de 



EL MAESTKANTE 



175 



todos los presentes, que no cesan de interceder por 
ella. 

Se trata de saiber cuál es la que ha de subirse 
al columpio después. Ninguna quiere : es natu- 
ral. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hom- 
bres tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano 
que militares y paisanos expliquen su conducta 
en el suceso anterior y hagan juramento de no 
reincidir y estar comedidos y prudentes y siem- 
pre a las órdenes de las damas. Estas no se fían. 
Sobre todo el teniente Eubio les inspira un terror 
pánico considerándolo, y no sin razón, como el 
alma de todas aquellas intrigas libidinosas. 

Pero cuando más desesperanzados estaban, he 
aquí que Consuelo, aquella niña aturdida y resuel- 
ta que hacía poco se había encaramado en un ár- 
bol, habla al oído de una compañera y luego se 
adelanta y dice, con espanto de sus compañeras : 

— Yo me subo. Ayúdenme ustedes. 

Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas 
palabras. Por algunos instantes no se oyó más 
que ¡ viva Consuelo ! ¡ viva Consuelo ! entre la mu- 
chedumbre frenética. No hay quien no quiera ayu- 
darla y quien no la colme de flores y agasajos. 
El alférez atlético, con ademán caballeresco, pone 
una rodilla en tierra y la invita a que afiance el 
pie sobre su muslo. La intrépida joven no se hace 
de rogar y lo ejecuta, sentándose de un salto en 
la tabla. Lo mismo militares que paisanos se las 
prometen muy felices y cambian entre sí miradas 
de inteligencia, decididos a faltar a su palabra y 
a pagar la confianza de la niña con la más negra 
traición. Mas cuando ya se disponían a dar co- 
mienzo a su obra maléfica empujando el aparato, 
Consuelo hace seña a su compañera. Se adelanta 
ésta con un puñado de alfileres y en un instante le 
prende las enaguas por debajo, de tal manera que 



176 * AEMANDO PALACIO VALDÉS 



no hay forma, de que se le vea ni la punta del pie 
aunque echen a vuelo el columpio. El sexo feme- 
nino aplaudo con entusiasmo loco. 
— ¡ Bien, Consuelo, bien ! 

El masculino, enfadado y mohino, no se atre- 
ve, sin embargo, a protestar ruidosamente, pero 
murmura de aquella falta de confianza, mientras 
la interesada, orgullosa de su ocurrencia, los con- 
templa con sonrisa burlona. La desgracia fué com- 
pleta. Los alfileritos obtuvieron un éxito tan li- 
sonjero que no hubo niña que no se subiese al apa- 
rato que no se hiciese coser la ropa previamente 
con ellos. 

Mientras tales memorables escenas se efectua- 
ban en el bosque, Jaime Moro, desdeñando los 
placeres campestres, había logrado catequizar a 
fray Diego y a don Juan Estrada-Rosa para echar 
un tresillito. Se aburría en la iglesia, se aburría 
en el bosque, en la ciudad y en la campiña. Tan 
sólo recobraba la serenidad de espíritu y renacía en 
él la calma y la alegría cuando tomaba las cartas 
en la mano. La suerte quiso serle aciaga. No había 
naipes en la casa. Pero no se arredra por eso. Baja 
a la cocina, llama aparte a un criado, al que le 
pareció más ligero y musculoso, y dándole una 
propina le encarga que a todo correr vaya a la 
ciudad y traiga un par de barajitas. Mientras tan- 
to, para que no se le escapen, hace esfuerzos por- 
tentosos por entretener a sus compañeros, hablán- 
doles de lo que más puede interesarles, sobre todo 
a don Juan, que manifestaba tendencias muy se- 
ñaladas, a desertar, seducido por la idea absurda 
de dar un paseo por la quinta y hacer una visita 
al molino como otros de los invitados. Moro su- 
daba de congoja temiendo no poder resistir hasta la 
vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo. 
En cuanto tuvo en su poder las anheladas barajas 



EL MAE STE ANTE 



177 



ya fué otro hombre. Seguro de la victoria los arras- 
tra a una de las salas retiradas del caserón, se hace 
traer una mesa adecuada, bujías, cerveza, cigarros 
y ¡ vamos allá ! . . . Después de haber estado a dos 
dedos de perderla, Jaime Moro gozaba de aquella 
felicidad con una ruidosa alegría, que causaba en- 
vidia. 

Un buen golpe de gente ridicula, sin imagina- 
ción bastante para comprender ni gustar las dul- 
zuras del tresillo, se había ido, con el Jubilado a 
la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después 
el molino de nuevo sistema que el conde había 
montado hacía poco tiempo. Formaban la comi- 
tiva, entre otros, el novio, el propio capitán Nú- 
ñez, con aquellos de sus compañeros menos pro- 
picios al sexo femenino, Granate, don Enrique 
Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al conde no 
se le pudo arrastrar porque no se le halló. Se dijo 
que estaba dando órdenes a los criados y vigilan- 
do algunas obravS allá lejos, pero no se le halló tam- 
poco en ellas. Uno que hacía allí de capataz o me- 
dio mayordomo se brindó a servirles de guía. 

La finca estaba situada en la pendiente de la 
misma suave colina donde está asentada Lancia. 
A espaldas de la casa se encuentra el bosque, que 
le priva de la vista de la ciudad. Así que con ha- 
llarse tan próxima parece que se está a cien leguas 
de ella, en la amable soledad del campo. Al mismo 
tiempo la protege contra los vientos del Norte y 
del Oeste, dejándola solamente abierta a las tem- 
pladas y benéficas corrientes que vienen del Me- 
diodía y del Este. No llegan hasta allí los ruidos de 
la población. Tan sólo las campanas de la catedral 
suenan a ciertas horas del día dulcemente amor- 
tiguadas por la distancia. La carretera general va 
por detrás del bosque. Otra pequeñita, que arranca 
de ella, la pone en comunicación con la quinta. 

MAE STR ANTE. — 12 • 



178 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



No hay en ésta, como ya sabemos, ningún parque 
a la inglesa o a la francesa, ni jardincitos ni cas- 
cadas, ni grutas artificiales. Es una finca nátad 
de recreo, mitad de labor. Primero el bosque, lue- 
go la casa con síu corrada ; después an jardín vasto 
y abandonado ; en seguida praderas inmensas que 
se extienden por la falda de la colina y llegan has- 
ta el río y aun lo salvan y se dilatan por la opuesta 
orilla. Por estas praderas se ve pastando el ganado, 
se oyen sus esquilas y los ladridos de los perros. 
Es fácil forjarse la ilusión de que se está en el 
seno de la naturaleza solitaria. La paz es profun- 
da y sólo la interrumpe el canto de un pájaro o 
el mugido de una vaca. 

Los excursionistas recorrieron las cuadras, que 
estaban bien cuidadas, pues el conde tenía afición 
a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó que 
las había visto en Holanda mucho mejores. 

— Figúrense ustedes, señores — manifestó con 
su característico acento gallego — , que allí a las 
vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben? y 
lo tienen suspendido para que cuando les da la 
gana de proveerse lo puedan hacer sin ensuciár- 
selo. 

Esta noticia, rigurosamente exacta, hace sol- 
tar la carcajada a los presentes. 

- — ¡ Pero este don Kamón cuándo se cansará de 
inventar patrañas ! — se decían los unos a los otros 
por lo bajo, todo por causa de aquella maldita re- 
putación de embustero que había adquirido. 

— Pue eztán bien atrazaíyo en Holanda, ami- 
go Z aleta — manifestó Valero, que no le dejaba 
pasar una — . En Málaga, cuando a alguna vaca 
le da la gana de ezo, ze le zienta en un inodoro y 
ze la limpia depué con papel higiénico. 

Saleta no se dió por ofendido. Estaba tan ave- 
zado a la incredulidad de sus oyentes, que aunque 



EL MAE STK ANTE 



179 



ahora reventase eon la verdad no le impacientaba 
que no se le creyese. 

Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron 
el camino de los prados a campo traviesa, y des- 
cendieron hasta el río guarnecido, por entrambas 
orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los cuales 
formaban a trechos una mata espesa por debajo 
de la cual corría obscuro y tétjico. El río Lora es 
uno de los menos caudalosos y al misino tiempo 
de los más originales de España. Antes de llegar 
al mar, «que es el morir», como dijo el poeta, se 
arregla para dar infinidad de vueltas como un viejo 
marrullero que pretende burlarse de la ley común 
a los seres creados. Imposible imaginarse un cauce 
más extravagante. Sale de cualquier población muy 
resuelto y boyante ; parece que va a tragarse las 
leguas y marchar impávido hasta el océano. Pero 
al cuarto de hora se arrepiente, da la vuelta y re- 7 
torna lento y cabizbajo cerca del punto de partida, 
lo cual hace pensar a algunos, no sin fundamento, 
que camina cuesta arriba. Sale de nuevo, no por 
voluntad, sino apretado por las oircunstaacias ; 
esta vez se pierde de vista ; todo el mundo cree 
que se va de veras para no volver. No es así, sin 
embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya 
no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapa- 
damente y trata de meterse otra vez por él, pero 
le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un 
poco y va a parar a alguna aldea próxima del 
mismo concejo. Jamás siguió una carrera franca 
y abierta. Como todos los caracteres rebajados, 
repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura para 
deslizarse debajo de alguna peña o una mata y 
ocultarse a las miradas de los hombres y perma- 
necer allí estancado, corrompiéndose en degradan- 
te ociosidad. Nadie se fíe de él. Con sus aparien- 
cias de viejo inválido y reumático, incapaz de dar 



180 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



un paso, ha engañado a muchos zagales. Los in- 
vita a bañarse haciéndoles pensar que no tiene me- 
dia vara de fondo, y luego los estrangula misera- 
blemente entre sus aguas verdes. No se hallarán 
dentro náyades de celestial hermosura quebrando 
al nadar con sus brazos de alabastro los frágiles 
cristales, ni saldrán de noche a jugar sobre su lin- 
fa las graciosas ondinas de cabeUera blonda. El 
río Lora es taciturno, enemigo de toda idealidad 
poética. Nada de seres fantásticos. Lo único que 
alimenta con verdadero cariño es un enjambre de 
ranas, tan grande que causa vértigo el pensar qué 
número de ellas vivirá bajo su amparo. Ellas son 
las que se encargan de alegrar con su voz armo- 
niosa los parajes que recorre. 

Ellas fueron también la* que impidieron con 
ruido atronador que Saleta pudiese afirmar, como 
afirmó después que se vieron lejos, que estando 
a orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido la 
suerte de matar de una pedrada un cocodrilo. Ver- 
dad que bajo la mirada insistente de su colega Va- 
lero se apresuró a rectificar haciendo constar que 
el cocodrilo era todavía cachorro y no tenía más 
que una carrera de dientes. 

Siguieron buen trecho la margen sombría del 
Lora y lo atravesaron por un puente lúsüco en el 
sitio donde el conde lo había desangrado, por me- 
dio de una acequia, para dar movimiento a su mo- 
lino. Mas en aquel punto, a los amigos del novio, 
representantes genuinos del elemento más vigoroso 
y masculino del batallón, se les despierta repenti- 
namente el sentimiento de su fuerza y del poder 
muscular de sus piernas. Un teniente salta la ace- 
quia. Un capitán, por no ser menos que el subal- 
terno, también lo hace pero se moja los pies. Ex- 
citado el amor propio, se despoja de la levita y vuel- 
ve a saltar con felicidad. Los demás le imitan. Al 



EL MAE STE ANTE 181 



instante toma aquello el aspecto de juegos olím- 
picos y todavía más de la gran batuda americana. 
Pero Núñez es un eminente saltarín. Así estaba de 
antiguo reconocido en todo el ejército y más par- 
ticularmente en el arma de infantería. Saltó tres 
o cuatro vectes con gran agilidad ; mas, queriendo, 
como es lógico, sobreponerse a sus compañeros y 
dar prueba gallarda de su destreza, afirma en tono 
desdeñoso que «aquello no vale nada» y que él es 
capaz de saltar la acequia volviéndose de espalda. 
Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus 
colegas, pero también con un silencio que al ca- 
pitán se le antojó dubitativo. Y sin aguardar más 
resuelve confundirlos. No se despoja de una sola 
prenda del uniforme, que esto queda para los neó- 
fitos ; toma vuelo, y al llegar al bordo del agua 
se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna 
que los pies se le enredan en unos juncos y cao de 
espaldas tan largo como era en medio del arroyo. 
Se oculta a las miradas de sus amigos por un mo- 
mento, y sale al fin bufando y chapoteando como 
un verdadero tritón, diciendo que no es nada y que 
va a saltar otra vez para que se vea. Pero su padre 
político no lo consiente. Le pasea las manos por 
el cuerpo para cerciorarse de que está calado (¡ có- 
mo había de estar !), y, presa de insana agitación, 
él, que hacía poco tiempo hubiera exterminado 
en pleno a toda la milicia, comienza a gritar : 

— ] Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... 
¡ Una pulmonía ! . . . ¡ Mudarse ! . . . ¡ Fricciones ! . . . 
¡ Una fiebre reumática ! 

Y otras exclamaciones más o menos coherentes, 
que daban testimonio del profundo interés que la 
salud del oficial le inspiraba. 

Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias 
y vuelve hacia la casa con semblante fiero y .ce- 
ñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los 



182 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



calcetines y a meterse en la cama mientras se man- 
da propio a Lancia por una muda. Todos sus ami- 
gos le rodean, y así llegan hasta la casa. Emilita, 
que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pre- 
gunta con sorpresa : 
— ¿Qué es eso? 

— Nada — le grita su papá — , que Núñez se ha 
caído a la acequia. 

Naturalmente al oír esto Emilita lanza un gri- 
to desgarrador y cae desmayada en brazos de va- 
rias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando 
su propia salud, corre a socorrerla. En pocos mo- 
mentos se llena la habitación de vasos de agua, 
y salen a relucir también dos o tres frascos de an- 
tiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el co- 
nocimiento y llega el momento crítico de las lágri- 
mas, su hermana Micaela no puede contenerse ; 
increpa violentamente a su papá. 

— ¡ Esto ha sido una verdadera barbarie ! ¿ Se 
ha figurado usted que su hija tiene el corazón de 
bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita para 
herir de este modo a una pobre criatura ! . . . 

La pobre criatura le paga aquella defensa con 
una mirada cariñosa de sus ojos húmedos, apre- 
tándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se 
encuentra en el último grado del abatimiento y 
apenas se atreve a murmurar «que viendo a Núñez 
vivo a su lado no había razón para tanto susto», 
lias señoras juzgan que Micaela ha estado irres- 
petuosa con su padre, pero al mismo tiempo no 
pueden menos de convenir en que aquello ha sido 
un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada es- 
posa una ardiente simpatía. 



VIII 



EL VINO DE FERNANDA 



Fernanda no había presenciado nada de esto. 
Estuvo a primera hora en el bosque, haciendo de 
ninfa pudorosa como sus compañeras ; pero can- 
sada pronto del papel, se apartó de ellas y comen- 
zó a discurrir por los lugares más solitarios. Su 
cabeza, tan erguida siempre, se doblaba bajo el 
peso del tedio o la preocupación ; su talle flexible, 
ondulante, se movía sin compás girando a un lado 
y a otro como el cuerpo de un beodo ; arrastraba 
los ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos afri- 
canos que eran el más preciado ornamento de la 
noble ciudad de Lancia, y por su frente pálida 
cruzaba una arruga bien profunda, signo de pen- 
samiento fijo y doloroso. ¡ Cuánto le había ator- 
mentado desde hacía dos meses ! La impresión 
que los amores del conde había dejado en su 
alma, sofocada al principio por el orgullo, por 
la esperanza de volver a ellos, se había dilata- 
do de pronto al conocer el secreto de su desvío, 
había hecho irrupción en ella, la había llenado 
toda y la abrasaba de amor y de celos. Eran tanto 
más ásperos éstos cuando que vió claramente que 
Luis la había estado engañando mucho tiempo, 



184 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



Ib había fingido cariño cuando amaba ya a otra. 
La miserable traición de Amalia la sublevaba, le 
inspiraba horror y repugnancia ; pero la del conde, 
tenía que confesárselo, la traspasaba de dolor y 
acrecía su pasión desmesuradamente. 

Supo, no obstante, mantener su dignidad a flo- 
te. Siguió frecuentando el trato de Amalia y man- 
tuvo con ella en apariencia las mismas relaciones 
amistosas, mas a despecho suyo, sin darse ella 
misma cuenta, había unas veoes en su actitud, 
otras en sus ojos, otras en su acento, un leve dejo 
amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido para 
la penetrante valenciana. Con su ex novio se mos- 
tró circunspecta, dejó aquel tono agresivo que con 
él acostumbraba a emplear y se hizo más suave y 
formal ; pero también, con gran disgusto suyo, la 
emoción que sentía al hablarle se traslucía no po- 
cas veces en una leve alteración de la voz y en 
palideces o rubores enfadosos. Su vida interna, du- 
rante aquellos seis meses, había sido devorada por 
una actividad febril, ansiosa, mareante, disimu- 
lada con esfuerzo bajo actitud tranquila y altiva. 
A veces la sorda irritación que la minaba no podía 
resistir tanta presión, y estallaba en un flujo de 
palabras candentes, injuriosas, que pronunciaba 
en voz baja, al advertir algún signo de inteligen- 
cia entre los traidores. Su naturaleza ardiente, 
orgullosa, lisonjeada por un padre que llegaría has- 
ta el crimen por darle gusto, y por un enjambre 
de adoradores postrados a sus pies, botaba ante 
aquel obstáculo, el primero con que había trope- 
zado en su vida, como un potro salvaje. 

En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse. 
Escribió varios anónimos a don Pedro, pero nin- 
guno llegó a su destino. Antes de echarlos al co- 
rreo los rompía. El gran fondo de dignidad que 
había en su carácter se sublevaba ante un proce- 



EL MAE STR ANTE 



185 



der tan bajo ; los rompía vertiendo lágrimas de 
despecho. Después de hacer trizas el último que 
escribió, tuvo ocasión de alegrarse, pues supo ca- 
sualmente aquella noche que ninguna carta llega- 
ba a poder de Quiñones sin pasar por las manos 
de su esposa. Otras veces no podía más ; se rendía 
a la pesadumbre de sai pena y se dejaba caer en 
una butaca-, y pasaba largo rato con los ojos extá- 
ticos en meditación intensa y dolorosa. Acometían- 
le, en estos momentos, súbitos arranques de ter- 
nura ; se .confesaba sin rubor, con gozo voluptuo- 
so, el amor que sentía ; perdonaba a Luis de todo 
corazón y se prometía amarle toda la vida en si- 
lencio, no ser jamás de ningún otro hombre. Se- 
gún transcurrían los días este sentimiento se irri- 
taba, se transformaba en deseo enfermizo, irra- 
cional. La excitación de los sentidos, que al fin 
despertaban en ella de un modo violento, juntábase 
al cosquilleo del amor propio herido, para mante- 
ner vivo este deseo. Poco le faltaba, cuando veía 
a Luis a su lado, para abrirle su pecho y confe- 
sarle la abrasadora pasión que sentía. 

Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernan- 
da buscaba a su ex novio por la finca. Todo, lo 
que allí había le interesaba profundamente, el bos- 
que, la casa , los criados, hasta los animales que 
pastaban en la pradera ; sobre todo esparcía una 
mirada simpática, brillante de emoción. ¡ Cuán 
amable le parecía aquel caserón estropeado, roído 
por la humedad y los ratones ! Después de vagar 
por las regiones más solitarias del bosque largo 
rato, entró distraídamente por los prados ; descen- 
dió lentamente hasta cierto sitio donde había al- 
gunos obreros abriendo una zanja profunda para 
desecar el terreno. Allí supo, sin preguntarlo, que 
el conde, después de estar un rato mirando la obra 
se fr^bía machado. Esperó algún tiempo para di- 



186 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



simular, y al cabo se apartó con lento paso, arras- 
trando la sombrilla, como quien no sabe adonde 
enderezarse. 

En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de 
objetivo, sino porque ignoraba dónde estuviera és- 
te. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin de- 
terminarse con claridad ; la de que Luis pudiera 
hallarse a solas en aquel momento con Amalia. 
Poco a poco, a medida que marchaba por el cam- 
po, esa idea fué adquiriendo relieve. Y según se 
precisaba, le roía el corazón, se lo llenaba de des- 
pecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No conocía per- 
fectamente sus relaciones adúlteras? Pues, con to- 
do, le causaba viva irritación, le parecía que no 
debía sufrirlo, que tenía derecho a impedir que se 
juntasen. Sin darse cuenta de lo que hacía apretó 
el paso. Sus nervios se iban alterando. Cuando 
llegó a la corrada estaba enteramente persuadida 
que los adúlteros se hallaban juntos y solos. En- 
tró en la casa y, como quien la visita por curiosi- 
dad, la recorrió toda, escudriñó hasta las más apar- 
tadas estancias. No logró verlos ; pero la circuns- 
tancia de no hallar a Amalia por ningún sitio la 
confirmó aún más en su sospecha. Fatigada de 
tanto buscar, inflamada de anhelo, nerviosa, salió 
de nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las 
personas que pudieran detenerla y se dirigió al 
jardín. En cuanto puso el pie en él despertó vigo- 
rosamente en su espíritu la esperanza de encon- 
trarlos. Aquel rincón de verdura donde los arbus- 
tos, creciendo a su antojo, se entrelazaban hasta 
formar una masa impenetrable, era a propósito 
para las confidencias amorosas. Avanzó con pre- 
caución, sin hacer ruido, por sus senderos casi 
desaparecidos, tapizados de hierba, invadidos en 
muchos parajes por las ramas de los arbustos y la 
maleza. A veces, un montoncito de lirios le cor- 



EL MAESTBANTE 



187 



taba el paso, y se veía precisada a saltar sobre 
ellos ; otras, un rododentro extendía sus ramas para 
abrazar a la camelia de enfrente y formaba bóve- 
da tan baja que necesitaba doblarse mucho para 
pasar. Antes de llegar creyó sentir leve rumor de 
voces. Quedó inmóvil y esperó algunos instantes. 
Volvió a percibirlo y se dirigió hacia el sitio de 
donde partía. 

¡ Eran ellos ! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír 
su voz claramente los había adivinado. Se pa- 
seaban por una calle más ancha y despejada que 
las otras, resguardada de un lado por el muro, 
del otro por alto seto de boj. Amalia se colgaba 
del brazo del conde con imperio y negligencia y 
hablaba mirando al suelo, mientras él se incünaba 
hacia ella risueño, sumiso, metiéndole las pala- 
bras por el oído. Los contempló desde lejos al tra- 
vés del follaje. La emoción la dejó clavada al sue- 
lo algunos instantes. Por encima del sentimiento 
de dolor y de ira que la embargaba asomó su ca- 
beza el orgullo de mujer. Después de examinar 
con ojos ansiosos la figura de Amalia, no pudo me- 
nos de murmurar con amargura : 

— ¿De qué se habrá enamorado ese hombre? 
i Si es una gata disecada ! • 

Después pensó : 

— ¿Qué se dirán? 

Acometióle un deseo vivo de escuchar su plá- 
tica, y sin reflexionar sobre el peligro que corría, 
fuése acercando poco a poco al seto, doblando el 
cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más som- 
brío y seguro, y escuchó. Sólo se les oía cuando 
cruzaban cerca. En cuanto se alejaban unos cuan- 
tos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo 
recoger más que retazos de conversación, que re- 
sultaban incoherentes. 

— Se le rozan mucho los muslos. ¡ Si vieras có- 



188 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mo va engordando ! Ni con polvos de almidón ni 
con los de rosa se consigue suavizar la irritación 
de la piel — decía la dama. 

— Hablan de la niña — pensó Fernanda. 

— No la he visto nunca en el baño. ¡ Cuánto 
daría por asistir a "él un día! 

— Es porque no quieres. 

— No, no quiero, exponiéndote a ti a un peli- 
gro y a que concluya de ese modo... 

No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen 
al final de la calle y diesen la vuelta. 

— Di que has estado en casa de esas viejas cho- 
chas y no mientas — oyó decir a Amalia, al acer- 
carse de nuevo. 

— Te aseguro que estuve en el Casino. Nos he- 
mos reunido los individuos de la junta para ver 
si se ha de decorar nuevamente el salón. Creí que 
podría salir a las diez, pero hasta las doce no nos 
separamos. ¿ No conoces el carácter disputón y mi- 
nucioso de don Juan? A casa de las de Meré hace 
un siglo que no voy. Tanto, que algunos empie- 
zan a... 

Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel don 
Juan sería su padre? Procuraría enterarse. Cuan- 
do volvieron, el conde acariciaba tiernamente la 
mano de su querida y sonreía, al hablar, con arro- 
bada expresión de felicidad. 

— Muchas veces me he propuesto dejar de verte. 
Por la noche, estando a solas en la cama, me en- 
tran terribles remordimientos. Entonces me digo : 
«Es necesario que esto concluya. Los dos nos con- 
denamos irremisiblemente.» Y resuelvo marchar- 
me de Lancia y hasta compongo todo un plan de 
vida ; viajo con la imaginación por toda Europa ; 
me olvido de ti ; vuelvo al cabo de algunos años, 
y en vez del amor antiguo se renueva en mi cora- 
zón una amistad tierna y honesta, en la cual po- 



EL MAE STB ANTE 



189 



demos descansar tranquilos sin temor al castigo 
del Cielo... Pero así que amanece, estas resolucio- 
nes se disipan, sucumbo a la tentación, voy a tu 
casa, y en cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz 
adorada. . . 

Fernanda se agarró con mano crispada al tron- 
co de una magnolia. 

A la vuelta era Amalia quien hablaba. 

— No es verdad eso. Ya te he dicho que para 
mí siempre hay un punto negro. Por más que 
pretendo forjarme la ilusión de ser la primera... 

— ¡ La primera y la última ! Yo no amaré a otra 
mujer más que a ti. 

— No sabes los celos que tengo del pasado. Cada 
día más. Di la verdad : ¿la has querido o no? 

—No. 

— Entonces, ¿cómo eras capaz de...? 

No oyó más. Fué bastante para hacer brotar 
de sus ojos una lágrima. Trató de huir. Cuando 
iba a hacerlo observó que los traidores se habían 
detenido al extremo de la calle. 

Amalia echó los brazos al cuello a su amante, 
le pone los labios en la boca y le da un beso que 
se prolonga, se prolonga una eternidad. Fernanda 
cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo ve que 
se alejan cogidos de la mano. 

Los deja salir del jardín. Los sigue inmedia- 
tamente. ¿Adonde irán? Una vez en la corrada, 
observa que se sueltan y se dirigen a la casa. En- 
tra en su seguimiento, pero ya habían desapare- 
cido y no sabe en qué habitación haUarlos. Las 
recorre todas imprudentemente, cegada por emo- 
ción extraña que no acierta a reprimir, acometida 
de un deseo vivo, anhelante, de espiarlos. 

— ¿Adónde va usted, Fernanda? — le pregunta 
un joven. 

— Ando en busca de la novia. 



190 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Pues va usted mal. Está en el otro extremo 
de la casa, en una de las salas que miran al Jíorte. 

Se vuelve para disimular ; pero inmediatamen- 
te emprende de nuevo la batida. Llega, por fin, 
a cierto gabinete cerrado ; que no es otro que el 
célebre cuarto de la condesa. Va a levantar el pes- 
tillo, como ha hecho en otros, pero se queda in- 
móvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica el 
oído. ¡ Son ellos ! 

Se aparta de allí, corre como si la persiguieran, 
se mete por el bosque y, cuando se encuentra en 
paraje solitario, se sienta al pie de un árbol y apo- 
ya en su tronco la cabeza. El rostro triste y de- 
mudado, los ojos extáticos, las manos cruzadas 
sosteniendo una rodilla, expresa su actitud una 
agonía desesperada y muda. 

Llegó la hora de comer. Se habían colocado en 
el gran salón de la planta baja de la casa dos 
mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se 
reunió instantáneamente a la palabra santa de «a 
comer» lanzada, a los cuatro vientos de la finca, 
por la ruda voz de Manín y por la argentina de 
Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos, cuan- 
do se desenvuelven al aire libre y en medio de los 
bosques, son excelentes para facilitar la secreción 
del jugo gástrico. Por eso tanto ninfas como fau- 
nos asaltan con bríos, antes de sentarse a la mesa, 
las aceitunas, los pepinos, las rajas de salchichón. 
Por voto unánime de la milicia y el clero, repre- 
sentado dignamente por Fray Diego, se cometió 
a la novia el encargo de designar sitio a cada cual. 
La festiva y revoltosa Emilita, transformada sú- 
bito en severísima matrona, llenó su cometido con 
tacto y amabilidad que le valieron el aplauso del 
concurso. A cada niña iba dando por compañero 
y servidor aquel mancebito que era más de su agra- 
do, y a cada persona mayor aquella otra con quien 



EL MAESTEANTE 191 



más congeniaba por bu humor y aficiones. Pero 
cuando llegó al delirio el palmoteo fué cuando co- 
locó al teniente Eubio entre las dos señoritas de 
Meré. Había dejado para lo último este donaire, 
que no le hizo maldita la gracia al interesado. 
Viéndose oprimido por tales vejestorios, el injusto 
forzador quedó amoscado y estuvo a punto de pro- 
testar contra la designación de Emihta y faltar a 
todas las reglas de la galantería, pero se contuvo. 
Al tiempo de sentarse se le ocurrió exclamar mi- 
rando a entrambos lados y parodiando a Napo- 
león : 

— Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta si- 
glos me contemplan. 

La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió 
el humor a aquel dañino animal. Supo contestar 
tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas, que 
aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro 
y de picaro. 

Moro se sentó al lado del conde, y mientras co- 
mían no cesó de inculcar en su alma la ventaja de 
traer al palacio de Granja una mesa de billar. Co- 
nocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa 
era la de Tutau, de Barcelona. Elogió el artículo 
como si fuese un viajante de la casa. A Luis se le 
conocía en la cara el hastío y el pesar de no ha- 
llarse sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no 
se atrevió a colocarlo en esta forma, ni tampoco 
junto a Fernanda. Lo primero sería un escánda- 
lo. Lo segundo, una molestia para ambos. 

Se comió como en un banquete de la Iliada. 
Pero el Aquiles de esta formidable pelea fué Ma- 
nín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que 
estaban a su lado, se comió once calabacines re- 
llenos. Verdaderamente Manín era digno de ser 
llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al señor 
Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se 



192 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gritó como en una plazuela. Las tres hadas del 
Jubilado, que tanto habían ganado desde que fray 
Diego echó la bendición a su hermana en inocen- 
cia y gracia infantil, tiraban bolitas de pan a los 
oficiales. Estos echaban miradas a la novia, ha- 
ciendo después guiños a' su compañero ISfúñez, y 
murmuraban palabras espantosas que les hacían 
prorrumpir en carcajadas más espantosas aún. Pa- 
co Gómez se peleaba con María Josefa. No se 
sabe cuál de los dos era peor intencionado, de quién 
partían las flechas más agudas y envenenadas. Sa- 
leta, que tenía a su compañero y censor don En- 
rique Valero lejos, se despachaba a su gusto, con- 
tando a don Juan Estrada-Rosa y a otros dos ca- 
balleros cómo se había arreglado para seducir a 
cierta inglesa, esposa de un cónsul que había cono- 
cido en Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El 
barco no se detenía allí más que veinticuatro ho- 
ras. En este breve espacio la, enamoró y logró que 
se escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella 
al instante, porque aquel lance fué objeto de una 
reclamación diplomática por parte de la Gran Bre- 
taña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de 
viva simpatía por un alférez rubio que tenía a su 
lado, le abrumaba a cuidados y delicadas atencio- 
nes. 

— Federico... una aceitunita. . . No tome tanta 
mostaza, criatura, quo le puede hacer daño. Re- 
sérvese para las perdices. Me consta <jue están ri- 
quísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me 
encargo de traerlo... 

Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa 
y traía un par de botellas que colocaba delante del 
mancebo. 

— Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. 
Cuando vino usted hace seis meses era usted del- 
gadito y pálido. Yo decía : ¡ qué lástima de joven, 



EL MAESTEANTE 



193 



tan guapo y tan simpático! Porque creía que se 
iba usted a dañar del pecho. Se conoce que llevaba 
usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues 
mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que 
cuando usted llegó traía una gabardina de color de 
ala de mosca muy bien hecha y chalina azul celes- 
te muy linda... Eeconozco que le sienta a usted 
bien el traje de paisano, pero a mí me gusta usted 
más de uniforme. Será un capricho, pero no lo 
puedo remediar. [ Vamos, que de uniforme y con 
esos bigotes a la borgoñona está usted del todo 
simpático ! 

Algunas toses significativas de los oficiales, que 
se sentaban en frente, le paralizaron de pronto. 
Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz de 
avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y 
se puso muy serio y ceñudo fué el alférez. 

Cuando el banquéte daba a su fin, algunos ca- 
balleros, favorecidos de las musas, se levantaron 
a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no 
lo hicieron en verso felicitaron en prosa a los des- 
posados, resultando que lo mismo unos que otros 
coincidieron en desearles «una eterna luna de 
ipiel» . Y lo mismo el periódico local que al día si- 
guiente dió la noticia. De todos aquellos brindis el 
más original e interesante fué el del padre de la 
novia, don Cristóbal Mateo. ¿ No había de ser ori- 
ginal oír a este sañudo enemigo de la fuerza ar- 
mada cantar sus glorias y declararse partidario fre^ 
nético del aumento del contingente y del sueldo a 
los oficiales? A las pocas palabras que pronunció 
se mostró tan enternecido, que algunas lágrimas 
rodaron precipitadamente por sus mejillas. No faltó 
quien dijo que lloraba el vino que había bebido ; 
pero estaba lejos de dar crédito a esta insinuación 
malévola, primeramente porque es un absurdo que 
se llore vino, y después porque su acento era tan 

MAESTRANTE. — 13 



194 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



sincero, su ademán tan patético, que nadie podía 
dudar de que sus palabras salían del fondo del co- 
razón. 

—...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios 
me haya dejado ver a mi hija casada con un pundo- 
noroso militar... Bien que decir militar en España 
es decir pundonoroso... Porque el ejército es la es- 
cuela del honor, como dijo cierto filósofo... Levan- 
tar el ejército, honrar el ejército, es levantar, es hon- 
rar el honor de la nación... Levantar el ejército es 
levantar el poderío y la prosperidad del país... Le- 
vantar el ejército es colocarnos al nivel de las na- 
ciones más grandes de Europa... Levantar el ejér- 
cito es vivir respetados por todo el mundo... Le- 
vantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... 
Levantar el ejército... 

— Que se levante el ejército, pero que se siente 
don Cristóbal — gritó uno. 

El Jubilado quedó parado en firme, echó una 
mirada de triste reconvención hacia el sitio de don- 
de había partido la voz, se llevó el pañuelo a los 
ojos para enjugarse las lágrimas, bebió con calma 
lo que restaba de vino en la copa y se sentó grave- 
mente entre el aplauso y la risa de los comensales. 

Fernanda no había despegado los labios duran- 
te la comida. Todos los esfuerzos de Granate, a 
quien la amabilidad de Emilita había colocado cer- 
ca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos. 
Ni por hablarle de la zafra y describirle cómo se 
recoge el tabaco y hacer cálculos exactos de lo que 
se gana en cada caja de azúcar y lo que se gana- 
ría si se rebajasen los derechos, ni por contar los 
cien pormenores interesantes sobre la importación 
de las carnes saladas de la Eepública Argentina 
y del bacalao de Terranova, logró Borneo que su 
Julieta emitiese más que secos monosílabos. Lo 



EL MAESTKANTE 



195 



único que hacía era alargarle de vez en cuando la 
copa, diciendo con imperio : 
— Eche usted vino. 

El indiano se apresuraba a cumplimentar la or- 
den. La joven la apuraba de un trago, la ponía 
sobre la mesa, y paseaba sus ojos altivos por los 
comensales, deteniéndose con insistencia en Ama- 
lia. Poco a poco aquellos ojos iban adquiriendo ex- 
presión más sombría, los párpados se le caían, se 
ponían encendidos y se movían a un lado y a otro 
con más dificultad. Don Santos, a quien sorpren- 
día aquella manera de beber, se atrevió a decir : 

- — Fernandita, bebe usted como un sumidero. 
¡ Porra ! Tengo miedo que le dé a usted un to- 
rozón. 

— Eche usted vino — respondió Fernanda lan- 
zándole al mismo tiempo una mirada torva que le 
desconcertó. 

Ya que se hubo brindado, voceado y dispara- 
tado bien, el alegre concurso volvió a diseminar- 
se. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubila- 
do y los oficiales refractarios al amor. Quedaron 
discutiendo la forma más adecuada de aumentar, 
sin gravar mucho al Tesoro, ocho duros mensuales 
a los capitanes, cinco a los tenientes y tres a los 
alféreces. Sin esta reforma declaraban explícita- 
mente los interesados que se operaría muy pronto 
una completa disolución en el ejército, y, por lo 
tanto, dejando de ser la escuela del honor, ni lo 
habría en el país, ni nos lcvantaríaPiOS jamás a la 
altura de otras naciones, ni habría prosperidad ni 
poderío ni pundonor en toda la vida. Jaime Moro 
volvió a trincar a fray Diego y a don Juan Estrada- 
Kosa y los arrastró hasta la mesa del tresillo. Don 
Juan había perdido y se mostraba reacio, pero 
el simpático mancebo logró convencerle con astu- 
cia de que, si no le había dado el naipe por la ma- 



196 ARMANDO PALACK) VALDÉS 



ñaña, era porque él, Moro, nunca había perdido 
a esa hora. Cuando le venía la mala era por la tar- 
de. Capaz sería de dejarse ganar con tal de rete- 
nerlos. 

Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin 
intervenir en la conversación de los oficiales, cor- 
taba con su navaja rebanadas de pan y las comía 
cachazudamente formando bulto en el carrillo, re- 
mojándolas con largos tragos del Burdeos que ha- 
bía quedado en las botellas. No estaba conforme 
con la comida que les sirvió Marañón, el dueño del 
café de Altavilla. Después de haberse hartado co- 
mo un salvaje, decía que todos aquellos platos eran 
perfumerías, y que donde estaba una fuente de ju- 
días con morcilla, longaniza y huesos de marrano' 
deben callarse los macarrones. Hay que advertir 
que para Manín se llamaban macarrones todos los 
manjares que no conocía, lo cual caía muy en gracia 
al Maestrante. 

Mientras terminaba tan dignamente aquella 
comida indecorosa no cesaba de murmurar pes- 
tes contra ella, haciendo responsable en parte a 
don Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando 
desde un rincón largas miradas de rencor. 

De pronto se abren con estrépito las puertas 
del salón y penetran en él cuatro muchachas en 
un estado de agitación que impresionó vivamen- 
te a los circunstantes. Sin hacer caso de los otros 
se dirigen todas al mayordomo de Quiñones : 

— ¡ Manín, un oso ! \ Manín, un oso ! 

— ¿Dónde? — pregunta aquél sin inmutarse. 

— En el bosque. 

— ¿Quién lo ha traído? 

Ante esta pregunta extravagante quedan las cua- 
tro estupefactas y suspensas. Una de ellas se atre- 
vió al fin a apuntar tímidamente : 

— Ha venido él solo. 



EL MAESTBANTE 



197 



— j Bah, bata, bah ! — exclamó rudamente el 
mayordomo. 

Y vuelve a las tajadas d|a pan con más aidor 
que antes, dando quizá con esto la razón a los 
envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar 
de los osos que había matado y se emperraban en 
llamarle zampatortas. 

— Vamos, niña, di cómo lo has visto — mani- 
fiesta la simpática Consuelo, que venía en la di- 
putación. 

Una, que estaba más pálida que las otras, avan- 
zó y exclamó con trabajo : 

— ¡ Qué miedo ! ¡ Madre mía, qué miedo ! Creí 
que me moría... porque mire usted, el oso... ¡el 
oso era horrible ! 

En tal estado de sobresalto se hallaba, que no 
pudo articular más que palabras incoherentes. 
Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez y 
dijo oon voz firme : 

— Verá usted, Manín. Esta niña se encontra- 
ba oon nosotras en la parte más espesa del bos- 
que, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un 
malvís, según creo. ¿No era ün malvís?... Bue- 
no, pues oyó cantar un tordo y se dirigió al sitio 
donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar 
con él. Cuando se volvía, sale de unas matas el 
oso, la acomete, la tira al suelo y sin hacerla daño, 
no sabemos por qué, huye y desaparece. 

El famoso cazador de osos se levanta pausa- 
damente y dice con el acento firme y sosegado 
de los héroes : 

— Vamos a ver qué es eso. 

Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos por 
las pálidas doncellas, dió uiía batida al bosque. 
Lo único que halló fué un cerdo alemán de la pa- 
reja que el conde había traído para encastar. La 
hembra había muerto y el macho vagaba triste y 



198 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



solitario por la espesura mientras se efectuaba su 
metamorfosis en morcillas y chuletas. Hube sos- 
pechas vehementes de que el autor de la agresión 
fuese este cerdo viudo, pero la joven de la aven- 
tura juraba y perjuraba que había sido un oso 
quien la había acometido, y que no le dijeran cómo 
era este animal, porque lo había visto muchas ve- 
ces disecado en el gabinete de zoología de la uni- 
versidad. 

Fernanda se había marchado mucho antes se- 
guida de Granate. Estuvieron en el jardín. Allí 
la joven se le colgó del brazo y dieron algunas 
vueltas por la misma calle en que había visto pa- 
sear al conde con Amalia. 

— Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad? — 
le preguntó bruscamente. 

El indiano, sorprendido, murmuró : 

— ¡ Oh, sí ! Dicen que estoy como un burro, y 
es verdad. 

— ¿Y qué siente usted, vamos a ver, qué siente 
usted? Expliqúese. 

— ¿Yo?... ¿Cómo? — exclamó sorprendido. 

— Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué 
siente cuando otro hombre se acerca a mí, el con- 
de, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este mo- 
mento en que va oprimiendo mi brazo? Descrí- 
bame usted sus sensaciones, lo que le pasa por 
dentro. . . 

— Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo 
tanta ley como si fuese de la familia... Y a don 
Juan, su padre, aunque sea un v poco cascarrabias, 
lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué 
me importa?... Si me casara con usted, tengo casa, 
gracias a Dios... Y no es porque yo lo diga, pero 
mi casa vale más que la suya, eso bien lo sabe 
usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Fran- 
cia, por Italia, por Ingalaterra, por donde usted 



EL MAE STE ANTE 



199 



quisiera... Y si echábamos abajo cinco mil duros, 
¡ que los echáramos ! 

Granate siguió desbarrando un buen rato en es- 
ta forma. Fernanda no le oía. Al fin le enfadó aquel 
ruido molesto y dijo con acento colérico : 

— ¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta 
de estupideces está usted ahí soltando? 

El pobre don Santos quedó anonadado. Pasea- 
ron en silencio algún tiempo. 

— ¡ Qué feo es todo esto ! — exclamó al cabo la 
joven. 

— i Cuálo ? 

— ¡ Todo ! La casa, el bosque, los prados, el 
jardín... Mire usted qué horrible es esta mag- 
nolia. 

— La casa muy fea y muy antigua, siempre lo 
he dicho... Si la dieran tan siquiera un revoque 
y me pintaran los balcones, todavía... El bosque 
no vale para nada, no trae utilidad, está ocupan- 
do un sitio precioso para hortaliza o espalera de 
fruta o lo que le manden. 

Fernanda soltó una carcajada. 

— Usted padeció alguna vez de melancolía, don 
Santos. 

— ¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen hu- 
mor. Tan sólo hace un año, que me comió un 
bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berren- 
chín que me duró dos días. 

— ¡ Qué feo está el sol ahora, visto por entre las 
ramas de los árboles ! 

— ¿Quiere usted que nos volvamos a casa? 

— No, lléveme usted hacia el río. Tengo la cara 
ardiendo y quiero refrescarla un poco con agua. 

Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí 
la heredera de Estrada-Eosa, contra las prescrip- 
ciones de don Santos, se echó agua al rostro por 



200 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



largo rato. Después que so hubo secado ascendie- 
ron do nuevo lentamente hacia la casa. 

— ¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera 
usted cómo me aburro aquí ! No puedo más ; todo 
esto me fatiga. Yo no nací para andar por los pra- 
dos como las vacas. A mí me gustan las ciudades, 
los salones, el lujo. Quisiera viajear, como usted 
dice, por París, por Londres, por Viena. Qué abu- 
rrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos pa- 
seos del Bombó ! ¡ Aquel campo de San Francis- 
co ! ¡ Aquella torre de la catedral tan negra y tan 
triste ! Luego siempre las mismas caras. La única 

Eersona divertida de Lancia es usted... En cuanto 
> veo se me suelta la* risa sin poderlo remediar. 
¿Por qué le llaman a usted Granate? Yo creo que 
el color de usted más se parece al lapislázuli... 
¿Usted habrá tenido esclavos allá en América?... 
¡ Oh, cómo me gustaría a mí tener esclavos ! ¡ Es 
tan fastidioso eso de pedir las cosas por favor ! 
Pero no, en América no; hay fiebre amarilla... 
Preferiría ir a China. 

A medida que hablaba se iba exaltando, se em- 
borrachaba con sus propias palabras. Los pensa- 
mientos sallan cada vez más incoherentes. Don 
Santos trató de decir algo, pero se lo impidió ella 
tapándole la boca con la mano. 

— Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir 
todo tú? 

El indiano empezó a inquietarse. La exaltación 
de la joven iba en aumento. Hablaba por los co- 
dos y le tuteaba rudamente. 

— Dame un cigarro. 

■ — ¡ Fernandita ! . . . ¡Un cigarro!... Le va a us- 
ted a marear. 

— ¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marear- 
me ! Tú no sabes ya qué inventar para fastidiar- 
me. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado. 



EL MAE STE ANTE 



201 



El indiano sacó la petaca : la gentil heredera 
tomó de ella una breva, le arrancó con sus dien- 
tes etiópicos la punta y pidió por señas un fósfo- 
ro. Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo 
al mismo tiempo la cabeza en señal de disgusto. 

Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un 
gesto avinagrado y exclamó : 

— ¡ Qué cigarros tan infames ! Mira, fílmate- 
lo tú. 

Y se lo puso en la boca. 

No fué, no, avinagrado el gesto de Granate al 
chuparlo. 

— ¡ Ya lo creo que me lo fumaré ! — exclamó 
sonriendo beatamente — . Me salen a doscientos 
pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo 
usted, vale un millón... 

— Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llé- 
vame a casa... Esta luz me marea. 

Llegaron hasta la oorrada cogidos del brazo. Allí 
un pollastre les dijo desde lejos : 

— ¿Dónde van ustedes? La gente está en el 
bosque. 

— Dígale usted a la gente que me río de ella 
respondió Fernanda con gesto furioso que hizo son- 
reír al muchacho. 

— ¿ Tú no conoces la casa ? — añadió bajando la 
voz y dirigiéndose a don Santos — . Pues voy a 
enseñártela toda. Verás. 

Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fer- 
nanda, sin cerrar boca, fué recorriendo todas las 
habitaciones del caserón y mostrándolas al in- 
diano. 

i — '¡ Aquí está el célebre cuarto de la condesa ! — 
exclamó con singular entonación al llegar a él — . 
Vamos a entrar. Estoy cansada. 

Entraron y la joven cerró la puerta. 

— ¿Qué hermoso, eh?... Este es el cuarto más 



202 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



hermoso y más picaro de la casa. Si estos mue- 
•bles se pusieran a contar secretos divertidos, no 
concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que 
me haga reír, porque si no vas a ver cómo em- 
piezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo 
ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... 
¡ Qué bonito chaleco traes ! ¡ Qué bien dibuja la 
redondez de la panza!... Contempla esa cama. Es 
grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística... 
Pues mira, yo la quemaría. . . Por no sentarme en 
ella, voy a sentarme sobre tus rodillas... 

Y así lo hizo. Granate, al sentir aquella carga 
tan dulce, quedó enajenado, y con increíble au- 
dacia le pasó un brazo por la cintura. La joven 
se alzó como si la hubiera pinchado. 

— ¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en 
la manigua y soy alguna negra cimarrona? 

Después de contemplarle un rato con ojos co- 
léricos, su fisonomía se fué serenando, sus labios 
se dilataron con sonrisa dulce. 

— ¿Me quieres mucho? 

— ] Casi na ! — dijo el indiano con acento pi- 
carón. 

—Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy 
a permitir que me des un beso... uno solo, ¿lo 
entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de 
saber nadie... 

El indiano hizo un juramento espantoso. 

— Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí, en 
la sien. El primero y último que me has de dar 
en tu vida... Espera un poco — añadió alzándose 
otra vez — . Por este beso yo te he de dar cincuenta 
bofetadas en esos carrillos azules... ¿Admites el 
trato? 

Granate consintió inmediatamente. La niña vol- 
vió a sentarse sobre sus rodillas e inclinó la cabeza 
para recibir el beso. 



EL MAE STR ANTE 



203 



— ¡ Bueno, ahora llega mi turno ! — exclamó con 
infantil alegría — Prepárate a recibir los bofeto- 
nes... ¡Qué carrillos, Dios mío, tan magníficos! 
¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner 
verdes ... ¡ Atención ! . . . ¡ Una ! . . . La primera. . . 
j Dos ! . . . La segunda. . . ¡ Tres ! . . . La tercera. . . 
¡ Cuatro!... ¡ Cinco! 

La mano breve y torneada de la hermosa chas- 
queaba ruidosamente en las carnosas mejillas del 
indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse 
encendidos y encarnizados, como los de un lobo, 
su sangre llameó repentinamente y con brusco ade- 
mán la sujetó brutalmente por la cintura. 

Fernanda dejó escapar un grito ahogado. 

— ¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Dé- 
jame!... ¡Déjame, bruto! 

Luchó, forcejeó con desesperación, pero no lo- 
gró desasirse... 

Al apartarse, la embriaguez había desaparecido 
por completo. Dirigió una mirada vaga, extravia- 
da, al indiano. Pero esta mirada adquirió súbito 
expresión de espanto, se fijó en él como en un ani- 
mal extraño que la viniese a acometer. 

— ¿Qué hace usted aquí?... ¡ Ah, sí ! — exclamó 
llevándose la mano a la frente — . ¡ Dios mío ! ¿ Qué 
me pasa? ¡Estoy soñando!... 

Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, ame- 
nazadores, le gritó con rabia : 

— ¿Qué hace usted ahí plantado? ¡ Salga usted 
inmediatamente ! ¡ Salga usted ! ¡ salga usted ! — 
repitió con grito cada vez más alto.x 

Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la 
puerta ella se lanza de pronto fuera, sale dispa- 
rada por los pasillos y, al llegar cerca de la es- 
calera, cae atacada de un síncope. 

La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al 



204 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



recobrar el sentido brotó de sus ojos un raudal de 
lágrimas ; no cesó de llorar en toda la tarde. Cuan- 
do la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia 
la población aún seguía llorando. 

— ¿Han visto ustedes qué vino más llorón tie- 
ne esta niña de Estrada-Kosa? — decía riendo el 
capitán Núñez. 



IX 



LA MASCARADA 

Momentos antes de que la rosada aurora abriese 
de par en par las ventanas del Oriente, Satanás, 
que amaneció de humor campechano, envió a Lan- 
cia al más travieso y juguetón de los demonios con 
encargo de despertarla. Batió sus negras alas el 
ministro de Averno sobre la ciudad y lanzó una 
carcajada horrísona, estridente, que logró arran- 
car de las profundidades del sueño a todos sus ha- 
bitantes. Despertaron con unas ganas atroces de 
reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad gu- 
bernativa, improvisar coplas y decir barbaridades. 

Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jai- 
me Moro, lo primero que hizo al saltar de la cama 
fué llamar al criado y preguntarle con semblante 
risueño si don Nicanor, el bajo de la catedral, le 
había prestado al fin su figle. El criado, sin res- 
ponder, salióse un momento del cuarto y no tardó 
en aparecer con un descomunal serpentón entre 
las manos. Y sin respeto alguno a su amo aplicó 
los labios a la boquilla y produjo un ruido teme- 
roso semejante al rugido del león. Moro, en cal- 
zoncillos como estaba, hizo una pirueta y tres o 
cuatro zapatetas en señal de íntimo regocijo, como 



206 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



si aquel ruido bárbaro hubiese tocado las fibras 
más delicadas de su corazón. Después de probar 
por sí mismo a producir idéntico rugido y cercio- 
rarse de que era bien capaz, se vistió, se aliñó y, 
tomando apresuradamente el desayuno, se salió a 
la calle liado en su capa y debajo de ella el arte- 
facto musical que tan gozoso le había puesto. A 
cuantos encontraba detenía con guiño misterioso, 
y metiéndose en el portal más próximo les mos- 
traba, lleno de emoción, el contrabando que traía 
oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer con 
él. Sonreían, le apretaban la mano significativa- 
mente y solían preguntarle al oído : 
— ¿Para cuándo? 

— Esto para la noche, pero a las doce sale la 
carroza. 
— ¿Se escaparán? 

— ¡ Ca ! Están bien tomadas las medidas. 

Y seguía su camino, embozado hasta los ojos, 
porque hacía un frío de dos mil diablos. 

Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la 
mano, sino que en justa correspondencia a su con- 
fianza sacaban con mano temblorosa de los bol- 
sillos del gabán o de lo interior de la gabardina 
algún instrumento resonante también de menor 
categoría, una trompeta, un cuerno de caza, una 
matraca. Moro aplaudía, alababa el instrumento 
sin hacer alarde de su superioridad. Y proseguía 
con marcha oblicua y trabajosa, no hacía la con- 
fitería de doña Romana, que era el término glo- 
rioso de sus expediciones matinales, sino hacia ca- 
sa de Paco Gómez. 

Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el 
vocerío de una muchedumbre de jóvenes diligen- 
tes. Todos ellos trabajaban con verdadero afán, 
con ahinco que rara vez se ve en los talleres. Unos 
cortaban estandartes, otros moldeaban caretas de 



EL MAESTRANTE 



207 



cartón ; quiénes pegaban letras negras a los trans- 
parentes de un farol ; quiénes vestían primorosa- 
mente dos grandes muñecos ; quiénes, en fin, se 
ocupaban en desatascar las boquillas de varios bom- 
bardinos y serpentones semejantes al que Moro lle- 
vaba. La estancia era una inmensa sala destarta- 
lada. Paco Gómez habitaba el palacio de un mar- 
qués que jamás había puesto los pies en Lancia, 
del cual su padre era mayordomo. El implacable 
bromista presidía vigilante y solícito los trabajos 
de sus compañeros, acudiendo a todas partes, sa- 
liendo a cada momento para dar órdenes a los cria- 
dos o para recibir los mensajes que le enviaban. 
Nunca se le había visto tan afanoso. Generalmen- 
te era displicente, y hasta en las bromas más pre^ 
meditadas mostraba cierta actitud desdeñosa, sin- 
cera o fingida, que le hacía más temible. Ahora 
echaba todo el cuerpo fuera. Es que se trataba de 
la farsa más estupenda y regocijada que había 
presenciado jamás la ciudad de Lancia desde que 
los monjes de San Vicente habían venido a fun- 
darla. El motivo era que se casaba... (apenas si 
la pluma -se atreve a estamparlo) Fernanda Es- 
trada-Eosa. . . se casaba... (vamos, que cuesta tra- 
bajo decirlo) ¡ se casaba con Granate ! 

Desde la memorable escena de la Granja, Fer- 
nanda vivió en estupor doloroso, en un abatimien- 
to de alma y de cuerpo que alarmó a su padre. 
Hizo llamar al médico. Este no halló más que un 
desequilibrio nervioso ; se curaría con algún via- 
jecito a la corte, con paseos y distracciones. La 
niña se negó en absoluto a curarse por estos me- 
dios. Ni paseos, ni teatro, ni tertulias, ni mucho 
menos pensar en hacer viaje alguno. Desde su 
gabinete al comedor, desde aquí al cuarto de su 
padre, donde solía permanecer breves instantes. 
No tenía fuerzas para subir al piso segundo ni hu- 



208 ASMANDO PALACIO VALDÉS 



mor para enterarse de los trabajos de los criados y 
dirigirlos. Cerrada en su habitación tampoco lo 
tenía para seguir labor alguna. Se dejaba caer en 
una silla y permanecía larguísimo rato inmóvil con 
las manos sobre las rodillas y los ojos extáticos. 
Algunas veces se ponía a leer y, observando que 
no se hacía cargo de lo que el libro decía, concluía 
por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y per- 
manecía de bruces sobre la baranda horas ente- 
ras con la vista fija en el espacio o en m punto 
de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar 
al saludo que muchos le dirigían, ni advertir si- 
quiera la curiosidad de que era blanco por parte 
de las vecinas. 

Mas he aquí que repentinamente se le antoja 
marcharse a Madrid. Fué necesario preparar el 
viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por 
la mañana. Por la noche montaban padre e hija 
en la diligencia : con tal ímpetu y palabras ex- 
tremosas exigió la niña el viaje. Una vez en la 
corte, cambió radicalmente su humor. Entregó- 
se con rabia, con pasión desenfrenada a los pla- 
ceres que brinda Madrid a una joven forastera, 
rica y hermosa. Vivió dos meses en la embriaguez 
de los teatros, de los paseos en coche, de los gran- 
des saraos y conciertos. Acometida súbito de una 
alegría nerviosa, parecía feliz en medio del ruido 
y el tumulto de la sociedad, donde empezó a co- 
nocérsela por el sobrenombre de la Africana. 

Para que su vida fuese aún más alegre y atur- 
dida le placía comer por los cafés y restaurants, 
como un mancebo disipado. Don Juan fluctuaba 
entre el gozo de verla contenta y la incomodidad 
aguda que le producía aquella vida desordenada, 
tan contraria a »sus hábitos y edad. 

Una tarde, regresando del paseo del Prado, Fer- 
nanda estalló repentinameníte en sollozos. Don 



EL MAE STR ANTE 



209 



Juan quedó estupefacto, aterrado ; en toda la tarde 
no había cesado de reír aquella locuela burlándo- 
se de cierto mancebito que seguía pertinazmente 
su coche. 

— ¿ Qué te pasa?. . . ¡ Fernanda ! ¡ Hija mía ! 
, La niña no respondió. Con el pañuelo en los 
ojos, el cuerpo sacudido por fuertes estremeci- 
mientos, lloraba cada vez más perdidamente. 

— ¡ Fernanda, por Dios, que la gente se está 
fijando ! 

■ El llanto se iba oonvirtiendo en ataque de ner- 
vios. Don Juan ordenó al cochero partir a escape 
a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven cesó 
de llorar y levantando la cabeza con resolución, 
exclamó : 

— ¡ Papá, quiero marcharme a Lancia ! 
— Bien, hija ; nos iremos mañana. 
— No, no ; quiero que nos vayamos ahora mismo. 
—Considera que no falta más que una hora para 
salir el tren. 
— Sobra tiempo. 

No hubo más remedio que meter apresurada- 
mente la ropa en los baúles y salir disparados a 
la estación. Sólo cuando el silbido de la locomo- 
tora anunció la salida y comenzaron a correr por 
las llanuras áridas que rodean a Madrid se calma- 
ron un poco los nervios de la excitada niña. 

Al día siguiente de llegar a Lancia no fué a 
dar los buenos días a su padre ni a tomar choco- 
late con él, como tenía por costumbre. Cuando 
ya se disponía el viejo a llamarla, entra de re- 
pente en su habitación una doméstica pálida y 
agitada. 

— ¡ La señorita se ha puesto muy mala ! 

Corrió don Juan al gabinete y la halló desenca- 
jada, lívida, por los esfuerzos que unas violentí- 
simas náuseas la obligaban a hacer. 

MAESTRANTE. — 14 



210 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



— j Pronto ! ¡ A buscar el médico ! — gritó el po- 
bre padre. 

Fernanda hizo un gesto negativo y articuló dé- 
bilmente : 

— No, que llamen al penitenciario. 

No hizo caso. Vino el médico y, después de exa- 
minarla detenidamente, llamó a don Juan aparte 
y le dijo : 

— Su hija de usted ha tomado una cantidad ex- 
traordinaria de láudano. 

— ¿Para qué? — preguntó sin comprender. 

— Pues... para lo que se toman siempre esas 
cantidades. . . para envenenarse. 

— ¡ Hija de mi alma ! ¿qué has hecho? — gritó el 
desgraciado ; y quiso lanzarse de nuevo a la ha- 
bitación de la joven. El médico le detuvo. 

— No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el 
veneno, y con el medicamento que voy a recetar 
quedará completamente tranquila. Lo que importa 
ahora es que no repita. 

— ¡ Oh, no ! Yo me encargo. 

Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo 
arrancarle una palabra. La niña se obstinaba en 
que viniese su confesor. Al fin fué por sí mismo 
a llamarlo, y no tardó en aparecer con él. 

Mientras duró la confesión, don Juan paseaba 
agitadamente por el amplio corredor de la casa 
en espera, devorado por curiosidad ardiente, pre- 
sa de vagos y tristísimos presentimientos. Salió al 
fin el penitenciario, quien sin responder a la mu- 
da interrogación que le dirigía con la vista, tomóle 
gravemente de la mano y le llevó en silencio hasta 
su propia habitación, donde se encerraron. Cuan- 
do al cabo de una hora salieron, el anciano ban- 
quero tenía las mejillas inflamadas, los blancos ca- 
bellos en desorden y en los ojos señales de haber 
llorado. Despidió al canónigo en la escalera y tor- 



EL MAESTEANTE 



211 



bó a encerrarse en su despacho. Allí permaneció 
todo el día y toda la noche, sin hacer caso de los 
recados que su hija le mandó para que se llegase 
a verla. 

Fué el propio penitenciario quien se ofreció a 
hablar con Granate y seguir las negociaciones. 
El indiano relinchó de gozo al saber de lo que 
se trataba. Pero m naturaleza de aldeano astuto 
y la pasión de la avaricia, que era la que hasta 
entonces le había dominado, alzaron la cabeza. 
Cuando al otro día fué el canónigo a hablarle ha- 
llólo cambiado ; cerdeaba, gruñía, sacudía la ca- 
beza, hablaba con palabras entrecortadas del lujo 
con que habían criado a Fernanda, de los grandes 
gastos que el matrimonio tt&e consigo En resu- 
midas cuentas, pedía una dote. El penitenciario, 
que era hombre justificado y de genio vivo, no 
pudo contenerse ante tal vileza y ]e llenó de de- 
nuestos. Pero esto era lo que menos importaba 
a aquel rústico. Seguro de tener a don Juan bajo 
sus tacones, reía como un bestia, se rascaba la 
cabeza y dejaba escapar algún dicharacho grose- 
ro que ponía aún más fuera de sí al canónigo. 

Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró 
a don Juan de lo que ocurría, el desgraciado pa- 
dre quiso volverse loco de desesperación y de ira. 
Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias atro- 
ces y hablaba de dar un tiro a su hija y darse él 
otro en seguida. A duras penas logró calmarla un 
poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las nego- 
ciaciones y después de disputar como mercaderes 
el tanto y el cuanto de la dote, se fijó al fin lo que 
había de ser, y Gránate consintió en dar su cano 
de sapo a la niña más preciosa que Lancia guar- 
daba por aquella época. 

Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a 
ella. Cuando le anunciaron que se preparase a 



212 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



unir su suerte en plazo breve a la de don Santos, 
cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él de- 
claró rotundamente que no lo haría aunque la 
desollaran viva. Ni las reflexiones de su confesor, 
ni la perspectiva de la deshonra, ni las lágrimas 
de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuan- 
do vió a éste frenético llevarse el cañón de un re- 
vólver a la sien para arrancarse la vida se arrojó 
a detenerlo prometiendo hacer cuanto le manda- 
se. Y he aquí cómo qu'edó concertado en principio 
aquel matrimonio horrendo. 

Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de 
tal concierto, el mismo sentimiento de vergüen- 
za se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de 
rubor invadió las mejillas de aquel generoso ve- 
cindario. Esta ola solía venir a Lancia y hacer 
los mismos estragos siempre que la suerte' favo- 
recía a algún laciense más de lo jrusto. Si a uno 
le tocaba la lotería, si a otro le daban un buen 
empleo, si el de más allá se casaba con una mu- 
jer rica o adquiría gran caudal con su industria, 
o se hacía famoso por su talento, la delicadeza 
exquisita de los habitantes de Lancia >se sobre- 
saltaba y procuraba, rebajando el dinero, el ta- 
lento, la instrucción o la industria de su vecino, 
poner las cosas en su verdadero sitio. Tal senti- 
miento puede equivocarse fácilmente con el de la 
envidia. El verdadero observador comprendería, 
no obstante, al oírlos disertar en las tertulias de 
las tiendas y en los corrillos de la calle, que sólo 
el amor, acaso demasiado ardiente, a la justicia 
les obligaba a aminorar los méritos de su conve- 
cino y renunciar de este modo generosamente a la 
parte de gloria que en ellos pudiera refluir por este 
concepto. 

El matrimonio de Granate causó profundo es- 
tupor. Siguió al estupor un grito de indignación. 



EL MAESTEANTE 213 

Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas 
de los lacienises como en aquel momento ; ni si- 
quiera cuando la prensa de Madrid vino elogian- 
do cierta comedia escrita por un hijo de la po- 
blación. ¡ Qué de improperios, primero contra Gra- 
nate, luego contra don Juan, después contra Fer- 
nanda ! Singularmente los pollos se agitaban con- 
vulsos, frenéticos ; encontraban deficiente la le- 
gislación, que no contenía medios de prohibir se- 
mejantes monstruosidades. Eesultado de todo fué 
que, para dar expansión a las fogosas emociones 
que la noticia había despertado en su alma y para 
dar claro testimonio al mundo entero del profundo 
disgusto que un matrimonio tan extravagante les 
causaba, la juventud laciense dispuso una sobe- 
rana farsa a cuyos comienzos asistimos. 

Los interesados tuvieron noticia de ella y qui- 
sieron evadir el golpe, primero ocultando el día 
en que se había de celebrar el matrimonio, des- 

Í)uós celebrándolo fuera de la población. Pero no 
es valieron de nada sus precauciones. Los po- 
llos olfatearon que la ceremonia se celebraría en 
los primeros días de febrero, en la posesión que 
Estrada-Eosa poseía a media legua de Lancia. 
Se colocaron espías en la calle de AltaviHa y en 
las inmediaciones de la casa de Granate a fin de 
que no se escaparan ; sobornóse a los criados ; se 
trazaron por las cabezas más fecundas de la ciu- 
dad mil planes ingeniosos para vejar a los novios. 
Como coincidió con estos preparativos el Carna- 
val, resolvieron aprovecharlo para dar el primer 
golpe con una gran mascarada burlesca,, que sa- 
lió el domingo a las doce de casa de Paco Gómez 
recorriendo las calles. En una carroza tirada por 
cuatro bueyes vestidos con percalina roja, sus cuer- 
nos adornados con ramaje, venían tres máscaras, 
queriendo figurar una a Fernanda Estrada-Eosa, 



214 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



otra a su padre y otra a Granate. Este último traía 
un sombrero de cuernos. De vez en cuando se pa- 
raba la carroza y ejecutaban una farsa ridicula y 
grosera que hacía bramar de regocijo a los curiosos 
que en torno se reunían. Fernanda besaba con 
transportes de entusiasmo a Granate ; éste, como 
más pequeño, la abrazaba por más abajo de la cin- 
tura, y mientras tanto don Juan hacía sonar rien- 
do una bolsa de dinero. De vez en cuando, del 
fondo de la carroza salía rápidamente otro másca- 
ra que quería representar al conde de Onís, daba 
un beso a Fernanda, se lo devolvía ésta a espal- 
das de Granate, y tornaba a ocultarse con la mis- 
ma celeridad. 

Como quiera que esta payasada se ejecutó en 
la calle de Altavilla, delante de la misma casa 
de Estrada-Eosa, el escándalo fué enorme, el gen- 
tío que la presenciaba inmenso. Don Juan, en el 
paroxismo de la ira, dio parte al gobernador, gran- 
de amigo suyo, y resolvió partir al día siguiente 
con Fernanda. Los jóvenes maleantes, que pro- 
vían «esta determinación, ya tenían urdido el me- 
dio de hacerla ineficaz, preparando, como hemos 
visto, una grandiosa cencerrada por la noche. Era 
anticipada porque aun no se habían casado, pero 
de ningún modo querían que se escapasen sin ella, 
í Armados, pues, de cuantos instrumentos ruidosos 
pudieron haber, con grandes transparentes, donde 
aparecían pintadas las miamos grotescas figuras de 
la carroza con bestiales leyendas debajo, y teas 
en las manos, se congregaron más de trescientos 
muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos me- 
dia población que los alentaba con sus carcajadas. 
El estruendo era horrísono. De vez en cuando ce- 
saba y una voz lanzaba al aire alguna copla in- 
decente, que era celebrada con rugidos de alegría, 
creciendo tanto y tanto la algazara, que el mun- 



EL MAESTBANTE 



2Í5 



do se venía abajo. El teniente Eubio, siempre ori- 
ginal, trepó por las cornisas de la capilla de San 
Fructuoso, situada casi enfrente de la casa de 
Eistrada-Kosa, y comenzó a repicar la campana. 
Paco Gómez iba solapadaimente de uno en otro 
grupo apuntando las coplitas más dañinas para que 
las repitiese en alta voz el que la tuviese más re- 
cia. Moro liacía sonar su famoso serpentón hasta 
echar los pulmones, mientras el marica de Sierra, 
que hgpbía sido uno de los más activos promove- 
dores de la cencerrada, se metía traidoramente en 
casa de don Juan, vendiéndose como amigo fiel, 
para espiar en realidad lo que allí pasaba. 

Pero el jefe político de la provincia pensó que 
era ya hora de oficiar de Neptuno y componer las 
olas irritadas. Cuando la cencerrada »se hallaba en 
su periodo álgido, envió a Altavilla a Ñola, cabo 
de los guardias municipales, acompañado de dos 
números, que resultaron ser Lucas el Florón y 
Pepe la Mota, con encargo de apaciguar el escán- 
dalo y despejar la calle. Los lacienses estaban ave- 
zados de antiguo a no reconocer el origen divino 
de la autoridad cuando Ñola, el Florón o Pepe la 
Mota se empeñaban en representarla. Y no sólo 
ponían en duda su legitimidad, sino que en cuan- 
to de lejos los columbraban, soplaba en su espí- 
ritu el viento de la rebelión y lo encrespaba. ¿ Con- 
sistía esto en que los lacienses estuviesen predes- 
tinados por los ciegos impulsos de la naturaleza 
a conspirar contra el orden establecido? No es 
verosímil. Ninguno de los historiadores de Lan- 
cia han señalado como carácter distintivo de aque- 
lla raza la oposición a las instituciones. Es más 
natural suponer que lo que les indignaba tan pro- 
fundamente y les inclinaba a la conjuración era la 
nariz de Ñola, del tamaño de un botón de timbre 
eléctrico, la voz aguardentosa de Lucas el Florón 



216 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



y las piernas monstruosamente arqueadas de Pepe 
la Mota. 

De sobra conocían estos respetables agentes del 
poder gubernativo las tendencias anárquicas que 
algunas veces manifestaba el vecindario de Lan- 
cia. Pero lo que no sospechaban siquiera al intro- 
ducirse incautamente entre la muchedumbre de 
Altavilla fué que habían de salir de allí sin bas- 
tón, sin sable, sin kepis y con las mejillas abofetea- 
das. Así estaba escrito, sin embargo. 

El jefe político no quiso conformarse con los 
inescrutables fallos de Dios, y montando en có- 
lera hizo llamar inmediatamente al teniente de la 
guardia civil y le envió a vengar con ocho núme- 
ros a los infortunados ííola, Lucas el Florón y Pepe 
la Mota. 

Envalentonados con la victoria pasada, los gra- 
ciosos de Altavilla trataron de resistir. Entonces 
el teniente, a quien devoraba el fuego de la gue- 
rra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo fe- 
rozmente, cargó sobre la muchedumbre como un 
jabalí indomable. 

Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por los 
miembros de cada uno de los lacienses. Hubo ten- 
dencias a retirarse del campo de batalla ; pero no 
faltó en aquel momento quien animase su cora- 
zón intrépido ofreciéndoles la perspectiva engaño- 
sa de la victoria. 

— ¡ Fuera los civiles ! ¡ Abajo los tricornios ! 
¡ Muera el patatero ! 

Tales fueron los gritos sediciosos que se esca- 
paron de los pechos de aquella juventud temeraria. 

Y en el mismo punto volaron algunas piedras. 
Los trompones, los bombardinos, los cornetines 
de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas ha- 
bían cantado en el seno de la paz, transformados 
repentinamente en instrumentos de guerra, brilla- 



EL MAESTKANTE 



217 



ron siniestros a la luz de las antorchas. El tricor- 
nio del teniente cayó vergonzosamente al suelo a 
impulso Áe uno de ellos. Lo recoge. Su corazón 
de guerrero se estremece, un círculo de espuma se 
forma en torno de sus labios y «se lanza al com- 
bate con los ojos inflamados, respirando extermi- 
nio. 

Entonces, bajo el imperio de su fuerza incon- 
trastable, los jóvenes héroes de Lancia se reple- 
garon dando fuertes gritos amenazadores. Los sa- 
bles de los civiles comenzaron a sonar de plano 
en las espaldas de algunos. La retirada se con- 
virtió en huida muy pronto. Tal como un rebaño 
de ciervos huye y se desbanda perseguido por los 
chacales, así los hijos generosos de Lancia hu- 
yeron aquella noche memorable, perseguidos por 
los civiles sedientos de sangre. El suelo quedó sem- 
brado de instrumentos de bronce, testigos de la 
afrenta. El indomable teniente paseó largo rato 
su furor por las calles, animando con vivas inter- 
jecciones a sus huestes, lanzándolas en persecu- 
ción de los rebeldes como un cazador lanza su 
jauría en persecución de un venado. Así fué como 
Paco Gómez, seguido tenazmente por los tricor- 
nios, se vió en la precisión, para escapar a un 
cintarazo, de meterse por el escaparate de la confi- 
tería de doña Eomana, cayendo de bruces sobre 
una» fuente de huevos moles y destruyendo por 
completo una» magnífica tarta de borraja destina- 
da al chantre de la catedral. Así fué también co- 
mo Jaime Moro, después de perder en la refriega 
el serpentón de don Nicanor, estuvo a punto de 
ser inmolado por el sable resplandeciente de un 
civil. Sólo por haber tomado la precaución de ba- 
jar la cabeza cuando éste le tiró el golpe evitó la 
efusión de sangre. El sable fué a chocar con la 
pared de una- casa, hadepcÍQ £0 poco estrago en 



218 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ella. Meses después, Moro enseñaba el trozo des- 
cascarillado como un trofeo a los amigos foraste- 
ros que venían a Lancia ; y al recordar sus proezas 
y peligros en aquella noche gloriosa, una suave 
alegría descendía a su corazón heroico. 

Otros muchos miembros de aquella juventud 
magnánima experimentaron desperfectos de con- 
sideración en su economía, unos por el influjo de 
los sables, los más por las caídas y jos choques 
que resultaron de la desbandada. La victoria no 
fué, sin embargo, gratuita para los agentes del 
gobierno. Aparte del fracaso del tricornio del te- 
niente y de algunas contusiones de »sus subordina- 
dos, el poder constituido sufrió un importante re- 
vés en la persona de uno de sus más antiguos re- 
presentantes, en la persona de Ñola, cabo de mu- 
nicipales. Ya sabemos que este personaje, entera- 
mente impopular en Lancia, a causa de la corte- 
dad, y aún más de la redondez excesiva de su na- 
riz, había perdido en la primera escaramuza el 
kepis, el sable y el honor de sus mejillas. La có- 
lera y la venganza se enseñorearon de su corazón. 
Nada podía hacer, sin embargo, para apagarlas, 
porque se hallaba privado de tolo medio coerci- 
tivo. Pero en vez de retirarse prudentemente al 
soportal de las Consistoriales, como hicieron sus 
compañeros Lucas el Florón y Pepe la Mota, que- 
dóse en medio de la calle contemplando con ansie- 
dad la batalla. Al ver que se decidía en favor de 
las instituciones que él representaba, la alegría se 
desbordó ruidosamente de su pecho muricipal. 

— ¡ Bien por los guardias ! ¡ Duro en ellos ! ¡ Ea- 
jarme esa canalla ! ¡ A ver si escarmienta de una 
vez esa pillería ! 

Tales eraii los gritos belicosos que salían de su 
garganta. Sin embargo, cuando menos podía espe- 
rarse, dado que los enemigos huían exx completo 



EL MAE STR ANTE 



219 



desorden, vino a estrellarse contra el botón de su 
nariz un cuerpo duro de superficie lisa y compacta 
que resultó ser un trozo de cal hidráulica. Todos 
los timbres de su cerebro sonaron a un tiempo. 
No pudiendo sufrir tanto estrépito, vino al suelo 
privado de conocimiento. q u pecho magnánimo 
eólo tuvo fuerzas para exhalar una queja melan- 
cólica. 

— ¡ Recongrio, me han escuaernao esos sinver- 
güenzas ! 

Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, 
aquel varón esforzado que en sus luchas incesan- 
tes con la pillería de los arrabales tantas veces 
había caminado por la senda de la victoria. Levan- 
táronlo y le metieron en la botica de don Matías, 
que estaba próxima. Desde allí le condujeron poco 
después al hospital. La ciudad perdió por algunos 
días su escudo protector. Porque ni Lucas el Flo- 
rón ni Pepe la Mota podían competir en energía 
con Ñola. 

Mientras tales sucesos se efectuaban en Alta- 
villa y en las calles adyacentes, don Juan Eslrada- 
Rosa, presa de irritación indescriptible, se paseaba 
agitadamente por su gabinete mesándose los cabe- 
llos. Los consuelos hipócritas del marica de Sie- 
rra no lograban calmarle. Hablaba de salir a la 
calle y arrojarse sobre la insciente muchedumbre. 

— ] Qué les habrá hecho mi pobre hija! — ex- 
clamaba con voz temblorosa, próximo a sollozar. 

Fernanda se había retirado a su habitación tem- 
prano y se había metido en la cama. Si la sor- 
prendió la algazara que sonaba en la calle o con- 
taba ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando don 
Juan, después de adoptar una violenta resolución, 
subió a despertarla, aí encender la luz hallóla con 
los ojos secos y brillantes, »sin apariencias de ha- 
ber dormido ni de haber llorado. Hizo que se vis- 



220 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tiese a toda prisa, y dando orden a los criados para 
que tuviesen encendidas todas las luces de la casa 
a fin de engañar a los de afuera, salió con ella 
por la puerta de la cochera, que daba a un calle- 
jón solitario. Los acompañaba únicamente Manuel 
Antonio. Dirigiéronse por las calles más extravia- 
das a casa del Jubilado. Una vez allí, se jasó re- 
cado a don Santos para que se presentase inme- 
diatamente ; otro al penitenciario. Cuando ambos 
acudieron, el padre, la hija y estos dos señores,- 
Manuel Antonio y Jovita Mateo .salieron oculta- 
mente de Lancia por la carretera de Castilla. Des- 
pués de caminar un rato esperaron el coche que 
don Juan había mandado venir. Acomodáronse los 
seis como pudieron en la carretela, echando a Ma- 
nuel Antonio al pescante. Media hora después es- 
taban en la pose&ión del banquero. Alzóse apre- 
suradamente un altarcito en el salón principal de 
la casa, y antes de que amaneciese, el penitencia- 
rio bendijo la unión de los prometidos. 

Fernanda no había despegado los labios durante 
el camino. El mismo silencio cuando se hacían los 
preparativos para la solemnidad. Parecía tranqui- 
la, en un estado de indiferencia absoluta o, por 
mejor decir, de soñolencia, como la persona a 
quien se arranca violentamente del sueño y tarda 
en darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Pe- 
ro tal estado letárgico continuó de»spués de pro- 
nunciar el sí ante el altar. Ni la plática afectuosa 
y elocuente del penitenciario, ni las bromas ince- 
santes de Manuel Antonio mientras tomaban el 
desayuno, ni las caricias de Jovita, ni la alegría 
afectada, ruidosa, de su padre lograban sacarla de 
su extraña distracción. Clareaba el día, un día 
triste, nublado, que se filtraba melancólicamente 
por los cristales. Todos hacían esfuerzos por pare- 
cer alegres ; 6e hablaba en "voz alta, se reía co- 



EL MAE STE ANTE 



221 



mentando la torpeza del criado, el miedo de Ma- 
nuel Antonio a volcar. 

Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. 
Cuando la conversación se interrumpía, las fren- 
tes se arrugaban, los semblantes se obscurecían. 
Al entablarla de nuevo, las palabras resonaban lú- 
gubremente en el lujoso comedor. 

La novia se retiró para cambiar de traje. Poco 
después apareció de nuevo, con el mismo sem- 
blante impasible. Según los planes de don Juan, 
debían irse inmediatamente para tomar en un 
pueblo próximo la silla de posta. Los indecentes 
de Lancia quedarían de este modo chasqueados. 
Cuando bajaron al jardín, donde esperaba el coche, 
caía una lluvia menuda y fría. Fernanda besó a su 
padre y entró en el coche. El pobre anciano, al 
recibir aquel beso en la mejilla, pensó que una 
corriente de aire frío entraba por ella paralizando 
sus miembros y helándole el corazón. 

El látigo chasquea. aAdiós, Fernanda ; abríga- 
te, Fernanda. Adiós, Santos. Que vengan ustedes 
pronto.» Ya están en camino. Antes de una hora 
llegan a Meres, esperan la diligencia y suben en 
ella. El mismo silencio obstinado por parte de 
Fernanda. Las atenciones de Granate no le arran- 
can ni una sonrisa ni una palabra de gracias ; sus 
ademanes grotescos y los desatinéis que de vez en 
cuando deja escapar tampoco hacen surgir en el 
semblante marmóreo de la joven un gesto de fa- 
tiga o disgusto. A ratos dormita, a ratos contem- 
pla con ojos atónitos el paisaje. Cuando llegaron 
a las inmediaciones de León era ya de noche. 

Pero, ¿qué ocurre en León? Al llegar a la pla- 
zoleta donde cambia el tiro la diligencia descu- 
bren gran golpe de gente, escuchan voces desafo- 
radas, ruido desacordado de instrumentos de mú- 



222 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



sica, tañido do cencerros. Y ven alzarse sobre la 
muchedumbre algunos trasparentes pintados. 

Paco Gómez, fecundo en trazas más que Uli- 
ses, había escrito a algunos amigos de León tiem- 
po atrás invitándoles a disponer una cencerrada 
para cuando Granate y su esposa paísasen por allí. 
La colonia de Lancia, que es numerosa en León, 
secundó admirablemente los planes de su paisa- 
no. Todo lo tenían preparado. Sin embargo, estos 
preparativos no hubieran servido de nada sin la 
traición de Manuel Antonio, que al llegar a Lan- 
cia notició secretamente a Paco lo que pasaba. 
Este aprovechó el telégrafo, recién instalado, y se 
puso en comunicación con sus secuaces. 

Fernanda tardó en darse cuenta de que aque- 
lla algazara iba contra ella. Cuando, por algunos 
gritos que llegaron a sus oídos, vino en conoci- 
miento de ello, empalideció, sus ojos se dilataron 
y, dando un grito, precipitóse a la ventanilla para 
arrojarse fuera. Granate la detuvo sujetándola por 
la cintura. La joven luchó algunos momentos con 
furor ; pero no pudiendo desprenderse de aquellos 
brazos cortos y membrudos de oso, se dejó caer al 
fin en el asiento, llevóse las manos a la cara y rom- 
pió a sollozar. 

— ¡ Dios mío, lia sido grande el pecado, pero 
qué castigo tan terrible! 



X 



CINCO AÑOS DESPUÉS 



Transcurrieron cinco años. La noble ciudad de 
Lancia ha cambiado poco en su exterior y rueños 
aún en sus costumbres. Unas cuantas ca^as-gri- 
lleras con adornos de mazapán alzadas por el oro 
indiano en las inmediaciones del parque de San 
Francisco ; varios trozos de acera en calles que ja- 
más la poseyeran ; tres f aroles más en la plaza de 
la Constitución ; un guardia municipal suplemen- 
tario, que debe 'su existencia no tanto a las ne- 
cesidades del servicio como a las pasiones del al- 
calde, varón de excelsos pensamientos, consagra- 
dos casi enteramente a Venus, que premia las con- 
descendencias de Vulcano con el presupuesto mu- 
nicipal ; en el paseo del Bombé algunas estatuas 
de bronce con el ropaje caído, que produjeron 
grave escándalo a su erección, haciendo pregonar 
al magistrado 'Saleta en la tertulia del Maestran- 
te que «la media desnudez era cien veces más in- 
citante que la completa)) ; en las cabezas de nues- 
tros maduros conocidos algunas hebras de plata, 
y en el semblante radioso como el arco iris de 
Manuel Antonio, el más seductor de los hijos de 
la ínclita ciudad, signos ya evidentes de que su 



224 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



belleza pronto se desvanecerá como un sueño feliz 
al soplo glacial de la mañana, como loe copos de 
nieve que caen suavemente en el silencio de un 
día triste de invierno. 

La misma vida vegetativa, brumosa, soñolien- 
ta ; las mismas tertulias en las trastiendas liban- 
do con deleite la miel de la murmuración. Los 
apodos soeces pesando siempre como losa de plomo 
eobre la felicidad de algunas respetables familias. 
En el Bombé, las tardes de sol, los mismos gru- 
pos de clérigos y militares paseando desplegados en 
ala. Las enormes campanas de la basílica tañen- 
do invariablemente a horas fijas. Las viejas devo- 
tas caminando con planta presurosa al rosario o a 
la novena. El canto monótono de los canónigos 
resonando profundamente en la soledad de las al- 
tas bóvedas. En Altavilla, a la Lora del crepúscu- 
lo, los eternos corros de jóvenes alegres, riendo 
mucho, hablando alto y abriéndose a menudo para 
dejar paso a alguna costurera etspiritual o criada 
de carnes ogulentas a quienes rinden homenaje 
con los ojos, con la palabra y no pocas veoes con 
las manos. Y allá, en lo alto del firmamento, igua- 
les corros de nubes pardas y tristes amontonán- 
dose en silencio sobre la vetusta catedral, para es- 
cuchar en las noches melancólicas de otoño los la- 
mentos del viento al cruzar la alta flecha calada 
de la torre. 

Estamos en noviembre. El conde de Ünís acos- 
tumbra a pasear a caballo lo mismo en los días 
claros que en los obscuros. Cada vez menos le 
place la compañía de los hombres. Su carácter se 
ha hecho más receloso y melancólico. El pecado 
aniquiló los débiles gérmenes de alegría que la 
naturaleza había depositado en su corazón. El tem- 
peramento sombrío, extravagante, fanático de los 



EL MAE STB ANTE 



225 



Gayoso se ha ¿do exaltando en él poco a poco con 
el roer incesante del remordimiento ; ha trastor- 
nado su imaginación, ha enervado su escala acti- 
vidad y ennegrecido su existencia. 

Le molestan los hombres. En todas las mira- 
das piensa ver hostilidad ; en las frases más ino- 
centes, alguna aviesa intención que hace hervir 
su sangre de coraje. No osa entrar en los templos, 
ni siquiera se deja caer de rodillas, como antas, 
frente al sangriento crucifijo del cuarto de su ma- 
dre. Si oye hablar del infierno se estremece y hu- 
ye. Envía cuantiosas limosnas a las iglesias ; en- 
carga misas que no oye ; pone cirios a las imáge- 
nes, y en el secreto de su habitación se entretiene 
a veces puerilmente en preguntar a la suerte, 
echando una moneda al aire, si se condenará eter- 
namente o irá tan sólo al purgatorio. Cuando llega 
a sus oídos el canto de los sacerdotes que acom- 
pañan a un entierro, empalidece, tiembla y sp tapa 
los oídos. Por la noche se despierta a mei^udo so- 
bresaltado, oon un sudor frío, gritando miserable- 
mente : «¡ Hay que morir ! ¡ hay que morir !» 

Por largo tiempo vivió casi en absoluto retira- 
do, sin salir más que cuando se lo ordenaba aque- 
lla voluntad que había logrado señorear la suya. 
Después, como sufriese demasiado, temiendo que 
sus negros pensamientos acabasen con su razón, 
le dió por recorrer los contornos a pie o a caballo, 
hasta fatigare©. El cansancio corporal prestaba 
descanso a su espíritu ; el espectáculo de la natu- 
raleza serenaba su atormentada imaginación. 

Era una tarde fría y obscura. Las nubes pesan 
amontonadas sobre las colinas que cierran el ho- 
rizonte por el Norte, y ocultan las altas monta- 
ñas de Lorrín que se extienden como una cortina 
lejana por el Oeste. Han caldo fuertes chubascos 
que convirtieron en laguna la parte baja de la 

MAE STR ANTE. — 15 



226 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



dudad y en lodazales las carreteras que de ella 
parten. A pesar de eisto el conde manda ensillar 
su caballo, sale de Lancia por la carretera de Cas- 
tilla, y galopa entre torbellinos de lodo al través 
de las praderas y los bosques de castaños. Las ho- 
jas amarillentas de los árboles, lavadas por la llu- 
via, brillan como monedas de oro ; mil arroyuelos 
serpean vacilantes por la falda de la colina y van 
a depositar sus aguas en la llanura, que se dilata 
verde y mojada con suaves ondulaciones. Una fran- 
ja más obscura iseñala el cauce del Lora, que se 
oculta misterioso bajo sus mimbreras y espesas fi- 
las de alisos. 

El conde, con la cabeza echada hacia atrás, los 
ojos medio cerrados, aspiraba con delicia el fresco 
húmedo de la tarde. La carretera flanqueaba la 
colina en suave decüve. Antes de trasponerla y 
perder de vista la ciudad, detuvo el caballo y echó 
una mirada atrás. Lancia era un montón, no gran- 
de, de techos rojos, sobre los que resaltaba la flecha 
obscura de la catedral. Debajo percibió una mancha 
amarilla, el bosque de robles de la Cranja. Más 
abajo las torrecillas anaranjadas de su casa sola- 
riega. 

La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las 
nubes y las precipita detrás de los montes. El 
firmamento se despliega transparente con el pá- 
lido azul de los días de otoño. Algunas estrellas 
apuntan ya como diamantes en el horizonte. Los 
árboles, las montañas, los arroyos, el valle cubier- 
to de su verde tapiz brillan indecisos bajo la tenue 
claridad del crepúsculo. 

El conde pone de nuevo su caballo al galope 
y desciende velozmente por el flanco de la colina 
que oculta a Lancia. El viento oprime sus sienes, 
zumba en sus oídos produciéndole una dulce em- 
briaguez que disipa las negras nubes de &u imagi- 



EL MAE STB ANTE 



227 



nación. Por la enlodada carretera no encuentra 
sino algún hato de ganado, algún trajinante con 
su recua, o carro tirado pausadamente por bue- 
yes, en el fondo del cual duerme descuidadamente 
el carretero. Mas antes de trasponer un recodo, 
cree escuchar rumor lejano de ruedas y campa- 
nillas. Es la silla de posta que llega al anochecer 
a Lancia. Al cruzar a su lado dirige una mirada 
distraída al fondo, y chocan sus ojos con otros 
grandes y lucientes. Siente un estremecimiento 
eléctrico, vuelve la cabeza con presteza, pero sólo 
percibe ya la trasera de la silla que se aleja. Tira 
de las riendas al caballo y la sigue : a los pocos 
momentos se detiene avergonzado y prosigue su 
marcha. 

¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero 
muy clara, se lo decía. Sin embargo, pudo haber- 
se equivocado. Ninguna noticia tenía de su lle- 
gada. Sabía que se quedara viuda hacía unos me- 
ses. Granate había rodado al fin como un buey 
bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo tiem- 
po era válida la voz de que la viuda del indiano 
aborrecía de muerte a Lancia desde la humillante 
farsa con que sus compatriotas la habían regalado 
al casarse. El hecho de no haber venido cuando 
la muerte de su padre, acaecida el año anterior, 
lo dejaba bien probado. 

El conde pensó algunos momentos en esto ; al 
cabo se le borró de la mente ; le distrajo una nube 
violada y espesa que avanzaba hacia el cénit pre^ 
sagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo de su 
espíritu quedó algo indeterminado y dulce que le 
puso de buen humor. Eevolvió el caballo y llegó 
a Lancia ya bien de noche, chorreando y cubierto 
de lodo, pero el corazón ligero y alegre sin saber 
por qué. 

Fernanda no vaciló un instante. Lo vió y lo 



228 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



conoció tan claramente que pudo hasta advertir 
las señales que el tiempo y los cuidados habían 
impreso en su semblante. Le pareció más viejo ; 
creyó ver en su luenga barba rubia algunos me- 
chones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos, 
posados un instante sobre ella, adivinó el sufri- 
miento, el hastío, algo triste, que le impresionó 
alegremente. El recuerdo de su antiguo novio ha- 
bía vivido siempre en el fondo de su pecho. Ni 
la traición, ni el desdén, ni las mil distracciones 
a que se arrojó en la vida frivola y bulliciosa de 
París, habían logrado arrancarlo de allí. Si le hu- 
biera hallado satisfecho, en la plenitud de su fuer- 
za y salud, no habría sentido aquel soplo dulce que 
la acarició un instante. En tal alegría maligna 
había el rencor inextinguible de la mujer desde- 
ñada, pero también algo alado, sonoro, vaporoso, 
como la esperanza, que cantó y rió en su alma y 
disipó los negros pensamientos que se acumulaban 
sobre su frente. 

La necesidad, no su querer, la obligaban a vol- 
ver a Lancia, donde había jurado no poner los pies 
nunca más. Su marido tenía hecho testamento a 
su favor. Los hermanos de aquél lo impugnaban. 
Se había entablado un pleito, que ganó en prime- 
ra instancia. Venía acompañada de una antigua 
sirviente de su padre, transformada en dama de 
compañía y de un mayordomo. Desde Madrid ha- 
bía telegrafiado a una prima, y ésta, en unión con 
Manuel Antonio, dos de las niñas de Mateo y al- 
gunas amigas más, la esperaban en la mal em- 
plazada plazoleta del Correo, donde paraba la dili- 
gencia. Y venga de abrazos y achuchones y be- 
sos, y vaya de preguntas y exclamaciones y lá- 
grimas. La ofendida heredera de Estrada-Kosa no 
había imaginado ¡sentir tal alegría al poner la plan- 
ta en su pueblo natal. 



EL MAE STE ANTE 



229 



Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volan- 
das, hasta casa. Allí se despidieron todas, menos 
Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo una seña 
para que se quedase. Las dos amigas ascendieron 
lentamente, cogidas por la cintura, aquella esca- 
lera, amplia, encerada, que tantas veces sus pies 
menudos de niña habían pisado. No tardaron en 
encerrarse en el antiguo gabinete de la hija de 
Estrada-Kosa para /saborear la hora de las dulces 
confidencias. Entre besos y sonrisas y protestas de 
fiel amistad se contaron su vida durante aquellos 
cinco años. Fernanda hablaba de su difunto ma- 
rido con una compasión que quería ser triste y 
reiultaba altamente despreciativa. Vivió con él en 
una suerte de antagonismo de ideas, de gustos y 
deseos, que los mantuvo constantemente alejados. 
Ni fué f eliz v ni desgraciada. Fueron cinco años de 
aturdimiento en que desfilaron antp su vista callea 
populosas, teatros resplandecientes, hoteles mag- 
níficos, salones de baile, trajes deslumbradores, 
muchos conocidos y ningún amigo. Su marido se 
plegaba a sus caprichos a la fuerza, como un oso 
indómito que obedeciese gruñendo al palo del do- 
mador. Habían tenido una niña, que se murió a 
los cuatro meses. 

La juguetona Emilia fué muy desgraciada en su 
matrimonio. Núñez había salido un perdis. Ya lo 
sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas no es 
fácil descender a ciertos significativos pormenores. 
Al principio muy bien, pero luego las malas com- 
pañías le habían echado a perder. Le dió por el 
juego primero, después por la bebida, últimamen- 
te por las mujeres. Esto último era lo que más 
sentía Emilia. Todo se lo perdonaba de buen gra- 
do : que viniese borracho a las tantas de la madru- 
gada, que le empeñase los pendientes, los cubier- 
tos, hasta el capuchón de abrigo ; lo que no podía 



230 AEMANDO PALACIO VALDÉS 

sufrir era que se le viese entrar en casa de una 
perdida que vivía en la calle de Cerrajerías. Al 
decir esto la hija del Jubilado soltaba un torrente 
de lágrimas. Apenaba más verla llorar, por la ale- 
gría revoltosa que siempre fué el distintivo de su 
carácter. Fernanda la acariciaba tiernamente y 
compartía sus lágrimas. Al cabo de un rato de si- 
lencio le preguntó : 

— Pero, ¿tú le sigues queriendo? 

— ¡ Sí, hija, sí ! — exclamó con rabia — . No lo 
puedo remediar. Cada vez estoy más ciega por él. 

— ¡ Vaya por Dios ! Tu pobre padre estará tam- 
bién disgustadísimo. 

— ¡ Figúrate ! . . . Y lo peor es — añadió lloran- 
do amargamente — que ahora volvió a su manía 
antigua contra el ejército... Dice cosas horribles... 
de los militares... ¡ Sí, sí, horribles!... En cuanto 
yo entro por casa empieza a disparatar, nada más 
que por mortificarme... Mis hermanas le apoyan... 
Nos llaman holgazanes y dicen... dicen que se debe 
reducir el contingente... 

Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno pe- 
cho de la esposa de Núñez. Fernanda, que tam- 
bién lloraba viéndola tan afligida, no pudo menos 
de sonreír. 

— j Tus hermanas también ! 

— ¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se 
reduzca ! . . . 

Cuando la hija de Estrada-Eosa le hubo demos- 
trado que no era tan fácil como parecía la reduc- 
ción de las fuerzas de tierra, su espíritu se serenó 
al fin poco a poco. Luego concertaron ambas dar 
una sorpresa a la sociedad laciense. Fernanda se 
presentaría aquella noche sin previo anuncio en la 
tertuliado Quiñones. Una alegría infantil se apode- 
ró de ambas con este proyecto. Así que le dieron 



EL MAESTKANTE 



231 



forma, despidióse Emilita, prometiendo volver en 
seguida a buscar a su amiga. 

Eran las diez de la noche cuando subían ambas 
los peldaños de piedra, que rezumaban siempre por 
la humedad, de la vasta escalera señorial de los 
Quiñones. 

Al llegar arriba, Emilita prohibió al criado que 
las anunciase. Ella misma abrió la puerta del sa- 
lón y empujó a Fernanda hacia adentro. 

Fué una aparición que dejó extáticos por un 
instante a los tertulios. La hija de Estrada-Kosa 
lucía un traje elegantísimo recién salido del ta- 
ller de una de las más afamadas modistas de Pa- 
rís. Su belleza, de la cual sus compatriotas no co- 
nocían más que el delicado botón, se había con- 
vertido en rosa espléndida en los cinco años de 
vida refinada y elegante. Maravillosa por la arro- 
gancia de su talle, por el brillo de sus grandes ojos 
africanos, por la delicadeza de su cutis, la hermo- 
sura de Fernanda había adquirido en París su com- 
plemento necesario, la gracia, el noble y sencillo 
ademán, el gusto para vestirse, la suprema distin- 
ción que en Lancia no hubiera logrado jamás. Su 
traje negro de seda dejaba descubiertos pecho y 
espalda. Algunas carreras de perlas tejidas entre 
los cabellos componían todo el adorno de su ca- 
beza. 

Amalia fué la primera que la vió, y su sangre 
fluyó de repente al corazón. Eepuesta inmediata- 
mente, corrió a saludarla. 

— ¡ Oh ! Ya sabía que usted había llegado ; pero 
no imaginé que fuese tan amable. . . 

Ambas se miraron a los ojos y se declararon, 
con un chispazo, el odio que ardía en el fondo de 
sus almas. Pero habían cambiado las circunstan- 
cias. Amalia era cinco años atrás la dama más 
elegante y distinguida de la población, la única 



232 ASMANDO PALACIO VALDÉS 



cuyo porte y refinamiento de costumbres trascen- 
día a otra esfera más culta y espiritual. Fernanda 
la aventajaba ahora infinitamente. Aquélla había 
envejecido de modo ostensible. Entre sus cabellos 
se veían ya bastantes hebras plateadas ; su tez, 
siempre pálida, había perdido toda su frescura ; 
además, había perdido el deseo y el gusto para 
vestirse, se había ido plegando poco a poco bajo 
la presión de la sociedad ordinaria y cur/si que la 
rodeaba, adaptándose a ella y descuidándose más 
y más de su persona. El contraste era, por lo tan- 
to, más vivo. Bien lo advirtió la noble esposa del 
Maestrante y se sintió humillada hasta el fondo de 
su ser. Una sonrisa de despecho contrajo -us la- 
bios mientras cambiaba con Fernanda los obliga- 
dos saludos. Esta gozaba de su triunfo con grave 
y serena alegría. 

Las damas rodeáronla inmediatmente. Fué un 
diluvio de besos y abrazos acompañados de \ivas 
exclamaciones de gozo. Los hombres, que forma- 
ban círculo detrás, avanzaron también sus fnanos 
y estrecharon con efusión la de la hermosa viaje- 
ra. Y entre tanto pláceme y tanta frase congratu- 
latoria, o por olvido o por vergüenza, nadie osaba 
hacer alusión a la desgracia que la joven había 
experimentado meses atrás ; ni el más mínimo re- 
cuerdo para el oso colorado que dormía su sueño 
eterno en un cementerio de París. Tan sólo cuan- 
do la efervescencia de los saludos hubo calmado, 
Amalia la cogió sonriente las manos y exclamó 
mirándola de arriba abajo : 

— ¡ Sabe usted que son muy elegantes los tra- 
jes de duelo en París ! 

Fernanda hizo una mueca de desdén. 

— Poco importa el vestido si se lleva el duelo 
en el corazón — apuntó María Josefa, que en los 
cinco años transcurridos había aguzado prodigio- 



EL MAESTBANTE 



233 



sámente el filo, el contrafilo y la punta de su len- 
gua. 

Las mejillas de Fernanda se tiñeron de car- 
mín. Sé avergonzó como si fuese un delito no sen- 
tir la pérdida de Granate. Luego, irritada por aque- 
lla hostilidad, estuvo a punto de mostrar violenta- 
mente su enojo. Volvió la espalda y se puso a ba- 
blair con otras damas. 

En aquel momento el conde de Onís salió del 
gabinete y vino a saludarla. Le tendió la mano 
con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de 
un modo glacial, separando rápidamente la mira- 
da. Sin embargo, pudo advertirse alrededor de sus 
ojos un círculo pálido que denunciaba la emoción. 
Para disimularla se encaminó al gabinete, dicien- 
do con afectada ligereza que la dejasen libre, que 
a quien tenía más gana de ver era a don Pedro. 

El noble Maestrante yacía en su sillón con los 
naipes en la mano. Sus cabellos y su barba esta- 
ban más blancos, pero tan erizados e indómitos. 
Sus f accionéis enérgicas parecían más acentuadas ; 
sus ojos hundidos brillaban con fulgor más deli- 
rante. Al mover con trabajo aquel gran torso at- 
lético desprovisto de base, los rasgos de su fisono- 
mía se contraían con expresión d* feroz impoten- 
cia que inspiraba tristeza y miedo. Pero, si su cuer- 
po se abatía a ojos vistas, alzábase su orgullo cada 
vez con más brío. Todos los días crecía un poco 
el respeto que se consagraba a sí mismo por lla- 
marse Quiñones de León y el desprecio a los de- 
más por haber nacido bajo el estigma de otro nom- 
bre cualquiera. Agradeciendo profundamente al 
Cielo la dicha con que había querido favorecerle, 
tendría a pecado quejarse de su suerte y envidiar 
a los otros hombres la facultad de usar de sus 
piernas. ¿Qué importa que Juan Fernández pueda 
andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se Jlama 



234 AEMANDO PALACIO VALDÉS 

Juan Fernández? Lo único que le preocupaba al- 
gunas veces era si convendría a la dignidad de un 
Quiñones poseer unas extremidades enteramente 
inertes, y si no sería preferible que viviesen para 
participar de la gloria del resto del organismo. 
Pronto desechaba, sin embargo, tales inquietudes 
pensando justamente que vivas o muertas aquellas 
extremidades ocupaban un rango superior en la 
sociedad. Cuando Fernanda entró en el gabinete 
alzó los ojos y clavó en ella una mirada penetran- 
te que la abrazó de la cabeza a los pies. Ni la her- 
mosura ni el porte, singularmente elegante, de la 
joven, debieron dejarle satisfecho, porque la con- 
virtió inmediatamente a los naipes y exclamó con 
insolente protección : 

— ¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has lle- 
gado? 

A pesar de sentirse mortificada por aquel tono, 
Fernanda le saludó afectuosamente. 

— Me alegro de verte tan buena, querida, y apro- 
vecho la ocasión para darte el pésame. Ya sabes que 
yo no escribo cartas hace años. He sentido mucho 
a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone usted 
no darme en su vida una carta decente?... Era 
un buen sujeto, un vecino excelente, incapaz de 
hacer daño a nadie. No hallarás otro marido como 
él. Tenía una cualidad que se encuentra muy di- 
fícilmente : la modestia. A pesar del dinero que 
había logrado juntar, no pretendía salirse de su 
esfera ; siempre se manifestó respe tu dso con los 
superiores. ¿Verdad, Saleta, que no era como esos 
piojos resucitados, que así que les suenan algunas 
monedas en el bolsillo olvidan las judías y el cen- 
teno, como si en su vida los hubiesen probado?... 
Valero, siéntese u/sted, y diga pronto si, es vuelta 
eso que tiene... ¿Vienes a establecerte aquí, chi- 
quita, o te vuelves a ver a los franchutes ? 



EL MAE STK ANTE 



235 



Fernanda, que sintió perfectamente toda la hiél 
de aquel discurso, respondió fríamente, y después 
de pocas palabras más se volvió al salón. 

A don Pedro le había molestado el tufillo de 
elegancia y distinción que despedía la hija de Es- 
trada-Sosa. Le irritaba que alguien se alzase en 
torno suyo, siquiera fuese solamente algunas pul- 
gadas. Aborrecía todo lo extranjero, y muy par- 
ticularmente aquel París, donde imaginaba que los 
Quiñones de León no tenían influencia muy deci- 
siva. Hasta sospechaba vagamente, con horror, que 
eran desconocidos. Por supuesto que procuraba 
apartar la mente de tan disparatada idea. Si lle- 
gase a penetrar por completo en su espíritu, ¿qué 
le restaba al noble caballero? Morir, y nada más. 

Haciéndolo la partida de tresillo están los mis- 
mos personajes que ya conocemos. Saleta, el gran 
Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de su boca 
suaves y almibaradas, lo cual le obligaba a rela- 
merse a» menudo. Faltó poco para que Lancia se 
viese privada para siempre de este magnánimo y 
divertido varón. Jubilado hacía tres años, fué a 
establecerse a su país, donde permaneció uno so- 
lamente. La nostalgia de Lancia, de la tertulia 
de Quiñones, y sobre todo de las burlas de su co- 
lega Valero, le impulsaron a dejar la patria ga- 
llega para venir de nuevo a haibitar entre los la- 
cienses. Valero, ascendido a presidente de sala, 
más ajado cada día, más jaranero y ceceoso, se 
sienta a la izquierda del procer. Enfrente está 
Moro, ideal inaccesible de todas las niñas casa- 
deras, cuya cabeza infatigable soporta fácilmente 
doce horas de tresillo sin mareo ni turbación al- 
guna. De todas las instituciones creadas por los 
hombres, la más firme, la más respetable es ésta ; 
el tresillo. Por su inquebrantable solidez puede 
compararse muy bien a las leyes inmutables de la 



236 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



naturaleza. Para Moro es tan verdad que la espada 
vale más que al basto, como que los cuerpos al 
caer isiguen un movimiento uniformemente acele- 
rado. Y allá en el fondo obscuro de la cámara dor- 
mita en la misma butaca el glorioso Manín con su 
calzón corto, chaqueta de bayeta verde y fuertes 
zapatos claveteados. Tiene el pelo gris, casi blanco. 
Pero no es esto lo peor para él. Lo verdaderamen- 
te triste, es que el pueblo no le considera ya como 
un cazador feroz envejecido en la lucha con los 
osos de las montañas. Aquella leyenda se ha ido 
disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían ra- 
zón. Manín no era más que un zampatortas. En 
Lancia se ríen también de sus proezas y le miran 
como un viejo bufón del loco y heráldico señor de 
Quiñones. 

Fernanda consiguió al fin substraerse a las plá- 
cemes de sus amigos y fué a sentarse en un rin- 
cón apartado. Estaba triste. La hostilidad de los 
dueños de la casa le había impresionado. Pero no 
era esto lo principal, aunque ella hiciese por 
creerlo. El motivo recóndito, que se avergonza- 
ba de confesar a sí misma, era Luis. El saludo 
/ afectuoso de su antiguo novio había despertado sú- 
bito todos &us recuerdos, todas sus ilusiones, las 
penas y las dichas de otro tiempo que dormían en 
el fondo de su alma como paj arillos entre las ho- 
jas del árbol. La agitación interior era intensísi- 
ma, pero nada o muy poco se traslucía en su con- 
tinente grave y frío. Sin embargo, sintió un fuerte 
estremecimiento al éscuchar muy cerca de su oído 
estas palabras : 

— ¡ Qué hermosa te has puesto, Fernanda ! 

Se hallaba tan distraída que no advirtió que el 
conde se había sentado a su lado. Involuntaria- 
mente se llevó la mano al sitio del corazón. Ke- 
puesta inmediatamente, sonrió diciendo : 



EL MAESTKANTE 



237 



— ¿Te parece? 

—Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad? 

Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con fijeza. 

— No ; algunas canas en la barba. . . y el aspec- 
to un poco fatigado. 

El temblor de su voz contrastaba con la apa- 
rente indiferencia que quiso dar a sus palabras. 

El conde se puso repentinamente serio, llevó- 
se la mano a la frente y replicó al cabo de unos 
momentos con acento sombrío y como si se ha- 
blase a sí mismo : 

— Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... 
¡ Muy fatigado ! . . . La fatiga n^e sale por los poros. 

Guardaron ambos silencio. El conde quedó en- 
tregado a una intensa meditación que trazó en su 
frente arruga profunda. AL cabo dijo, entablando 
nuevamente conversación : 

— Ya te había visto antes de venir aquí. 

— ¿ Dónde ? — preguntó ella afectando sorpresa. 

— En la carretera. Salí esta tarde a dar un pa- 
seo a caballo y me crucé con la silla de posta. Te 
conocí perfectamente. 

— Pues yo no te he visto... Eecuerdo que en- 
contramos dos o tres jinetes antes de llegar a 
Lancia, pero no he conocido a ninguno. 

Al decir esto no pudo impedir que una ola de 
carmín tiñese de nuevo sus mejillas. Volvió, para 
disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los 
de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, 
acerados. Contempláronse un instante. La boca 
felina de la valenciana se contrajo con una son- 
risa. Fernanda quiso corresponder con otra tan 
falsa, pero no pudo. Volvióse de nuevo hacia el 
conde y hablaron de cosas indiferentes, de teatros, 
de música, de proyectos de viaje. 

Sin embargo, aquél se mostraba más y más 
preocupado. Iba perdiendo el aplomo y hablaba 



238 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



equivocándose, como si bu pensamiento anduviese 
lejos. Guardaba silencio algunos momentos, pug- 
naba por decir algo, movíanse sus labios, pero en 
vez de articular lo que quería, expresaban otra co- 
sa distinta, algo trivial y ridículo que le avergon- 
zaba en cuanto salía de ellos. Fernanda le ob- 
servaba con atención, ganando la serenidad y la 
calma que él perdía rápidamente. Parecía embe- 
bida por completo en la conversación, describien- 
do con naturalidad sus impresiones de viaje, ex- 
presando sus opiniones con la misma indiferencia 
que si no mediase entre ellos más que una antigua 
y tranquila amistad. Luis concluyó por ponerse ta- 
citurno. Al fin tuvo resolución para decir, aprove- 
chando un instante de silencio : 

— Cuando me acerqué a ti estabas muy distraí- 
da. ¿En qué pensabas? 

— No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que 
pensase? 

El conde vaciló un momento ; pero animado por 
la graciosa sonrisa de su ex novia se atrevió a ar- 
ticular : 

— En mí. 

Fernanda le miró en silencio, con curiosidad bur- 
lona bajo la cual chispeaba una alegría imposi- 
ble de ocultar. El conde se puso colorado hasta las 
orejas, y las hubiera entregado seguramente a lais 
tijeras por no haber pronunciado aquellos dos fa- 
tales monosílabos. 

— Bien... — dijo la joven alzándose de la si- 
lla — . Hasta luego. Me alegro de verte bueno. 

— ¡ Escucha ! 

— ¿Qué hay? — dijo retrocediendo el paso que 
había dado para alejarse y posando en él unos 
ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de 
fascinarle. 

— Perdona si mis palabras te han ofendido. 



EL MAE STE ANTE 



239 



Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó 
exclamando : 

— ¡ Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes 
delante ! 

¡ El infierno ! Esta palabra, soltada a la ligera, 
como broma, hizo dar un vuelco a su corazón; 
despertó la preocupación constante de su " existen- 
cia desde hacía algún tiempo. Todos los Gayoso 
habían vivido bajo la influencia de esta idea fu- 
nesta. Pero el terror de sus abuelos parecía dila- 
tarse en su espíritu, atormentándolo, enloquecién- 
dolo. Amalia necesitaba luchar heroicamente para 
distraerle por poco tiempo de sus escrúpulos. Por 
eso ahora, cuando le hizo seña para que se acer- 
case, le vió alzarse tétrico de la silla y aproximarse 
lentamente como si le arrastrasen. Tenía ella de- 
masiado talento y orgullo para mostrarse herida 
de la corta plática que acababa de tener con su an- 
tigua novia. Le acogió con la misma sonrisa, di- 
rigióle la palabra con su habitual y afectada li- 
gereza y no se acordó ni del nombre de Fernanda. 
Pero sus labios pálidos se contraían de coraje cada 
vez que le veía volver los ojos hacia aquélla. Y el 
incauto lo hacía a menudo. 

Una hermosa niña de ojos azules y flotante ca- 
bellera dorada apareció en la puerta, conducida 
por una doméstica. 

— ¡ Oh, qué tarde ! — exclamó la señora de Qui- 
ñones — . ¿Por qué ha tardado usted tanto en traer- 
la, Paula? — añadió severamente. 

Esta contestó que la niña se había entreteni- 
do jugando al milano que le dan, y que lloraba ca- 
da vez que la querían acostar. 

— ¿No tienes sueño aún, rica mía? — dijo la 
dama trayéndole hacia sí y pasándole la mano tier- 
namente por los bucles de su cabellera. 

Los tertulios se interesaron vivamente por la 



240 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



criatura. Fué de uno a otro recibiendo caricias y 
pagándolas con afectuosos besos de despedida. 

— Buenas ñochas Josefina. — Hasta mañana, 
rica. — ¿Has sido buena hoy? — ¿Te ha com- 
prado tu madrina la muñeca que cierra los ojos? 

El conde la miraba con los ojos húmedos, ha- 
ciendo esfuerzos increíbles para dominar su emo- 
ción. La sentía siempre que se ofrecía a su vista 
aquella niña. Cuando le tocó la vez no hizo más 
que rozar con los labios su rostro cándido. Pero 
Josefina, con el admirable instinto que los niños 
tienen para saber quién los ama, se colgó a en 
cuello dándole pruebas de particular cariño. 

Fernanda también la contemplaba con vivo in- 
terés, con una intensa curiosidad que le hacía abrir 
extremadamente los ojos. Josefina tenía seis años, 
la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, 
azules y melancólicos ; algo de triste y enfermizo 
en toda su diminuta persona. El parecido con el 
conde saltaba a la vista. 

Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél cho- 
caron con los de Fernanda. Sintióse turbado : fué 
a sentarse más lejos. 

Josefina vestía con elegancia. Los señores de 
Quiñones la criaban con mimo, como hija adopti- 
va. Por mucho tiempo éste fué el asunto preferi- 
do de las murmuraciones de Lancia. Se averigua- 
ba con vivo interés el coste de sus sombreritos ; 
se comentaba el número de juguetes que le compra- 
ban ; hacíanse cálculos sobre la cantidad en que 
la dotarían al casarse. Pero ya se habían fatigado 
de tanto comentario. Tan sólo cuando venía 
rodada se dejaba escapar alguna alusión mordaz 
o se noticiaba al oído algún nuevo descubrimiento. 

La niña fué a parar a un grupo donde estaban 
María Josefa, la doncella de la lengua devastado- 



EL MAESTEANTE 



241 



ra, y Manuel Antonio, bello siempre como el pri- 
mer rayo de la mañana. 

— Oye, Josefina : ¿ a quién quieres más, a tu 
madrina o a tu padrino? — preguntóle aquél. 

— A madrina — respondió la niña sin vacilar. 

- — Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al 
conde? 

La níña le miró sorprendida con sus grandes 
ojos azulas. Pasó -por ellos una ráfaga de descon- 
fianza y respondió frunciendo su hermoso entre- 
cejo : 

— r-A mi padrino. 

— ¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? 
¿no te lleva en coche a la Granja? ¿no te ha com- 
prado el trajecito de charra? 

— Sí... pero no es mi padrino 

Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. 
Comprendían que la niña mentía. Don Pedro no 
era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie. 

W— Pues yo creo que el conde también es tu 
pa. . .drino. 

— No tal ; yo no tengo más que un padrino — 
manifestó la chica, cada vez más recelosa. 
Y se alejó del grupo. 

Fué donde estaba Amalia ; se le puso delante 
cruzando sus bracitos sobre el pecho y dijo ha- 
ciendo una reverencia : 

— Madrina, la bendición. 

La dama le entregó su mano, que la niña besó 
con respetuoso cariño. Luego, cogiéndola en sus 
brazos, la besó en la frente. 

— Que descanses, hija mía. Ve a pedir la ben- 
dición a tu padrino. 

La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas 
del tiempo pasado placían mucho al señor de Qui- 
ñones. , 

Josefina se acercó a él con timidez. Aquel gran 

MAESTEANTE.— 16 



242 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

señor paralítico le infundía siempre miedo, aun- 
que procuraba disimularlo porque así se lo había or- 
denado su madrina. 

—Señor, la bendición — dijo con voz apagada. 

El alto y poderoso Maestrante no hizo caso. Fijo 
en las cartas que tenía en la mano, envuelto en 
su taima gris con la cruz roja en el pecho, iba 
creciendo por momentos ante los ojos turbados de 
la pobre Josefina. No comprendía que hubiese en 
el mundo nada más grande, más imponente y dig- 
no de respeto que aquel noble señor. De esta mis- 
ma opinión participaba don Pedro. Por eso hacía 
tiempo que había resuelto confundir a todos los 
seres que le rodeaban en una masa caótica, en la 
cupl sólo dos o tres aparecían con algún carácter 
individual. 

La niña aguardó con sus bracitas cruzados cerca 
de un cuarto de hora. Al fin el señor de Quiñones, 
después de jugar una entrada con fortuna, se dig- 
nó clavar en ella una mirada severa que la hizo em- 
palidecer. Alargó su aristocrática mano con ade- 
mán digno de su tocayo Pedro el Grande de Eu- 
sia, y Josefina posó sobre ella sus labios temblo- 
rosos y se fué. 

No estaba muy conforme aquel varón excelso 
con que su esposa criase con tal mimo a una ex- 
pósita, pero lo consentía porque lisonjeaba su va- 
nidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde le 
dolía : 

— Criarla para doméstica lo haría cualquiera en 
Lancia. Nosotros debemos hacer las cosas de otro 
modo. 

Don Pedro no pudo menos de sentir el peso de 
aquella verdad innegable. 

Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al 
pasar rozando con Fernanda, que estaba sentada 
y sola, ésta la pilló al vuelo por un bracito y la 



EL MAESTBANTE 



243 



atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que en aquel 
momento rebosaba de su corazón, desbordóse con 
violencia sobre la criatura, a quien cubrió de besos. 
No se acordó para nada de su rival, a quien adivi- 
naba vencida. Sólo pensó en que era hija de él, su 
sangre, su misma imagen. Y besó con éxtasis aque- 
llos ojos azules profundos, melancólicos, aquella 
tez nacarada, aquellos bucles, dorados que circuían 
su rostro como un nimbo de luz. 

— ¡ Oh, qué hermoso pelo ! ¡ Qué cosa tan her- 
mosa, Dios mío ! 

Y apretaba sus labios contra él y hasta sumer- 
gía el rostro entre sus hebras con tanta voluptuo- 
sidad y ternura que estaba a punto de llorar. 

En aquel momento una voz* estridente, impe- 
riosa, sonó en sus oídos : 
— ¡ Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo ! 

Y al levantar los ojos vió a Amalia, con el ros- 
tro pálido, los labios apretados, que cogió a la niña 
con violencia por el brazo dándole una fuerte sa- 
cudida y la arrastró hacia la puerta. 



XI 



LA CÓLERA DE AMALIA 

A la mañana siguiente, Paula, por orden de su 
señora, llevó a la niña al cuarto de la plancha, la 
sentó en una silla alta y pidió las tijeras a la don- 
cella, que cosía al pie del balcón. 

— ¿Qué vas a hacer? — preguntó Josefina. 

— Cortarte el pelo. 

— ¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el 
pelo. 

Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó 
a alzarla. 

— ¡ Quieta ! — le dijo severamente. 

— ¡ Yo no quiero ! . . . ¡no quiero ! — exclamó con 
graciosa resolución. 

— Y la verdad es que es lástima cortar un pelo 
tan hermoso — dijo otra de las doncellas, que es- 
taba planchando. 

— ¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda. 

Y tomando uno de los preciosos bucles de la ca- 
bellera, lo separó de un tijeretazo. 

— ¡ Déjame, Paula ! — gritó la niña — . ¡ Lo voy 
a decir a madrina ! 

— ¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina de 
veras?... Bueno, ya se lo dirás cuando terminemos. 



246 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Y sin hacer mas caso de sus protestas, dejan- 
do caer las palabras con zumba, prosiguió im- 
perturbable su tarea. Pero la niña se bajó de nue- 
vo, irritada, furiosa. Entonces Paula pidió auxilio 
a Concha, la costurera, j mientras ésta la tenía 
sujeta a la silla, aquélla le fué despojando uno a 
uno de todos sus bucles. Después arregló como me- 
jor pudo los cabellos que qusdaban. 

— ¡ Qué lástima ! — volvió a exclamar la plan- 
chadora. 

— Hija, no está mal así tampoco — repuso Pau- 
la peinándola con esmero. 

En aquel momento apareció la señora en el cua- 
dro de la puerta. 

— ¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y 
Concha me han cortado el pelo. 

Amalia avanzó algunos pasos por la estancia 
y, evitando la mirada de la niña, fijó los ojos se- 
veros en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad : 

— No está bien así. Córtelo usted al rape. 

Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, ató- 
nita, la siguió con los ojos. Jamás había visto en 
el semblante de su madrina tanta frialdad y dure- 
za. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin ha- 
cer el más leve movimiento, que Paula cumpliese 
el mandato. 

Pronto quedó la cabecita rubia mondada como 
un melocotón. Las domésticas prorrumpieron en 
carcajadas. 

— ¡ Hija de mi alma, qué retefeísima te han 
(puesto! — exclamó María la planchadora con 
acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa. 

— No digas eso, mujer — repuso Concha con 
dejillo amargo — . ¡ Si está preciosa ! 

Era una mujer de veinticinco años o más, ex- 
tremadamente pequeña, casi tan pequeña como 



EL MAESTEANTE 



247 



Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien to- 
dos los criados de la casa temían. 

Paula reía también pasando y repasando sus ma- 
nos por la cabeza de la criatura. 

— Cuando haga falta un perulero para el aceite, 
ya sabéis dónde lo habéis de hallar — ¡prosiguió 
Concha. 

Disipada la lástima, adivinando que la chiqui- 
ta había caído en desgracia, las criadas se entre- 
gaban a la alegría cambiando bromas sin gracia, 
pero que las hacían reír perdidamente. Josefina 
había permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza 
baja. Las burlas lograron al fin hacer su efecto. 
Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas 
pestañas. Concha se incomodó : 

— ¿Lloras por el pelito?... ¡ Qué lástima de azo- 
tes !.. . No tienes tú la culpa, sino los que te crían 
como una princesita siendo tanto como nosotras. . . 
digo, menos que nosotras — añadió por lo bajo — , 
que al fin tenemos padres. 

— ¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, 
monina, que pronto tendrás pelo otra vez — dijo 
María con acento maternal. 

La niña, impresionada por la caricia, comenzó 
a sollozar y salió de la estancia. 

Cuando por la noche se presentó en el salón, 
de aquella forma, el conde no pudo reprimir un 
gesto de cólera y clavó una mirada interrogante en 
Amalia. Esta contestó a aquel gesto y a aquella 
mirada con sonrisa provocativa. Y en alta voz dijo 
que le había mandado cortar el pelo porque había 
notado que la niña empezaba a presumir. 

— ¡ Claro ! ¡ Tanto la adulan ustedes que se ha 
puesto inaguantable ! 

El conde, irritado, buscó al instante ocasión de 
acercarse a Fernanda y anudaron la plática de la 
noche anterior. Estuvieron locuaces, afectuosos. 



248 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Fernanda contó con pormenores su vida de París. 
Euis se mostró singularmente expansivo, no ocul- 
tando la alegría de su corazón, hablando anima- 
damente bajo la mirada iracunda de Amalia po- 
sada sobre él. En una pausa Fernanda alzó los 
ojos sonrientes hacia su ex novio y le preguntó, 
no sin ruborizarse un poco : 

— ¿A qué no sabes por qué le han cortado el 
pelo a la niña? 

El conde la miró sin contestar. 

— Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo. 

Era la primera vez que Fernanda se daba por 
enterada de su secreto. Experimentó una fuerte 
sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de ella 
también. En largo rato no hallaron palabras que 
decirse. 

En los días siguientes el conde comenzó a dar 
repetidos paseos por la calle de Altavilla y a pasar 
largos ratos en el café de Marañón. La sociedad 
laciense se sintió conmovida hasta sus cimientos 
ante tamaño acontecimiento. Desde entonces más 
de trescientos pares de ojos le espiaron sin cesar. 
Dejó de ir todos los días a casa de Quiñones y asis- 
tió una que otra vez a la tertulia exigua de las de 
Meré, como se seguía diciendo en Lancia, aunque 
en realidad ya no hubiese en el mundo más que 
una. Carmelita había muerto hacía lo menos tres 
aña9. No quedaba más que Nuncia, la menor, y 
ésa casi totalmente paralitica. Del sillón a la ca- 
ma y de la cama al sillón : era todo lo que andaba 
con trabajo. Moralmente también se hallaba pri- 
vada de movimiento, falta del impulso protector 
que le prestaba su hermana. Desde que ésta bajara 
al sepulcro, no tenía *ya quien la sujetase. Esto, 
lejos de alegrarla, la sumía en una melancolía pro- 
funda. Al pasar repentinamente a la categoría de 
persona sui juris, la pobre Niña había experimen- 



EL MAE STE ANTE 



249 



tado desazón increíble : todo le asustaba, todo era 
conflictos de los cuales le parecía imposible salir ; 
echaba menos aquellas ásperas reprensiones que, si 
la hacían derramar abundantes lágrimas, habían 
reprimido saludablemente sus juveniles arranques 
y cortado los funestos resultados que pudiera aca- 
rrear su inexperiencia. 

Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres 
nuevos, varios gallos conocidos y un número bas- 
tante mayor de lindas y feas damiselas que acu- 
dían a la casa sedientas de marido. Porque la Ni- 
ña, en esto como en todo, mantenía religiosamen- 
te las tradiciones legadas por su hermana. Era la 
protectora decidida de todos los noviazgos que se 
iniciaban en Lancia, por desatinados que fuesen. 
La pequeña casa de la calle del Caspio continuaba 
siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyu- 
gal de los honrados vecinos de Lancia. 

El que acudía con más constancia era Paco Gó- 
mez. La razón, que le habían arrojado de casa de 
Quiñones a consecuencia de una frase de las su- 
yas. Preguntaba cierto forastero en un corro de 
Altavilla cómo había quedado paralítico el Maes- 
trante. «En realidad no está paralítico — repuso 
Paco — , porque no tiene lesión alguna ; sólo que 
las piernas no pueden con la heráldica que se le 
ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto 
da un paso.» Lo supo Quiñones por un traidor y 
dió orden de que no se le recibiese. 

Era el alma y el regocijo de la tertulia, de la 
Niña. La vaya incesante con que mortificaba a 
ésta los tenía a todos en continuo espasmo de risa. 

— Vamoís, Nuncia, ¡ mucho ojo ! No hables de- 
masiado, porjque ya sabes que te he visto las pan- 
torrillas y... y... y... 

La pobre octogenaria se ruborizaba como una* 



250 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



niña de quince. Nada la sofocaba tanto comó este 
recuerdo importuno de la tarde del columpio. 

Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí una 
o dos veces por semana. Lejos de la mirada fulgu- 
rante de Amalia, aquél .se encontraba a gusto, re- 
cobraba su serenidad. Hablaban larguísimos ratos 
en voz baja, sin que nadie les molestase ; al con- 
trario, la Niña tenía buen cuidado de proporcionar- 
les ocasión y espacio suficientes. x\sistía, no obs- 
tante, a casa de Quiñones ; veía a Amalia en se- 
creto cuando se lo exigía, pero iba apareciendo 
más frío, más esquivo. Ella, advirtiéndolo perfec- 
tamente, no daba su brazo a torcer, no le hablaba 
palabra de su ex novia. Sin embargo, un día no 
pudo oontenerise : 

— Sé que te entretienes largos ratos en casa de 
las de Meré hablando con Fernanda. 

Lo negó cobardemente. 

— Ten cuidado con lo que haces — prosiguió, 
clavando en él sus ojos siniestros — , porque una 
traición pudiera salirte cara. 

Estaba tan acostumbrado al dominio de aque- 
lla terrible mujer, que sintió un estremecimiento 
de frío, como si algo aciago se cerniese ya sobre 
su cabeza. Pero en cuanto salió a la calle, fuera de 
la influencia magnética de aquellos ojos que le tur- 
baban, sintióse invadido por una sorda irritación : 
«Después de todo, ¿por qué me amenaza? ¿Es mi 
esposa? ¿Qué derechos tiene sobre mí? Lo que es- 
tamos haciendo es un pecado grave, es un crimen. 
¿Quién puede privarme del arrepentimiento, de 
reconciliarme con Dios y ser bueno?» El arrepen- 
timiento había sido eh los últimos tiempos un vago 
deseo, gracias a la fatiga de su amor y aún más 
al miedo desapoderado que el infierno le inspira- 
ba. Ahora se convirtió en verdadero anhelo. Ver- 
dad que ofrecía mayores atractivos. Eechazar el 



EL MAESTEANTE 



251 



pecado valerosamente, purificarse, librarse del fue- 
go eterno... y además poseer a Fernanda. 

Hacía tiempo que sus relaciones criminales no 
tenían más que un punto luminoso, Josefina. Si 
nQ fuese por ella, se hubiera, marchado de Lancia. 
Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo 
de nieve, que poseía la fragancia da los lirios, la 
inocencia de las palomas, la dulzura melancólica 
de una noche de luna, esparcía sobre su alma, 
atormentada por el remordimiento, un bálsamo que 
la refre&caba deliciosamente. ¡ Cuántas veces, te- 
niéndola entre sus brazos, se preguntaba sorpren- 
dido cómo un ser tan inocente, tan puro, tan di- 
vino, pudiera ser hijo del pecado ! Pero aun aquella 
misma niña era ocasión de nuevos y crueles tormen- 
tos. Noverla a solas sino de tarde en tarde ; hallarse 
obligado a disimular sus sentimientos, a besarla fría- 
mente como los demás, más fríamente que los de- 
más ; no poder llamarte hija del corazón, no sentir- 
la gorjear el tierno nombre de padre, le entristecía 
y en ciertos momentos le desesperaba. Desquitá- 
base cuando una que otra vez, muy rara, le con- 
sentían llevarla a la Granja. Allí se pasaba las 
horas en éxtasis, teniéndola sobre sus rodillas, aca- 
riciándola frenéticamente. 

La niña se había acostumbrado a estas violen- 
tas expresiones de cariño y las agradecía. A veces 
sentía su cabecita blonda mojada por las lágrimas 
de sü amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero 
viéndole sonreír, sonreía también y alargaba sus 
labios de coral para darle un beso. 

— ¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa? 

Josefina no entendía que hubiese motivo más 
grave en el mundo para llorar. Amaba a Luis tier- 
namente, y eso que le chocaba y entristecía la 
frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco 
a poco había ido adivinando, con precoz instinto, 



252 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



que el conde la quería más que los otros y que 
disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo el 
ejemplo, una actitud indiferente cuando se acer- 
caba a él en público. Pero cuando estaban solos, 
entregábase con el mismo entusiasmo a las ex- 
pansiones del cariño, y esto sin saber por qué, sin 
darse cuenta de lo que hacía. 

Desde el día en que m madrina ordenó que le 
cortasen el pelo, Josefina pudo notar que había 
caído en desgracia. Ya no la besaban con tras- 
porte, ya no satisfacían sus mínimos antojos, ya 
no era la preocupación constante de la casa. Ama- 
lia comenzó a contrariarla, a usar con ella un tono 
frío y displicente ; y las criadas siguieron el ejem- 
plo de su señora. La pobre niña, sin comprender 
qué significaba aquel cambio, sintió su pequeño 
corazón apretarse ; exploraba con sus bellos ojos 
profundos los semblantes y trataba de descifrar el 
enigma que guardaban. Se hizo más grave, más 
recelosa, más tímida. Y como viera que le negaban 
los juguetes o las golosinas que antes le otorga- 
ban a manos llenas, se abstuvo de pedirlos. 

Amalia, en vez de gozar como antes con sus 
gracias infantiles, parecía huirlas. Dió orden de 
que no se la llevasen por la mañana a la cama, 
según costumbre. Cuando la tropezaba casualmen- 
te en los pasillos, paisaba de largo, evitando mi- 
rarla. A todo más se acercaba preguntándole con 
acento displicente : 
* — ¿No te has lavado todavía? Anda, ve a que 
te arreglen. bien : «Me han dicho que no has 
sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo 
muy holgazana. Cuidado que seas buena, porque 
si no, te encierro en la cueva de los ratones.» 

Antes se ocupaba de ella en tomarle las leccio- 
nes, en ponerle la aguja en la mano y guiar sus 
diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre 



EL MAE STE ANTE 



253 



esta tarea a las doncellas. Vivía en un estado de 
preocupación sombría que no pasaba desadvertida 
a los criados. Josefina también la adivinaba ; veía 
que su madrina estaba cambiada, no sólo con res- 
pecto a ella, sino en todo su modo de ser. Y allá, 
vagamente, en lois limbos obscuros de su pensa- 
miento se engendraba la idea de que estaba triste, 
que padecía y que ésta era la causa de su mal 
humor. 

Un día estaba la dama sola en su gabinete. Se 
había dejado caer en una butaca. Inmóvil, con la 
cabeza echada hacia atrás y las manos pendientes, 
parecía dormida. Sin embargo, Josefina, que ron- 
daba el gabinete, se atrevió a mirar por la rendija 
de la puerta y observó que tenía los ojos abiertos, 
muy abiertos, y que su frente estaba temerosa- 
mente fruncida. Sin saber lo que se hacía, con esa 
ciega confianza que los niños tienen en sí mismos, 
empujó la puerta y penetró en la estancia. Acer- 
cóse silenciosamente a la señora, y echándose re- 
pentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en 
ella una mirada de tí^do afecto : 

— Dame un beso, madrina. 

La dama se estremeció. 

— ¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permi- 
so para entrar? ¿No te han dicho que no subas 
sin que te llamen? — preguntó frunciendo aún 
más el ceño. 

— Quería darte un beso — dijo con voz apaga- 
da Josefina. 

— Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir 
otra vez sin mi permiso. 

Pero la niña, embargada por la emoción, no sa- 
biendo a qué atribuir aquel despego y queriendo 
vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se echó 
aún m'ás sobre el regazo y trató de subirse para 
alcanzar su rostro. 



254 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



, — Dame un beso, madrina. 

— ] Quita ! ¡ Déjame ! — replicó la dama impi- 
diéndola alzarse. 

La niña se obstinó. 

— ¿No me quieres? Dame un beso. 

— j Que te quites, chicuela ! — gritó enfureci- 
da — . ¡ Lárgate ahora mismo ! 

Al mismo tiempo le dió un fuerte empujón. Jo- 
sefina, después de tambalearse, rodó por el suelo, 
dando con la cabeza en el pie de una silla. 

Alzóse llevando la mano al sitio dolorido, pero 
no lloró. Un sentimiento de dignidad, que muchas 
veces se aloja con fuerza en los corazones infan- 
tiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que 
brotaba a los ojos. Dirigió a su madrina una mi- 
rada de indefinible tristeza y salió corriendo de la 
estancia. Guando llegó a la escalera se dejó caer 
sobre un peldaño y rompió a sollozar. 

Las espinas de la vida comenzaron a clavarse 
cruelmente en las carnes delicadas de aquella niña, 
que hasta entonces sólo floréis había hallado en su 
camino. El despego de Amalia fué creciendo de 
día en día. A la par crecía también la reserva y la 
timidez de su hija. Pero, como al fin era niña, esta 
tristeza disipábase a veces al impulso de un ca- 
pricho. Entonces era cuando realmente se mos- 
traba la frialdad y ojeriza de la dama. 

— Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido 
verde. 

— ¿Pues? 

— Dice que está sucio. 

Amalia se levantó, fué al cuarto de la niña y, 
cogiéndola por un brazo y sacudiéndola rudamen- 
te, le dijo : 1 

—¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que 
en esta casa no eres nadie? ¿Que estás aquí por 
misericordia? Ten cuidado no enfadarme, porque 



EL MAESTEANTE 



255 



el día menos pensado te planto en la calle, de don- 
de te he recogido. 

Las criadas escucharon estas palabras y las tu- 
vieron bien presentes. Josefina; hasta entonces ha- 
bía sido tratada como hija de los señoras ; en ade- 
lante se la consideró como una hija postiza ; más 
tarde, como advenediza. La servidumbre se ven- 
gaba con placer de los minuciosos cuidados que 
antes se veía obligada a prodigarle, de aqueUas 
ásperas reprensiones que recibían por su causa. 
En particular Concha, la microscópica doncella, 
experimentaba una alegría indefinible, propia de 
su carácter maligno y rencoroso, cada vez que la 
señora mostraba de algún modo su desdén por la 
niña recogida. 

Eista ocupaba una habitación que daba al jar- 
dín, alegre y espaciosa, Concha, aunque prime- 
ra doncella y costurera de la casa, alojábase en 
un cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que 
compartía con María. El gabinete de Josefina ha- 
bía sido siempre para ella objeto de envidia. Más 
de una vez la había expresado con palabras bien 
pesadas para aquélla. Aprovechándose de la dispo- 
sición de su ama, obtuvo permiso para dormir tam- 
bién en este gabinete, a pretexto de que Paula, 
que ocupaba una alcoba contigua, tenía el sueño 
pesado. Instalóse cómodamente, hizo uso del to- 
cador y de los enseres de la niña. Pocos días des- 
pués la mandó a dormir con María en su antiguo 
cuarto, sin decir una palabra a su ama. Cuando 
ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo : la 
repreúdió sin aspereza por no haberle dado parte, 
pero no modificó los hechos consumados. 

Más adelante se le ocurrió degradarla de otra 
manera. Josefina comía a la mesa con los señores. 
El alto y poderoso Maestrante no había consentido 
en ello al principio : importunado por su esposa, 



256 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



cedió al fin, no sin repugnancia. Concha, penetrar 
da de la ojeriza de su señora, comenzó a intrigar 
para privar de este honor a la recogida. Exage- 
rando lo que daba que hacer, lo mucho que se 
manchaba y lo que perturbaba el «servicio de la 
mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y 
sí en una pequeñita que se le puso en el cuarto de 
la plancha, próximo a la cocina. A los pocos días 
la misma Amalia, en un acceso de mal humor, dijo 
que aquel doble servicio no podía ser tolerado y 
que ise la llevasen a la cocina a comer con los 
criados. 

Concha la sentó en un taburete, le puso un 
plato de barro y una cuchara dé madera en la mano 
y le dijo : 

— Come. 

La niña levantó la cabeza estupefacta ; pero 
al ver la sonrisa maligna que brillaba en los ojos 
de la doncella, bajóla de nuevo y se puso a comer 
sin protesta alguna. Concha no quedó satisfecha ; 
deseaba que se rebelase ; verla llorar. 

— ¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... 
Pues, hija, come con ella, que también como yo 
y soy tan buena como tú... ¡ Qué te creías, boba- 
licona ! ¿ Pensabas que porque te ponían el sóm- 
brenlo y la caipisa de batista eras una señorita?... 
Las señoritas no vienen metidas en un cesto entre 
trapos sucios... 

Y por ahí continuó soltando a chorros sarcas- 
mos e insultos, hasta que al fin la pobre Josefina 
rompió a llorar. Las demás criadas, menos malé- 
volas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aque- 
lla humillación. Al fin se pusieron de su parte, tra- 
taron de consolarla, mientras Concha, despiadada, 
más dura y más fría que el mármol, láguió persi- 
guiéndola largo rato con rechifla sangrienta. 

Pocos días después, al cruzar Josefina por el 



EL MAE STE ANTE 



257 



cuarto do la plancha para ir al comedor, oyó a 
Concha decir dirigiéndose a María : 

— Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la 
hospiciana? 

Se detuvo, sin saber a quién se refería, y pa- 
seó su mirada recelosa de una a otra doméstica, 
hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la 
vez, le hizo comprender que se trataba de ella. 

— ¿Por qué me llamáis hospiciana? — exclamó 
> la inocente pugnando para no llorar — . Lo voy a 
decir a mi madrina. 

— ¡ Alza ; corre a decírselo ! — replicó Concha 
empujándola a la puerta. 

Desde entonces no se le dió otro nombre entre 
la servidumbre. 

Amalia prohibió que la llevasen por la noche 
al salón. El conde, que ya no veía a su hija más 
que este momento, pidió explicaciones: La dama 
manifestó que, debiendo levantarse temprano para 
estudiar sus lecciones, necesitaba más sueño. No 
se dió aquél por convencido. Comprendía que se 
trataba de. una ruin venganza ; pero tuvo la pru- 
dencia de callar, temiendo mayor daño. 

A Amalia se le ocurrió entonces herirle de un 
modo más directo. La niña, a quien había privado 
no sólo de sus caricias, sino de todas sus preemi- 
I nencias en la casa, iba en camino de ser una cria- 
dita más. En un instante quedó tranformada por 
completo. La señora dió orden de que se le guar- 
dasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese 
el más pobre y el más viejo del guardarropa ; que 
se le hiciesen delantales como a las demás criadas 
y se la emplease en los menesteres de la cocina 
que pudiese ejecutar. 

Los amores del conde y Fernanda eran cada 
día más notorios. Aunque en casa de Quiñones se 
guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa 

MAESTRANTE. — 17 



258 



AE MANDO PALACIO VALDÉS 



valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos exis- 
tía. Sus ojos traspasaban como dos rayos de luz 
el cerebro de su amante y leían con claridad den- 
tro de él. Luis estaba enamorado de su antigua 
novia. Las relaciones adúlteras le pesaban en el 
alma como una losa de piedra. Ella, la amada, 
la preferida de otros días, le parecía ahora vieja 
y marchita frente a aquella espléndida rosa que 
acababa de abrirse por completo; Si no la había 
abandonado ya, era por debilidad de carácter, por 
el ascendiente poderoso que en siete años de rela- 
ciones había logrado adquirir sobre él. Pero no 
apetecía otra cosa. Lo leía perfectamente en sus 
miradas huidas ; en la preocupación sombría que 
pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y 
extravagante alegría ; en el temor y en el servi- 
lismo, cada vez mayores, con que se acercaba a 
ella. 

Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los 
ojos de Amalia brillaron repentinamente. Había 
llegado el momento .ansiado. Tiró de la campani- 
lla y dijo con singular inflexión a la doncella que 
acudió : 

— Paula, que traigan un vaso de agua. 

Pocos instantes después se presentó Josefina, 
pobremente vestida, con un mandilito de tela bur- 
da, calzados los pies con toscos zapatos, soportan- 
do trabajosamente entre sus pequeñas manos una 
bandeja con vaso de agua y azucarillo. Los tertu- 
lios quedaron estupefactos. Luis empalideció. 
Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando 
tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña que 
se acercase al conde. 

Vaciló el caballero como si estuviese distraí- 
do; pero, viendo a la criatura plantada delante de 
él, se apresuró a tomar el vaso y se lo llevó con 
mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia 



EL MAE STB ANTE 



259 



se mostraban en tanto fríos, indiferentes ; pero en 
sus labios había imperceptibles estremecimientos 
que revelaban el gozo cruel que sentía. En la ter- 
tulia reinó, mientras se efectuaba esta escena, 
un significativo silencio. 

Luego que Josefina hubo salido, la señora de 
Quiñones explicó a sus tertulios con naturalidad 
aquella mudanza. Se trataba de un castigo nece- 
sario al orgullo que la niña empezaba a mostrar 
con los criados. No duraría mucho. Sin embargo, 
necesitaba vencer a todas horas la voluntad de 
Quiñones, que se oponía a que fuese educada con 
tanto mimo. 

— La verdad es — concluyó diciendo con acento 
tan natural, que ninguna actriz lo hallaría más 
adecuado a la ocasión — , la verdad es que algu- 
nas veces no puedo menos de darle la razón en 
mi interior. ¿Qué bien le hacemos a esta pobre 
niña colocándola en una situación donde no ha de 
poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos mu- 
ramos, la pobre necesitará buscarse el sustento tra- 
bajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y 
qué marido le vamois a dar a una muchacha con 
necesidades y sin dinero? 

Los tertulios no cayeron en la trampa. En rea- 
lidad tampoco ella lo pretendía. Todo aquello ve- 
nía a reducirse a puro convencionalismo, pues a 
nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco des- 
pués, no pudiendo dominar la molestia que sentía, 
el conde se despidió. 

— Etste negocio de Luis no se presenta nada 
bien — decía a última hora Manuel Antonio en un 
grupo que se retiraba por la calle de Altavilla, 
donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jo- 
vita — . El matrimonio con Fernanda, si es que lo 
llega a realizar, le ha de costar muchos disgustos. 



260 AK MANDO PALACIO VALDÉS 



—¿Crees tú?... — preguntó María Josefa para 
tirarle de la lengua. 

— ¡ Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces 
a Amalia como yo? 

—¿Y qué tiene que partir Amalia en el matri- 
monio de Luis? — preguntó Jovita, que en su 
calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los 
treinta y dos, le convenía hacer patente su candor. 

— ¡ Ay ! Es verdad que teníamos aquí esta /an- 
ciullina — exclamó, haciendo cómicos ademanes 
de susto, el marica — . ¡ No me hacía cargo ! . . . Na- 
da, monina, nada ; sigue adelante, que son cosas 
de los grandes... 

La hija del Jubilado se volvió iracunda al sen- 
tir el alfilerazo y replicó con una frase insolen- 
te. Pagóle Manuel Antonio con otra, y se entabló 
animada disputa rebosando de palabras amargas e 
intencionadas que se prolongó .haieta casa del Ju- 
bilado, no sin que éste hubiese hecho algunos va- 
nos esfuerzos para poner paz entre ellos. La me- 
jor parte la llevó, como siempre, el marica, que 
poseía para lanzar sus frases el vigor de los hom- 
bres y la sutil intención de las hembras. 

Al día siguiente el conde logró una entrevista 
con Amalia y le dió sus quejas por la escena de 
la noche anterior. La dama se manifestó amable, 
condescendiente, justificó su conducta por el bien 
de la niña. Luis observó, sin embargo, que ha- 
blaba de un modo particular : creyó percibir en la 
miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía 
que le sobresaltó. Salió preocupado, inquieto : en 
algunos días no pudo quitar de sí el malestar de 
aquella entrevista. 

Pero el amor prendía fuego rápidamente en to- 
dos los aposentos de su alma y consumió al fin aquel 
último resto de preocupación. Estaba profunda- 
mente enamorado. Y como siempre acaece, a la 



EL MAESTBÁNTE 



261 



par que crecía su amor aumentaba también su ti- 
midez. Al principio, en sus largas conversaciones 
con Fernanda, aparecía sereno, galante, no per- 
donaba medio de demostrar a su ex novia su admi- 
ración y rendimiento. De repente comenzó a per- 
der el aplomo, a huir todo asunto relacionado con 
sus propios sentimientos, a evitar las frases ga- 
lantes. Fernanda no se equivocó. Ahora es cuando 
había llegado aquel amor, tras del cual tanto tiem- 
po había corrido, que tantas lágrimas le había con- 
tado. 

Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indife- 
rentes, tenían un sabor delicado, exquisito. Ha- 
blaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas 
más insignificantes, por el placer de verse tan cer- 
ca, de escucharse. 

Fernanda charlaba con toda la alegría de su 
corazón, sin curarse de la timidez de su adora- 
dor, al contrario, gozando al ver el empeño pue- 
ril con que evitaba el confesar su amor, sabien- 
do que en cuanto ella diese la señal se entregaría 
atado de pies y manos. 

El momento llegó al fin. Un día la hermosa viu- 
da se resolvió a declararse ella. Hablaban del ma- 
trimonio ; de las segundas nupcias. Luis comenzó 
a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz tem- , 
Morosa, a tratar de huir la conversación. Fernan- 
da dijo de repente con perfecta calma y en tono 
resuelto : 

— Yo no volveré a dasarme segunda vez. 

Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal 
manera que la joven, reprimiendo a duras penas 
una sonrisa, repitió con más resolución aún : 

— No volveré a casarme segunda vez... a no 
ser contigo. 

El conde la contempló desencajado. 



262 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Es de veras eso? — preguntó al fin con voz 
temblorosa. 

— ¡ Y tan de veras ! — repuso ella mirándole son- 
riente. 

— Dame esa mano, Fernanda. 
— Tómala, Luis. 

Se las estrecharon fuertemente por unos mo- 
mentos. El conde se levantó sin decir otra pala- 
bra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga 
carta de seis pliegos pintándole con los más vivos 
colores su pasión, dándole fervorosas gracias, lla- 
mándose indigno gusano tres o cuatro veces. 

El matrimonio quedó concertado para cuando 
terminase el año de luto. Faltaban dos meses. De- 
cidieron guardar el secreto y que la ceremonia no se 
celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del 
prefijado saldría ella para Madrid ; poco después 
se le juntaría él, y en la corte quedarían unidos 
para .siempre. 

En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier 
cosa : un proyecto de boda, imposible. Por la in- 
tensidad de la mirada cada par de ojos se convierte 
en cien pares ; por su virtud acústica, cada oído 
en cien oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el 
modo de saludarse y despedirse los ingeniosos la- 
cienses adivinaban como verdaderos magos lo que 
pensaban, medían exactamente el progreso de 
aquellas relaciones que les tocaba en lo más vivo 
del corazón. 

Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante 
de la tétrica morada del conde, vió salir a la don- 
cella con una caja de cartón en las manos. El ma- 
rica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos 
un instante, y la siguió. 

— Adiós, Laura — dijo pasando delante de ella. 

Y volviéndose de repente le preguntó en tono 
indiferente : 



EL MAE STK ANTE 



263 



— ¿Cómo sigue tu amo? 

— El señor conde no está malo. 

— ¡ Ah ! Pues me dijeron... Como no le veo hace 
dos días... ¿Vas de compras para la señora? 

— Son camisetas para el señor conde. 

—¿De casa de Eamiro?... Déjame verlas, yo 
también tengo que comprar. 

La doncella abrió la caja y el marica se puso a 
examinar el contenido. 

— Son muy finae. Esto es demasiado caro para 
mí, hija. 

— Sí, señor, son caras. Pues el señor conde to- 
davía no las encuentra buenas. Quiere a toda costa 
que sean de seda, y por más que anduve todos los 
comercios, no las hay. No tiene más remedio que 
encargarlas. 

' — ¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a 
casar. 

— Yo no sé nada de eso, señorito — se apresu- 
ró a replicar la criada con señales de turbación. 

— ¡ Quita allá, hipocritona ! — exclamó riendo — . 
Tú lo sabes como yo y como todo el mundo... ¿Y 
para cuándo? 

— Le digo que no sé nada. 

Pero el marica insistió tanto, se mostró tan ex- 
presivo y familiar que al cabo de un rato la criada 
desembuchó lo que tenía dentro. 

— Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo 
lo que hay, pero creo que se casa y pronto. El otro 
día oí unas palabras a la señora condesa... 

— ¿Qué palabras? 

— Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo 
se fuese, iría a pasar una temporada a la Granja. 
Después, mirando por el agujero de la llave, la vi 
llorar. Además, fray Diego estuvo anteayer en ca- 
sa... pero no sé si debo decirle... 

— ^Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que 
yo soy una gaceta? 



264 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



— Pues le oí decir al tiempo de despedirse : 
«Nada, nada ; tienen mucha razón ; es mucho 
mejor que lo hagan en Madrid. Este es un pueblo 
muy envidioso...» 

El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra 
del Nuevo Mundo no fué nada en comparación con 
el de nuestro marica. No sólo sabía sin género de 
duda que se casaban, sino dónde había de efectuar- 
se la ceremonia. Embarazado por noticia tan ca- 
pital y queriendo aliviarse en seguida de aquel pe- 
so, se puso a imaginar sobre quién haría más efec- 
to. Su pensamiento fué derecho a Amalia. Hacia el 
palacio de Quiñones enderezó, pues, sus menudos 
y graciosos pasos. 

Era la hora del obscurecer. Halló a la señora 
sentada en su gabinete, sin luz,, entregada sin du- 
da a una de esas intensas y dolorosas meditaciones 
que desde hacía algún tiempo la embargaban. Ma- 
nuel Antonio se mostró jovial y decidor, trató de 
alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la san- 
gre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada 
fuese más dolorosa. Pidió chocolate, lo tomaron 
jaraneando lindamente : Amalia llegó a olvidarse 
de sus preocupaciones. Y cuando más olvidada es- 
taba, ¡ zas ! la bomba. Pero dejada caer suavemen- 
te, con arte infinito, el arte que sólo posee una 
mujer, reforzado por el ingenio masculino. 

Lo único que sintió fué no poder verle la cara. 
El gabinete estaba ya casi en tinieblas. Pero ad- 
virtió bien claramente el destrozo de la explosión 
en el sonido, de la voz, en la frialdad de la mano 
al despedirse. 

Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo ra- 
to. Apoyóse en la cortina de crespón para mirar 
a N la calle y la destrozó. Trató de abrir su eiscrito- 
rio para tomar el pomo de esencia, pero dió de- 
masiada vuelta a la llave y estropeó la cerradura. 



EL MAE STE ANTE 



265 



Salió de la estancia y vagó, por los pasillos obs- 
curos y escaleras, con incierta planta, como un 
fantasma. Allá a lo lejos vió un punto luminoso y 
se dirigió hacia él involuntariamente coíno una 
mariposa. Era el comedor, que ya estaba alum- 
brado. Sentada a la mesa, armando unos pastor- 
citos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba 
Josefina. La pantalla de la lámpara proyectaba 
viva luz «sobre su cabecita monda y dorada como 
una naranja. Amalia se detuvo un instante y la 
contempló con ardiente mirada, devorando con 
los ojos aquel semblante grave y melancólico que 
tan fielmente reflejaba el de Luis. Dió un paso 
y la niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos 
azules era igualmente dulce y triste ; el movimien- 
to de las pestañas, idéntico. La esposa del maes- 
trante salvó de dos pasos la distancia que la sepa- 
raba y cayó sobre ella como un tigre hambriento. 
Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas dejaron al ins- 
tante surcos morados en aquel rostro pálido. La 
sangre comenzó a brotar. La niña, loca de terror, 
lanzaba chillidos penetrante^. Apenas tuvo tiem- 
po a ver a su madrina. No sabía qué era aquello. 
Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los 
gritos de la víctima hacían crecer su furor. Se de- 
tuvo rendida al fin. 

— Madrina, ¿qué hice? — exclamó la pobre niña 
huyendo hacia un rincón. 

Esta pregunta, la mirada de angustia con que 
la acompañó, enfurecieron de nuevo a la dama. 
Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura 
se tapaba el rostro con las manos. Entonces le 
cogía las orejas, las estrujaba hasta arrancarlas. 
No satisfecha todavía, irritada de no poder herirla 
en la cara, tomó un plumero que había sobre la 
mesa, y cqn el mango comenzó a .sacudirle sobre 
las manos, dejándolas cubiertas de cardenales. 



266 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



-Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que ha- 
bían acudido y presenciaban atónitas la escena, 
dejáronla paso y huyó por los pasillos y tomó por 
la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. 
El cochero, al llevar los caballos al agua, la había 
dejado así. Josefina salió de la casa y corrió des- 
alada por la calle de Santa Lucía, penetró en la 
travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del 
Obispo y, bajando por la calle de la Sastrería, sa- 
lió por la puerta de San Joaquín a la carretera de 
Sarrio. 

Había cerrado ya la noche. Caía isuavemente 
una lluvia menuda, pero espesísima, que en poco 
tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada 
criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se 
detuvo jadeante. El pretil de la carretera estaba 
bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces fué cuan- 
do sintió el dolor de los golpes. Llevóse las manos 
a la cabeza, después a la cara, por donde sentía 
correrle un líquido caliente, jque al principio pensó 
sería la lluvia. 

Pronto se convenció de que era sangre. ¡ San- 
gre! ¡ La cosa en el mundo a que ella tenía más 
terror ! Dominada aún por el susto, no se quejó. 
Levantó la falda de su vestidito y íse secó, o por 
mejor decir, se lavó la cara, porque el vestido es- 
faba mojado. 

Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un 
modo horrible eran las manos. No sabiendo qué 
hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego 
las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó 
al fin sollozando : 

— ¡ Ay mis manos ! 

En aquel momento se alzaron ante ella entr§ 
las sombras de la noche dos enormes figuras que 
la dejaron helada de espanto. Una de ellas se aba- 
lanzó y la cogió por un brazo. 

— ¿ Qué haces ahí ? — dijo con voz bronca. 



XII 



LA JUSTICIA DEL BARÓN 

En una gran sala de la casa solariega de los Os- 
eos, amueblada con cuatro trastos viejos, tapiza- 
da con dos dedos de polvo, se encuentran sentados 
a una antigua mesa de roble dos conocidas perso- 
najes de esta historia. Uno es el propio barón, 
dueño de la casa. El otro, su amigo fray Diego. 
Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a 
medio vaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, 
ni bandeja ; el único adorno de la mesa son las 
manchas caprichosas que el vino y la ginebra en 
feliz consorcio con el polvo han ido dejando con 
el transcurso de los meses y los años. La es- 
tancia es lóbrega,- porque la calle del Pozo lo es 
y porque los cristales emplomados, hace años ya 
que no &e han limpiado, y porque la tarde está de- 
clinando. 

A la poca luz que allí consigue penetrar pue- 
de verse la faz de ambos excesivamente roja, tan 
roja que parece imposible no brote la sangre de 
sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al 
límite de \su fiera y espantable fealdad. Aquella 
cicatriz sangrienta que le surca el rostro se des- 
taca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y 



268 ARMANDO PALACIO VALDÉ£ 



negra que da grima verla. Sus bigotes cerdosos, 
unidos a las patillas, son ya más blancos que ne- 
gros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una 
gran boina roja cuya borla cae arremolinada, unas 
veces sobre las orejas, otras sobre las narices, se- 
gún los movimientos que imprime a m torso de 
ogro. 

Hace largo rato que guardan silencio. Fray Die- 
go de vez en cuando lleva la mano al tarro de la 
ginebra, llena la copa de su amigo, luego la suya, 
y gravemente la apura de un trago. El barón no es 
tan expedito : toma su copa, la sube a la altura 
de los ojos y hace frente ella una serie de muecas 
a cual más horrorosa ; después la toca con el borde 
de los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocar- 
la ; por fin, después de largos ensayos y vacilacio- 
nes, se decide a apurarla. 

De esta manera grave y prudente ise solazan 
los dos antiguos soldados de don Carlos casi todas 
las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre 
sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas 
sobre cuál de los dos moriría primero de apoplejía. 

Fray Diego había servido también en las filas 
del Pretendiente. Luego se había ordenado, se hizo 
fraile, estuvo en Filipinas ; finalmente se secu- 
larizó y vivía en Lancia como capellán suelto. 
Mientras la guerra no se habían conocido. Cuando 
se encontraron en Lancia quedaron unidos con in- 
disoluble amistad por la identidad de ideas, por el 
recuerdo de las gloriosas batallas a que asistieron. . . 
y por la ginebra. 

; — ¡ Viva el Papa soberano de todos los reyes 
de la tierra ! — exclamó después de largo silencio, 
en que ambos parecían dormitar, fray Diego. Al 
mismo tiempo dió un tremando puñetazo sobre la 
mesa que hizo bailar los tartos y las copas. 
El barón no se conmovió poco ni mucho. Si- 



EL MAE STE ANTE 



269 



guió haciendo guiños a la copa que tenía delante 
y, después de apurarla muy reposadamente y chas- 
quear tres o cuatro veces la lengua, dijo : 1 

— Despacio, despacio, fray Diego ; usted no sabe 
todavía lo que son los Papas. 

— ] Viva el Papa soberano de todos los reyes 
de la tierra ! — volvió a exclamar el cura, dando 
otro puñetazo más fuerte. 

— Cuidado, fray Diego, que los Papas han sido 
siempre muy ambiciosos. 

— ¡ Señor barón ! — exclamó el clérigo con voz 
enfática de cómico de la legua — . ¡ Tiene usted el 
alma tan fea como el rostro ! 

El barón quedó tan sosegado ante aquel insul- 
to. Después de un rato dijo con perfecta tranqui- 
lidad : 

— No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver 
mi cara en estos asuntos? Yo soy católico, apos- 
tólico, romano ; pero si mañana el rey, nuestro 
señor (llevóse la mano a la boina al decir esto), me 
manda con un destacamento a Eoma, voy a allá 
como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo 
al Pontífice. 

— Y yo digo que si Su Santidad me mandase 
meter una cuarta de bayoneta por el ombligo a 
ese condestable, tenga usted por seguro que le 
metía dos. 

—No. 

— ¿Cómo no? — rugió el capellán poniéndose 
carmesí. 

— Porque el condestable ha muerto hace tres 
siglos. 

— Me alegro. Tres siglos hace que arde en los 
infiernos. 

— Todo eso está muy bien, pater, pero el rey 
siempre arriba, ¿estamos?, y los demás a callar y 
obedecer. 



270 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡ El Papa no calla nunca, señor barón ! 

— -Pues se le pone una mordaza. 

— ¡ Quisiera yo ver ¡ porra ! j reporra ! ¡ cien veces 
porra ! quién se la ponía estando cerca fray Diego 
de Areces ! — gritó el clérigo alzándose convulso y 
echando fuego por los ojos. 

— Siéntese, pater, y cálmese y escancie otra co- 
pita, que fray Diego de Areces no es más que una 
cazuela. 

El capellán se serenó repentinamente, vertió 
delicadamente el licor en las dos copas y apuró 
la suya con deleite, después de lo cual dejó caer 
la cabeza sobre el pecho, lo© párpados se le baja- 
ron y se puso a dormitar. El barón, radiante de 
alegría, le contemplaba fijamente con ojos socarro- 
nes, aprovechándose de su ausencia temporal para 
escanciarse otra oopita, «de nones» , como él decía. 

Era constante particularidad de aquellas dul- 
ces ^sesiones el que la ginebra trocase el carácter 
de ambos. El genio irascible, impetuoso del barón 
se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mien- 
tras duraba la benéfica influencia del alcohol, ale- 
gre, comunicativo, conciliador ; ninguna palabra 
le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para 
encolerizarse. En cambio, fray Diego, que en es- 
tado normal era un bendito, siempre jovial y 
chancero, tornábase un diablo disputador y quis- 
quilloso, adquiría de pronto humor guerrero que 
nadie sospecharía bajo su rostro redondo y plácido 
de beata ajamonada. 

Despabilóse al cabo de pocos minutos, miró al 
barón algunos momentos fijamente con extraña 
ferocidad y profirió estropajosamente : 

— Quisiera, señor barón, que me explicase us- 
ted qué entiende por cazuela. 
* — ¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso?. ¿A 
usted qué le importa que signifique uno u otro? 



EL MAESTBANTE 



271 



— Es que yo quisiera... ¡entendámonos! 

— Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuar- 
tillos de ginebra entre pecho y espalda y yo otros 
dos. r . o algo más — añadió haciendo un número 
prodigioso de guiños. 

— ¡ No es eso, señor barón, no es eso! ¡ Enten- 
dámonos de una vez, porra! 

— Aquí ya no hay barones ni frailes — exclamó 
el noble en un arrebato de buen humor alzándo- 
se de la silla — . Aquí sólo quedan el tío Francis- 
co, que soy yo, y el tío Diego, que eres tú, ¿es- 
tamos?... Vengan esos cinco... 

Al avanzar con la mano extendida dió algunos 
traspiés, pero se mantuvo firme. 

— ¡ Vengan esos cinco, valiente ! 

El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos. 

— Ahora un abrazo por el rey legítimo de las 
Españas. 

— ¡ No me hable usted de abrazos !... — gritó el 
clérigo enfoscándose de nuevo — . Me acuerdo del 
abrazo de Vergara/ y ¡porra!... 

— No te apures, compadre, que ya nos lo pa- 
garán. 

¡Ay, ay, ay ! mutila 
Chanelen gorriá. 

Y se puso a cantar roncamente el himno car- 
lista ; pero interrumpiéndose de pronto : 

— ¡ Eh, tío Diego, a cantar ! Dejémonos ahora 
de lágrimas... 

En efecto, su amigo lloraba en aquel momen- 
to lágrimas como avellanas, recordando la traición 
de Vergara. 

— ¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de 
que bebiésemos una copita por el exterminio de 
todos los negros*} 

Fray Diego se declaró, con un movimiento de 



t 

212 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



cabeza, partidario en principio de este brindis con- 
solador, pero no se movió de la silla. 

Bebieron otra copa, y su efecto fué tan pródi- 
gioso en el alma tradicional del barón, que se puso 
inmediatamente a bailar el zapateado inglés sobre 
la mesa, sin que fray Diego dejase por ello de ver- 
ter abundantes lágrimas. 

— ¡ Hum ! No me gusta este baile de extranjís — 
manifestó al fin bajándose de un salto — ; prefiero 
la danza prima. Ven acá, tío Diegb... 

Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo 
alzó de la silla y se puso a dar vueltas con él, 
entonando uno de los cantos largos y monótonos 
del país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Be- 
cordaba sus tiempos de mastuerzo allá en la al- 
dea, cuando su tío el cura de Areces le molía a 
palos porque saltaba de noche por la ventana para 
ir a cortejar las mozas de los pueblos vecinos. 

— Oye, Diego — dijo el barón parándose repen- 
tinamente — . ¿No te parece que antes de iseguir 
bebamos una copita por el alma de nuestros ma- 
yores? 

Asintió el fraile de buen grado; pero las copas 
yacían rotas por el suelo y los tarros vacíos. El 
barón abrió un armario y sacó de él nuevos ele- 
mentos de vida espiritual. Esta copa funeraria le 
inspiró una idea felicísima, la de cubrir la ca- 
beza del capellán con su boina y adornarse él con 
el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. 
Así vestidos volvieron a la danza, haciendo dos fi- 
guras realmente interesantes. 

El barón dió un traspié y cayó. 

— Alza, tío Diego. 

El fraile le cogió de nuevo las manos que ha- 
bía soltado y tiró con fuerza hacia arriba. Pero 
el peso del noble le doblegó y rodaron los dos por 
el suelo. 



EL MAE STB ANTE 



273 



— ¡ Alza, tío Diego ! 
— ¡ Alza, tío Francisco ! 

Ambos se revolcaban soltando bárbaras carca- 
jadas. El barón logró al fin ponerse en pie. El ca- 
pellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma, 
iluminada un momento por los recuerdos dé la ju- 
ventud, cayó otra vez repentinamente en la sangre 
y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su amigo. 

— Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me 
ha llamado usted cazuela hace poco? ¿eh? ¿eh? 
¿por qué? 

— Te lo explicaré en seguida, hombre — repuso 
el barón con calma — ; pero antes beberemos una 
copa por la congregación de todos los fieles cris- 
tianos, cuya cabeza visible es el Papa... digo, si 
te parece. 

El capellán no puso obstáculo. 

— Pues te he llamado cazuela — prosiguió chas- 
queando la lengua — porque una cazuela, ¿sabes 
tú ? una cazuela sirve para que la llenen de patatas 
guisadas. 

Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de 
alegría tan violento que por poco se ahoga. Mien- 
tras tanto, los ojos saltones de su camarada le mi- 
raban con tal expresión amenazadora que parecía 
qúe iban a brincar de las órbitas y lanzarse sobre 
él ; crecían por momentos como los de una lan- 
gosta. 

— ¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo 
tantos hígadós como usted, ¡ porra ! y lo he pro- 
bado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y 
por algo tengo en mi casa seis cruces. 

—¿Tú? ¿tú? — dijo el caballero sin poder so- 
segar la risa — . Tú nunca has servido más que 
para hacer el rancho al escuadrón. 

El furor del fraile no tuvo límites al escuchar 
esto. Gritó, pateó, dió espantosos puñetazos so- 

MAESTRANTE. — 18 



274 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



bre la mesa. Por último, lanzóse hacia la puer- 
ta y desde su marco comenzó con descompuestos 
ademanes a apostrofarle. 

— ¡ Eso lo dice usted porque está usted en su 
casa ! ¡ Salga usted fuera , a decirlo ! ¡ Salga usted 
conmigo ! 

El barón le miraba con risueña curiosidad. 

— Calma, calma, tío Diego. 

— ¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sa- 
ble, con pistola, con lo que usted quiera... 

— Bien, hombre, bien; saldremos <a matarnos... 
pero sólo por darle a usted gusto... 

Fué con paso vacilante hacia la alcoba y a tien- 
tas, porque ya la obscuridad era completa, metió 
las manos en el armero y sacó dos grandes sables 
de caballería. 

— Toma — dijo alargando uno al capellán. 

Este lo sacó de la vaina y se puso a esgrimir- 
lo. Mientras llevaba a cabo la prueba, don Fran- 
cisco le contemplaba rebosando de satisfacción. 

— Bueno, vamos ya — dijo el fraile envainan- 
do — . En marcha. 

Y tomando el canalón, que andaba por el sue- 
lo, y ocultando el sable debajo de los manteos, 
salió por la puerta. El barón cogió la boina, tse 
puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió. 

— ¡ Alto ! — exclamó antes de que hubiera dado 
cuatro pasos — . ¿No te parece que echemos ía es- 
puela? 

Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo. 

Entraron otra vez en la sala y, tentando el sue- 
lo, tropezaron con el tarro de la ginebra, que no 
estaba agotado por completo. Dieron con las copas 
y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo 
salieron a la calle. 

El pavimento de gruesos guijarros estaba mo- 
jado. Caía una lluvia menudísima, tan espesa que 



EL MAESTEANTE 



275 



en poco tiempo calaba la ropa como el más fuerte 
aguacero. La noche había cerrado casi por com- 
pleto. Y como, según lais prácticas municipales, 
faltaba todavía un buen cuarto de hora para en- 
cender los famosos reverberos de aceite, las tinie- 
blas envolvían a la empapada ciudad. 

Los dos héroes, animados por ei espirita de la 
guerra, caminaron con decisión por la calle del 
Pozo, el clérigo delante, el noble detrás, ambos 
embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo 
el instrumento de muerte que cada cual llevaba. 
Entraron en la calle de las Hogueras, pasaron por 
bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía 
que ciñe la antigua muralla de la población. A 
medida que el agua, filtrándose al través de los 
abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatina- 
mente equilibrando sus humores. El de fray Die- 
go tendía visiblemente a serenarse, arrojaba uno 
a uno los negros velos que le oprimían. Pero estos 
velots los recogía todos el barón y envolvía con ellos 
su espíritu altivo y cruel. Ambos avanzaban im- 
pávidos al través de la noche y la lluvia, presa- 
giando la muerte. 

Siguieron un buen trecho a lo largo de la mu- 
ralla y al llegar a la carretera de Sarrió toma- 
ron por ella. No habían andado cinco minutos cuan- 
do oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y 
acercándose al pretil distinguieron un bulto ; se 
aproximaron un poco más y vieron sentada una 
niña. 

— ¿Qué haces ahí? — dijo el barón, agarrándo- 
la por un brazo. 

— ¡ Perdón ! — exclamó Josefina en el colmo del 
terror — . ¡ Por Dios, no me pegue usted, señor ! 
Ya me pegaron mucho. 

La mano del caballero se aflojó repentinamen- 
te y, cambiando de voz y tono, dijo : 



276 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



— No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo 
estás aquí a estas horas? 

— Me ha pegado mucho mi madrina y me es- 
capé de casa. 

— ¿No tienes padres? 

— No, señor. 

— ¿Vives en Lancia? 
Sí, señor. 

— ¿Quién es tu madrina? 

— Una señora. 

— ¿Cómo se llama? 

— Amalia. 

— ¡ Porra ! — exclamó fray Diego, dándose una 
palmada en la fíente — . Es la niña recogida por 
don Pedro Quiñones. 

— ¿Es verdad que se llama don Pedro el marido 
de tu madrina? 

— Sí, señor. 

— Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. 
Vente con nosotros. 

— ¡ Oh, no, por Dios ! ¡ No me lleven a mi ma- 
drina ! 

— No, no iremos allí. ¡ Estás mojada, criatura ! 
— añadió palpando su ropa — . Anda, anda. 

Los dos héroes habían depositado los , sables 
sobre el pretil. Cuando echaron a andar hacia Lan- 
cia, llevando a la niña en el medio, allí los dejaron 
olvidados sin reparar en que la humedad desluce 
y enmohece el acero. 

— ¿Y por qué te ha pegado tu madrina? — pre- 
guntaba fray Diego mientras caminaban despacito 
para acomodarse al paso de la niña. 

— Porque estaba jugando con los pastores. 

— ¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don 
Pedro vienen a dormir a casa? 

— Sí, señor ; duermen en la caja de cartón. 



EL MAESTEANTE 



277 



— A ver, a ver, chica, ¿qué estás diciendo ahí? 
— profirió el capellán deteniéndose. 

De la investigación entablada inmediatamente 
resultó que los pastores eran de barro. Fray Die- 
go emprendió nuevamente la marcha, resguardan- 
do con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura. 

Pero al ponerle una de las veces la mano en la 
cara observó, con sorpresa, que la humedad que 
le mojó los dedos era caliente. Comunicada esta 
observación con su antagonista, y como quiera que 
ya habían llegado a las primeras casas de la ciu- 
dad, metieron a la niña en un portal, encendió el 
barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el 
rostro bañado de sangre, que manaba de algunos 
profundos arañazos, las manos cubiertas de carde- 
nales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la 
misma ola de indignación encendió sus mejillas. 
El barón dejó escapar una serie de imprecaciones 
fulminantes. Estas y su feo rostro espantable hi- 
cieron tal impresión en Josefina, que huyó gritan- 
do a un rincón. Consiguieron, no sin trabajo, tran- 
quilizarla, y después de secarle el rostro con un pa- 
ñuelo, fray Diego la cogió en brazos (el barón lo 
había intentado en vano), tapóla bien con sus 
manteos y emprendieron la marcha hacia la casa 
solariega de los Oseos. 

Allí le hicieron la primera cura. El barón, que 
en la campaña había adquirido algunos conocimien- 
tos de cirugía, le lavó cuidadosamente las heridas, 
las cerró con aglutinante y . curó las contusiones 
con cierto ungüento eficaz que poseía. Las manos 
rudas de aquellos veteranos parecían de seda al to- 
car la piel de la niña. Una mujer no la hubiera 
curado con más delicadeza, con tal atención y es- 
mero. 

Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor 
tan feo no era malo. Se atrevió a pedir agua. El 



278 ASMANDO PALACIO VALDÉS 



barón respondió que no se estilaba en aquella casa, 
y que' lo mejor que le vendría ahora para quitar 
el susto era una copita de Jerez. Hízola traer, y 
luego que la niña la hubo bebido, los dos campeo- 
nes del rey legítimo se retiraron a un rincón de la 
sala a deliberar. 

Eesolvieron que lo práctico en aquel momento 
era llevar la niña a casa de Quiñones. El barón 
se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy 
jjien las orejas a su madrina ; le diría que era una 
indigna mujerzuela, una criatura vil y perversa, y 
que si otra vez osaba maltratar a aquella pobre 
niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas 
y atarla después por el moño a la cola de su ca- 
ballo y arrastrarla así por toda la ciudad. Fray 
Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero 
el barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni 
mucho aquel plan siniestro de terrible ejempla- 
ridad. 

Costó trabajo persuadir a Josefina a que vinie- 
se con ellos. Consiguiéronlo después de prometerle 
que su, madrina no volvería a pegarla y que sería 
para ella muy buena de allí en adelante. ¡ No fal- 
taba más ! Como se atreviera a tocarla siquiera en 
un pelo, ¡ rayo de Dios ! , le retorcía el pescuezo co- 
mo a una gallina, la desollaba viva a correazos 
con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor 
era tan espantoso al proferir tales amenazas, que 
la niña no dudó un instante de su cumplimiento. 

Mientras caminaban hacia la mansión de los 
Quiñones, el barón no cesó de vomitar injurias y 
amenazas de muerte contra la esposa del maes- 
trante. Fray Diego procuraba inútilmente calmar- 
le. Sus instintos sanguinarios se iban exacerbando 
de tal modo, que el ex fraile, temiendo una catás- 
trofe, se despidió al llegar a la puerta del palacio. 

El barón tiró de la campana. Como no sabía 



EL MAE STE ANTE 



279 



la costumbre feudal de la casa, no tiró más que 
una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebe- 
yo. La sorpresa del criado fué grande al ver a 
aquel terrible señor, que tanto respeto infundía en 
la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no ha- 
ber acudido más a tiempo a abrirle. El barón pre- 
guntó por don Pedro Quiñones. Le hicieron pasar, 
y el criado subió delante por la gran escalera de 
piedra. Al llegar al piso principal le rogó que 
aguardase mientras le anunciaba. 

Pocos momentos después se presentó Amalia. 
Dirigió una penetrante mirada de rencor a la niña, 
que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose 
a éste con frialdad y altivez : 

— ¿Qué deseaba usted? 

— Venía a entregar esta niña que he recogido 
en la calle... y al mismo tiempo a hablar con don 
Pedro o con usted cuatro palabras. 

Al proferir esta última, la voz del barón se al- 
teró de un modo perceptible. 

— ¿No me conoce usted? — añadió, viendo que 
la dama le miraba fijamente sin contestar. 

En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo 
las personas de viso, aunque no se traten. Sin 
embargo, Amalia replicó descaradamente : 

— No tengo ese honor. 

— Soy el barón de los Oseos. 

La dama hizo una inclinación de cabeza. 

— Paula — dijo dirigiéndose a una criada que 
había acudido — , llévate esa chica. Tú, Pepe, en- 
ciende las lámparas del gabinete azul. 

Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, in- 
vitó con majestuoso ademán al barón para que hi- 
ciese lo mismo, y esperó mirándole con extremada 
curiosidad, pero sin asomo de temor. 

— Señora — comenzó el barón — , he hallado a 
esa niña en la carretera de Sarrio cubierta de 



280 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



sangre y llena de cardenales. Le he preguntado 
quién la había puesto así, y me respondió que su 
madrina. Yo no puedo creer... 

— Puede usted creerlo, porque es exacto — dijo 
Amalia interrumpiéndole. 

El barón quedó parado y confuso. Al cabo pro- 
siguió : 

— Es posible que usted tuviera razón para cas- 
tigarla, pero me duele en el alma. 

Amalia volvió a interrumpirle : 

— Y a mí me duele mucho ese dolor que usted 
siente. 

— Mi objeto al venir aquí — manifestó el barón, 
que por momentos iba perdiendo su aplomo — , era 
prevenir a usted... 

—¿Cómo? 

— Era rogarle que, ya que ha tenido la cari- 
dad, según me han manifestado, de recoger esa 
desgraciada criatura expósita, continuase su buena 
obra protegiéndola, amparándola, educándola... y 
cuando tuviese necesidad de castigarla lo hiciese 
con clemencia, pues la pobre es una criaturita 
tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con 
su vida... 

— ¿Espeso todo lo que usted tenía que decir- 
me? — preguntó fríamente la dama. 

La faz temerosa del barón se congestionó sú- 
bito al escuchar esta pregunta, inyectáronse sus 
ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran relieve 
sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de 
algunos movimientos volcánicos de lo interior. Es- 
cucháronse allá en la garganta ruidos formidables, 
sordos estampidos, presagio de violenta erupción. 
Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron 
los movimientos de trepidación, y el cráter, en vez 
de despedir una corriente de lava fundida, como 
era de temer, rocas, cenizas y otras materias vol- 



EL MAE STK ANTE 



281 



cánicas en ebullición, dejó escapar débilmente es- 
tas dos palabras : 
— Sí, señora. 

— Bien, pues agradezco a usted mucho el in- 
terés que se toma en este asunto, y aprovecho la 
ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en 
el mío que tiene usted aquí su casa. 

Al mismo tiempo tiró del cordón de la campa- 
nilla y se levantó. Alzóse también el barón mas- 
cullando las gracias y ofreciéndose. 

— Pepe, acompañe usted al señor barón. 

Hizo éste una profunda reverencia. Contestó 
Amalia con otra más leve. El caballero giró sobre 
los talones y salió. 

v Al bajar por la escalera con las orejas gachas, 
el semblante encendido y los ojos extraviados, otra 
vez se presentaron ante su imaginación con vigo- 
roso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los 
ojos, la cola del caballo y otros fieros suplicios de 
la época visigótica, a la cual pertenecía por su bár- 
bara traza y corazón indomable y crudelísimo. 



XIII 



EL MARTIRIO 

. Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, 
Amalia hizo traer la niña a su presencia. 

— ¡ Venga usted acá, señorita, venga usted acá ! 
¡ Cuánto tiempo ya que no nos hemos vi§to ! ¿ Có- 
mo lo ha pasado usted ? ¿ Le ha ido a usted bien ? 
El barón es muy galante con las damas, ¿verdad? 

La niña lanzó un grito penetrante. 

— ¡ Ay mi oreja ! 

— ¡De rodillas, sabandija! ¡ Ah ! ¿Conque no 
vale nada lo que he hecho por ti? ¿Ya me ense- 
ñas los dientes antes de concluir de mamar? De 
rodillas, picaruela, ¡ malvada ! 

Josefina fué a caer acurrucada en un rincón 
del gabinete. Amalia mantuvo sobre ella largo 
rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, 
preguntó a Concha y a Paula, que habían traído 
a la delincuente, en qué forma se había escapa- 
do. La culpa era del cochero. Improperios con- 
tra el cochero, que era un borracho, y amenazas 
de despedirle si volvía a caer en descuido seme- 
jante. Luego comentarios infinitos sobre el encuen- 
tro del barón. ¿ Qué hacía aquel bruto a tales horas 
por la carretera de Sarrio? ¿Quién era el cura que 



284 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



le acompañaba? Después consideraciones tristísi- 
mas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña 
que huía de la casa donde se la había dado alber- 
gue y ponía en ridículo a su protectora. Las do- 
mésticas convinieron en que merecía un castigo 
ejemplar. 

Despidiólas al cabo la dama, deteniéndolas con 
ademán imperioso cuando trataban de llevarse a la 
expósita. Una vez .solas, Amalia tomó un libro y 
se puso a leer tranquilamente a la luz de un quin- 
qué, mientras su hija, de rodillas en el ángulo más 
obscuro, sollozaba apagadamente. Tres o cuatro 
veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mi- 
rada colérica a las tinieblas del rincón, esperando 
que la chica gimiese más fuerte para lanzarse so- 
bre ella. Transcurrió una hora, hora y media. Ce- 
rró al fin el libro : salió y volvió a los pocos mo- 
mentos. .Comenzó a desnudarse lentamente : cuan- 
do estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acer- 
cándolo a la niña la obligó a levantarse, la llevó 
hasta la alcoba y le dijo mostrándole el suelo : 

— Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida. 

Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo 
con voz débil : 

— Perdóname, madrina ; no volveré a hacerlo. 

Pero ella no quiso oír estas palabras. Se me- 
tió en la cama y apagó la luz. Sus ojos quedaron 
abiertos en la obscuridad. Las horas, sonando con 
sus cuartos y medias melancólicamente en el re- 
loj de la catedral vecina, no consiguieron cerrar- 
los. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban 
luz hacia adentro, alumbrando mil cosas sinies- 
tras y punzantes. Bajo aquella pequeña frente se 
atropellaban, se estrujaban las ideas sombrías, los 
deseos feroces. El matrimonio de Luis era una 
abominable traición. Sin recordar la suya hacia el 
pobre viejo paralítico que Dios le había dado por 



EL MAESTEANTE 



285 



esposo, ni pensar en que su falta había truncado 
la vida del conde, amenazado de morir en la sole- 
dad, sin familia que endulzara sus últimos días, 
hacía pesar sobre él toda la responsabilidad del deli- 
to y toda la amargura que ahora sentía al despren- 
derse del único placer que la acariciaba en aquella 
lúgubre y monótona existencia. ¡ El único placer ! 
No merecía otro nombre su amor. En aquel espí- 
ritu ardiente, despótico, atormentado, no había 
entrado jamás la ternura ; ignoraba por completo 
las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la 
pasión y la hacen perdonable. Su vida se había 
deslizado en una agitación insana, atormentada 
por el deseo de ser feliz a toda costa. En los últi- 
mos siete años vivió bajo el imperio de su torpe 
apetito insaciable. Jamás un pensamiento melan- 
cólico de remordimiento vino a acusar en aquella 
ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Ca- 
da vez más exacerbada su ansia de goces la arras- 
traba a mil pasos extravagantes y peligrosos. Ya 
no se contentaba con reunir en su casa a la ju- 
ventud laciense y bailar de vez en cuando por con- 
descendencia. Era menester, para alegrarla, que 
todos los días hubiese jarana, jiras de campo, mas- 
caradas, etc., y que ella bailase sin cesar hasta caer 
rendida como una zagala de quince años : nece- 
citaba menudear las entrevistas secretas con su 
amante a las horas más extraordinarias y en las 
ocasiones más impensadas. Sus anhelos enfermizos 
la impulsaban a desafiar la opinión pública, despre- 
ciando por gusto toda precaución. Si el conde le 
hacía alguna advertencia irritábase, se revolvía co- 
mo una fiera. Más perdía ella que él ; las murmu- 
raciones no se cebarían en el hombre seguramen- 
te, sino en la mujer. La deshonra era para ésta. 
Pero ella se reía a más no poder de estas murmu- 
raciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco 



286 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

era capaz de pregonar su falta en Altavilla cuando 
hubiese más gente. El conde se sentía cada vez 
más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus 
ideas morales, teológicas y sociales. Llegaba a ins- 
pirarle miedo. 

Este se convirtió en terror, en malestar insu- 
frible, que le hizo apetecer .con ansia la libertad, 
desde cierta revelación que, sonriendo, le hizo Ama- 
lia. 

— ¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a 
punto de hacer una locura, una locura muy gran- 
de. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsé- 
nico que toma hace tiempo. Cogí el frasco, y de re- 
pente, como si una mano invisible me levantase el 
codo, vertí en el vaso la mitad del contenido... 
¡ No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Ja- 
más me había pasado nada semejante. Te juro 
que mi voluntad no tenía arte ni parte en ello. 
Obraba por una fuerza superior que me arrastraba 
a pesar mío. Dejé el vaso sobre la mesa, lo con- 
templé un instante con sorpresa, lo levanté para 
mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo 
que denotase que allí estaba la muerte. Ijo puse so- 
bre la bandeja y me encaminé con él hacia el gabi- 
nete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero en 
medio del pasillo me estremecí como si saliese de 
una pesadilla, vi repentinamente el disparate que 
iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo. 

— No era un disparate, era un crimen horrible 
el que ibas a cometer — dijo sordamente el conde, 
que sudaba de congoja. 

— Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era 
una estupidez de todos modos, ¿sabes?, porque en 
seguida se comprendería, por los síntomas, que se 
trataba de un envenenamiento. 

Aquella^ palabras, pronunciadas con afectadi li- 
gereza, impresionaron aún más al conde que las 



EL MAE STE ANTE 



287 



anteriores. Desde entonces no podía acercarse a 
ella sin experimentar una extraña sensación de 
repugnancia. 

Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernan- 
da, Amalia no había pensado en ello. No teniendo 
rivales en Lancia, había puesto menos diligencia 
cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo 
aquella plausible coquetería que sirve a la mujer 
para perpetuar el encanto de su persona. Sólo al 
ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada- 
Eosa se dignó echar una mirada a sí misma. Co- 
menzó a preocuparse del aliño de su cuerpo, se 
procuró toda clase de afeites, envió por vestidos 
a Madrid, aprovechó todos los recursos de la ele- 
gancia. Era tarde. Aquel mísero cuerpo abando- 
nado, marchito por los años y la anemia, no re- 
cobró frescura ni gracia. 

Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y 
dolorosa vigilia. ¡ No volver a inspirar amor, ser 
vieja, causar repugnancia ! Mil garfios le arranca- 
ban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No 
le había sacrificado su juventud, su honor, su sal- 
vación, si después de esta vida había más que ti- 
nieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de 
ruina que había aparecido en su rostro desvaneció 
como un sueño todos los juramentos ; los siete años 
de amor se habían hundido en el abismo del tiem- 
po sin dejar la más insignificante huella... Pero 
ella no tenía arrugas todavía ; no era tan vieja ; 
treinta y cinco años nada más. Bruscamente llevó 
la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y 
saltó de la cama : acercóse al espejo y se contem- 
pló largamente, repasando con el dedo todos los 
rincones del rostro para cerciorarse de que no exis- 
tían las temidas arrugas. 

Un gemido que sonó detrás le hizo volver la 
cabeza. Levantó la bujía y clavó una mirada re- 



288 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



celosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando. 
La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron 
con angustia en ella, sus labios murmuraron otra 
vez : «¡ Perdón !» Sin hacer caso alguno, la esposa 
de don Pedro se metió de nuevo en la cama y apa- 
gó la luz. 

Los rayos del sol matinal, penetrando por las 
rendijas del balcón, alumbraron aquellos dos in- 
somnios. Con la luz de Dios comenzó el bárba- 
ro suplicio de una criatura inocente. La fecunda, 
diabólica fantasía de Amalia se puso a inventar 
tormentos con que saciar el odio que la devora- 
ba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fué enviada 
descalza abajo con una misiva escrita en lápiz 
para Concha. El papel decía : «Concha, ahí te 
envío a esa picaruela. Castígala como mejor te pa- 
rezca.» 

Amalia había adivinado, en su doncella, al ver- 
dugo. Y en efecto, al recibir ésta el papelito ex- 
perimentó satisfacción, lisonjeada en su vanidad 
y en sus instintos. 

— ¿ Sabes lo que dice este papel ? — le preguntó 
relamiéndose. 

Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía 
mal el manuscrito, sobre todo escribiendo tan des- 
cuidadamente como lo había hecho la señora. La 
costurera le obligó a deletrear aquellas palabras 
hasta que se enteró bien de ellas. 

— Ya ves que me manda castigarte por lo que 
has hecho ayer. 

Al decir esto sonreía dulcemente, como si le no- 
ticiase que le iba a regalar alguna golosina. Jose- 
fina la miró sorprendida. 

— ¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dor- 
mir en el suelo. 

— No importa, eso es poco para maldad tan gran- 
de como escaparse de casa. Habrá que darte al- 



EL MAE STE ANTE 



289 



gunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nun- 
ca has recibido este castigo y te va a doler mu- 
cho. Las señoritas tenéis la carne delicada, no 
sois como nosotras, que estamos acostumbradas 
desde muy chiquitínas a la intemperie y a los 
golpes. ¡ Ven acá !... 

Al mismo tiempo sacó del corsé una de las for- 
midables ballenas, que entonces solían usarse. La 
niña retrocedió asustada, pero la costurera la atra- 
pó por el brazo. 

— No intentes escapar, porque entonces será do- 
ble la ración. 

Josefina se cogió a su mano llorando angustio- 
samente. 

— ¡ No me pegues, por Dios, Concha ! Ya sabes 
que me ha pegado mucho madrina ayer... Mira, 
mira cómo tengo las manos... Me duele también 
la cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo ta 
quiero mucho... no te he acusado nunca a ma- 
drina. . . 

— ¡ Suelta, suelta ! — repuso la costurera tra- 
tando de desasirse suavemente de sus pequeñas 
manos — . No tengo más remedio que obedecer. 
La señora lo manda. 

— ¡ No, por Dios ! ¡ Concha, no, por Dios ! — 
respondía entre sollozos la criatura-—. Te quiero 
mucho... y a madrina también... Si no me pega» 
te he de dar mi caja de muñecas... 

— ¿De veras? — dijo dulcificándose. 

— Sí, ahora mismo si la quieres. 

— ¿Y el estuche de costura? 

—También. 

— ¿Y el armarito de espejo? 
— Sí, el armarito también. 
Concha hizo ademán de vacilar. La niña la mi- 
raba con ojos ansiosos. 
— ¿Y me prometes ser buena siempre? 

MAE&TRANTE. — 19 



290 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Sí, le prometía ser buena siempre. 
— ¿Nunca más escaparte? 
— Nunca. 

— Bueno — dijo con tono cariñoso y condescen- 
diente — ; pues si me prometes ser buena y formal, 
y no se lo dices a la señorita, y me das además 
todo eso que dices, entonces... entonces... ¡arrea, 
chico ! 

En un instante le alzó la ropa y comenzó a 
azotarla despiadadamente, riendo como una loca 
del engaño. 

Los alaridos de la niña subieron hasta el piso 
segundo. La esposa del maestrante estaba frente 
al espejo, arreglándose provisionalmente el pelo. 
Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió 
por su carne, cierta emoción indefinible y vaga, 
semejante a un cosquilleo, que no podría decir 
con seguridad si era de placer o de dolor. De to- 
dos modos, algo que refrescaba aquel ardor insu- 
frible que los vapores de la ira babíau levantado 
en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los 
gritos cesaron. Los ojos brillaban, el pulso latía 
con más celeridad. Así se dice que el corazón de 
la fiera palpita a la vista de su víctima. 

Fué el comienzo de los martirios de la niña. 
Con los pretextos más fútiles comenzó a infligirle 
castigqs crudelísimos, demostrando tan rica fanta- 
sía que para sí la hubieran querido los sayones 
del Santo Oficio. No sólo la golpeaba bárbaramen- 
te por los motivos más inocentes, y la pellizcaba 
y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en con- 
tinuo sobresalto bajo el temor de espantosos supli- 
cios, en hacerle padecer de día y de noche. Obli- 
gábala a salir descalza por el jardín en las maña- 
nas más crudas para buscarle una flor, o bien la 
tenía con la cabeza al sol horas enteras, haciendo 
la guardia, para que los pájaros no picasen una 



EL MAESTKANTE 



291 



planta de grosella. Hacíala dormir en el' suelo al 
lado de su cama, y varias veces durante la noche 
le mandaba levantarse y bajar a la cocina por agua. 
Eeducíala a comer los manjares que sabía no le 
gustaban y la privaba de los que apetecía. 

A medida que corrían los días su saña y cruel- 
dad iban en aumento. Al principio tomaba pre- 
texto de cualquier descuido de la niña para ator- 
mentarla. Luego no se fijó en esto : lo hacía cuan- 
do tropezaba con ella o cuando el cuerpo se lo pe- 
día. Uno de los martirios de su exclusiva inven- 
ción fué pincharla las manos con un alfiler, y tanto 
le gustó que en pocos días las tuvo llenas de pi- 
caduras : apenas había sitio donde poner otra. 
Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdu- 
go de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a 
conciencia. Obligábala a estudiar de memoria lar- 
gos trozos del catecismo a sabiendas de que era 
superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres 
veces le decía : 

— Ve a pedir un beso a Concha. 

Esta era la frase que por irrisión había inven- 
tado para que la criatura fuese a recibir el cas- 
tigo del alfiler. 

No la consentía mudarse la ropa interior. Al 
poco tiempo la miseria comenzó a roer la piel de- 
licada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se 
enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba 
a empellones de la estancia. Todavía más. La mi- 
croscópica doncella, con anuencia de su ama, le 
obligaba a ponerse zapatos antiguos que le esta- 
ban chicos y que le producían llagas y vivos do- 
lores. 

Uno de los más terribles martirios que la niña 
padecía era cuando Amalia se encaprichaba en 
que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir 
bajo los golpes : parecía que se gozaba en las lá- 



292 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



grimas de la criatura, en oír sus ardientes súpli- 
cas repetidas entre sollozos ; pero en ocasiones se 
empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto 
no podía ser, se exasperaba, se ponía loca como 
una fiera hambrienta. 
— ¡Calla! 

La niña no podía ; dejaba escapar un gemido. 

— ¡ Calla ! — repetía, acompañando la orden de 
algunos golpes. 

Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos des- 
esperados por conseguirlo ; pero la respiración an- 
siosa se escapaba a su pesar, produciendo un ge- 
mido. Más golpes. 

— ¡ Calla o te mato ! 

La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, 
suspendía el aliento, se ponía lívida, y algunas ve- 
ces caía privada de sentido. Aquel tierno corazón 
se rompía falto de desahogo. 

En estos momentos Amalia experimentaba una 
sensación diabólica, mezcla de placer y de dolor, 
algo semejante a lo que sentimos cuando nos sa- 
jan una postema. Su postema era aquella desalma- 
da pasión, mezcla de amor, de lubricidad, de so- 
berbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver 
a su ex querido tanta cruel mordedura como des- 
garraba su pecho, saciaba el apetito de venganza 
en el fruto de sus amores. Cuando ténía la niña a 
sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus mira- 
das de angustia, en sus gestos, en el timbre de su 
voz creía ver al amante humillado y suplicante, 
y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos 
y dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era 
un retrato en miniatura de Luis. Mientras fué di- 
chosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre 
brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto ; 
pero ahora la desgracia y el dolor habían impreso 
en su mirada una melancolía profunda y en los ras- 



EL MAESTEANTE 



293 



gos de su rostro cierta expresión de fatiga, que 
eran las dos cosas que caracterizaban principal- 
mente el semblante del conde de Onís. Cuando 
aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella 
dulces y resignados, cuando aquellos labios rojos 
se plegaban demandando perdón, la valenciana 
sentía correr por su cuerpo marchito un estreme- 
cimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba 
los goces que su amor adúltero le había hecho ex- 
perimentar. 

Después de todo, en ella no había envejecido 
nada, nada más que aquel rostro que se empeñaba 
en ajarse y aquella cabeza que producía con ho- 
rrible feracidad cabellos blancos. La carne de su 
cuerpo, su pecho, sus brazos, sus espaldas, con- 
servaban la misma tersura de alabastro, el mismo 
brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. 
Palpábase, buscando consuelo, con sus manos se- 
cas y hallaba la misma suavidad y frescura. Aque- 
lla carne no se había marchitado. Bajo ella palpi- 
taba la juventud, circulaba una sangre ardiente, 
ávida de goces, devorada por la creciente necesidad 
de las embriagueces del amor. 

Y, sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas 
se habían huido para siempre ; la novela de su 
vida, la que había embellecido su existencia som- 
bría en los últimos años, había llegado al último 
capítulo. ¡ Era una vieja ! Asunto concluido. A 
este pensamiento, que se le introducía en el cere- 
bro como un hierro candente, sentíase acometida 
por una necesidad animal de gritar, de rugir, de 
destrozar. Era en tales momentos cuando la niña 
padecía los más crueles castigos, cuando su frágil 
existencia corría verdadero peligro. 

El miedo fué otro de los padecimientos que le 
infligía a menudo. En las altas horas de la no- 
che hacíala levantarse y la enviaba a las habita- 



294 AERANDO PALACIO VALDÉS 

ciónos extremas de la casa en busca de cualquier 
objeto. La niña tornaba pálida, temblorosa, su- 
dando de angustia. A veces era tanto su temor, 
que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo 
arrojando gritos. Amalia se enfurecía entonces, la 
pellizcaba, la golpeaba, pretendiendo que fuese 
otra vez al sitio designado. La criatura se dejaba 
martirizar y se hubiera dejado matar antes de ha- 
cerlo. En una de estas ocasiones le dijo sonriendo 
ferozmente : 

— '¡ Ah ! ¿Conque la señorita es tan medrosa? 
Está bien, yo me encargo de curarte 'la enfer- 
medad. 

Se acordaba de la impresionabilidad extraordi- 
naria, de los terrores nocturnos que avergonzado 
le había confesado Luis en momentos de expan- 
sión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto 
se escondía detrás de una puerta y le gritaba fuer- 
temente al pasar, como la cogía descuidadamente 
y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cu- 
chillo y le decía que iba a morir, le ordenaba que 
se bajase la camisa para degollarla mejor. Esto 
último no producía tanto efecto como pensaba. 
Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que 
la libertaría de tanto martirio. Para mejor «qui- 
tarla el miedo», entre Concha y ella inventaron 
una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre 
valeroso, cuanto más a una niña de seis años. Vis- 
tiéronse ambas con sábanas, dejaron la habita- 
ción a media luz mientras la niña dormía, pusié- 
ronse unas caretas de calavera, y a media noche 
entraron dando gritos lastimeros como almas del 
otro mundo. Al despertarse la criatura y ver aque- 
llos fantasmas, quedó paralizada por el terror, ta- 
póse luego los ojos con las manos y un sudor co- 
pioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón comenzó 
a dar tan fuertes golpes que se oían a. distancia, 



EL MAESTEANTE 



295 



dejó escapar algunos gritos ahogados y roncos ; por 
último, llevándose las manos al pecho, se revolcó 
por el suelo sin sentido, presa de espantosas con- 
vulsiones. 

No se le curó el miedo ; en cambio le quedó 
desde entonces una propensión fatal a los síncopes 
y a los terrores nocturnos. Despertábase de impro- 
viso con señales de gran espanto, mirando fijamen- 
te a un punto del espacio, como si tuviera delante 
algún fantasma. El corazón le palpitaba vivamen- 
te, la frente se le cubría de sudor. En tales mo- 
mentos perdía por completo la conciencia. Amalia 
la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las manos 
sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y me- 
tía la cabeza por el pecho. 

Entre Concha y María la planchadora habían 
estallado, a propósito de estos castigos, serias re- 
yertas. María era de natural compasivo y le dolían 
los martirios de la niña, aunque no los conocía 
todos, porque Amalia procuraba guardarse de los 
criados, exceptuando Concha. Si no era suelta de 
lengua, no se la mordía tampoco para censurar en 
la cocina la conducta de su señora. 

— Querida, esto es peor que la Inquisición. No 
parece que estamos entre cristianos, sino entre 
perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, 
y ahora, de súbito, tratan a este angelito peor que 
a una bestia. ¡ Dígote que la cosa pasa de la raya ! 
¡ No hay corazón para ver tanta maldad ! 

— Cállate, tontona, entrometida — saltó Con- 
cha — . ¿Quién te da vela a ti en este entierro? Si 
la señora quiere enseñar a esa niña como es justo, 
¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? 
¿Sabes tú tan siquiera lo que es educar niños? ¡ Si 
la castiga allá lo tendrá de premio, que así la hará 
una mujer trabajadora y honrada! Algún día le 
dará las gracias. 



296 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡ Sí, las gracias ! Desde el cementerio se las 
dará. De un mes a esta parte la niña está desco- 
nocida. 

— Bueno ; ¿y a ti qué te va ni qué te viene en 
esto? ¿Eres tú su madre? 

Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, lle- 
vando siempre la ventaja por su desvergüenza y 
mala intención la microscópica costurera. Al cabo, 
María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel es- 
pectáculo, tomó la resolución de marcharse. Se 
presentó un día a la señora, y con la disculpa de 
que la plancha le hacía daño, pidió la cuenta. No 
se le ocultó a Amalia la verdadera razón, pues te- 
nía conocimiento de sus murmuraciones. Disimu- 
ló, sin embargo. 

— Sí, hija, comprendo que el planchado te abu- 
rra. Tú no gozas de mucha salud. También yo an- 
do malucha hace días. Tengo el sistema nervioso 
alterado. ¡ Pelear toda la vida con un enfermo, y 
ahora, para rematar la fiesta, salirme esa chúme- 
la, en quien tenía fundadas mis esperanzas, tan 
ingrata y perversa ! No sé cómo tengo paciencia. 

María vaciló un instante. 

— Ya ve usted, señora... los niños son niños. 

La esposa del maestrante comprendió que, si 
proseguía en el tema, la planchadora iba a decir 
algo desagradable y se apresuró a cortar la pláti- 
ca, pagándole su cuenta y despidiéndola con afa- 
bilidad. 

No impidió esto para que la doméstica dijese 
en confianza, en cierta casa donde fué a servir, 
lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se 
fué trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos 
a otros. Al poco tiempo fueron bastantes las per- 
sonas que tenían conocimiento de las crueldades 
que con la niña se cometían. 

El conde de Onis, para huir la curiosidad del 



EL MAE STB ANTE 



297 



público, que le molestaba sobremanera, y aún más 
para librarse de Amalia, se había trasladado, sin 
decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la 
Granja. Su madre le había acompañado. No había 
escrito a su ex querida, aunque todos los días pen- 
saba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. 
Tanto era el temor que la valenciana había llegado a 
inspirarle, que la pluma caía de sus manos cada 
vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. 
Y dejaba pasar los días en continua vacilación, 
pensando con inquietud en la ira que de ella se apo- 
deraría, esperando, como todos los débiles, en que 
algún acontecimiento imprevisto le sacase del com- 
promiso. Aquel modo de romper las relaciones, sin 
riña, sin convenio, sin explicación alguna, era real- 
mente original, pero muy propio de su carácter. 
Nada sabía de los martirios de su hija. No obs- 
tante, cuando pensaba en ella sentía repentino 
desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a 
dar vueltas por la estancia con visible agitación. 
Un vago y triste presentimiento le oprimía el co- 
razón. El amor frenético que consiguió inspirarle 
Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Jo- 
sefina. En ciertos momentos se reprendía a sí mis- 
mo con amargura ; pensaba que alin casado con 
Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver 
a su hija todos los días. Bien entendía que esto 
era imposible continuando en poder de Amalia. 
Por eso soñaba con arrebatársela : imaginaba con 
placer desatinados proyectos de rapto : huir con 
ella y con Fernanda a cualquier rincón del mundo 
tranquilo y ameno. 

Acaeció que en uno de estos días de vacilacio- 
nes para el conde, fué por la mañana a casa de 
Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de 
las cuatro ondinas del Jubilado. Fué con objeto 
de pedir consejo a Amalia acerca de un vestido 



298 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



que tenía en proyecto para el próxiino baile del 
casino. A pesar de sus treinta y pico, aún seguía 
tendiendo redes al sexo masculino. Las visitas 
a estas horas eran raras : pero como la noble fa- 
milia del Jubilado mantenía tan íntima relación 
con la señora, no vaciló la criada en pasarla al 
gabinete de arriba, donde aquélla se hallaba. 

— Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora 
en que se la puede a usted pillar sola — entró di- 
ciendo con la graciosa volubilidad que caracteriza- 
ba a los juveniles vástagos de Mateo. 

Amalia la recibió cordialmente, pero mostran- 
do cierta sorpresa e inquietud que Micaela no ob- 
servó. Entraron en materia en seguida. La cues- 
tión de trapos embargó por completo sus espíri- 
tus. Amalia llevó a su amiguita hacia el balcón. 
Pero no habían hablado muchas palabras, cuando 
ésta creyó percibir un débil gemido en la misma 
estancia. Volvió la cabeza y vió allá en un rincón 
a Josefina de rodillas y amarrada codo con codo al 
tocador, de tal suerte que le sería imposible levan- 
tarse sin alzar el pesado mueble, cosa muy supe- 
rior a sus fuerzas. 

Amalia se apresuró a dar una explicación. 

— Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que 
me veo precisada a atarla para que se esté quieta. 
Ayer ha mordido un dedo a la costurera ; ahora 
acaba de romper un espejo. ¡ No hay paciencia para 
sufrirla ! 

Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, ca- 
lló. Siguió la esposa de Quiñones hablándole con 
afectada indiferencia de su vestido ; mas a pesar 
de lo mucho que el tema debía de interesarla, la 
joven se mostraba bastante distraída y lanzaba 
frecuentes ojeadas a la niña. 

Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se 
volvió con mal reprimida cólera. 



EL MAESTEANTE 



299 



— ¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte? 
Y la miró un buen rato con extraordinaria fi- 
jeza. 

Volvió a anudar la plática, pero en su voz se 
notaba leve alteración. Micaela estaba más y más 
distraída. La indignación le iba subiendo hacia 
la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna 
desagradable advertencia a su amiga si la chica 
no se hubiera quejado de nuevo. 

— Vaya, está visto que no nos has de dejar en 
paz — dijo la dama haciendo esfuerzos por son- 
reír — . Habrá que darte suelta. 

Fué allá y la desató, empleando en ello bas- 
tante tiempo ; la cuerda daba tantas vueltas alrede- 
dor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl 
liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no 
pudo. Sin duda hacía algunas horas que estaba 
en aquella dolorosa postura ; los músculos se ha- 
bían anquilosado. 

— ¡ Arriba, zancas ! — dijo bromeando, mientras 
la ayudaba a levantarse. 

Micaela observaba la escena con estupor ; re- 
lámpagos de ira cruzaban por sus ojos. 

— No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija 
mía, si quieres no volver a ella hay que ser buena 
y obediente, ¿verdad, Micaela? 

Esta no despegó los labios, cada vez más fos- 
ca, a pesar de la sonrisa melosa que contraía el 
semblante de la valenciana. 

• — Bueno — prosiguió, acariciando la rubia ca- 
beza de la niña — , ya estás perdonada, pero ¡ cui- 
dado con hacer maldades ! Vete abajo y pídele un 
beso a Concha. 

La niña, al oír estas palabras, se puso densa- 
mente pálida, permaneció inmóvil algunos mo- 
mentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso 
vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la 



300 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



seguía atentamente con la vista, observó que lle- 
vaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia re- 
anudó la conversación de trapos. 

No se habían pasado tres minutos cuando lle- 
garon al gabinete, lejanos y apagados, los gri- 
tos de la niña. Micaela se estremeció ; inclinó la 
cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Ama- 
lia alzóse vivamente de la silla y fué a cerrar la 
puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la ner- 
viosa joven tampoco oyó ya las palabras de Ama- 
ha. Un gran desasosiego se apoderó de ella ; su- 
bíanle vapores a la cara y al pensamiento atroces 
deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de 
llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pa- 
saba en aquella casa se le representó de golpe. 
Los celos primero, después la noticia del matri- 
monio 3e Luis cayendo como una bomba, luego 
la venganza miserable, en la hija, del abandono 
del padre. Conocía bien el carácter rencoroso de 
la valenciana. Pero, ¿qué adelantaría con inju- 
riarla en aquel momento? Producir un grave es- 
cándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela, a 
pesar de su temperamento violento, tenía un co- 
razón compasivo. Lo que más la preocupó fué ha- 
cer algo en favor de la infeliz criatura. Y tuvo se- 
renidad suficiente para disimular un poco y pensar 
que el mejor partido era decírselo todo inmediata- 
mente al conde, quien seguramente ignoraría tan 
ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pron- 
to y se despidió sin poder ocultar enteramente su 
turbación. 

Cuando se vió en la calle sintió la necesidad 
de desahogar su pecho. Pensó en María Josefa, 
que vivía allí cerca y que profesaba a la niña expó- 
sita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trému- 
la, y antes de pronunciar palabra dejóse caer en un 
sofá, dándose aire con la punta de la mantilla. 



EL MAE STE ANTE 



301 



— ¡ Uf ! Me ahogo... ¡ No sabes lo que me acaba 
de pasar ! ¡ Es una infame, una malvada que tie- 
ne que arder en los infiernos ! Siempre lo he di- 
cho y las tontas de mis hermanas no quieren creer- 
me. ¡Es muy perversa esa tísica ! Tiene el cora- 
zón de una hiena. 

— Pero, ¿qué hay? — preguntó con asombro, 
muerta de curiosidad, la sagaz jamona. 

Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le 
relató, tartamudeando por la ira, la eituación en 
que había hallado a Josefina, la palidez de la niña 
después de la extraña invitación de su madrina, 
los gritos que había escuchado como si la estuvie- 
ran dando tormento. María Josefa unió inmediata- 
mente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron 
a relucir todos los testimonios de maldad que co- 
nocían de la esposa del maestrante y resolvieron 
dar parte de lo que ocurría al conde, aunque ave- 
riguándolo antes con más pormenores. Para ello, 
aquella misma tarde, se pusieron al habla con Ma- 
ría la planchadora, que hacía algunos días había 
salido de casa de Quiñones. Al principio ésta, por 
temor a las consecuencias, se manifestó reserva- 
da. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la 
lengua y referirles las mil iniquidades que la se- 
ñora de Quiñones cometía con la niña recogida. 
Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al 
juzgado, pero sobre enemistarse por completo con 
la fiera valenciana (lo que, dicho sea en honor su- 
yo, no les preocupaba gran cosa en tales momen- 
tos), comprendían que sería de escaso o ningún 
resultado. Los Quiñones eran la gente más pode- 
rosa de la población ; don Pedro, jefe del partido 
gobernante, en la provincia ; las autoridades, he- 
chura suya o sometidas a su influencia. Todo se 
taparía en seguida y quedaría como antes. Lo me- 
jor era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a 



302 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la sazón en la Granja. Además, aunque todos, o 
casi todos, supiesen el secreto de la niña, no era 
posible darse por enterados. Después de algunos 
debates decidieron escribirle la siguiente carta, fir- 
mada solamente por María Josefa : a Señor conde 
de Onís. Mi estimado amigo : Con la debida re- 
serva le comunico que la niña recogida por nuestros 
amigos los señores de Quiñones, y por quien tanto 
nos interesamos todos, es objeto en aquella casa 
de crueles tratamientos. Creo que tenemos el de- 
ber de intervenir para que cesen. Usted me dirá lo 
que debe hacerse y que a mí como mujer no se me 
alcanza. Si quiere conocer los pormenores del mar- 
tirio de la criatura diríjase a la criada María que 
hace algunos días dejó de servir en casa de don 
Pedro. Suya afectísima amiga, María Josefa II e- 
via.n 

Luis arrugó la carta entre sus manos crispa- 
das. Toda la sangre se le agolpó a la cara. Sin 
darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi 
a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegan- 
do a ésta en pocos minutos. Aquel vago y terri- 
ble presentimiento que sentía realizábase al fin. 
Amalia se vengaba ferozmente. El sentido ocul- 
to de la carta era ése : se dirigían a él como pa- 
dre de Josefina y causa de su desdicha. No sa- 
biendo qué partido tomar, fué a su casa para re- 
flexionar. Sólo había en ella una criada vieja cui- 
dándola. De ésta se vahó para averiguar dónde es- 
taba María y pasarle un recado a fin de que vinie- 
se a verle. No se equivocó la planchadora sobre el 
objeto de tal llamamiento. En cuanto le fué posible 
acudió a la cita, y después de hacerle prometer 
que no haría uso de su nombre para nada, le dió 
cuenta circunstanciada de los trabajos que estaba 
pasando la inocente niña. Escuchábala pálido, des- 
encajado, sin poder reprimir los violentos y fre- 



EL MAESTKANTE 



S03 



cuentes golpes de su corazón. Cuando llegó a na- 
rrarle ciertos odiosos y terribles pormenores, el 
conde principió a dar vueltas por la estancia como 
fiera enjaulada, a mesarse los cabellos, a arañarse 
la cara, lanzando rugidos de coraje. 

Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, 
se le atropellaron en la mente. Quería entrar a vi- 
va fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su hija ; 
quería retorcer el cuello a aquella vil mujer ; que- 
ría decírselo todo, a don Pedro ; quería dar parte 
al juez y meter en un calabozo a la infame. Afor- 
tunadamente sus accesos eran tan violentos como 
cortos. Vino el abatimiento, el llanto. Corrió a ca- 
sa de su prometida y le contó sollozando lo que 
ocurría ; se confesó con ella por vez primera. La 
buena Fernanda unió sus lágrimas a las de él, en- 
ternecida por la suerte de la infeliz criatura y por 
el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron co- 
mentando los terribles sucesos y buscando medios 
de conjurar aquella ruin venganza. Fernanda lo- 
gró, al fin, persuadirle a que apelara a medios sua- 
ves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era in- 
sensato. El conde, ni aun confesando su falta, te- 
nía derecho alguno sobre la niña. Provocar un es- 
cándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mis- 
mo. Ningún criado se atrevería a declarar contra 
su ama, y las cosas quedarían peor que antes. -Al 
fin el conde se decidió a escribir una carta a su an- 
tigua amante. 

«En este momento acaban de decirme que nues- 
tra Josefina, nuestra adorada Josefina, está pade- 
ciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que 
es una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo 
y fogosQ, pero noble. No puedo atribuirte seme- 
jante cobardía. Te escribo solamente para cercio- 
rarme de que esta angelical criatura sigue siendo 
el encanto de tu vida. Si no fuese así, dímelo y 

9 



304 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



buscaremos un medio de que pase a mi poder. Te 
supongo enterada del paso que voy a dar. No quie- 
ro decirte nada. Era inevitable más tarde o más 
temprano. De todos modos puedes estar segura de 
que mi remordimiento está endulzado por el recuer- 
do dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. 
Escríbeme alguna palabra amable.» 



XIV 



LA CAPITULACIÓN 

Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la 
palidez de la cera. En sus ojos, de mirar suave y 
apacible, se notaba constantemente el extravío del 
terror ; en torno de ellos el sufrimiento había tra- 
zado un círculo violáceo. Hablaba muy poco, no 
reía jamás. Cuando la dejaban' en paz, sentábase 
en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando 
a un punto fijo, o bien se acercaba al balcón y es- 
cribía en los cristales con el dedo. 

A veces, a despecho de tanto dolor, la natu- 
raleza infantil reivindicaba sus derechos. Veía al 
gato acercarse lentamente a ella con el rabo de- 
recho, el espinazo arqueado, solicitando .sus ca- 
ricias con débil ronquido. Dejábase caer en el sue- 
lo, le llamaba, le traía hacia sí y principiaba a pa- 
searle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza 
y hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurán- 
dole al mismo tiempo en el oído palabras de cariño, 
un gorjeo mimoso que el animal acogía con es- 
pasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. 
Tú eres muy bueno. ¿Verdad que eres bueno? Ya 
no me arañas como antes. ¿A quién quieres más 
en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sar- 

MAESTRANTE. — 20 



306 AE MANDO PALACIO VALDÉS 



dina ayer ? ¿ Quién te pone el platito con leche to- 
dos los días? 'Y si pudiese darte siempre pescado 
también te lo daría, porque sé que es lo que más 
te gusta, ¿verdad, rico mío? Pero no has de robar 
nada ; ya sabes que te pegan. No orines más en la 
cama de Manín. Mira que te va a matar ; lo ha 
dicho el otro día en la cocina. Y coge muchos ra- 
tones para que madrina te quiera y no te echen 
de casa.» 

El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo 
de la garganta mil síes complacientes, y se fro- 
taba contra ella cada vez más acaramelado y pe- 
gajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole 
abrazado, le apretaba contra su pecho, le besaba, 
y a veces, olvidada de sus martirios, derramaba 
lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la 
habitación contigua le hacía levantarse sobresal- 
tada con el espanto en los ojos, arrojaba el gato le- 
jos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi 
siempre algún castigo cruel. 

— ¡ Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándo- 
te por el suelo ! ¡ Aguarda, aguarda ! 

Por efecto de los continuos miedos que expe- 
rimentaba contraíase con fuertes movimientos irre- 
gulares su vejiga y hacía que involuntariamente 
se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto 
era lo que ponía fuera de sí a la irascible Concha. 
Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo muy rara 
vez se la veía) signos de aquella debilidad, encres- 
pábase como una hiena. 

— j Gorrina, indecente ! Parece mentira que la • 
señora mantenga en su casa este bicho asquero- 
so. Si fueses cosa mía, te desollaba viva. 

Pero, aunque no era cosa suya, procedía como 
si lo fuese : la desollaba a azotes. Una vez su fu- 
ror fué tan grande que, cogiéndola por las orejas, 
le hizo lamer el suelo mojado. 



EL MAESTRANTE 



307 



La hora más terrible para la criatura era la 
de las lecciones. Amalia se las señalaba por la 
mañana temprano ; grandes trozos de la historia 
sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba 
a un rincón y hacía esfuerzos desesperados por re- 
tenerlos en la memoria. Un poco antes de comer, 
Concha, que era la encargada de tomárselas, se 
sentaba en una silla, sacaba la famosa ballena 
y, con ella en una mano y el libro en la otra, daba 
comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tro- 
piezo, cada palabra que la niña olvidaba costábale 
un ballenazo en la cara, en el cuello o en las ma- 
nos. Y como su memoria no era bastante fuerte, 
y por otra parte el miedo se la obstruía, aquello 
era un incesante machaqueo. 

Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha 
era fríamente cruel ; no levantaba la mano sino 
cuando cometía la falta ; como una máquina de 
castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se 
ponía nerviosa, el llanto de la niña excitaba sus 
sentidos, entraba en furor como una pantera ham- 
brienta, y concluía por golpear frenéticamente has- 
ta que la dejaba trémula y ensangrentada a sus 
pies. 

Desde la carta del conde había aumentado, si 
era posible, su odio a la criatura ; la trataba aún 
más despiadadamente. Herida en lo más vivo de 
su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, 
insultante . que en su sentir respiraban las pala- 
bras de su antiguo amante, vomitaba la rabia de 
su corazón sobre la hija. Además, la idea de que 
Luis tenía noticia de aquellos martirios y le do- 
lían vivamente era aliciente mayor para prodi- 
garlos. ¡ Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el 
pérfido, que había gozado de su juventud, y cuan- 
do la halló vieja la arrojó como un trapo sucio a la 
barredura ! 



308 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



En uno de estos días de profunda y rugiente 
cólera la vida de Josefina corrió inminente peli- 
gro. A la hora de costumbre fué llamada al come- 
dor para dar sus lecciones. Concha se acomodó 
en su silla y con no disimulado regodeo sacó del 
pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía el cuerpo 
un razonable desahogo de golpes. La niña se acer- 
có a ella temblando como siempre y le entregó los 
libros. Y ya comenzaba a recitar con labio balbu- 
ciente un capítulo de la historia sagrada cuando 
vino a interrumpirlas Manín. Entró con su eterna 
chaqueta verde, calzones cortos, su gran calañés 
mugriento, haciendo temblar el piso con los zapa- 
tones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya 
en la provincia, debía gran parte de su notoriedad 
y la fama de terrible cazador de osos que había 
tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre 
y, espatarrándose bajo el dintel de la puerta, pre- 
guntó : 

— Concha, ¿no habrá da qué, que comer, por 
ahí? 

— ¿Tanto te aprieta la gazuza, Manín? — res- 
pondió la costurera riendo. 

El aldeano abrió desmesuradamente la boca pa- 
ra reír también. 

— Así Dios me salve, no puedo aguantar un me- 
ñuto más. Toos parecéis frailes descalzos en esta 
casa ; no vos entra la gana más que cuando suena 
la hora. 

— Voy, Voy allá, grandísimo tragón, roedor — 
dijo Concha posando sobre la silla el libro y la 
ballena y dirigiéndose con paso petulante hacia el 
aparador. 

Se entendían admirablemente. La costurera era 
arisca, cruel, intratable ; pero el mayordomo sa- 
bía recabar de ella las pocas migajas de buen hu- 
4 mor que tenía en el cuerpo. La requebraba bru- 



EL MAESTKANTE 



309 



talmente, la pellizcaba al pasar, le decía mil gro- 
seras desvergüenzas para que las comprendiera al 
revés. Y la microscópica doncella, que no era gen- 
til ni bonita y en quien las asperezas del carácter 
habían sofocado todo germen de coquetería, trans- 
formándola en sacerdotisa del dolor, en una eumé- 
nide fatal y despiadada, se dejaba festejar com- 
placientemente por aquel bruto. Le hacía gracia 
su osadía, su rudeza, su glotonería y el modo in- 
solente y despreocupado que tenía de tratar a todo 
el mundo, incluso al alto y poderoso señor de Qui- 
ñones. Manín era un solemnísimo bellaco. Con 
aquella grosería soez, el porte de atrevido cazador 
de fieras y su estrafalario arreo .había sabido vivir 
muy regaladamente en este mundo, sin encallecer 
las manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea 
con las faenas de la labranza. 

Sacó la costurera un plato de carne fiambre y 
lo puso sobre el hule de la mesa, sin servilleta ni 
cosa que lo valga ; después cortó a la mitad un 
pan y lo dejó, con la imprescindible botella de 
vino blanco y el vaso, al lado de la carne. El caza- 
dor de osos comenzó a devorar. Concha sentóse de 
nuevo, y la niña, acercándose, repitió las palabras 
que ya había pronunciado. A los pocos momentos 
¡ zas ! un ballenazo y un grito de dolor. Inmedia- 
tamente Qtro golpe y otro grito. Y así sucesiva- 
mente. La costurera estaba encantada al notar que 
la chiquilla tropezaba más que otras veces. Ma- 
nín engullía en silencio, volviendo sólo de vez 
en cuando los ojos con marcada indiferencia hacia 
aquella triste escena. Al poco tiempo, como por 
máquina, principió a murmurar a cada golpe : 
a¡ Dale ! ¡ Atiza ! ¡ Buena fué ésa ! ¡ Vaya una ma- 
no!...», y otras semejantes exclamaciones. 

Terminó la lección de historia sagrada. Antes 
de tomar la de gramática hubo un respiro. La eos- 



310 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



turera se puso a bromear alegremente con el ma- 
yordomo. Estaba de un humor angelical. 

— ¿Qué tal la carne? 

— Rica, ¡ rica de verdad ! 

— Lo peor es que te va a quitar el apetito para 
la hora de comer. 

Retembló la estancia con la risotada del gañán. 

— ¡ Eso sí ! ¡A mí cualquier cosa me quita la 
gana ! Vas a tener que meterme un hierro ca- 
liente en el agua como a la señora. 

— Por la panza te lo había de meter, gran puerco. 

— Mira, Concha, no me busques las cosquillas, 
porque aunque eres una mocita de sandunga y 
tienes los ojos muy picarones, y la boca como una 
cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde 
vino, con un revés que te arrancará de cuajo esa 
carrerita de perlas que me estás enseñando. 

— ¡ Calla, calla, viejote, zapalastrón ! ¡ Bueno es- 
tás ya para reveses ! ¡ Si no puedes con los cal- 
zones ! ¡ Si estás descuajaringado ! 

— Eso no lo dices tú con el corazón ; por eso se 
te estima. Bien sabes que hay aquí dentro mucha 
entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en el 
pecho). ¡ Si te cogiera en un maizal ! 

— ¡ Como si me cogieras en la plaza del mercado ! 
Na. Ya no tienes más que quijadas y palique. 

— Y manos para apalpar la gracia de Dios — re- 
puso el bárbaro tomando con su manaza velluda 
la barba de la costurera.^ 

■ — ¡ Quita, quita ! ¡ Gorrlnazo ! 

Y le pegó con la ballena un golpecito en los 
dedos. Volvió el gandulote a embestirla y ella a 
defenderse de la misma manera. Trató de agarrar- 
la por la cintura. La doncella se levantó y corrió 
por la estancia, haciéndose la enojada. 

— ¡ No me toques, Manín ! Mira que llamo a la 
señora. 



EL MAE STE ANTE 



311 



Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando 
gruñidos y risotadas ; abrazábala aquí, soltábala 
allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y duros 
como la piel de un elefante, las bofetadas de la 
doméstica, sin manifestar sentirlas. Crujían los 
muebles, retemblaba el piso, campanilleaba la va- 
jilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada vez 
más falso y zalamerón. Sabía el picaro que aquella 
mujerzuela irascible y endemoniada tenía despier- 
ta la vanidad, como todos los seres humanas, y 
que era de capital interés para su panza tener- 
la contenta. Por último, lanzando un verdadero 
mugido de buey, consiguió agarrarla por la cintu- 
ra y alzarla en vilo. Mantúvola en alto sin esfuer- 
zo alguno, como si fuera un chiquito de tres años. 

— ¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, zapaquilda? 
¿Dónde están esos hígados? ¿Dónde esas manos? 
Anda, bruja, pide perdón ; si no, te dejo caer como 
una rana — bramaba el cazurrón, zarandeándola 
en el aire. 

— ¡ Déjame, Manín ! ¡ Déjame, burro ! ¡ Habrá 
cochinazo ! ¡ Mira que grito ! 

Al fin la puso delicadamente en el suelo. La 
doncella, jadeante, desgreñada, frunciendo mucho 
las cejas para aparecer más enfadada, decía con 
voz anhelante : 

— No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera mi- 
rando a la casa donde estamos, te tiraba este quin- 
qué a las narices y te las rompía, por bruto y por 
insolentón. A lo mejor están los criados oyendo 
todo esto, y ¿qué dirán? ¡Quita, quita allá! No 
me vuelvas a decir palabra, porque no te contesto. 

— ¡ Eso ! Grita ahora, fachendosa, después que 
te hice ver a Dios — roncaba Manín con sorna, 
mirándola de reojo y sobándose la barba. 

— ¡ Si no te quitas de mi vista, baldragote ! . . . — 
exclamaba la diminuta criada, pasándole a su des- 
pecho relámpagos de risa por los ojos. 



312 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



Manín se sentó de nuevo para engullir el pan 
que quedaba y beber otro vaso de lo blanco. Jo- 
sefina, mientras tanto, -ollozaba en un rincón, lle- 
vándose las manos heridas a la boca, palpándose 
las mejillas acardenaladas por los ballenazos. Ma- 
nín se dignó echar hacia ella una mirada. 

— No llores, tontina, que el dolor de los zurria- 
gazos pasará y la cencia te quedará en la mollera 
para siempre — dijo cortando con su navaja un 
pedazo del pan y metiéndolo en la boca—. Si quie- 
res saber mi ditamen, cuanto más te peguen más 
contenta debes de estar. ¿Qué serías tú si Concha 
no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una 
chafandina que no valdría un celemín de bellotas, 
una bestia, salva sea la comparanza. Y ahora, ¿qué 
serás? Una mujer pa too lo que se la pida. (Pau- 
sa mientras se corta otro pedazo de pan y lo mue- 
le, levantando un bulto como el puño en el carri- 
llo derecho)... Anda, que si yo hubiera tenido co- 
mo tú maestros que me alzasen el pellejo a co- 
rreazos, no sería un burro, no me llamarían Ma- 
nín, sino don Manuel, y en vez de ser un mísero 
súdito, andaría por ahí dándome importancia, pa- 
seando por Altavilla con las manos atrás como los 
señores y leyendo las gacetas en el casino. (Otra 
pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte 
en lo justo si tienes caletre para ello. ¿ Cómo quie- 
res aprender esas cosas tan enrevesadas sin algu- 
nos lampreazos? ¿Quién aprendió daoué nunca 
sin azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras 
conocimiento, criatura, darías gracias a Dios por 
haberte puesto una maestra que es como una glo- 
ria. Para too sirve la endina, para too tiene las 
manos finas y los pies listos, ¿verdá, tú? 

Concha se había puesto grave otra vez, sentán- 
dose y haciendo un gesto imperioso a la niña para 
que se acercase. Tocábale el turno a la gramática. 



EL MAE STE ANTE 



313 



Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase 
por la falta de memoria o porque el miedo la tur- 
base. Comenzó el vapuleo : un ballenazo ahora y 
otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus con- 
vicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, 
cortando grave, esmeradamente, en figuras geo- 
métricas, los pedazos del pan antes de conducir- 
los con toda solemnidad a los labios. Las faltas 
fueron muchas ; los golpes fueron otros tantos. 
Pero al terminar la lección, Concha consideró que 
a más del castigo correspondiente a cada falta, te- 
niendo en cuenta lo mal que la niña lo había he- 
cho, convenía terminar con un vapuleo general 
que las comprendiese todas. La alzó de la silla y, 
blandiendo la formidable ballena, exclamó : 

— Ahora, para que estudies mejor y se te des- 
pierten los sentidos, ¡ toma ! 

Tantos y tan recios fueron los golpes, que la 
criatura, tratando de huir aquel martirio, se aga- 
rró con las manos crispadas a las sayas de su ver- 
dugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado 
inconscientemente a ellas, la cinta que las sujeta- 
ba se rompió y vinieron al suelo, dejando a la cos- 
turera solamente con la camisa. Dió un grito de 
vergüenza y se apresuró a levantarlas. Pero sin 
pararse a atar otra vez la cinta, echando una mi- 
rada de profundo rencor a la chica, salió de la 
estancia sujetándolas con las manos. 

— ¡ Buena la has hecho, buena, buena, buena ! — 
exclamó Manín, tallando con primor el bocado que 
iba a llevar a la boca. 

La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No 
le dolían siquiera las heridas. Al cabo de pocos 
momentos se presentó de nuevo Concha acompa- 
ñada de la' señora. Es|;a venía sonriendo sarcás- 
ticamente. 

— Por lo visto, a la señorita le gusta ahora des- 



314 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



nudar a las doncellas delante de los hombres. Es- 
tará usted contenta, señorita, ¿no es cierto? Ma- 
nín habrá visto bien por todos lados a Concha. 
¿Verdad, Manín, que la has visto cómodamente? 

Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada. 

— -No tenga miedo, señorita. Tranquilícese us- 
ted, señorita. Yo no vengo aquí a azotarla. Eso 
de los azotes es muy antiguo. ¡ Quién se acuerda 
ya de azotes ! Sólo vengo a invitar a usted para 
que dé una vuelta por la cueva... la cueva de los 
ratones... ya sabe usted. Allí se puede entretener 
en desnudar alguna rata de las muchas que ven- 
drán a visitarla... Vamos, déme usted, la mano 
para que la conduzca con toda ceremonia. 

La niña fué a ponerse detrás de una silla ; des- 
de allí, perseguida por Amalia y por Concha, co- 
rrió alrededor de la mesa ; por último, se refugió 
detrás del mayordomo. 

— ¡ Manín ! ¡ Manín, por Dios, me escondas! 

Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó 
a la señora. Tomáronla cada una por una mano 
y la arrastraron, a pesar de sus gritos penetrantes. 

— -¡ A la cueva no ! ¡ A la cueva no ! ¡ Madrina, 
perdón ! Mátame primero. ¡ Mira que tengo mu- 
cho miedo ! ¡ A la cueva no, que me comen los 
ratones ! 

Los criados salieron al pasillo y presenciaban 
mudos y graves aquella escena. Los gritos de la 
niña se fueron perdiendo en la obscura y tortuosa 
escalera que conducía al sótano. 

Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y 
empujó a su hija hacia el interior. Cerró con furia ; 
pero la niña había corrido hacia la salida, y la 
puerta le cogió la mano. Oyóse un grito desgarra- 
dor. La valenciana abrió otra vez la puerta, dió 
un fuerte empujón a la criatura que la hizo caer 
al suelo, y -echó la llave. 



EL MAE STE ANTE 



315 



La cueva era un calabozo húmedo y negro don- 
de sólo penetraban algunos tenues rayos de luz por 
un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió en otro 
tiempo para bodega de vinos. Ahora no había allí 
más que botellas vacías. 

La niña apenas quedó sola se incorporó, miró 
a todos lados loca de terror, quiso gritar y la voz 
se le anudó en la garganta ; por último, exten- 
diendo las manos, acometida de un fuerte temblor, 
cayó desvanecida. 

Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que 
había presenciado el encierro, movido de compa- 
sión, acercóse a la puerta y miró por el ojo de la 
cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo. 

— Josefina. 

La chica no respondió. Llamó más fuerte. El 
mismo silencio. Asustado, gritó y golpeó en la 
puerta con todas sus fuerzas sin obtener contes- 
tación. Entonces apresuróse a subir para dar parte 
de lo que pasaba, a riesgo de perder su empleo. 
Amalia mandó a Concha con la llave para ver lo 
que ocurría. Entre ella y Paula subieron a la cria- 
tura privada de sentido, fría y rígida, con los ca- 
racteres de la muerte impresos en el rostro. Teme- 
rosa de las complicaciones que con esto pudieran 
sobrevenir, la esposa del Maestrante se apresuró 
a meterla en la cama. Tardó poco la pequeña en 
volver en sí, pero inmediatamente se declaró una 
fuerte calentura. Llamóse al médico. Encontróla 
bastante mal. Para explicar la herida de la mano 
y los cardenales que presentaba, Amalia, fértil en 
mentiras, inventó una historia que el doctor creyó 
o fingió creer. 

Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. 
Amalia seguía con ojos inquietos el curso de la 
enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser 
sobre el cual había vertido las hieles amargas de su 



316 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



corazón ; pero le agitaba la idea de perder de una 
vez su venganza. Justamente al tercer día de ha- 
llarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en 
la noche anterior había salido Fernanda en la silla 
de posta para Madrid, y que Luis sólo tardaría 
cuatro o cinco días en reunirse con ella. Experi- 
mentó violenta sacudida. Una ola hirviente de bi- 
lis inundó su pecho. Aquella noche tuvo fiebre 
también. ¡ Se le escapaban ! No había posible ven- 
ganza para aquel traidor. Iría a Madrid, se casa- 
ría ; tal vez allí recibiría la noticia de la muerte 
de su hija ; lloraría un poco ; al cabo las caricias 
de su ajorada esposa se la harían olvidar. De aque- 
llos amores tan largos, tan vivos, no quedaría más 
que un hombre paseando su dicha por Europa, y 
en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo 
de befa a los corrillos de Altavilla. Sus carnes flá- 
cidas temblaron. Los instintos vengativos de su 
raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡ No, no po- 
día ser ! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, 
antes clavarle un puñal en el corazón. 

Ocurriósele una idea singular y terrible : con- 
társelo todo a su marido. Ignoraba lo que esto 
daría de sí, pero por lo pronto provocaría un es- 
cándalo. Don Pedro era violento, gozaba de gran 
poder y prestigio. ¿Quién sabe el destrozo que la 
bomba podía causar? Cierto que estaba paralíti- 
co y no podía tomar venganza por su mano ; pero, 
¿no se le ocurrirían a aquel hombre tan altivo y 
puntilloso medios de volver el mal que le causa- 
ran? Ella caería entre las ruinas, pero caería con 
gusto si el traidor pagaba de algún modo su per- 
fidia. 

Después de mucho batallar con este pensamien- 
to, no arriesgándose a hacer la confesión de pa- 
labra ni a escribirla bajo su firma, remitió a don 
Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima. 



EL MAE STB ANTE 



317 



cLa niña que usted ha recogido hace seis años es 
hija de su esposa y de un caballero que frecuenta su 
casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a 
usted el nombre. Busque usted y v no tardará en 
hallar al traidor. — Un amigo leal.» Echóla al co- 
rreo y esperó con ansia el efecto que producía. 

Don Pedro la recibió delante de ella y la leyó. 
Su rostro se contrajo fuertemente y se cubrió de 
palidez cadavérica. 

— ¿Quién te escribe? — preguntó olla con natu- 
ralidad. 

El maestrante se repuso inmediatamente y, do- 
blando la carta y guardándola, respondió haciendo 
esfuerzos para asegurar su voz, que temblaba : 

— Nada, un recomendado mío que se queja de 
que le han dejado cesante... ¡ Ese gobernador ! No 
tiene memoria ni formalidad ninguna. 

Inquieta ya y esperando con ansia los aconte- 
pimientos se retiró a su gabinete. Por la tarde lle- 
gó Jacoba con misterio y le entregó un billete de 
parte del conde. 

— ¿Qué quiere de mí ese hombre? — preguntó 
sorprendida y en tono despreciativo. 

— No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi 
casa y allí espera contestación. 

El billete del conde decía : 

«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peli- 
gro de muerte. Por lo que más quieras en este 
mundo, por la salvación de tu alma, concédeme 
una entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde 
ya no puede ser, ven mañana por la mañana a 
casa de Jacoba. — Tuyo, Luis.» 

— ¡ Tuyo, tuyo ! — murmuró con amarga son- 
risa — . Has sido mío, sí, pero has cambiado de 
dueño. Te costará caro. 

— ¿Llevo contestación, señorita? 

Quedó pensativa unos momentos ; dió algunas 



318 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



vueltas por la estancia, completamente abstraída ; 
se acercó al balcón y miró por los cristales. Al fin 
dijo, volviéndose a medias y con gran sequedad : 

— Bueno, iré mañana a la hora <|e misa. 

— Me ha preguntado con grandísimo interés por 
la niña. 

— Dile que sigue lo mismo. 

Marchóse la entremetida, y ella permaneció lar- 
go rato mirando a la calle, al través de los crista- 
les, sin verla. 

Desde las siete de la mañana del día siguiente 
estaba Luis aguardándola en la casucha de Jaco- 
ba. No había allí más que una cocina en la planta 
baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de 
techo que el conde con sombrero tocaba en el 
cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos con 
las manos en los bolsillos, mirando con precaución 
a cada momeníb por los visillos de la única ven- 
tana que tenía. Hasta las nueve no acudió la da» 
ma. La vió llegar con la mantilla echada por los 
ojos, el devocionario en la mano y el rosario col* 
gado de la muñeca, con el paso firme y sosegado, 
como si viniese a dar algunos encargos a su anti- 
gua protegida. Cuando oyó su voz en la cocina, le 
dió un vuelco el corazón, se puso a temblar como un 
azogado y se le borraron por completo las pala- 
bras que tenía preparadas. 

— ¿Cómo está usted, conde? — dijo ella con 
gran naturalidad al entrar, tendiéndole una mano. 

— Bien, ¿y tú? 

Levantó la cabeza como sorprendida de oírse 
tutear y respondió mirándole fijamente : 
— Perfectamente. 
— ¿Y la niña? 
— Algo mejor. 

Despejóse al oír esto la fisonomía del caballe- 
ro. Brilló un rayo de alegría en sus ojos y dijo 



EL MAE STB ANTE 



319 



tomando de la mano a su ex querida y atrayén- 
dola hacia el pobre sofá de paja que allí había. 

— Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atre- 
vimiento por mi parte, te ruego que me permitas 
seguir tuteándote cuando- estemos solos... Yo no 
olvido, no podré olvidar jamás cuántas horas de 
dicha te debo, cuánta felicidad has vertido en 
mi vida triste y monótona. Tú me has revelado 
lo más dulce y más íntimo que existía en mi co- 
razón sin que yo lo sospechase siquiera. Para ti 
han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo 
tú has penetrado hasta ahora en ella, la has son- 
deado y conoces sus melancolías, sus flaquezas y 
sus ternuras. Si me separo de ti, si digo adiós 
a nuestro amor, no creas que es porque he de- 
jado de estimarlo : obedezco solamente a una ley 
de la naturaleza que nos empuja a todos a crear 
una familia. No tengo en el mundo más que a mi 
madre, una pobre anciana que muy pronto me 
dejará solo... No debe parecerte mal que quiera 
formar un hogar y poseer un heredero de mi nom- 
bre y mis títulos... Además, el grito de la con- 
ciencia me perseguía... 

El conde, regocijado con la mejoría de la niña, 
se mostraba expansivo y más locuaz que de cos- 
tumbre, sin poder ocultar la felicidad que le em- 
bargaba, pensando que todo estaba arreglado a 
medida de sus deseos. Josefina dichosa al lado de 
su madre ; él dichoso al lado de Fernanda ; Ama- 
ha resignada y tributándole siempre un cariño dul- 
ce y cada día más acendrado. 

Esta le miraba con cierta curiosidad burlona. 
Cuando terminó, dijo sonriendo benévolamente : 

— -Sobre todo desde la noche en que viste a Fer- 
nanda con aquel precioso vestido descotado, ese 
grito debió de hacerse insoportable. 

Él conde sonrió también, avergonzado. 



320 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



— No lo creas, Amalia ; siempre he sentido re- 
mordimientos. Claro está que al hacerse uno viejo 
ve las cosas con más claridad. Mi barba ya blan- 
quea por varios sitios, como estás observando. Lo 
que en un joven puede disculparse como locura, 
como expansión irremediable del fuego que corre 
por las venas, en un viejo se llama crimen. El 
amor, a la edad en que yo estoy, no debe tapar 
con sus alas la luz de la razón, y si la tapa me- 
rezco el calificativo de insensato. Mi resolución po- 
drá sernos amarga a los dos. A mí me lo es mucho ; 
me cuesta trabajo desprenderme de una pasión que 
a fuerza de tiempo casi se ha convertido en cos- 
tumbre. Existe, además, por desgracia, entre los 
dos un lazo imposible de romper por completo. 
El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro 
pecado una flor hermosa, una cándida azucena. 
Apartemos el crimen de su frente : ya que ha 
sido engendrada por un amor ilegítimo, no la man- 
chemos con nuestra conducta vituperable. Hagá- 
monos dignos de ella viviendo como cristianos. 

— Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese 
curso de doctrina cristiana haya venido tan tar- 
de y haya coincidido con la llegada a esta pobla- 
ción de tu antigua novia. Porque parece así como 
si tuvieras olvidado por completo el catecismo, y 
ella viniese a refrescarte la memoria. Pero, en fin, 
en eso no debo meterme porque no me concier- 
ne. El resultado es que te casas. Haces bien. El 
hombre está mal solo, y cuando halla una com- 
pañera digna, como tú has hallado, no debe per- 
der la ocasión. Fernanda es una buena muchacha ; 
segura estoy de que te hará feliz. Tendréis muchos 
hijos y, después de una vida larga y dichosa, iréis 
al Cielo. 

Sorprendióle a Luis aquella resignación y no 
pudo menos de sentir alguna inquietud. 



EL MAE STE ANTE 321 



— ¿Y tú serás también feliz? — le preguntó tí- 
midamente. 

— ¿Yo?... ¡ Qué importa que yo sea feliz o des- 
graciada ! — dijo alzando los hombros con ademán 
desdeñoso. 

— ¡ No digas eso, Amalia ! La felicidad no es la 
locura a que nos entregamos durante siete años. 
Había un dejo amargo en ella que yo percibía hace 
tiempo, y que tú no tardarías en percibir. Una 
vida pura y digna, la tranquilidad de la conciencia, 
la estimación de las personas honradas te darán 
más contento que la pasión culpable... Además, 
tienes lo que yo no tengo... tienes a tu lado un 
ángel, un lirio tierno y fragante que embalsamará 
tu existencia. 

— ¡ Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella será 
la que me ha de proporcionar los únicos buenos 
ratos que pasaré en adelante. 

Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan 
aguda y estridente, que Luis sintió un escalofrío. 

— ¿Qué quieres decir con eso? 

— Lo que he dicho ; que por fortuna tengo a 
Josefina para resarcirme. 

— ¡ Es que lo dices de un modo tan raro ! 

La valenciana dejó escapar una risita singular 
que salía allá del fondo de la garganta y sonaba 
de modo siniestro. Luis la miraba fijamente, cada 
vez más inquieto. 

— ¡ Pero qué tonto eres, Luis ! ¡ pero qué reton- 
tísimo! El egoísmo ha puesto tales cataratas en 
tus ojos que no ves ni lo que tienes delante. Si tu- 
vieses veinte años, esa inocencia podría quizás ins- 
pirarme lástima ; a tu edad no me inspira más que 
risa y desprecio. Pensar en que cuatro palabriUas 
insolentes sobre la moral y la conciencia bastarían 
a obligarme a aceptar satisfecha la humillación que 
me impones ; suponer que yo, a quien si no cono- 

MAESTUANTE. — 21 



322 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ees debieras conocer, voy a consentir que me arro- 
jes como un trapo sucio, que me arrastres como 
una cautiva enamorada a los pies de Fernanda 
para que le sirva de almohadón cuando suba a tu 
lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarrone- 
ría. ¿ Por qué no me pides también que sea tu ma- 
drina de boda? 

El conde la contemplaba con ojos dilatados, ex- 
presando la ansiedad y el espanto. 

— De modo que lo que me han dicho de los mar- 
tirios que haces pasar a nuestra hija, ¿es cierto? 

— ¡Y tan exacto! Y aun no los sabes por com- 
pleto... Mira, voy a referírtelos todos para que no 
te llames a engaño... 

Y con palabra breve, incisiva, con una cruel 
satisfacción que se traslucía en la voz, puso de- 
lante de su vista el cuadro espantoso de las mi- 
serias y dolores que la desgraciada criatura había 
padecido en los últimos meses. Aquel cuadro era 
infinitamente más aterrador que el que le había 
exhibido María la planchadora. El conde, pálido, 
desencajado, sin hacer el más leve movimiento, 
parecía la estatua de la desesperación. Al poco rato 
se tapó la cara con las manos y así escuchó hasta 
el fin. 

— ¡ Oh, qué infame ! ¡oh, qué infame ! — mur- 
muró sordamente. 

— Sí, muy infame, pero aun espero serlo más. 
¿Has oído todas esas infamias? Pues no son nada 
en comparación con las que haré. 

— ■] No las harás tal, malvada ! — profirió Luis 
levantándose y abalanzándose a ella — . Antes te 
ahogaré con mis manos. 

La valenciana se escapó hacia la puerta. 

- — ¡ Si das un paso más, grito ! 

— ¡ Oh, infame, infame ! — volvió a exclamar 



EL MAESTEANTE 



323 



con voz profunda el conde — . ¡ Y Dios consiente 
sobre la tierra estos monstruos ! 

Dió unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente 
sobre el sofá. Apoyó los codos sobre las rodillas y 
metió la cabeza entre las manos. Al cabo de largo 
silencio la levantó diciendo : 

— Bueno, ¿ y qué exiges de mí ? 

Amalia dió un paso para acercarse. 

— Lo que ya debes de suponer, si es que te queda 
un poco de sentido común. No exijo que nuestras 
relaciones continúen, porque a los términos a que 
hemos llegado no es posible : sería tanto como 
mendigar tu amor, y tengo demasiado orgullo para 
ello. Pero no quiero que ni tú ni esa mujer os que- 
déis riendo de mí ; no quiero servir de befa a loa 
que conocen nuestras relaciones, -que son todos los 
que frecuentan la casa. Exijo, pues, como condi- 
ción para que la niña vuelva a ser lo que era que 
rompas inmediatamente con Fernanda y no te 
acuerdes más de ella. 

— ¡ Pero Amalia ! — exclamó con acento dolo- 
rido — . Bien comprendes que es imposible. Mi bo- 
da está concertada ; lo sabe ya todo Lancia : Fer- 
nanda me espera en Madrid ; faltan muy pocos 
días... 

— Aunque faltase un minuto. Esa boda no se 
celebrará. Si te casas con Fernanda, tu hija pa- 
gará el agravio en la forma que ya sabes. 

— ¡ Oh ! Yo lo impediré. Daré parte a la auto- 
ridad. Pediré el depósito de la niña. 

— Eso es hablar por hablar, Luis — replicó con 
calma y sonriendo Amalia — . Las autoridades de 
Lancia son hechura de Quiñones. Nadie osará de- 
clarar una palabra contra mí. 

— Se lo referiré todo a don Pedro. 

— No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelan- 



324 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tarías? En vez de impedir mi venganza, como es 
la suya también, me ayudará. 

Hubo un largo silenóio. El conde meditaba con 
la frente apoyada en la mano. De pronto se alzó 
violentamente y se puso a dar agitados paseos mur- 
murando : 

— ¡ No puede ser ! ¡ no puede ser ! 

La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, 
dijo dando un paso hacia la puerta : 

— Adiós. 

El conde la detuvo con un gesto. 
— Espera. 

Amalia permaneció inmóvil, con la mano en 
el marco de la puerta, clavándole una mirada pe- 
netrante. 

El conde siguió paseando todavía algunos mo- 
mentos sin hacer caso de ella. 

— Está bien — dijo con voz enronquecida, pa- 
rándose — ; no se efectuará el matrimonio. Tú me 
dirás lo que debo hacer. 

Su rostro demudado revelaba la calma de la des- 
esperación. 

— Es necesario que escribas una carta a Fernan- 
da despidiéndote. 
— La escribiré. 
— Ahora mismo. 
— Ahora mismo. 

Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jaco- 
ba recado de escribir. Como no había allí mesa, 
lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y se 
dispuso a escribir de pie. Amalia también se acercó. 

— Es esto lo que quiero que le escribas — dijo 
presentándole un papel. 

Era el borrador de la carta. El conde pasó la 
vista por él. 

«Mi buena amiga Fernanda — decía — : He que- 
rido que te fueses para decirte por escrito lo que 



EL MAE STK ANTE 



325 



de palabra sería superior a mis fuerzas. No pue- 
do ser tuyo. No necesito explicarte las razones, 
porque tú las adivinarás. Quisiera amarte bastante 
para sobreponerme a todo y huir contigo. Por des- 
gracia o por fortuna, hay cosas que pesan en mi 
corazón más que tu amor. Perdóname el haberte 
engañado y procura ser feliz, como lo desea tu 
mejor amigo — Luis.* 

Trazó los renglones de esta carta con mano tré- 
mula. Antes de terminar, algunas lágrimas aso- 
maron a sus ojos. 



XV 



JOSEFINA DUERME 



El noble maestrante fácilmente dio con el autor 
de su deshonra. Asi que leyó el anónimo y se reco- 
bró del susto, sus sospechas fueron a parar al conde 
de Onís. No otra cosa le empujó a ello que el pa- 
recido, que ahora advertía claramente, entre éste 
y la niña recogida. Por lo demás, o porque su ex- 
cesivo orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia 
había) sabido tenerle engañado, jamás advirtió en- 
tre ellos más que una fría y ceremoniosa amistad 
que nada tenía de ofensiva. El mismo "orgullo de- 
tuvo el curso de sus pensamientos amargos con 
esta consideración : ¿Por qué dar asenso a lo que 
el anónimo decía? ¿Por qué no suponer que se 
trataba de una vil calumnia con que algún enemi- 
go quería envenenar su existencia? Mas el dardo 
había entrado tan profundamente en su corazón 
que no podía arrancárselo. Todas las consideracio- 
nes que su deseo le sugería no bastaban a destruir 
la gran certidumbre que, sin saber cómo, sa le ha- 
bía colado de rondón en el cerebro. Algunos por- 
menores, que habían pasado para él inadvertidos, 
adquirieron de pronto alto relieve, se alzaron co- 
mo antorchas encendidas para guiarle. El principal 
de todos era, como es natural, la enfermedad de 
su esposa coincidiendo con la aparición de la niña. 



328 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



Eecordaba la extraña tenacidad con que se opuso 
a que subiese médico alguno a verla ; luego el mi- 
mo, los cuidados exquisitos que se prodigaron a 
la criatura. Acudieron también a su memoria aque- 
llas visitas que en otro tiempo hizo su esposa a 
la Granja con pretexto de escoger algunas plantas. 
Ninguna circunstancia quedó, referente a la amis- 
tad del conde y al hallazgo de la niña, que no re- 
volviese y pesase en su pensamiento. 

Tornóse silencioso y meditabundo. La mirada 
dura de sus ojos hundidos se posaba con insistencia 
en Amalia siempre que ésta entraba en su habita- 
ción. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña 
con cualquier pretexto y la contempló largamente, 
tratando de descifrar en los rasgos de su fisonomía 
el enigma de su existencia. Amalia observaba todo 
esto, y leía tan perfectamente en el cerebro dé su 
esposo como en un libro abierto. 

— ¿Cuándo se casa Luis? — le preguntó un día 
en tono afectadamente distraído el Maestrante. 

— Dicen que aún tardará algún tiempo. Nece- 
sita arreglar no sé qué asuntos antes de irse a 
Madrid — respondió con la mayor tranquilidad. 

— ¿Continúa en la Granja? 

— Siempre. No viene más que alguna que otra 
vez por la tarde, según me ha dicho un día que 
le hallé en la tienda de Barrosa. 

Justamente a la noche siguiente apareció en la 
tertulia el conde. 

— ¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya 
de la Granja? — ~ le preguntó don Pedro, claván- 
dole una mirada penetrante. 

— Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, 
y me vuelvo a dormir. 

— Se aburre usted allí, ¿verdad? — le preguntó 
don Cristóbal Mateo. 

— Por el día no. Estoy muy entretenido con 



EL MAE STR ANTE 



329 



los trabajos del campo, el molino, los bichos, etc. 
¡ Pero las noches se hacen tan largas ! . . . 

Luis venía solamente' por ver" a su hija. Ama- 
ha no se lo permitió hasta que la niña estuvo 
medianamente repuesta. Volvió a vestirla como an- 
tes y le devolvió los fueros que tenía. Pero no el 
cariño. El encanto se había roto. 

Porque Luis la aborrecía : estaba sometido a la 
fuerza. Con aquella pasión ardorosa, con aquel 
amor lleno de misterio y placer se había unido tam- 
bién la afición a la criatura. Pero los martirios que 
su cólera insensata le había hecho padecer abrió 
entre ellas un abismo. Josefina jamás amaría a su 
verdugo. La pobre niña, vestida con ricos trajes, 
vagaba sola por el palacio de Quiñones, sin hallar 
en nadie ternura. Amalia huía de ella. Los cria- 
dos, avergonzados de sus malos tratos y pesaro- 
sos de aquel repentino cambio, que elevaba de nue- 
vo a la expósita sobre ellos, no le dirigían la pa- 
labra. El largo martirio sufrido y la terrible en- 
fermedad con que terminó habían dejado huellas 
profundas en su semblante. Su rostro pálido se 
trasparentaba como el nácar. En torno de los ojos 
persistía aquel círculo obscuro, negro, de agita- 
ción y dolor. El conde sentía apretarse su cora- 
zón cada vez que la veía. Costábale trabajo retener 
las lágrimas. 

Amalia no dió noticia a su amante del impru- 
dente anónimo que había dirigido a Quiñones. Te- 
miendo, por la actitud de éste, algún grave acon- 
tecimiento, resolvióse a despistarle, ya que volver- 
le la calma no era posible. El partido que mejor 
le pareció fué apartar las sospechas de Luis y en- 
caminarlas hacia Jaime Moro. Era el único que 
por su edad, figura y posición podía aparecer como 
un amante verosímil. Principió pot tratarle, en 
presencia de don Pedro, con particular afecto, dis- 



330 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



tinguiéndol© de los demás tertulios de modo harto 
visible. Dirigíale miradas y sonrisas significativas ; 
gustaba de ponerse detrás de su silla cuando esta- 
ba jugando al tresillo, y embromarle ; llamábale 
a cada instante con cualquier pretexto y le retenía 
a su lado largos ratos hablándole en secreto, acer- 
cando más de la cuenta el rostro al suyo. Ño era 
tan fácil como puede parecer seducir a Moro, aun- 
que sólo fuese en apariencia. Nada tenía de arisco ; 
al contrario, gozaba justa fama de caballeroso y 
galante con las damas. Pero cuando las damas se 
hacían incompatibles con el billar o el tresillo no 
lo había más grosero y cerril en seis leguas a la 
redonda. Amalia le mortificaba infinitamente re- 
teniéndole cuando los tresillistas le aguardaban. 
Entonces no resjx>ndía acorde a sus preguntas, 
sonreía por máquina y dirigía frecuentes y codi- 
ciosas miradas a la mesa donde sus compañeros 
gozaban ya las dulzuras de alguna vuelta con palo 
de favor. 

— Moro, siéntese usted aquí ; vamos a charlar 
un rato. 

Moro temblaba: se le venía el mundo encima. 
Tomaba asiento al lado de la dama con una cara 
larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión 
que debía arder en su pecho. 

El Maastrante había hecho poco caso de aque- 
llos apartes, de las preferencias y las sonrisas in- 
sinuantes de su esposa. Les miraba con ojos dis- 
traídos, sin venírsele a la mente ninguna sospe- 
cha, preocupado enteramente con la verdadera pis- 
ta. Sin embargo, al cabo de algunos días, tanto 
insistió Amalia y tan buena maña se dio, que el 
noble caballero principió a fijarse en aquellos sig- 
nos y a darles algún valor. La valenciana sintió 
el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino de 
realizarse, Y paxa dar impulso poderoso y decisi- 



EL MAE STE ANTE 



331 



vo a su enredo, ocurriósele en el momento una 
treta peregrina. Se hallaba sentada en un rincón, 
teniendo a su lado a Taime Moro, bien a la vista 
de don Pedro. Moro, distraído como siem- 
pre. 'La esposa de Quiñones necesitaba hacer 
prodigios de habilidad para sostener la conversa- 
ción, le sonreía, le mimaba, le envolvía en una 
red de palabras melosas, que acentuaba fuerte* 
mente 1 con la sonrisa a fin de llamar la atención 
de don Pedro. 

— ¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi braza- 
lete? 

Moro no había reparado en él. 
— Es muy lindo — ■ se apresuró a decir por com- 
placencia. 

— Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mé- 
rito de lo que parece. Este retrato,, que es el de 
mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted. 

Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo con- 
templó con afectada admiración. 

— Bepárelo usted bien. 

Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los 
ojos. Observando con el rabillo del ojo que don 
Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito, hasta 
rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel 
instante la retiró bruscamente con vivo ademán. 
Moro quedó estupefacto. Involuntariamente diri- 
gió la vista hacia don Pedro, y notando que éste le 
clavaba una mirada fría y penetrante, se puso co- 
lorado hasta las orejas. Amalia se levantó y se fué 
al salón, como si quisiera disimular su turbación. 

Fué grande la qu/e se apoderó del orgulloso Maes- 
trante con el secreto que pensó sorprender. Sus 
ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado 
por mil sospechas contrarias, dominado por una 
cólera furiosa, movía entre sus trémulas manos 
las cartas, sin pensar en ellas, imaginando horri- 



332 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



bles venganzas contra su esposa y contra él... 

¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda 
encendía aún más su rabia. 

Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin 
embargo, su pensamiento no podía apartarse del 
conde de Onís. Contra el testimonio de sus propios 
ojos alegaba el instinto, una voz interior que le 
señalaba sin cesar a su enemigo. 

Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a 
Amalia y se fué derecho al gabinete ; pero Manuel 
Antonio le retuvo tirándole por el faldón del frac. 

— ¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no 
te nos enfrasques tan pronto en el juego. Mira, 
aquí María Josefa y Jovita han estado disputando 
toda la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo 
les s he dicho : «No disputéis más. Si viene hoy 
Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de de- 
cir.» 

— Pues las has engañado — respondió el conde 
aproximándose al grupo. 

— ¿Tan grosero te has vuelto? 

— No es grosería, es ignorancia. Estas señori- 
tas saben muy bien que las cosas no se realizan 
nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese 
ahora una época y resultase otra, pensarían que 
había tratado de burlarme de ellas. 

A pesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, 
el semblante del conde reflejaba tristeza infinita. 
Su voz salía apagada y enronquecida. 

— ¡ No, no ! ¡ Nada de eso ! — exclamó riendo 
Jovita — . Díganos usted un día cualquiera, que 
aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha s 
sido por su voluntad. 

— Bueno, pues mañana. 

— ¡ Eso tampoco ! — gritaron ambas solteronas 
alborozadas. 

— No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué 



EL MAE STE ANTE 



333 



< día quieren que me case? Señálenlo ustedes. 
El conde no había dicho una palabra a nadie 
de la ruptura de su matrimonio. La innata de- 
bilidad de su carácter le obligaba a callar una no- 
ticia que muy pronto había de difundirse. Tenía 
miedo a la curiosidad pública, a las preguntas, a 
que en el rostro le adivinasen las causas de tal 
resolución. Y temblaba y se entristecía profunda- 
mente cada vez que, como ahora, le tocaban este 
punto. 

Hasta entonces no se había traslucido nada. 
Creíase en la ciudad que de un día a otro se iría 
a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo, 
Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de 
todos sus contemporáneos, había olido algo. Y con 
la tenacidad y el disimulo de una Isabel de Ingla- 
terra, principió a recoger noticias y a atar cabos 
de tal modo que a la hora presente andaba muy 
cerca de la verdad. 

— Muy triste te veo estos días, Luisito — le dijo 
bruscamente- — . Más que de matrimonio tienes ca- 
ra de testamento. 

El conde se turbó y no supo más que contestar 
sonriendo forzadamente : 

— El matrimonio es un paso muy serio. 

Trató de marcharse, pero Manuel Antonio vol- 
vió a retenerlo. A todo trance quería dar con la 
clave del enigma, saber de un modo positivo lo 
que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, 
que sabía mejor que él a qué atenerse, mantuvo 
alerta la conversación algún tiempo sobre el es- 
cabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía fre- 
cuentes miradas hacia el sitio de Amalia, como 
reclamando lo que estaba obligada a concederle. 
Levantóse al fin la dama, se asomó a la puerta 
y tornó a sentarse. A los pocos momentos apa- 
reció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó 



334 AEMANDO PALACIO VALDÉS 



sus ojos tristes por la sala, y a una seña de su 
madrina dirigió sus pasos al gabinete. Al cruzar 
por detrás del conde, volvióse éste a medias y le 
echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó 
inadvertida a la sagacidad de sus interlocutores. 
La niña levantó sus ojos hacia él, brillando con 
sonrisa feliz. Fué un choque magnético que hizo 
arder súbito toda la alegría de su corazón infantil. 
Los tertulios la llamaron, trataron de retenerla ; 
pero ella, obedeciendo la orden de su madrina, si- 
guió hasta el gabinete. Pocos momento^ después 
se oyó la voz áspera de Quiñones. 

— ¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo 
no entra? 

— Allá voy, don Pedro — se apresuró a respon- 
der Lui&, contento de separarse de aquel enfadoso 
grupo. 

Al entrar en el gabinete se produjo, en menos 
tiempo del que puede tardarse en referirla, una 
terrible escena que puso en conmoción y espan- 
to a toda la tertulia. Don Pedro estaba con las 
cartas en la mano y lo mismo Jaime Moro y don 
Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto, ha- 
blaba con el capellán sentado detrás de él. En tor- 
no de la mesa había tres o cuatro personas de pie 
mirando el juego. Cerca del noble Maestrante se 
hallaba Josefina con los bracitos cruzados esperan- 
do su bendición para irse a la caifta. 

Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rá- 
pida mirada escrutadora, clavó en seguida otra de 
profundo odio a la niña y dijo con sonrisa sar- 
cástica : 

— Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la ben- 
dición. 

Y le dió de revés un tremendo bofetón que la 
hizo rodar por el suelo, soltando sangre por boca 
y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus me- 



EL MAESTBANTE 335 



jillas. Huyó repentinamente de ellas toda la san- 
gre y quedó densamente pálido. Y por un impulso 
ciego, superior a su voluntad, gritó fuera de sí : 
— ¡ Eso es una vileza ! ¡ Una cobardía ! 

Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le de- 
tuvieron. Don Pedro gritaba mientras tanto a 
grandes voces, loco de furor : 

— ¡ Por fin caíste ! ¡ Por fin caíste, perro ! 

Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del asien- 
to y lanzarse sobre el ladrón de su honra, consi- 
guiólo a medias, y cayó al fin de nuevo, privado de 
sentido, torciendo la boca. 

Los tertulios se habían levantado todos y acu- 
dieron al gabinete. Las señoras gritaban aterra- 
das. Los hombres preguntaban a los de dentro lo 
que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada 
de extravío por ellos, se dirigió al sitio donde yacía 
Josefina, alzóla del suelo y, con ella en brazos, 
trató de abrirse paso. Amalia se le puso delante. 

— ¿ Adónde va usted? 

Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis exten- 
dió la mano, agarró a la valenciana por los ca- 
bellos y, después de sacudirla tres o cuatro veces 
con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a la 
puerta del salón. 

Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, don- 
de esperaba el coche, y brincando en él con su 
preciosa carga dijo al cochero : 

— ¡ A escape, a la Granja ! 

El pesado vehículo rodó con estrépito por las 
calles mal empedradas. No tardó en salir a la 
carretera. 

La luna brillaba en lo alto del firmamento. De 
vez en cuando, grandes nubes espesas, flotantes 
tapaban su disco, pero al instante volvía a lucir. 
En las regiones superiores de la atmósfera so- 
plaba un viento huracanado. Abajo parecían rei- 
nar el silencio y la paz. 



336 AKMANDO PALACIO VALDÉS 



Josefina no salía de su desmayo. El conde le 
limpiaba con su pañuelo la sangre. Después tra- 
taba de reanimarla imprimiendo largos, apasiona- 
dos besos en su rostro de alabastro. 

Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con 
extraña fijeza al conde y relampagueó en ellos una 
dulce sonrisa. 

— ¿Eres tú, Luis? 

— Sí, vida mía, yo soy. 

— ¿Adónde me llevas? 

— Donde tú quieras. 

— Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu 
casa... Llévame aunque no me des de comer. Es- 
tando contigo no me importa morir. 

El conde la apretó contra su seno y la cubrió 
de besos. 

— Sí, sí, a mi casa vas — exclamó mientras las 
lágrimas bañaban sus mejillas — . De allí no sal- 
drás ya nunca, porque para arrancarte necesita- 
rán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, 
voy a decirte una cosa. Procura entenderla. Haz 
un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy tu padre... 
Los señores de Quiñones te han recogido en su 
casa... pero yo soy tu padre... ¿lo entiendes? 

— Sí, Luis, te entiendo. 

— Te han recogido, porque yo soy tan malo que 
te he entregado a ellos en vez de tenerte con- 
migo. 

— Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres ma- 
lo. Tú eres bueno y me quieres. 

— Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi 
vida... Perdóname. 

— Yo también te quiero a ti... ¡A ellos no ! An- 
tes quería a madrina, pero ahora no... ¡Me ha 
pegado tanto ! ¡ Si supieras !... Me mordía, me ara- 
ñaba, me arrastraba por el suelo, mandaba a Con- 
cha que me azotase con la ballena, me ataba con 
una cuerda como a los perros... 



EL MAE STE ANTE 



337 



— ¡ Calla, calla, que me matas ! — profirió Luis 
sollozando. 

— ¡ No llores, Luis, no llores !... ¿Ves cómo eres 
bueno? Estás llorando por mí. 

— ¡ No he de llorar por ti si eres mi hija ! Llá- 
mame padre... ¡Yo soy tu padre ! ¿Lo sabes, lo 
sabes ? 

— Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... 
Tengo sueño... Déjame dormir sobre tu pecho. 

Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó 
la suya el conde para darle un beso en la frente y 
sintió sus labios abrasados por el calor de la fiebre. 

Gozó la criatura algunos momentos de sueño 
letárgico. Corrían de vez en cuando por su tier- 
no cuerpo yivos estremecimientos. Despertó al fin 
dando un grito. 

— ¡ Luis, que me llevan !... ¡ Míralos, míralos !... 
¡ ahí están ! 

Sus ojos expresaban un terror pánico. " 

— No, hija, no ; son los árboles del camino que 
extienden sus ramas hacia nosotros. 

— ¿ No ves a don Pedro que me amenaza ? ¿ No 
oyes lo que me está diciendo? 

— Sosiégate, mi alma ; es él mugido del viento. 

— Tienes razón. Ya se fueron. ¡ Mira cómo bri- 
lla la lima ! ¡ Mira qué campos tan hermosos y 
cuántas flores!... Un palacio de cristal... Delante 
hay unja niña jugando con un gatito blanco... 
¡Qué precioso!... Es más bonito que el Rojo... 
Déjame jugar con ella, Luis... 

— Jugarás cuanto quieras, y te compraré un ga- 
üto y una palomita blanca que venga a comer a 
tu mano. 

— No, no quiero que gastes dinero. Estoy con- 
tenta con que no me separes de ti. 

— Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, -porque 
eres mi hija. Duerme, mi vida. 

MAE STE ANTE. — 22 



338 ABMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡ Otra vez la obscuridad ! . . . ¡Ya vuelve ! 
¡ Echalos, Luis, échalos, por Dios ! ¡ Que me aga- 
rran ! 

— No temas ; estás conmigo. . . Mira la luna otra 
vez... ¿Ves cuánta luz?... Duérmete, corazón. 

— Es verdad... ya veo los campos llenos de flo- 
res... ya veo el gatito blanco... La niña no está... 
¿Dónde se fué, Luis? 

— Está en mi casa, esperándote para jugar. Es- 
tamos muy cerca ya. Duérmete. 

— Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, 
¿no es cierto? Yo debo obedecerte porque soy tu 
hija... Tengo frío... Apriétame más. 

Apretóla más y más contra su pecho. Josefina 
se durmió al fin. El carruaje rodaba por la carre- 
tera desierta al través de los campos esclarecidos 
por la luz de la luna. Las nubes volaban también 
dispersas por los aires. El viento mugía sordamen- 
te a lo lejos. Los árboles comenzaban a agitar sus 
penachos. 

Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis in- 
clinó la cabeza para despertar a la niña ; pero al 
darla un beso sintió en sus labios el frío de la muer- 
te. Alzóla vivamente, sacudióla con fuerza varias 
veces, llamándola a gritos. 

— ¡ Josefina ! . . . ¡ Hij a ! ¡ hija ! ¡ hija ! . . . ¡ Des- 
pierta ! 

La blonda cabeza de la niña se doblaba a un 
lado y a otro como una azucena que tuviese que- 
brado el tallo. 



FIN 



INDICE 



pXgs. 



X. — La casa del maesfcrantc. ... 7 

II.— El hallazgo 35 

III. — La cita 71 

IV. — Historia de aquellos amores. ... 93 
V. — Las bromas de Paco Gómez. ... 121 

VI. — Las señoritas de Meró 137 

VIL — El aumento del contingente. ... 165 

VIIL— El vino de Fernanda 183 

IX. — La mascarada 205 

X. — Cinco años después 223 

XI. — La cólera de Amalia 245 

XII. — La justicia del barón 267 

XIIL— El martirio 283 

XIV. — La capitulación ... 305 

XV. — Josefina duerme 327 



B IBLIOTECA SOPEÑA 



TOMOS PUBLICADOS 

1. — La Gloria de don Ramiro, por Enri- 

que Larreta. 

2. — La Ginesa, por Carlos María Ocantos. 

3. — Guzmán de Alfarache (tomo 1.°), por 

Mateo Alemán. 

4. — Guzmán de Alfarache (tomo 2.°). 

5. — El Ingenioso Hidalgo don Quijote 

de la Mancha, por Miguel de Cer- 
vantes Saavedra. , 

6. — Novelas Ejemplares (tomo 1.°), por 

Miguel de Cervantes Saavedra. 

7. — Novelas Ejemplares (tomo 2.°). 

8. — La Galatea, por Miguel de Cervantes 

Saavedra. 

9. — Los Trabajos de Perslles y Segis- 

munda, por Miguel de Cervantes Saa- 
vedra. 

10. — La Caravana, por Eduardo Marquina. 

11. — León Zaldivar, por Carlos María 

Ocantos. 

12. — El Quijote Apócrifo, por Alonso Fer- 

nández de Avellaneda. 

13. — Como un sueño, por A. G. Barríli. 

14. — Los Lobos y el Cordero, por J. S. 

Fletcher. 

15. — Historia de la vida del buscón lla- 

mado don Pablos, por Francisco de 
Quevedo y Villegas. 



16. — ¡Misericordia!, por M. Martínez Barrio- 

nuevo. 

17. — Eros, por Juan Verga. 

18. — Floración, por Rafael López de Haro. 

19. — La Juventud de Aurelio Zaldfvar 

por A. Hernández Catá. 

20. — Vuelo de Cisnes, por Vargas Vila. 

21. — La Novela del Honor, por Rafael Ló- 

pez de Haro. 

22. — El Alcázar de las Perlas, por Fran- 

cisco Villaespesa. 

23. — Entre todas las mujeres, por Rafael 

López de Haro. 

24. — Novela Erótica, por A. Hernández 

Catá. 

25. — De los Viñedos de la Eternidad, por 

Vargas Vila. 

26. — Quilito, por Carlos María Ocantos. 

27. — Beso de Oro, por Eduardo Marquina. 

28. — Entre dos luces, por Carlos María 

Ocantos. 

29. — Libre Estética, por Vargas Vila. 

30. — El Olmo y la Yedra, por A. G. Barrili. 

31. — El Libro del Amor y de la Muer- 

te, por Francisco Villaespesa. 

32. — El Candidato, por Carlos María Ocantos 

33. — Sobre el abismo, por Eduardo Zama- 

cois. 

34. — La imposible, por Rafael López de 

Haro. 

35. — María Magdalena, por Vargas Vila. 

36. — La Picara Justina. 

37. — Al borde del pecado, por Alvaro 

Retana. 



38. — El Sátiro Príapo y la Diosa Hebe, 

por Serafín Puertas. 

39. — Fuegos f átaos, por A. Hernández Cata. 
40— El Diablo Cojuelo, por Luis Vélez 

de Guevara. 

41. — Tobi, por Carlos María Ocantos. 

42. — Aben-Humeya, por Francisco Villaes- 

pesa. 

43. — Los sueños, por Francisco de Queve- 

do y Villegas. 

44. — Punto - Negro, por Eduardo Zamacois. 

45. — Pelayo González, por A. Hernández 

Catá. 

46. — El Tesoro de Golconda, por A. G. 

Barrili. 

47. — Promisión, por Carlos María Ocantos. 

48. — El Salto de la Novia, por R. López 

de Haro. 

49. — Memorias de una Cortesana (tomo 

1.°), por Eduardo Zamacois. 

50. — Memorias de una Cortesana (t. 2.°). 

51. — El último Contrabandista, por Car- 

men de Burgos. 

52. — Collar de Perlas. 

53. — Siempreviva, por A. Martínez Olme- 

dilla. 



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